Por Javier Lamónica
La escena transcurrió sin que nadie pudiera advertirlo. Solo él. No necesitó más que un golpe de vista para advertir lo que para el resto no representaba el menor conflicto. Tres mingitorios ubicados en L, de manera eficiente. Un solo inodoro “fuera de funcionamiento”. Decidió arriesgarse y entrar al baño de mujeres; odiaba hacerlo pero llevaban más de dos horas en el bar y ya había salido con ganas de su casa. Esperó que no hubiera nadie. “Te equivocaste de baño”, le dijo una señora al salir. Pensó decirle que no, pero pidió disculpas, como tantas otras veces.
Con el concepto “tecnología de género”, la teórica feminista Teresa de Lauretis, se refiere a las técnicas y estrategias discursivas que se utilizan para construir y reproducir el género en la sociedad. Esto incluye la forma en que se enseñan y aprenden los roles de género a través de la cultura, las representaciones sociales que se desarrollan en estos procesos y las tecnologías y narrativas que van surgiendo en una trama experiencias que determina lo que en términos conscientes o inconscientes, pensamos acerca de lo que “es” o debe “ser” y “hacer” un varón o una mujer.
A partir de una perspectiva que entiende al género como una construcción social y no biológica, en las últimas décadas se ha venido trabajando mucho desde diferentes sectores para comprender y desarmar estos mecanismos a través de los cuales se moldean nuestras percepciones y comportamientos, constituyendo estereotipos que se arraigan fuertemente en nuestra estructura de conocimiento.
Dentro de estos mecanismos, podemos ubicar a las prácticas discursivas, es decir, la forma en que se habla, se escribe y se representa el género, pero también a las instituciones, las reglas, las prácticas y las normas a través de las cuales dichos discursos se inscriben, determinando el modo en el que ciertos roles resultan más adecuados en función del género de la persona.
Hacia el interior del ámbito educativo, algunos de estos dispositivos han sido discutidos y reelaborados gracias a la Ley de Educación Sexual Integral (26.150), que el año próximo cumplirá veinte años de vida. Sin embargo, la evidencia empírica muestra las limitaciones del programa. Tal como señala Arribalzaga (2019), y sin poner en cuestión la importancia e impacto de esta Ley, los materiales y diseños curriculares de la ESI han adoptado una enfoque predominantemente cis. Esto significa que la perspectiva de género que impregna sus propuestas, si bien ha resultado de gran ayuda, supone y refuerza el binario de la diferencia sexual, dejando por fuera otras formas de identificación.
Volviendo a la escena inicial, aún recuerdo una reunión con familias en la escuela que dirijo en la que con motivo de un viaje educativo, se discutió acerca del armado de las habitaciones. El planteo era el de siempre: varones por un lado, mujeres por otro. Los argumentos también, desde lo más solapados: ”van a estar más cómodos para cambiarse”, “mi hija nunca durmió con un varón”; hasta los más directos: “¿quién se va a hacer cargo si pasa algo?. La preocupación, en boca de las familias (casi todas madres) de estudiantes mujeres. El silencio, de parte de las familias (sobre todo padres) de los estudiantes varones. Nuestra respuesta: hacer foco en la necesidad de cuidar y respetar la intimidad, más allá del género y la identidad sexual de cada estudiantes. Hablar con ellxs sobre la importancia de los tiempos y espacios para el aseo y la higiene personal. Finalmente, valorar la palabra y el trato afectivo para reconocer los límites propios y ajenos.
El encuentro terminó bien, y aunque las habitaciones continuaron con la distribución habitual, fue una oportunidad para conversar acerca de las representaciones sociales que atraviesan los vínculos escolares, y a partir de la cuales muchas veces tomamos decisiones que reproducen prácticas, percepciones y comportamientos que pueden resultar excluyentes para muchxs estudiantes.
Sin embargo, es cierto que el modo en que abordamos dichos discursos, reglas y normas, sigue adoptando una forma conocida. Quiero decir, que los miedos, preocupaciones y argumentos que aparecen en escena, no son diferentes -aunque sí su tratamiento- de los que podían surgir hace algunos años, o los que se pueden dar en otros espacios. Tal vez una de las razones sea que las condiciones de producción y validación de estos (¿nuevos?) conocimientos, continúa en manos de las mismas personas, que no son casualmente quienes suelen ser blanco de opresiones.
Pensemos por ejemplo en el mingitorio. Una vez más voy a recurrir a una escena que puedo describir desde un lugar de privilegio, pero que puede ayudarnos a pensar a partir de otras posiciones. Seguramente otros padres, como yo, han tenido que ingresar con sus hijas a un baño de varones en un espacio público. Luego de taparle los ojos para que no vea un desfile de hombres orinando contra la pared, uno al lado del otro, sin ningún tipo de resguardo, seguramente llegaron a un cubículo en el que, a fuerza de no tocar nada, debieron alzarlas, vulnerando su propia intimidad y autonomía, para que hagan sus necesidades “desde el aire”.
Vayamos ahora a ese mismo espacio, y pensemos en un varón trans, expuesto a una tecnología que no le permite siquiera satisfacer sus necesidades fisiológicas básicas. Pero ni siquiera es necesario pensar en el mingitorio, detengámonos simplemente en el cartel de ingreso; una imágen, más o menos creativa, que determina a qué lugar debés dirigirte en función del modo en el que te identifiques. Ahí es cuando nos damos cuenta hasta qué punto el género modela no sólo nuestro comportamiento, sino también nuestro propio cuerpo.
Si hasta acá no entendés a qué me estoy refiriendo, tal vez seas parte del grupo que tampoco se detuvo a pensar que en la escena que describí dos párrafos atrás, conté lo que me sucedía con mi hija cuando entraba a un baño de varones pero no incluí a mi hijo varón, como si ver a una hilera de hombres con el miembro en la mano, no constituyera para él, un mismo problema.
Entender que estas formas de violencia están atravesadas por el modo que conocemos el mundo que nos rodea, tal vez sea un modo de hacer conscientes las prácticas sociales a partir de las cuales se producen ciertas experiencias que determinan los modos en los que debemos comportarnos. A veces es tan fácil como cerrar ciertos espacios para cuidar la intimidad de todxs, sin exponer a quien por identificarse de un modo diferente no puede, siquiera, ir a estudiar, trabajar o comer tranquilx.
Bibliografía
Arribalzaga, M. B. (2022), «La ESI como analgésico en las aulas de escuelas medias. Algunas reflexiones en torno al abordaje de las trans masculinidades», En Radi, B. (comp), Ni agregados ni excepciones. Pensar la educación más allá del binario de género, Ediciones Deceducando, Buenos Aires.
Javier Lamónica
Magister y Especialista en Gestión Educativa por la Universidad de San Andrés. Ha dirigido y formado parte de diversos proyectos de investigación en agencias públicas e instituciones privadas. Participó como expositor, de diferentes seminarios y congresos educativos. Escribe asiduamente en publicaciones referidas al área. Asesor y supervisor en instituciones de nivel inicial, primario y secundario sobre temas relacionados con gestión educativa y convivencia escolar.
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