Por Javier Lamónica

En los últimos años comenzó a hacerse visible un fenómeno que, a primera vista, podría leerse como una moda pasajera: la reaparición de consumos culturales analógicos entre jóvenes. Entendemos aquí por “analógico” no solo un tipo de soporte técnico previo a la digitalización, sino también un modo de relación con los objetos culturales caracterizado por su materialidad, su temporalidad acotada y la imposibilidad de consumo fragmentado o inmediato.

Diversos informes de la industria cultural y del mercado musical —como los reportes anuales de la Recording Industry Association of America (RIAA) o la British Phonographic Industry (BPI)— dan cuenta de un crecimiento sostenido en la venta de vinilos durante casi dos décadas, alcanzando cifras comparables a los de los años ochenta. En Argentina, datos de la Cámara Argentina de Productores de Fonogramas (CAPIF) ya mostraban un crecimiento significativo del formato físico en los últimos años, con el vinilo pasando de representar el 15% de la facturación del sector en 2018 a más del 50% en 2020 dentro del mercado físico.

A su vez, estudios recientes sobre hábitos de consumo cultural señalan que una proporción significativa de la Generación Z participa activamente en estos formatos, muchas veces bajo la consigna explícita de “desconectarse” o reducir el tiempo de exposición a pantallas.

Sin embargo, reducir este fenómeno a una simple “vuelta al pasado” resulta insuficiente. Lo que aparece, más bien, es una reacción frente a las condiciones actuales del consumo digital. La promesa de acceso ilimitado —todo disponible, todo el tiempo— ha derivado en una experiencia paradójica: la dificultad para elegir. Escenas cada vez más habituales, como la de dos personas que recorren durante largos minutos el catálogo de una plataforma sin decidirse por ningún contenido, evidencian que la abundancia no necesariamente amplía la libertad, sino que puede producir parálisis.

A esto se suma un creciente descreimiento en los sistemas de recomendación algorítmica. Lejos de funcionar como mediaciones culturales, estos dispositivos operan bajo lógicas de captura de la atención, orientadas a maximizar el tiempo de permanencia en la plataforma más que a promover experiencias significativas. En ese sentido, la “recomendación” deja de ser una invitación a explorar lo desconocido para convertirse en una reiteración optimizada de lo ya consumido.

Frente a esto, los consumos analógicos parecen reponer una dimensión que el entorno digital ha erosionado: la presencia de un otro que orienta. La escena del videoclub —hoy evocada incluso por quienes no la vivieron— no se limitaba a la disponibilidad de un catálogo, sino que incluía la posibilidad de una conversación. La pregunta “¿qué me recomendás?” suponía la existencia de alguien que no solo conocía los materiales, sino que asumía cierta responsabilidad en la sugerencia. Esa intervención, situada y no estandarizada, habilitaba un vínculo distinto con los contenidos.

Asimismo, el objeto material introduce límites que reconfiguran la experiencia. Un disco, una película en formato físico o un libro imponen una temporalidad: tienen un comienzo y un final, requieren cierta disposición atencional, dificultan la fragmentación constante. En contraste con la lógica del scroll infinito, estos formatos reinstalan la posibilidad de una experiencia más continua, menos interrumpida.

Pero tal vez uno de los aspectos más significativos sea el retorno de lo comunitario. Los espacios asociados a estos consumos —disquerías, ferias, tiendas especializadas— no funcionan únicamente como puntos de adquisición, sino como lugares de encuentro. Allí, el acceso al contenido está mediado por el intercambio, la conversación y, por qué no, el conflicto. Frente a la hiperpersonalización de las plataformas digitales, que tienden a aislar al usuario en una burbuja de consumo, estos espacios reintroducen la dimensión colectiva.

Lejos de ser un fenómeno exclusivamente cultural, estas transformaciones permiten abrir una reflexión en el campo educativo. Si algo ponen en evidencia estas prácticas es la centralidad de aquello que, en otros momentos, parecía dado: la transmisión. No ya como simple circulación de información, sino como un acto situado, intencional y, en cierto punto, asimétrico.

Así como el algoritmo organiza la oferta cultural en función de la optimización del consumo, también ciertas perspectivas contemporáneas han tendido a pensar la educación en términos de elección individual, personalización extrema o adaptación a intereses previos. En ese marco, la figura del docente se redefine como “mediador”, “facilitador” o “gestor de aprendizajes”: alguien que acompaña procesos más que intervenir en ellos.

Sin embargo, lo que el retorno a lo analógico parece poner en escena es otra cosa. Allí donde el sujeto queda librado a sus propias elecciones —en un catálogo infinito que no orienta sino que dispersa—, lo que emerge como valioso es la existencia de una referencia externa que ordene, seleccione y, sobre todo, proponga. No cualquier propuesta: una que no esté subordinada a la lógica del gusto inmediato ni a la repetición de lo ya conocido.

En este punto, la noción de transmisión recupera su espesor. Transmitir no es simplemente “poner a disposición”, ni “acompañar” recorridos individuales. Es, en cambio, introducir a otros en un mundo que los precede, acercarles aquello que no buscarían por sí mismos, habilitar el encuentro con lo que, en principio, podría resultar ajeno o incluso incómodo.

A diferencia de la mediación —que tiende a suponer una relación horizontal entre partes equivalentes—, la transmisión reconoce una asimetría constitutiva: alguien que transmite porque sabe algo del mundo, y otro que recibe no como consumidor, sino como heredero posible de esa cultura. En este sentido, la transmisión no responde a la lógica del mercado, donde la oferta se ajusta a la demanda, sino que la desborda.

En esta línea, Masschelein y Simons proponen pensar la escuela como una institución que no se limita a adaptarse a los intereses individuales, sino que suspende —aunque sea momentáneamente— las lógicas del mercado y de la vida cotidiana para poner el mundo en común. La escuela, en este sentido, no confirma preferencias sino que las interrumpe. No organiza la experiencia en función del consumo, sino que habilita un tiempo y un espacio donde algo del orden de lo común puede ser ofrecido a todos, independientemente de su punto de partida.

La aparente “vuelta a lo analógico” puede leerse entonces no como un rechazo a la tecnología, sino como un síntoma de algo más profundo: el cansancio frente a experiencias organizadas exclusivamente en torno a la elección individual y la optimización del consumo. Cuando todo está disponible, lo verdaderamente escaso deja de ser el acceso y pasa a ser la orientación.

En ese contexto, la escuela no pierde relevancia; por el contrario, la recupera. No porque garantice contenidos —algo que hoy cualquier dispositivo promete—, sino porque puede sostener una lógica distinta: la de la transmisión. Es decir, la de ofrecer a las nuevas generaciones algo más que aquello que ya conocen o desean, inscribiéndolas en una trama cultural que no se reduce a sus intereses inmediatos.

Tal vez, entonces, el retorno a ciertos formatos del pasado no esté hablando tanto de nostalgia como de una búsqueda: la de experiencias que no se agoten en el consumo, sino que vuelvan a estar atravesadas por el encuentro con otros y por la posibilidad de recibir algo que no fue previamente elegido.

Bibliografía

Masschelein, J., & Simons, M. (2014). Defensa de la escuela: una cuestión pública. Buenos Aires: Miño y Dávila.

Javier Lamónica
Director General en Ediciones Deceducando | Web |  + posts

Magister y Especialista en Gestión Educativa por la Universidad de San Andrés. Ha dirigido y formado parte de diversos proyectos de investigación en agencias públicas e instituciones privadas. Participó como expositor, de diferentes seminarios y congresos educativos. Escribe asiduamente en publicaciones referidas al área. Asesor y supervisor en instituciones de nivel inicial, primario y secundario sobre temas relacionados con gestión educativa y convivencia escolar.

por Javier Lamónica

Magister y Especialista en Gestión Educativa por la Universidad de San Andrés. Ha dirigido y formado parte de diversos proyectos de investigación en agencias públicas e instituciones privadas. Participó como expositor, de diferentes seminarios y congresos educativos. Escribe asiduamente en publicaciones referidas al área. Asesor y supervisor en instituciones de nivel inicial, primario y secundario sobre temas relacionados con gestión educativa y convivencia escolar.

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