Por Javier Lamónica

Durante muchos años tuve a mi cargo la materia “Formación ética y ciudadana”, que, con distintas variantes, forma parte de la formación general del secundario, de primero a quinto año. Entonces, había una película alemana que solía utilizar recurrentemente cuando me tocaba explicar formas de gobierno: La ola, dirigida por Dennis Gansel. La trama se desarrolla en una escuela y comienza con una pregunta bastante sencilla: ¿sería posible que una experiencia autoritaria volviera a producirse en Alemania? Los estudiantes creen que no. Conocen el nazismo, estudiaron el Holocausto, saben hasta dónde puede conducir una sociedad cuando convierte la obediencia, la pertenencia y la identificación de un enemigo en principios para organizar la vida común. Precisamente porque conocen esa historia, están convencidos de que ya no podría repetirse.

El domingo pasado, la extrema derecha ganó las elecciones regionales de Sajonia-Anhalt. Alternativa para Alemania obtuvo casi el 44 por ciento de los votos, duplicando los resultados obtenidos en 2021 y convirtiéndose, por amplia diferencia, en la fuerza con más representantes en el parlamento regional. No consiguió la mayoría absoluta y todavía no sabemos si podrá formar gobierno, pero el resultado alcanza para conmover una certeza que Alemania construyó durante décadas alrededor de su propia historia.

Por supuesto que AfD no es el Partido Nazi y que la Alemania de 2026 no es la de 1933. Hacer esa equivalencia sería históricamente incorrecto y nos impediría entender lo que está ocurriendo. Lo inquietante es que pocas sociedades hicieron un trabajo educativo y cultural tan intenso alrededor de los crímenes de su pasado. Enseñar el Holocausto, sostener sitios de memoria, leer testimonios, explicar el ascenso del nazismo: todo eso sigue siendo indispensable. Pero el resultado del domingo recuerda que ninguna sociedad queda inmunizada para siempre por haber aprendido su historia.

Por eso La ola resulta hoy todavía más interesante que hace algunos años. A los estudiantes de la película no les faltaba información sobre el nazismo. Lo que termina seduciéndolos es una experiencia presente de pertenencia. El movimiento les ofrece un nombre, un símbolo, reconocimiento, fuerza y finalmente una frontera entre quienes pertenecen y quienes quedan afuera. Lo que parecía imposible cuando era una lección sobre el pasado empieza a resultar atractivo cuando consigue responder a algo que ocurre en el presente.

Ese presente cambió mucho desde que se estrenó la película en 2008. La extrema derecha avanzó en distintos países europeos y encontró un terreno fértil en la incertidumbre económica, las dificultades de acceso a la vivienda, las migraciones, el deterioro de las expectativas de futuro y la desconfianza hacia las instituciones. No inventó necesariamente esos malestares. Su eficacia consiste muchas veces en capturarlos, ofrecerles una explicación sencilla y señalar rápidamente a quienes serían responsables.

Ulrich Siegmund, el candidato de AfD que acaba de imponerse en Sajonia-Anhalt, agrega una coordenada especialmente contemporánea. Tiene 35 años y construyó buena parte de su popularidad en las redes, particularmente en TikTok. Videos breves, humor, provocación, escenas cotidianas. Una forma de comunicación que consigue llegar especialmente a públicos jóvenes y convertir la política en algo que circula mezclado con el entretenimiento.

Esto debería interesarnos especialmente a quienes trabajamos en educación. Porque el joven que encuentra allí una explicación para su enojo llega con un malestar que no fue inventado por TikTok. Y las plataformas descubrieron algo extraordinariamente rentable en ese malestar: el enojo captura atención, la indignación genera interacción y el odio circula. Como explicaba hace poco Santiago Bilinkis en uno de los últimos episodios de «futuro en construcción», una plataforma no necesita resolver aquello que nos enoja. Le alcanza con que sigamos enojados.

La escuela puede hacer exactamente la operación contraria. Recibir ese malestar sin negarlo y demorarlo antes de convertirlo en una certeza. Preguntar de dónde viene, qué experiencias lo sostienen, qué explicación estamos construyendo para comprenderlo y por qué algunas respuestas necesitan siempre encontrar un culpable. No decirle al joven que aquello que siente está equivocado, sino darle más elementos para pensar aquello que siente.

Y esa tarea se volvió mucho más difícil porque la escuela ya casi nunca inaugura esas conversaciones. Cuando un docente habla de migraciones, desempleo, inseguridad, desigualdad o política, sus estudiantes probablemente ya hayan visto decenas de videos sobre esos temas. La vieja hegemonía escolar sobre el saber se quebró hace tiempo. Antes de que nosotros formulemos una pregunta, muchas veces alguien ya ofreció una respuesta de treinta segundos, un culpable y una comunidad dispuesta a confirmarla.

Algo de esto conocemos en la Argentina. Sería apresurado establecer una equivalencia entre Milei y AfD, pero podemos reconocer una forma parecida de construir adhesiones: jóvenes que desconfían de las instituciones tradicionales, un malestar que buena parte de la política no supo escuchar y dirigentes que encontraron en las redes un lenguaje capaz de convertir ese desencanto en identidad y pertenencia.

El peor error sería responder desde la superioridad. Decir que los jóvenes fueron engañados por TikTok, que votan por memes o que no comprenden aquello que repiten. Si un pibe encuentra en un video de treinta segundos una explicación para algo que le está pasando, tal vez deberíamos preguntarnos qué pregunta suya consiguió escuchar ese video antes que nosotros.

Ahí la escuela todavía tiene algo extraordinario para ofrecer. No una respuesta más verdadera para competir con las redes, sino un tiempo y un espacio en los que una respuesta pueda dejar de ser inmediata. Mostrar algo que no estábamos buscando, escuchar una voz con la que no estamos de acuerdo, hacer que una certeza conviva con aquello que no consigue explicar. El algoritmo necesita aprender quién soy para devolverme más de lo mismo. La escuela puede conseguir que no quede condenado a ser solamente quien ya soy.

Por eso quizás la discusión más urgente no sea cuánto tiempo pasan los chicos frente a las pantallas, sino qué encuentran allí. Quién escucha sus frustraciones, quién les ofrece palabras para nombrarlas y quién consigue organizarlas en una explicación del mundo. Mientras nosotros seguimos discutiendo cómo recuperar su atención, otros aprendieron a organizar su descontento.

El resultado del domingo vuelve difícil aquella tranquilidad con la que comenzaba La ola. El “Nunca más” no es una vacuna que una generación recibe y transmite a la siguiente. Tiene que volver a construirse cada vez, frente a nuevos malestares y también frente a nuevas maneras de convertirlos en odio.

Quizás allí siga estando una de las tareas más profundamente humanas de la escuela: recibir un malestar sin explotarlo, reconocer un enojo sin aumentarlo y acompañar una frustración sin necesitar convertir a alguien en enemigo. No sé si alcanza para detener una ola. Pero mientras otros descubren cuánto dinero, cuántos votos y cuánta atención pueden obtener de nuestro enojo, la escuela todavía puede intentar que aquello que nos duele no necesite transformarse en odio para encontrar una respuesta.

Javier Lamónica
Director General en Ediciones Deceducando | Web |  + posts

Magister y Especialista en Gestión Educativa por la Universidad de San Andrés. Ha dirigido y formado parte de diversos proyectos de investigación en agencias públicas e instituciones privadas. Participó como expositor, de diferentes seminarios y congresos educativos. Escribe asiduamente en publicaciones referidas al área. Asesor y supervisor en instituciones de nivel inicial, primario y secundario sobre temas relacionados con gestión educativa y convivencia escolar.

por Javier Lamónica

Magister y Especialista en Gestión Educativa por la Universidad de San Andrés. Ha dirigido y formado parte de diversos proyectos de investigación en agencias públicas e instituciones privadas. Participó como expositor, de diferentes seminarios y congresos educativos. Escribe asiduamente en publicaciones referidas al área. Asesor y supervisor en instituciones de nivel inicial, primario y secundario sobre temas relacionados con gestión educativa y convivencia escolar.

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