Por Javier Lamónica

Qué suerte que mi viejo no sabía nada de música. O, mejor dicho, qué suerte que no sabía todo lo que estaba haciendo cuando me enseñaba a escucharla. Porque, en realidad, sabía muchísimo. Fue él quien me enseñó a reconocer una voz, a distinguir una agrupación, a preguntar quién había compuesto una canción y, sobre todo, a prestar atención a las letras. Tenía una frase que repetía cada vez que sentía que yo estaba escuchando sin escuchar: “Escuchá la letra”. Y yo, aunque entonces algunas veces lo hiciera a regañadientes, escuché.

También fue él quien me hizo entrar al folklore. Horacio Guarany, José Larralde, Teresa Parodi, Víctor Heredia, Mercedes Sosa. Podría seguir, porque la lista es mucho más larga, pero con esos nombres alcanza para entender de qué estoy hablando. Uno de los primeros casetes que recuerdo haber escuchado entero fue Herencia pa’ un hijo gaucho, de Larralde. No una canción suelta, no una selección: el casete. Había que escuchar los discos completos y había que saber qué se estaba escuchando. Mi viejo ponía música y, cada tanto, preguntaba quién canta, cómo se llama el tema, quién lo escribió. Escuchar también era aprender.

Muchos años después entendí que aquella educación musical estaba produciendo otras cosas. Porque yo hice caso. Escuché las letras. Escuché lo que decía Larralde sobre el trabajo, la tierra, la injusticia y la dignidad. Escuché a Horacio Guarany decir que “si se calla el cantor, calla la vida”. Escuché a Teresa Parodi cantar La negra Eulogia o Lo que pueden los indios. Escuché a Víctor Heredia y a Mercedes Sosa. Me crié escuchando artistas perseguidos, censurados o exiliados durante la última dictadura, voces atravesadas por la historia política latinoamericana y por una sensibilidad muy precisa frente a la desigualdad, el poder y la vida de los que casi nunca ocupaban el centro de la escena.

Lo curioso es que, con los años, mi viejo y yo terminamos pensando políticamente de maneras bastante diferentes. No estoy seguro, incluso, de que él pudiera definir con demasiada precisión su propia posición. En algún momento se reconoció cercano a la UCD, familiarmente hubo una tradición más vinculada al radicalismo y, durante los años de la llamada grieta, su oposición al kirchnerismo y al peronismo se volvió bastante marcada. Discutimos mucho. Muchísimo. Y más de una vez, en medio de esas discusiones, me pregunté cómo podía ser que aquel hombre que me había hecho escuchar esas canciones hubiera llegado a conclusiones tan distintas de las mías.

Durante bastante tiempo pensé la respuesta de una manera sencilla: yo había escuchado las letras y él no. Había algo incluso divertido en imaginar que mi viejo había cometido un error pedagógico formidable. Quiso enseñarme música y terminó formándome políticamente en una dirección que probablemente no hubiera elegido para mí. Me había puesto delante a Yupanqui, Cuchi Leguizamón, Ramón Ayala, y me había ordenado prestar atención a lo que decían y después parecía sorprendido de algunas de las conclusiones que yo había sacado. Si aquello hubiera sido una clase, yo habría resultado ser un alumno demasiado aplicado.

Pero creo que ahora la historia me interesa por otra razón. No estoy tan seguro de que él no haya entendido esas letras. Sería demasiado fácil resolverlo así y, además, probablemente sería injusto. Quizás las entendió de otra manera. Quizás tomó de ellas otras cosas. La dignidad del trabajo, la libertad, la desconfianza frente al poder, el arraigo, la defensa del hombre común pueden organizarse dentro de tradiciones políticas muy diferentes. Las canciones tampoco vienen con un manual que determine exactamente qué tenemos que pensar después de escucharlas. Y ahí la historia empieza a decir algo bastante más interesante sobre lo que significa transmitir.

Hubo unos años en los que esa transmisión se volvió todavía más intensa. Mis padres se habían separado, yo había empezado a estudiar Historia en la Universidad y durante las mañanas trabajaba con mi papá en un taller. Hacíamos artesanías y trabajos de talabartería. Cada uno tenía sus clientes y sus encargos; compartíamos el lugar, aunque no necesariamente el trabajo. Y compartíamos, durante horas, la música. Sonaba todo el tiempo. Él me hacía reconocer intérpretes, agrupaciones, canciones, autores. Yo trabajaba mientras escuchaba y, cuando terminaba la mañana, almorzábamos. Después él seguía con sus cosas y yo me quedaba un rato estudiando antes de irme a la facultad.

Durante mucho tiempo pensé que mi formación había ocurrido fundamentalmente en esa segunda parte del día. Estudiaba Historia, leía, iba a clases, empezaba a conocer autores y a encontrar conceptos para comprender procesos políticos, económicos y sociales. Y por supuesto que todo aquello fue decisivo. Pero ahora pienso que había otra formación ocurriendo unas horas antes, mientras trabajaba con las manos y sonaba un casete. Antes de aprender algunos conceptos, había aprendido una sensibilidad. Antes de saber explicar determinadas desigualdades, había escuchado canciones que me habían enseñado a reconocerlas.

Quizás una parte importante de nuestras ideas se forme de ese modo. Nos gusta pensar que llegamos a nuestras posiciones después de leer, comparar argumentos y tomar decisiones racionales. Y seguramente algo de eso hacemos. Pero antes hubo canciones, conversaciones familiares, películas, historias escuchadas en una mesa, personas que admiramos, cosas que nos dieron vergüenza o bronca. Antes de aprender a pensar algunas cosas, aprendimos a sentirlas. Después llegan los libros y muchas veces les ponen palabras a intuiciones que ya estaban ahí.

Por eso me interesa volver sobre aquella escena con mi viejo. Porque él seguramente pensaba que estaba enseñándome música. Y lo estaba haciendo. Pero no solamente estaba haciendo eso. Cuando un padre decide qué discos entran a una casa, qué libros quedan dando vueltas, qué películas se miran o qué conversaciones se sostienen alrededor de una mesa, está haciendo mucho más de lo que puede controlar. Está ofreciendo un repertorio con el que después sus hijos construirán algo. Y la parte más interesante —y probablemente más difícil de aceptar— es que no puede decidir qué.

Los hijos no heredamos obedientemente las ideas de nuestros padres. Heredamos materiales. Canciones, frases, gestos, maneras de trabajar, prejuicios, entusiasmos, temores. Una forma de tratar a los demás. Una manera de sentarse a una mesa. Una insistencia insoportable en escuchar una letra hasta entender qué está diciendo. Después mezclamos todo eso con otras personas, otras lecturas, otros mundos, y construimos algo que ya no les pertenece completamente a quienes nos lo dieron.

Tal vez por eso hoy puedo mirar de otra manera aquellas discusiones políticas con mi papá. No necesito resolver quién entendió mejor a Larralde ni demostrar que existe una contradicción entre los discos que él escuchaba y las ideas que después defendió. Me alcanza con reconocer algo mucho más profundo y, porqué no, hermoso: no pienso como mi viejo, pero una parte importante de las cosas que pienso existen gracias a él. Incluso algunas de las ideas con las que tantas veces le discutí fueron construidas con materiales que él mismo había puesto en mis manos.

Hay algo de esa historia que ahora se repite. A veces pongo una canción cuando estoy con mis hijos y descubro que hago exactamente lo mismo. Interrumpo alguna conversación, vuelvo unos segundos atrás y les digo que presten atención. Que no escuchen solamente la música. Que escuchen lo que está diciendo el que canta. “Escuchá la letra”, les digo. Y en ese instante me escucho a mí mismo y, atrás de mi voz, aparece inevitablemente la de mi viejo.

No tengo ninguna garantía de qué van a hacer ellos con todo eso. Tal vez dentro de treinta años piensen cosas que a mí me resulten incomprensibles. Tal vez utilicen algunas de las canciones, los libros y las conversaciones que les dejé para discutir conmigo. Puede incluso que encuentren contradicciones entre aquello que intenté enseñarles y la manera en que después viví. Si ocurre, supongo que tendré que bancármela. Hay algo profundamente incómodo en educar a alguien para que piense y pretender después que llegue exactamente a nuestras mismas conclusiones.

Quizás transmitir sea precisamente aceptar ese riesgo. Entregar algo sin conservar su propiedad. Poner a disposición de otro una parte del mundo sabiendo que, si realmente conseguimos que la haga suya, podrá utilizarla de una manera que jamás habíamos imaginado. Educar a un hijo no debería consistir en conseguir que piense como nosotros. Tal vez consista en darle suficientes cosas para que algún día pueda pensar sin nosotros.

Por eso, después de todo, qué suerte que mi viejo sabía tanto de música. Y qué suerte, también, que no sabía completamente lo que estaba haciendo.

Me enseñó a escuchar.

Yo hice el resto.

Aunque, pensándolo bien, quizás eso también me lo haya enseñado él.

Javier Lamónica
Director General en Ediciones Deceducando | Web |  + posts

Magister y Especialista en Gestión Educativa por la Universidad de San Andrés. Ha dirigido y formado parte de diversos proyectos de investigación en agencias públicas e instituciones privadas. Participó como expositor, de diferentes seminarios y congresos educativos. Escribe asiduamente en publicaciones referidas al área. Asesor y supervisor en instituciones de nivel inicial, primario y secundario sobre temas relacionados con gestión educativa y convivencia escolar.

por Javier Lamónica

Magister y Especialista en Gestión Educativa por la Universidad de San Andrés. Ha dirigido y formado parte de diversos proyectos de investigación en agencias públicas e instituciones privadas. Participó como expositor, de diferentes seminarios y congresos educativos. Escribe asiduamente en publicaciones referidas al área. Asesor y supervisor en instituciones de nivel inicial, primario y secundario sobre temas relacionados con gestión educativa y convivencia escolar.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde Ediciones Deceducando

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo