Por Javier Lamónica

Todavía recuerdo la cara de Santi, llorando como nunca había visto llorar a otra persona. Era la primera vez que tenía frente a mí a un alumno y no sabía qué decirle. Lo abracé fuerte, tratando de hacerle sentir que compartía su pérdida, pero la verdad es que no entendía de qué estaba hecho ese dolor. Tengo 46 años y tuve la suerte de crecer con mis padres. Hace algunos años me tocó despedir a mi hermano y, aun así, comprendí que lo que Matías estaba atravesando era distinto a cualquier experiencia que yo hubiera conocido. Porque hay pérdidas que duelen, y hay otras que rompen la estructura misma desde la cual una persona entiende el mundo.

Esa escena me volvió muchas veces. Y no tanto por lo que hice o dejé de hacer, sino por la sensación de estar parado en un lugar para el que nadie me había preparado. No había manuales, ni protocolos, ni capacitaciones previas. Tampoco una experiencia personal que me sirviera de antecedente. Solo estábamos él y yo frente a algo que costaba nombrar.

Cuando lo pienso ahora, me pregunto si esa falta de palabras era solo mía. La escuela produce discursos para casi todo —para la convivencia, para la inclusión, para los aprendizajes, para los vínculos—, pero hay una zona en la que pareciera quedarse sin recursos. Enseñamos matemática, historia, biología, educación sexual, ciudadanía. Rara vez enseñamos a atravesar el dolor, la pérdida o el duelo. La muerte aparece, casi siempre, como una irrupción traumática, y muy pocas veces como una dimensión de la experiencia humana sobre la que valga la pena pensar antes de que sea demasiado tarde.

Hay una idea que tal vez ordene, en silencio, el modo en que pensamos las pérdidas. Una especie de secuencia esperada: primero se mueren los abuelos, después los padres, después —si la vida se alarga— alguno de los nuestros, y al final, uno mismo. Es una ficción tranquilizadora, porque ordena lo inordenable y nos permite postergar la pregunta. Hay algo profundamente desestructurante cuando esa secuencia se altera y la muerte llega antes de tiempo. Porque no es solamente el dolor por la ausencia; es la experiencia brutal de descubrir que la vida no garantiza ningún tipo de justicia ni de secuencia lógica.

Y cuando eso le ocurre a un chico, muchas veces sucede sin que existan palabras, espacios ni herramientas para elaborar lo que está viviendo. Porque cuando muere un padre o una madre no solamente desaparece una persona querida; también se rompe la sensación elemental de protección sobre la que un chico organiza el mundo. De pronto aparece la pregunta más aterradora de todas: “¿quién me va a cuidar si mis padres no están?”.

Si la muerte de un padre resulta difícil de abordar, todavía más angustiante se vuelve pensar la muerte de un par. Ahí se rompe otra fantasía: la idea de que los jóvenes son, de algún modo, invulnerables. La escuela suele vivir de espaldas a esa posibilidad hasta que un hecho la obliga a mirar de frente algo que prefería postergar. Puede ser un accidente, una enfermedad, una tragedia colectiva. Y cuando eso ocurre, ya no alcanza con suspender clases, hacer un minuto de silencio o enviar un comunicado institucional. Hay aulas que no vuelven a ser iguales después de perder a uno de los suyos. Hay cursos enteros que quedan atravesados por una experiencia para la cual nadie los preparó.

Existe, en realidad, una tradición sobre la cual apoyarse. El filósofo catalán Joan-Carles Mèlich, profesor de filosofía de la educación en la Universidad Autónoma de Barcelona, viene trabajando hace décadas en lo que llama una pedagogía de la finitud. Propone una idea que me resulta sugerente: la finitud no es la muerte, es la vida. Es decir, no se trataría de un tema que se activa cuando alguien muere, sino de una condición que atraviesa toda existencia humana. Vivimos siempre en despedida. Durante la pandemia, Mèlich volvió a insistir con la idea y habló de “una cita educativa inaplazable”. Hay también, en España y en Francia, líneas de trabajo sobre lo que se nombra como “pedagogía de la muerte”. Por estos lados, la conversación parece más demorada, y muchas veces termina confinada al gabinete psicopedagógico, como si fuera un asunto exclusivamente clínico.

A pesar de ello, hay voces que vienen abriendo el tema desde otros lugares. Viviana Bilezker dirige en Buenos Aires la Fundación El Faro, donde se forman doulas de fin de vida: personas que acompañan a otras en el proceso de morir. En una entrevista en La Cruda, el podcast de Migue Granados, decía algo que me quedó dando vueltas. Que tenemos la ilusión de que, si no nombramos la muerte, va a quedar afuera. Y que en realidad ocurre algo distinto: cuando podemos hablar de ella, cuando podemos compartirla, una vez atravesado cierto umbral de miedo, dejamos de sufrir tanto. Su trabajo deja, lateralmente, una pregunta para la escuela: si hay personas que se forman para acompañar a otras a morir, ¿quién nos forma a nosotros para acompañar a un estudiante que perdió a alguien?

Hay todavía otra dimensión, aún menos explorada. La ley argentina contempla, desde hace más de una década, el derecho a una muerte digna. Sin embargo, mucha gente opina sobre eso sin saber bien de qué se trata. Se confunde con la eutanasia, se desconoce que la legislación apunta, fundamentalmente, al derecho de una persona a rechazar procedimientos médicos desproporcionados o tratamientos que únicamente prolongan el sufrimiento. En el fondo, la pregunta que aparece ahí es profundamente humana e incómoda: ¿hasta dónde prolongar la vida implica realmente cuidar a alguien? No estoy diciendo que sea un contenido escolar, pero quizás sí una marca de época que vale la pena mirar: existen leyes sobre la muerte que circulan poco por los espacios de formación ciudadana.

Tal vez por eso resulte tan importante que la escuela se anime a hablar de estas cosas antes de que irrumpan de manera traumática. No para convertir el dolor en contenido escolar ni para romantizar el sufrimiento. Más bien para ofrecer palabras, herramientas y humanidad allí donde muchas veces solamente habita el silencio.

Hablo de una disposición que nos permita penar a la escuela como un lugar en donde se aprende a vivir, incluso con aquello que que no se puede controlar. Porque cuando la muerte finalmente aparece —y tarde o temprano siempre aparece— lo más difícil quizás no sea solamente la pérdida, sino tener que atravesarla sin lenguaje, sin comunidad, a fin de cuentas, sin nadie que nos haya ofrecido alguna palabra para mirar de frente nuestra propia fragilidad.

Javier Lamónica
Director General en Ediciones Deceducando | Web | + posts

Magister y Especialista en Gestión Educativa por la Universidad de San Andrés. Ha dirigido y formado parte de diversos proyectos de investigación en agencias públicas e instituciones privadas. Participó como expositor, de diferentes seminarios y congresos educativos. Escribe asiduamente en publicaciones referidas al área. Asesor y supervisor en instituciones de nivel inicial, primario y secundario sobre temas relacionados con gestión educativa y convivencia escolar.

por Javier Lamónica

Magister y Especialista en Gestión Educativa por la Universidad de San Andrés. Ha dirigido y formado parte de diversos proyectos de investigación en agencias públicas e instituciones privadas. Participó como expositor, de diferentes seminarios y congresos educativos. Escribe asiduamente en publicaciones referidas al área. Asesor y supervisor en instituciones de nivel inicial, primario y secundario sobre temas relacionados con gestión educativa y convivencia escolar.

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