Por Javier Lamónica

“Te digo que se copió”, aseguró, con la certeza de quien sabe que no hay forma alguna de estar equivocado. “¿De quién?”, le pregunté, ingenuamente, antes de que empezara a explicarme. “¿Cómo de quién?, se lo hizo el chat”, concluyó, “como a todo el resto, solo que en el caso de Mauro no hay forma de ocultarlo”.

Algo en esa afirmación me hizo ruido. No la denuncia, que era previsible, sino la naturalidad con la que recurría a una palabra vieja —copiarse— para nombrar algo que, en rigor, ya no era eso. Mauro no se había copiado de un compañero. Tampoco había transcrito un párrafo de un manual o pegado el primer resultado de una búsqueda. No había, técnicamente, fuente. Y sin embargo, el profe sostenía, con razón, que esas palabras no eran las suyas.

Lo que él intentaba decirme, sin terminar de encontrar el modo, era que reconocía una incompatibilidad. No porque conociera la prosa de Mauro —es probable que Mauro nunca haya escrito nada que pudiera llamarse propiamente suyo—, sino porque conocía sus límites. Sabía lo que este alumno podía y no podía hacer. Y lo que tenía en la mano lo excedía.

Hay algo curioso en la palabra copiarse. Durante mucho tiempo, se trató de una operación material y, en cierto modo, modesta. Implicaba un original al lado, alguien que prestaba el cuaderno, una mirada de reojo durante la prueba, un papelito doblado. Suponía siempre, en todo caso, una procedencia identificable. Y lo que se castigaba, más que la repetición, era la deshonestidad: hacer pasar por propio lo que era de otro. La copia, en ese sentido, era inseparable de un acto de ocultamiento.

El plagio era una versión más sofisticada de la misma operación. Más letrada, más adulta, atravesada por el derecho de autor y por la idea moderna de que un texto pertenece a quien lo firmó. Pero la lógica era la misma: alguien escribió, otro tomó sin avisar, el rastro existe y puede reponerse. Por eso el plagio se prueba. Se compara, se subraya, se muestra el original. Toda la maquinaria académica de la cita, la nota al pie y la bibliografía está construida sobre ese supuesto: que cada idea, cada formulación, tiene un dueño y un origen rastreable.

Hace ya varios años que se viene pensando dentro del ámbito académico esta frontera entre original y copia en el mundo digital. En un texto que escribí en 2018, recuerdo haber abordado esta cuestión de la mano de autoras como Carina Lion, quien sostenía que en los documentos electrónicos este límite empezaba a desdibujarse, porque cada texto era, en sí mismo, una versión única en mutación. Lo que entonces no se podía ver era que el problema no iba a venir por el lado de la copia sino por su reverso. No de un texto que se reproduce demasiado, sino de un texto que aparece sin haber estado antes en ningún lado.

Eso es, en rigor, lo que le pasaba a Mauro. No había copiado, en el sentido viejo de la palabra. No había, tampoco, plagiado: no había una fuente que pudiéramos abrir al lado para mostrar la coincidencia. Su trabajo era, paradójicamente, original —en la acepción más literal del término, la de no haber sido escrito antes—. Y sin embargo, no era suyo. 

De modo que la pregunta que el profe me traía, sin saber que la traía, no era cómo probar el engaño. Era otra, más difícil: qué hacemos con un texto que cumple con todo lo que le pedimos y al que, sin embargo, le falta lo único que importaba. Porque la consigna se cumplía. Mauro había entregado a tiempo, había respondido los puntos, había usado los términos del tema visto en clase, había estructurado el trabajo con introducción, desarrollo y cierre. Si uno hiciera una lista de los criterios habituales de evaluación, la mayoría estaría tildado. Y aun así, el profe sabía que, en algún sentido que es necesario repensar, el trabajo no le pertenecía. ¿O si?

Lo incómodo de la escena no es lo que Mauro hizo. Es lo que la escena revela sobre lo que veníamos pidiendo. Si nuestras consignas pueden ser respondidas indistintamente por un estudiante o por una máquina, tal vez convenga preguntarse qué estuvimos pidiendo todo este tiempo. No es un problema nuevo; la inteligencia artificial no lo creó. Lo expuso. Hace décadas que la escuela viene aceptando, y muchas veces premiando, textos sin huella: el resumen prolijo del manual, la respuesta correcta que reproduce sin transformar, el trabajo bien presentado que no dice nada. La diferencia es que antes ese vacío se podía disimular, porque el esfuerzo de copiar todavía dejaba rastro de algo —de una voluntad, al menos, de cumplir—. Ahora, ni siquiera eso.

Cuando un docente con años de aula dice “no son sus palabras”, está nombrando algo que no entra en los detectores. Está dando cuenta de una huella, un registro. Esa huella, etimológicamente, es la marca que algo deja al pasar. No es la cosa: es el rastro. En la huella hay siempre una ausencia —el pie ya se levantó, el animal no está— y al mismo tiempo, queda el indicio inconfundible de que alguien o algo estuvo. Aplicado a la escritura, la huella es lo que un texto deja ver de quien lo escribió: una inflexión, un giro, una decisión, incluso un error revelador. No es lo que el texto dice. Es lo que el texto deja entrever de la mano que lo hizo.

Lo que la inteligencia artificial pone en escena, en su uso más frecuente, son textos sin huella. Textos que podrían haber sido escritos por cualquiera y que, por lo tanto, no fueron escritos por nadie. Pero —y este es el punto que cuesta admitir— se trata de un producto similar al que podría producirse si lo copian de Wikipedia o del Ricón del Vago, o del propio manual propuesto por el docente. La diferencia con Mauro es de procedimiento, no de naturaleza. En todos los casos, se trata de un texto que no es propio. 

Tal vez sea hora de aceptar que la pregunta por la copia ya no se sostiene. Tampoco la del plagio, ni siquiera la de la trampa, al menos en el sentido en que solíamos usarla. Porque la trampa supone un juego con reglas compartidas: alguien las acepta y, en secreto, las viola. Pero acá las reglas se movieron. Mauro no está jugando exactamente el mismo juego que su profe. Y la incomodidad de la escena no viene de que haya hecho trampa, sino de que, en el fondo, todavía no sabemos del todo a qué se está jugando.

Lo que queda no es resignarse sino correr el eje de análisis. La pregunta no es ya cómo descubrimos al que hizo trampa, sino cómo diseñamos consignas que pidan, efectivamente, otro tipo de operaciones cognitivas. Me refiero a procesos en los que esa huella de la que hablábamos recién, sea la condición de existencia del trabajo, no un detalle estilístico que se evalúa —y se castiga—, al final. Eso supone aceptar algo que la escuela no termina de tolerar: que el aprendizaje no es la entrega de un producto terminado, sino el rastro de un recorrido. Que lo que importa no es lo que el estudiante escribe, sino lo que pasa por él mientras lo hace. Y para que eso se vea, hay que diseñar tareas que permitan asomarse a ese proceso. 

No se trata de prohibir la inteligencia artificial ni de fingir que no existe. Se trata, más bien, de mirar con honestidad lo que esta escena expone. Por un lado, el reclamo del profe a Mauro pierde fuerza apenas uno se detiene a pensarlo. Hoy es posible aprender con una herramienta que devuelve, ajusta, repregunta, y que permite ver el propio pensamiento mientras se está formando. Eso no era posible hace cinco años. Es muy difícil que un humano pueda hacer con un estudiante, lo que una inteligencia artificial puede hacer (con todos) cuando se la usa para pensar y no para zafar. La diferencia, depende de la consigna que recibió y del lugar donde se le enseñó a pararse.

Tal vez por eso convenga dejar de mirar a Mauro y empezar a observar la escena completa. Porque la inteligencia artificial, bien usada, no es lo contrario del pensamiento. Puede ser una de las pocas herramientas que, por primera vez, nos permita ver cómo alguien piensa mientras piensa. Y eso —que la escuela buscó durante un siglo sin encontrar— es algo que ningún detector de plagio va a poder darnos.

Referencias bibliográficas

Lion, C. (2006). Imaginar con tecnologías. Relaciones entre tecnologías y conocimiento, Buenos Aires: La Crugía Ediciones.

Javier Lamónica
Director General en Ediciones Deceducando | Web | + posts

Magister y Especialista en Gestión Educativa por la Universidad de San Andrés. Ha dirigido y formado parte de diversos proyectos de investigación en agencias públicas e instituciones privadas. Participó como expositor, de diferentes seminarios y congresos educativos. Escribe asiduamente en publicaciones referidas al área. Asesor y supervisor en instituciones de nivel inicial, primario y secundario sobre temas relacionados con gestión educativa y convivencia escolar.

por Javier Lamónica

Magister y Especialista en Gestión Educativa por la Universidad de San Andrés. Ha dirigido y formado parte de diversos proyectos de investigación en agencias públicas e instituciones privadas. Participó como expositor, de diferentes seminarios y congresos educativos. Escribe asiduamente en publicaciones referidas al área. Asesor y supervisor en instituciones de nivel inicial, primario y secundario sobre temas relacionados con gestión educativa y convivencia escolar.

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