Por Javier Lamónica
Hay una escena que se repite con una regularidad llamativa en las entrevistas con familias durante la entrega de boletines. Aparece frente a estudiantes con muy buenos rendimientos, trayectorias ordenadas, incluso destacadas. Y, casi como una aclaración preventiva, surge rápido la frase: nosotros no lo presionamos, como si hiciera falta despegarse de ese resultado. Esa intervención, que en principio busca ubicar a la familia en un lugar más relajado, termina produciendo el efecto contrario: deja entrever que hay algo de esa exigencia que circula, aunque no se la nombre de manera directa.
Porque lo interesante no es tanto lo que se dice, sino lo que se intenta negar. En ese gesto de desmentida aparece la marca de una expectativa, de un clima, de una forma de relación que el estudiante encarna. No se trata necesariamente de una presión explícita, de órdenes o demandas claras, sino de algo más difuso pero igual de efectivo: una atmósfera donde ciertos resultados son valorados, esperados, incluso naturalizados. Y en ese marco, el buen rendimiento deja de ser completamente “propio” para volverse también una respuesta.
Ahí es donde se pierde una posibilidad clave: la de leer ese rendimiento como un vínculo genuino con el conocimiento. Como si reconocer que al estudiante le va bien porque le interesa, porque se engancha, porque encuentra sentido en lo que hace, implicara automáticamente admitir que hubo presión. Entonces, para evitar esa asociación, se opta por correrse del todo. Pero ese corrimiento no borra la escena, solo la vuelve menos visible, más difícil de pensar.
El contraste con los malos rendimientos es bastante elocuente. Cuando las cosas no funcionan, cuando aparecen dificultades o trayectorias más débiles, esa distancia desaparece. No hay aclaraciones ni matices. El problema se ubica rápidamente en el estudiante, sin que aparezca la necesidad de revisar qué lugar ocupa la familia en ese vínculo con el aprendizaje. La explicación se activa solo en un sentido. En el otro, no hace falta: el fracaso ya tiene responsable.
Desde la escuela, lo que intentamos señalar es algo más simple y más difícil a la vez: que el vínculo de un chico con el conocimiento no se construye solo. En ambos casos hay una trama, un conjunto de referencias y de modos de valorar el estudio que exceden al estudiante y que, de una u otra forma, lo orientan. Eso no significa que el chico no tenga nada propio ahí. Significa que lo propio siempre se construye en relación con otros, y que los primeros otros son la familia.
Esto se ve con bastante claridad en ciertas formas de estudiar. Hay estudiantes que sostienen buenos resultados, que cumplen, que responden bien en las evaluaciones, pero que lo hacen desde una lógica más bien memorística. Repiten, organizan, rinden. Pero no necesariamente se apropian de lo que estudian, no construyen una relación propia con ese saber. Es una forma muy eficaz de dar respuesta a una demanda sin implicarse del todo con el contenido. Cumplir sin exponerse.
La imagen del Niño que lo Sabe Todo, ese personaje de Zamba, sirve para ilustrarlo. Un saber que parece completo, ordenado, siempre disponible, pero que no termina de volverse experiencia. Está ahí para ser dicho, más que para ser pensado. No es que el personaje sea mal estudiante, al contrario. Es que su relación con el conocimiento no parece haberle costado nada, y eso, curiosamente, lo vuelve un poco vacío.
En otro registro, I Am Sam muestra algo parecido pero desde el lado del vínculo. Cuando la niña evita mostrar que ya lee mejor que su padre, lo que aparece es que aprender también implica separarse, y que esa separación no siempre es sencilla cuando pone en juego la relación con el otro. Hay estudiantes que frenan ahí. No porque no puedan avanzar, sino porque avanzar tiene un costo que nadie nombró y que la escuela, en general, tampoco sabe muy bien cómo alojar.
Algo parecido ocurre en contextos donde el recorrido escolar lleva al estudiante más lejos de lo que fue posible para sus padres. En algún momento del trayecto, el padre ya no puede ayudar con la tarea. No porque no quiera, sino porque genuinamente no puede. Ese momento tiene consecuencias que no son académicas: es una forma de distancia simbólica que se instala en silencio, sin que nadie la declare, y que organiza de maneras invisibles la relación del chico con el saber.
Por eso la frase nosotros no lo presionamos dice más de lo que parece. No es una mentira ni una evasión. Es, probablemente, una descripción honesta de algo que no se termina de ver. La demanda parental no siempre tiene la forma de una exigencia enunciada. A veces tiene la forma de un silencio, de una mirada, de lo que se festeja o se ignora en una mesa. Y eso también educa. Eso también deja marca. En las entrevistas, cuando logramos abrir esa conversación, algo se mueve. No es inmediato ni definitivo. Pero hay algo en nombrar lo que hasta ese momento circulaba sin nombre que hace que la escena cambie, aunque sea un poco. A veces alcanza con que la pregunta quede instalada.
Javier Lamónica
Magister y Especialista en Gestión Educativa por la Universidad de San Andrés. Ha dirigido y formado parte de diversos proyectos de investigación en agencias públicas e instituciones privadas. Participó como expositor, de diferentes seminarios y congresos educativos. Escribe asiduamente en publicaciones referidas al área. Asesor y supervisor en instituciones de nivel inicial, primario y secundario sobre temas relacionados con gestión educativa y convivencia escolar.
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