La ola de amenazas y lo que no se pregunta

Desde el martes 15, pintadas en baños y mensajes en grupos de WhatsApp con la frase «Mañana tiroteo. No vengan» se multiplicaron en más de veinte escuelas de todo el país. En las instituciones afectadas el presentismo cayó un 30% (Infobae). El relato dominante fue rápido: reto viral de TikTok, efecto imitación, respuesta judicial. El Departamento Judicial de San Isidro recibió entre 500 y 600 denuncias en 72 horas (La Nación). Ocho imputados en Córdoba, detenciones en Salta, allanamientos en el GBA. En cuestión de horas, el problema tuvo nombre, responsables y pena prevista.

El problema es que esa velocidad cierra sentido antes de que pueda abrirse. La hipótesis del reto viral describe cómo se propaga pero no dice nada sobre por qué encontró tanta superficie disponible. Que decenas de adolescentes en provincias distintas, sin coordinación entre sí, elijan como forma de expresión la amenaza de masacre no se resuelve rastreando IPs. Es una señal sobre algo que ocurre en los vínculos y en las instituciones.

El caso que antecedió a la ola es elocuente: el alumno que mató a Ian Cabrera en San Cristóbal formaba parte de una comunidad virtual que venera las masacres escolares. Ese dato generó debate sobre subculturas digitales. Generó menos debate sobre qué condiciones relacionales hacen que un adolescente encuentre ahí algo que no encuentra en otro lado.

La respuesta punitiva es comprensible. Pero no toca ese tejido. Y si el debate se agota en cuántos adolescentes fueron imputados, la escuela queda otra vez como escenario de un problema que también es suyo —y también es nuestro.

Dos leyes, una misma ausencia

Mientras las escuelas procesaban las amenazas, en el plano legislativo se profundizó una tensión que viene de antes pero que esta semana se volvió más nítida. El gobierno nacional impulsa la Ley de Libertad Educativa —que propone derogar la ley de 2006 y redefinir el rol del Estado— pero el proyecto no tiene fecha de ingreso formal al Congreso ni el aval de las provincias. Al menos diez ministros de Educación trabajan en paralelo en una iniciativa propia que busca blindar el financiamiento educativo, liderada por Mendoza, con el argumento de que antes de discutir autonomía curricular hay que asegurar con qué fondos se paga la educación (La Nación)

La retirada unilateral de fondos nacionales fue absorbida de manera desigual según las posibilidades de cada jurisdicción: algunas pudieron cubrir el FONID con fondos propios, pero otras no. (Codigodocente). El mapa de la desigualdad educativa entre provincias se profundiza exactamente cuando el proyecto nacional propone más autonomía jurisdiccional. Es una paradoja que el debate legislativo todavía no termina de nombrar.

El paro universitario que no cede

La semana también estuvo marcada por la cuarta semana consecutiva de paro nacional universitario convocado por la Conadu Histórica. El conflicto excede ya el plano salarial: el Ejecutivo acumula más de 172 días de incumplimiento de la Ley de Financiamiento Universitario, aprobada por el Congreso y ratificada por la Justicia Federal. 

Los números del éxodo son elocuentes: más de 10.000 docentes renunciaron en todo el país; en el Departamento de Computación de Exactas-UBA, más de la mitad del cuerpo docente se fue o pidió licencia (Conclusión). No es solo un conflicto gremial. Es el retrato de un sistema de educación superior que pierde capacidad institucional de manera silenciosa y sostenida.

Lectura de conjunto

La semana concentró, en pocos días, tres expresiones distintas de una misma crisis: la escuela como espacio que ya no puede garantizar la sensación de seguridad, el sistema universitario que pierde docentes más rápido de lo que puede reponerlos, y un debate legislativo sobre el modelo educativo que transcurre en paralelo a esas urgencias sin tocarlas. Las amenazas virales no son la causa de nada de esto, pero las hicieron visible de un modo que ningún informe presupuestario había logrado. La pregunta para las próximas semanas es si esa visibilidad se convierte en algo —un protocolo, una política, una conversación real— o si se disuelve en cuanto la oleada pase y el próximo reto viral llegue desde otra plataforma.

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