Por Milagros Stupenengo

Durante medio siglo, la escena se repitió con una precisión casi ritual. La Feria Internacional del Libro de Buenos Aires —ese gran acontecimiento donde conviven la celebración cultural y la maquinaria editorial— abría sus puertas con un discurso inaugural. Usualmente llevado a cabo por una figura de renombre, una voz autorizada, que leía un texto cuidadosamente elaborado para sonar a la altura de la ocasión: culto, solemne, significativo. La literatura, allá, hablaba desde arriba.

Sin embargo, en su edición número cincuenta, algo se desplazó. No hubo discurso. En su lugar, una conversación se llevó a cabo. Una a cargo de tres de las escritoras más relevantes de la narrativa argentina contemporánea, Leila Guerriero, Selva Almada y Gabriela Cabezón Cámara, moderada por la periodista María O’Donnell. El gesto, en apariencia sencillo, implicó una ruptura profunda con la liturgia cultural del evento. En ese espacio que tantas veces funcionó como un templo laico de la palabra consagrada, la voz dejó de ser vertical para volverse horizontal.

Y no fue un detalle menor. El contexto no era neutral, la feria ya venía atravesada por tensiones políticas, discursos encendidos, cruces que habían caldeado el ambiente de La Rural. En ese clima, la decisión del reemplazo operó casi como una intervención. No para bajar el tono, ni mucho menos, sino para modificar la forma. Ellas no hablaron desde el lugar del orador que instruye o sentencia. Hablaron entre ellas. Entre escritoras. Entre mujeres. Entre argentinas. Y, sobre todo, hablaron de literatura sin una solemnidad impostada. La escena, por momentos, tuvo una sensación de oasis, fue un espacio de escucha, de intercambio, de pensamiento en movimiento. 

En el plano estrictamente literario, hubo un eje que atravesó las intervenciones de las tres autoras: el rechazo a las etiquetas reductivas del mercado editorial. Leila Guerriero fue tajante al cuestionar la categoría de “literatura femenina”. “No existe” afirmó, señalando que ese tipo de clasificación funciona como un frasco que aplana la diversidad de estilos, búsquedas e intereses. Selva Almada, con su tono más seco, más cercano a una cadencia de campo abierto, complejizó la cuestión, puesto que reconoció el aumento de producciones escritas por mujeres, pero remató con una frase que desarma cualquier intento de homogeneización: “Escribimos cosas distintas”.

La idea que plantean es simple, pero no por eso menos potente. No hay un colectivo uniforme de mujeres, hay singularidades. Y esas singularidades, muchas veces, resultan incómodas para un mercado que necesita ordenar, agrupar, etiquetar para poder vender mejor.

Desde una primera lectura podría pensarse que hay algo de contradicción en esta postura. ¿Cómo es posible que las voces más reconocidas del panorama literario argentino cuestionen las mismas categorías que, en cierto modo, han contribuido a visibilizarlas? ¿No hay ahí una forma de “morder la mano que les da de comer”? Pero podemos decir que el problema es un poco más profundo, va más allá. Porque lo que se está poniendo en cuestión no es solamente una estrategia de marketing. Es también una forma de organizar el pensamiento sobre la literatura. Es, en última instancia, una categoría pedagógica.

Es casi imposible ver esto y no pensarlo en el ámbito de la enseñanza. Este planteamiento, llevado al terreno del aula, abre una incomodidad fértil.

La escuela, en su tarea cotidiana, ha construido históricamente modos de acercar la literatura que implican clasificar, ordenar, nombrar. “Literatura latinoamericana”, “realismo mágico”, “narrador omnisciente”, “relatos realistas” y demás conceptos que le enseñamos a los chicos una y otra vez. Estas categorías no son caprichosas, tienen un propósito: funcionan como herramientas que permiten iniciar recorridos, establecer relaciones, construir un lenguaje común para entrar en los textos y hablar de la magia que construyen con sus páginas. En otras palabras, son un punto de partida para mostrarles a los estudiantes las caras que la literatura tiene para ofrecer, y todo lo que falta por recorrer.

En ese sentido, sería injusto, además de simplista, pensar que la escuela simplemente “se equivoca”. Por el contrario, esto hace posible que la literatura circule, que los estudiantes se encuentren con obras que, de otro modo, tal vez no conocerían. De esa manera, clasificar, en este marco, no es un error, sino una condición de posibilidad. 

Pero esa misma herramienta puede volverse limitada si se transforma en punto de llegada. Es, en definitiva, un arma de doble filo. Ahí, justamente, es donde la distancia con lo planteado por Guerriero, Almada y Cabezón Cámara se vuelve evidente. Mientras las escritoras insisten en que la literatura es un territorio inestable, múltiple, difícil de encapsular, el sistema educativo tradicional tiende a pedir respuestas cerradas y puntuales. La escena es conocida. Una pregunta, una respuesta correcta, un casillero que se tilda. Identificar el tipo de narrador. Reconocer el género. Ubicar el texto en una categoría. Etcétera. Y, sin embargo, la literatura raramente funciona así.

Lo interesante de lo ocurrido en la Feria no es que ofrezca soluciones. Lo que hay es algo más incómodo, y, por eso mismo, más valioso: una serie de preguntas abiertas. ¿Para qué enseñamos literatura si la reducimos a definiciones? ¿Qué tipo de lectura promovemos cuando el objetivo principal es aprobar? ¿Qué lugar le damos a la incomodidad, al desvío, a la interpretación que no encaja del todo?

Lejos de invalidar a los docentes y su trabajo, creo que hacernos estos interrogantes lo enriquecen. Invitan a pensar que las categorías pueden seguir existiendo, pero no como casilleros definitivos, sino como puertas de entrada. Como mapas provisorios que permiten orientarse en un territorio que, por naturaleza, es más amplio que cualquier cartografía.

Porque la literatura, cuando se la deja respirar, tiende a desbordar. 

Si la enseñanza de la literatura puede pensarse como un campo, entonces las categorías serían los primeros surcos. Durante años, ese terreno ha sido cultivado con eficacia. Los textos llegan al aula, se leen, se analizan, se comprenden. Hay aprendizaje. Hay resultados. Hay, sin duda, una cosecha.

Pero quizás ese terreno todavía guarda una riqueza mayor por explotar si se la riega acordemente. Una que aparece cuando las categorías no desaparecen, pero se flexibilizan. Cuando la lectura deja de ser únicamente un ejercicio de reconocimiento para convertirse también en una experiencia. Una que puede incomodar. Que puede desordenar. Que puede, incluso, desarmar aquello que parecía seguro. 

Esto no implica caos, ni una pérdida de rigor. Implica, más bien, una forma más compleja de trabajo. Una que confía en que los estudiantes pueden hacer algo más que identificar categorías: pueden interrogar, jugar con las lecturas y los conceptos preestablecidos, darlos vuelta, explotarlos, encontrar algo nuevo.

Y eso, como todo cultivo, requiere tiempo, paciencia y cuidado, especialmente dentro de un aula. Pero también algo más difícil de garantizar, la audacia de animarse a ir un poco más allá.

En la Feria, por un momento, esa audacia apareció. No en forma de discurso, sino de conversación.

Capaz haya que seguir conversando. Aunque sea un poco más.

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Milagros Stupenengo
Docente/Escritora en Universidad de Buenos Aires |  + posts

Milagros Stupenengo. Estudiante avanzada del Profesorado y la Licenciatura en Letras de la Universidad de Buenos Aires. Actualmente se encuentra incursionando en la práctica docente en el Nivel Medio, donde articula la formación académica con la transmisión de la literatura y la lengua.

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