Por Javier Lamónica
Hace unos años, navegando por una página dedicada a la crianza, me crucé con un posteo que se viralizaba entre sus lectoras. Era una lista breve, casi un slogan, titulada “Lujos que solo conoce una madre”. Sentarse tranquila. Comer la comida aún caliente. Entrar al baño sola. Bañarse sin escuchar un escándalo. Dormir ocho horas corridas. La adhesión que generaba era enorme: cientos de comentarios, mujeres que se sentían por fin nombradas en una experiencia que el mundo no parecía registrar.
Indagué un poco. La página se enmarcaba en lo que desde hace algunas décadas conocemos como crianza con apego, o crianza respetuosa, según la variante. Lo que me incomodó no fue la lista en sí. Que la crianza pese, todavía hoy, sobre todo sobre las madres, es algo que el posteo nombra con razón. Lo que me incomodó fue otra cosa, una trama que el posteo no ve. Porque la pregunta que me interesa no es sobre quién recae el peso de la crianza —eso ya lo sabemos—, sino quiénes son los que pueden, más allá del género, criar de ese modo. Toda crianza respetuosa supone, sin necesidad de decirlo, una crianza irrespetuosa. Si una forma de criar es presentada como conquista ética, las otras formas —las que ocurren a contrarreloj entre dos trabajos, en una casa donde duermen cinco personas en una habitación, en un cuerpo que llega a la noche sin reservas— quedan automáticamente del lado del descuido. Nadie lo enuncia, pero la sombra está. Y cae siempre sobre los mismos.
Lo curioso es que el mecanismo se repite, casi sin variaciones, en otros terrenos.
Pienso en la alimentación consciente. Lo orgánico, lo de estación, lo agroecológico, lo sin agrotóxicos, lo que circula en redes de comercio justo. Todo eso es deseable y, en muchos sentidos, necesario. Pero también es más caro, requiere tiempo para cocinar, una cocina equipada, una heladera que ande, una rutina que permita planificar la semana. El que no llega a eso no es el que tiene menos recursos: es el que “se descuida”, el que “no se hace cargo”, el que envenena a sus hijos con productos ultraprocesados. La diferencia material entre una alacena y otra se traduce, sin escalas intermedias, en una diferencia moral.
Pienso en el cuerpo. El gimnasio, el running, el yoga, el pilates, las caminatas de diez mil pasos, las rutinas de fuerza después de los cuarenta. El cuerpo cuidado del profesional urbano contemporáneo —firme, tonificado, sin la marca del cansancio— no es el resultado de una decisión ética sobre la salud. Es el resultado material de no tener que romper el cuerpo trabajando. De disponer de horas libres, energía residual, dinero para una cuota mensual, ropa adecuada, zapatillas que no se rompan. El que no entrena no es el que prioriza mal sus tiempos: es el que ya gastó el cuerpo en el día.
Pienso en el descanso. La higiene del sueño es uno de los discursos más recientes y más reveladores. Apagar las pantallas dos horas antes de dormir. Respetar los ciclos circadianos. No tomar café después del mediodía. Dormir en una habitación oscura, fresca y silenciosa. Ocho horas mínimo. El que duerme mal, según este discurso, es el que no se cuida. No el que tiene un turno rotativo, un familiar enfermo a cargo, un bebé que se despierta cinco veces, un vecino que pone música hasta las tres de la mañana, una mente que no afloja porque el mes no cierra.
Pienso, por último, en la salud mental. “Ir a terapia” se ha vuelto un imperativo de época, casi una obligación cívica. Trabajarse, deconstruirse, sostener un proceso, tener un espacio. Todo eso es valioso, no me caben dudas. Pero un proceso terapéutico serio resulta costoso, requiere horarios estables, una cierta familiaridad con el vocabulario del campo psi, una disponibilidad anímica que no todos tienen al final de su jornada. El que no va a terapia no es el que no puede pagarla: es el que “no se hace cargo de lo suyo”, el que “no se quiere”, el que repite patrones porque elige hacerlo.
Cinco prácticas, un solo gesto. Cada una de ellas se presenta como una conquista ética, una forma superior de habitar la propia vida. Y cada una de ellas, sin necesidad de decirlo, deja del lado de afuera a una mayoría que queda nombrada por defecto como descuidada, irresponsable, desatenta a lo importante.
Pero hay algo más, y aquí es donde el asunto se vuelve incómodo —incómodo también para los que enunciamos estos discursos, porque en gran medida hablamos desde adentro—. No se trata solo de privilegios materiales que se viven como virtudes personales. Se trata, creo, de una pretensión más profunda: la fantasía de estar produciendo, a través de estas prácticas, una versión mejorada de lo humano. Padres más presentes, cuerpos más eficientes, mentes más limpias, sueños más reparadores, alimentos más puros. No sólo mejores condiciones de vida: una humanidad otra.
En la serie del Flash, los metahumanos son aquellos que, expuestos a una radiación particular, desarrollaron capacidades por encima de las del resto. Suena a juego de niños, pero la figura nombra algo de nuestra época. Sloterdijk, hace ya más de dos décadas, hablaba de un proceso largo de “autoproducción” de lo humano, en el que la cultura occidental habría pasado de criar mediante la palabra a criar mediante la intervención técnica. Más recientemente, desde el otro extremo del espectro cultural, el papa León XIV ha venido marcando con preocupación los avances de una época que pretende intervenir sobre lo humano hasta redefinirlo. Vienen de mundos distintos, pero coinciden en algo: el horizonte contemporáneo es la fabricación de una versión “superior” de la especie.
Lo que estos discursos sobre la crianza, la comida, el cuerpo, el descanso, la terapia, tienen en común no es solamente que se sostienen sobre una posición de privilegio. Es que ofrecen, a quienes los practicamos, la sensación de estar en otro nivel evolutivo. Transhumanos discretos. Una humanidad un poco más fina, un poco más cuidada, un poco más despierta. Y en esa fantasía —que es lo que más cuesta admitir— hay un goce. El goce de creernos mejores. No mejor situados, no mejor provistos: mejores.
Tal vez por eso estos discursos se defienden con tanta vehemencia. No porque protejan una práctica saludable, sino porque protegen una imagen de uno mismo. Una imagen difícil de sostener si uno acepta, aunque sea por un momento, que la mayoría del mundo cría, come, duerme y se sostiene psíquicamente como puede. No como elige. No como sabe. Como puede.
Y que, en ese poder, hay también una forma de humanidad. Una que no necesita nombrarse a sí misma como respetuosa.
Referencias bibliográficas
Sloterdijk, P. (2000). Normas para el parque humano. Una respuesta a la Carta sobre el humanismo. Madrid: Siruela. (Conferencia pronunciada en el castillo de Elmau, Baviera, julio de 1999.)
Javier Lamónica
Magister y Especialista en Gestión Educativa por la Universidad de San Andrés. Ha dirigido y formado parte de diversos proyectos de investigación en agencias públicas e instituciones privadas. Participó como expositor, de diferentes seminarios y congresos educativos. Escribe asiduamente en publicaciones referidas al área. Asesor y supervisor en instituciones de nivel inicial, primario y secundario sobre temas relacionados con gestión educativa y convivencia escolar.
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