Por Javier Lamónica

Hay familias que, después de años de trabajo conjunto con la escuela, deciden cambiar a su hijo de institución justo cuando las cosas parecían encaminarse. No hay un conflicto que lo explique, ni una crisis. Hubo apoyos, adecuaciones, encuentros, y algo de eso funcionó. Y, sin embargo, en el momento en que la trayectoria empieza a estabilizarse, eligen irse.

En otros casos, la escena adopta otra forma pero apunta en la misma dirección. Familias con más de un hijo que reparten las trayectorias: uno permanece en una escuela con acompañamientos, con ciertas condiciones más flexibles; el otro es enviado a una institución distinta, más exigente, más alineada con lo que suele entenderse como “exigencia acamémica”. No es una decisión improvisada. Es una elección que organiza, que separa, que marca.

Como docentes y directivos, en general leemos estas decisiones desde la incomodidad. A veces, incluso, desde cierta indignación. Porque algo de lo que se había construido parece desarmarse unilateralmente, sin diálogo, en una decisión que puede leerse entre líneas. Pero tal vez convenga, antes de ofenderse, escuchar qué esconden esas decisiones.

En El imperio de la normalidad (Caja Negra, 2025), Robert Chapman sostiene que la normalidad no es una condición natural ni un punto de partida neutral, sino una construcción histórica que ordena las vidas. No se trata sólo de describir diferencias, sino de establecer cuáles son aceptables y cuáles quedan por fuera. Y, sobre todo, de definir qué costos tiene habitar ese afuera.

Desde ahí, la pregunta cambia de lugar. Ya no se trata de evaluar si las familias aceptan o no la diferencia, como si fuera una cuestión de voluntad o de valores. Lo que aparece, más bien, es otra cosa: una lectura —muchas veces silenciosa— sobre cómo funciona el mundo. Porque si hay algo que se aprende rápido es que la diferencia no circula en igualdad de condiciones.

Decir que nadie quiere ser diferente puede sonar provocador. No es un rechazo abstracto a la diversidad, ni una negación de las propias singularidades. Es, más bien, el reconocimiento de que hay formas de ser que cargan con más obstáculos, más exposición, más desgaste. Y frente a eso, lo que emerge no es tanto una posición ideológica como una estrategia de cuidado.

Esto no se limita al campo de la discapacidad. Aparece también en otras dimensiones donde la diferencia es, al mismo tiempo, reconocida y tensionada. Podemos sostener, y es fundamental hacerlo, que las identidades de género, las orientaciones sexuales o las pertenencias culturales no establecen jerarquías entre las personas. Pero eso no elimina las condiciones concretas en las que esas diferencias se viven. En la experiencia cotidiana, algunas trayectorias siguen siendo más fáciles de atravesar que otras.

Hay, entonces, una especie de mapa que no necesita ser explicitado para operar. Cuantas más marcas de diferencia se acumulen, mayores son las probabilidades de enfrentar situaciones de exclusión, de incomodidad, de violencia o de invisibilización. Es en ese mapa donde muchas decisiones familiares encuentran sentido. No como rechazo, sino como anticipación. No como negación, sino como un intento de evitar ciertos recorridos.

Volviendo a la discapacidad, nadie en la escuela piensa hoy en términos de enfermedad. Nadie quiere establecer comparaciones de valor entre unas formas de aprender y otras. Pero incluso desde esa perspectiva, hay algo difícil de eludir: si el entorno sigue organizado para una idea de sujeto “típico”, todo lo que se aleje de ahí va a implicar un esfuerzo adicional. Y ese esfuerzo no lo paga el sistema. Lo paga, en buena medida, la familia y, fundamentalmente, los estudiantes.

Es ahí donde algunas decisiones que desde la escuela se leen como contradictorias empiezan a tener otra textura. Instituciones que trabajan en clave de inclusión conviven con movimientos familiares que, en determinados momentos, buscan otra cosa. No necesariamente porque descrean de la inclusión, sino porque calculan, con razones que les sobran, cuánto cuesta sostenerla en un entorno que todavía no termina de alojarla.

Vuelvo entonces a la escena del comienzo, a esa familia que se va cuando algo empezaba a andar. Tal vez lo que estamos viendo no sea una traición al trabajo compartido, sino una lectura muy precisa de hasta dónde llega ese trabajo y dónde empiezan, otra vez, las condiciones del afuera.

Javier Lamónica
Director General en Ediciones Deceducando | Web |  + posts

Magister y Especialista en Gestión Educativa por la Universidad de San Andrés. Ha dirigido y formado parte de diversos proyectos de investigación en agencias públicas e instituciones privadas. Participó como expositor, de diferentes seminarios y congresos educativos. Escribe asiduamente en publicaciones referidas al área. Asesor y supervisor en instituciones de nivel inicial, primario y secundario sobre temas relacionados con gestión educativa y convivencia escolar.

por Javier Lamónica

Magister y Especialista en Gestión Educativa por la Universidad de San Andrés. Ha dirigido y formado parte de diversos proyectos de investigación en agencias públicas e instituciones privadas. Participó como expositor, de diferentes seminarios y congresos educativos. Escribe asiduamente en publicaciones referidas al área. Asesor y supervisor en instituciones de nivel inicial, primario y secundario sobre temas relacionados con gestión educativa y convivencia escolar.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde Ediciones Deceducando

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo