Por Javier Lamónica

Mi hijo debía tener siete u ocho años cuando le hice el gol de Diego a los ingleses. A él y a todos sus amigos. Aunque, en rigor, el gol se lo comió él, porque justo estaba al arco. Agarré la pelota en la mitad de la cancha, como si me la hubiera pasado un Enrique imaginario, y empecé a arrastrar marcas por todo el terreno. Un pibe me salía de un lado, otro me corría desde atrás, otro intentaba cerrarme el camino, y yo los esquivaba con esa mezcla de torpeza adulta y fe infantil que tenemos cuando volvemos, por un rato, a jugar en serio.

Para ellos era apenas un partido más en una plaza, en un cumpleaños, en una tarde cualquiera. Para mí, en cambio, era una escena vieja que volvía a abrirse en el cuerpo. Me encantaba hacer eso cuando mi hijo era chico. Recrear goles, inventar jugadas, meter en cualquier canchita un pedazo de historia del fútbol. Hice el gol de Diego a los ingleses, otro día corrí treinta metros para dejar al Cani solo ante Tafarell, y otra vez imaginé pases que no hubo antes de poner la bocha en el ángulo y correr como un loco para gritarle el gol a la cámara, igual que lo hizo el diez en el 94, unos días antes de darnos cuenta de que ese iba a ser su último gol en un mundial.

Los chicos nunca se dieron cuenta de todo eso, y tal vez por eso era tan lindo. Ellos jugaban en presente; yo jugaba con ellos y, al mismo tiempo, volvía a mi propia infancia. No se trataba de usarlos para mi nostalgia. Al contrario: la pasaban bien porque jugaban, y yo la pasaba bien porque, mientras jugaba con ellos, algo de mi infancia volvía forma inocente. Compartíamos la misma escena, aunque no exactamente el mismo juego. Ellos estaban en una plaza; yo estaba también en una televisión encendida, en un relato de Víctor Hugo, en una tarde de Mundial, en la voz de mi viejo, en una pelota gastada.

Con las figuritas me pasaba algo parecido. Me encantaba llenar el álbum del Mundial. Digo que me encantaba ayudarlo a mi hijo a llenarlo, pero esa es apenas la parte más decorosa de la verdad. La verdad completa es que también me encantaba llenarlo a mí. El álbum era suyo, claro; las figuritas eran suyas, la ilusión era suya. Pero cuando yo llegaba al trabajo con el mazo de repetidas atado con una bandita elástica y la lista de las que faltaban doblada en el bolsillo, sabía que no estaba haciendo solamente un mandado de padre. Estaba volviendo a mi propio recreo.

Había algo hermoso en esa ceremonia mínima: ordenar las repetidas, revisar números, preguntar en la oficina si alguien tenía la difícil, encontrarme con otros adultos que también decían “son para mi hijo” o “son para mi sobrino”, pero abrían el paquetito con una ansiedad que no tenía nada de adulta. Todos fingíamos un poco. Todos hacíamos como si estuviéramos colaborando con una infancia ajena, cuando en realidad estábamos recuperando, por un rato, la propia.

Las figuritas tenían esa magia: permitían que los adultos coquetearan con algo infantil sin sentir vergüenza. Nos daban una excusa perfecta. Uno podía comparar listitas, negociar repetidas, celebrar una aparición inesperada, y todo quedaba justificado por una frase impecable: “es para el nene”. Pero no era solamente para el nene. Era para esa parte nuestra que todavía sabe lo que significa que te falte una sola; para esa memoria del kiosco, del sobre recién abierto, del olor del pegamento y de la figurita difícil que todos nombraban.

Vuelvo a esas escenas ahora que el Mundial puso otra vez sobre la mesa una palabra incómoda: apuestas. La discusión alrededor del Fixture 2026 de Mercado Pago, cuestionado por ALEA y luego modificado en una de sus modalidades, no debería quedar encerrada solamente en la pregunta jurídica. Si era apuesta o no era apuesta. Si había dinero real o no. Si los premios eran plata, puntos, cupones, beneficios o porotos. Esa discusión importa, claro, pero la pregunta educativa empieza un poco antes: empieza cuando cualquier juego, cualquier conversación entre amigos, cualquier partido del Mundial, puede ser traducido al idioma de la predicción, el cálculo, el ranking y la ganancia.

Porque los porotos nunca fueron del todo inocentes. En nuestros juegos, jugar por los porotos era jugar en serio. No hacía falta que fueran billetes: alcanzaba con que ordenaran la escena, con que marcaran quién ganaba, quién perdía, quién quedaba arriba y quién abajo. Por eso la pregunta no es solamente si hay plata, sino qué tipo de relación con el juego estamos enseñando cuando el entusiasmo queda convertido en puntaje, pronóstico o recompensa.

Antes también se apostaba. No hace falta idealizar el pasado. Existía el Prode, existía la quiniela, existían las carreras, existía el casino. Recuerdo a mi viejo cargando resultados un domingo mientras mirábamos Fútbol de Primera, con esa pequeña fantasía de saber un poco más que los demás. Pero, al menos en mi recuerdo, esa era una escena adulta. Los chicos mirábamos de costado. No éramos el centro de la industria.

Lo que cambió es eso: los chicos dejaron de mirar desde el borde algunos consumos adultos y pasaron a ser consumidores directos. Usuarios tempranos, perfiles, datos, billeteras, audiencias, público objetivo. La adultez no se les adelanta solamente por los contenidos que ven o por las responsabilidades que asumen; también se les adelanta por la economía que empieza a rodearlos.

Y ahí aparece una trampa muy delicada: decir que no hay plata. Porque hoy el dinero no siempre parece dinero. A veces tiene forma de saldo, de cupón, de crédito, de skin, de moneda interna, de premio virtual o de Robux. Entonces la pregunta no es solamente si los chicos apuestan con dinero, sino si los estamos educando en una relación ansiosa con el valor: si aprenden demasiado temprano que jugar es acumular, que mirar es predecir, que participar es ganar algo, que equivocarse es perder algo, que cada entusiasmo puede convertirse en una pequeña operación económica.

Hace un tiempo el tema fue la ludopatía adolescente, y con razón. Las escuelas y las familias empezaron a encontrarse con chicos que apostaban online, que mentían la edad, que usaban cuentas prestadas, que seguían partidos no por amor al fútbol sino por la angustia de un resultado. Pero tal vez ese problema era apenas la parte más visible de algo más amplio: una monetarización de la adolescencia, una cultura que les ofrece a los jóvenes una entrada prematura al mundo adulto por la vía del rendimiento, la inversión y la ganancia rápida.

Por eso también conviene mirar con cuidado el modo en que llegaron a las escuelas las billeteras virtuales, las criptomonedas, el trading y cierta idea de educación financiera. No se trata de negar que los chicos aprendan a cuidar el dinero. Al contrario: saber qué es una deuda, cómo se administra un gasto, cómo se evita una estafa o cómo funciona una billetera digital puede ser profundamente necesario. El problema no es enseñarles qué es el dinero. El problema es enseñarles que todo debe convertirse en dinero.

Una cosa es educar para cuidar; otra es educar para rendir. Una cosa es que un adolescente entienda cómo no quedar atrapado por una estafa; otra, muy distinta, es que empiece a mirar el mundo como una pantalla llena de oportunidades que hay que aprovechar antes de que sea tarde. Ahí el Mundial se vuelve una lupa perfecta, porque el Mundial siempre parece taparlo todo —la economía, las fronteras, las desigualdades, la política—, pero en realidad no tapa nada: lo muestra concentrado. Mientras la pelota viaja de una ciudad a otra y las tribunas explotan, también aparecen las entradas imposibles, las visas, los permisos, los cuerpos que circulan y los cuerpos que son detenidos. La fiesta es universal en el relato, pero no todos entran del mismo modo.

Frente a eso, la escuela parece pequeña. Y, sin embargo, ahí todavía puede hacer algo distinto.

Porque el Mundial en la escuela no tiene por qué ser solamente pronósticos, plataformas, rankings y ansiedad. Puede ser también una escena más simple y más humana: el cambio de figuritas. Cambiar figuritas también tiene economía, claro. Hay deseo, escasez, cálculo, negociación, repetidas, difíciles, frustraciones; también hay chicos que pueden comprar más paquetes y chicos que pueden comprar menos. No hace falta romantizarlo todo. Pero hay una diferencia enorme: en el cambio de figuritas el otro no desaparece. Al contrario, se vuelve imprescindible.

Hay que acercarse, preguntar, ofrecer, escuchar que no, volver otro día, guardar una repetida para un compañero, recordar a quién le faltaba tal arquero suplente de una selección que nadie vio jugar. En la apuesta, el otro casi no existe: existe el resultado, la probabilidad, la ganancia, la pérdida y la angustia de recuperar lo perdido. En la figurita, sin otro no hay cambio; sin encuentro no hay álbum.

Por eso, para muchos chicos, llevar figuritas a la escuela puede ser mucho más que llevar figuritas. Para el que es tímido, para el que no sabe cómo entrar al grupo, para el que mira desde afuera, aparecer en el recreo con una caja, un mazo de repetidas y una listita arrugada puede ser una forma de decir “estoy acá” sin tener que decirlo. La figurita funciona como puente, como contraseña, como permiso. A veces una repetida incluye más que una charla sobre inclusión.

También acerca generaciones. Padres y madres que llevan figuritas al trabajo, adultos que sacan el mazo del bolsillo con vergüenza fingida, oficinas donde alguien pregunta por una difícil, abuelos que revisan listitas, plazas que se llenan los fines de semana. Parque Rivadavia, Parque Centenario, cualquier rincón donde se arma una feria mínima de infancia compartida. Ese es otro Mundial: no el de la plataforma que captura la atención, sino el que permite una escena analógica de encuentro.

No alcanza con decirles a los chicos “no apuesten”. No alcanza con bloquear páginas ni con alarmarnos por la ludopatía adolescente si después todo el mundo adulto les enseña que lo importante es ganar rápido, invertir temprano, acertar, competir y transformar cada deseo en una oportunidad económica. Hay que ofrecer mejores escenas.

La escuela no puede derrotar sola a las casas de apuestas, ni a las billeteras virtuales, ni a las plataformas, ni a la industria global del entretenimiento. Pero puede hacer algo que no es poco: puede construir pequeñas zonas liberadas de esa lógica. Puede hacer del Mundial una conversación, un mapa, una historia, una canción, una figurita, una plaza, una ronda. Puede recordar que jugar no es lo mismo que apostar; que participar no es lo mismo que consumir; que saber de fútbol no tiene por qué convertirse en una promesa de dinero.

Entre un poroto digital y una figurita repetida parece haber poca distancia, pero tal vez ahí se juega una frontera enorme. De un lado, la infancia como mercado. Del otro, la infancia como encuentro.

Y si la escuela todavía sirve para algo —y yo creo que sirve para mucho— es para cuidar esa frontera. Para decir, incluso en medio de un Mundial que pretende convertirlo todo en apuesta, que no toda pasión debe monetizarse, que no todo entusiasmo debe entrar en una aplicación y que todavía hay algo profundamente humano en acercarse a otro con una figurita en la mano y preguntarle, con esperanza infantil:

“¿Esta la tenés?”

Javier Lamónica
Director General en Ediciones Deceducando | Web |  + posts

Magister y Especialista en Gestión Educativa por la Universidad de San Andrés. Ha dirigido y formado parte de diversos proyectos de investigación en agencias públicas e instituciones privadas. Participó como expositor, de diferentes seminarios y congresos educativos. Escribe asiduamente en publicaciones referidas al área. Asesor y supervisor en instituciones de nivel inicial, primario y secundario sobre temas relacionados con gestión educativa y convivencia escolar.

por Javier Lamónica

Magister y Especialista en Gestión Educativa por la Universidad de San Andrés. Ha dirigido y formado parte de diversos proyectos de investigación en agencias públicas e instituciones privadas. Participó como expositor, de diferentes seminarios y congresos educativos. Escribe asiduamente en publicaciones referidas al área. Asesor y supervisor en instituciones de nivel inicial, primario y secundario sobre temas relacionados con gestión educativa y convivencia escolar.

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