Por Javier Lamónica

Hace unos días escuché en la radio una observación en la que nunca me había detenido. No recuerdo quién la hizo —creo que fue un músico—, pero decía algo tan sencillo como extraordinario: cuando en un recital canta el público, el público no desafina. Puede haber diez mil, veinte mil o cincuenta mil personas cantando al mismo tiempo, muchas de las cuales serían incapaces de sostener solas una melodía, y sin embargo lo que se escucha es una voz reconocible, afinada, siguiendo la canción que propone quien está arriba del escenario.

No sé si la afirmación resiste completamente un análisis acústico, pero tampoco me interesa demasiado. Me interesa la escena. Entre esas miles de personas hay quienes cantan bien, quienes cantan mal y quienes probablemente jamás se animarían a hacerlo si alguien pudiera escucharlos individualmente. En el recital, en cambio, todos pueden cantar. El que desafina sabe que su error se perderá entre los demás; el que tiene vergüenza encuentra en las otras voces una protección. El colectivo hace posible algo que muchos de sus integrantes, por separado, no podrían hacer.

Algo parecido ocurre en un coro. No todos los que lo integran podrían ser solistas, ni tienen el mismo registro, la misma potencia o la misma técnica. Un coro tampoco necesita que todos sean solistas. Necesita que cada uno encuentre un lugar, aprenda a escuchar las otras voces, entre cuando corresponde y acepte que aquello que está produciendo no le pertenece enteramente. Hay algo profundamente democrático en esa experiencia: mi voz cuenta, pero no es la única; puedo aportar a algo que me excede sin que mis limitaciones individuales impidan que ese algo ocurra.

Quizás allí resida una de las fuerzas más extraordinarias de lo colectivo: no simplemente en reunir personas, sino en aumentar lo que cada una puede hacer. Construimos cooperativas, sindicatos, clubes, asociaciones, escuelas y movimientos porque hace mucho descubrimos que existen cosas que no podemos hacer solos. El problema es que esa potencia no tiene una orientación moral asegurada. La multitud que permite cantar al que no se animaría también puede permitirle gritar aquello que jamás se atrevería a decir a solas.

Las tribunas de fútbol ofrecen una imagen bastante brutal de esa otra posibilidad. Miles de personas pueden cantar juntas una canción racista, xenófoba u homofóbica. También allí la voz individual desaparece dentro del conjunto, pero esta vez la protección funciona de otra manera. Ya no me permite participar a pesar de mi vergüenza: me permite hacer algo de lo que probablemente debería avergonzarme. El colectivo puede volvernos valientes, pero también puede ofrecernos el escondite perfecto para la cobardía.

Por eso resulta tan difícil atribuir responsabilidades frente a algunos comportamientos colectivos. Cuando una tribuna entera entona una canción discriminatoria, terminamos sancionando al club, clausurando una cancha o quitando puntos porque necesitamos encontrar alguna forma de intervenir. Y probablemente sea necesario. Pero que una hinchada deje de cantar algo porque sabe que perjudicará a su equipo no significa necesariamente que haya aprendido por qué no debería cantarlo. A veces conseguimos producir silencio sin haber logrado ninguna transformación.

Solemos pensar el poder de una multitud por aquello que hace: una plaza que se llena, una hinchada que canta, una comunidad que se organiza, un grupo que reclama. Mucho menos pensamos en aquello que una sociedad produce cuando, colectivamente, deja de reaccionar. Hay silencios que protegen, silencios prudentes, silencios impuestos. Pero también existen silencios que, por repetición y acostumbramiento, terminan modificando los límites de aquello que estamos dispuestos a aceptar.

La semana pasada, el presidente Javier Milei volvió a utilizar la expresión “mierda humana” para referirse a periodistas y antagonistas. No se trató de un exabrupto aislado. El insulto, la degradación del adversario y la descalificación de quien cuestiona se han convertido en una parte reconocible del discurso presidencial. Y quizás lo más inquietante a esta altura no sea solamente que el Presidente de la Nación hable de ese modo, sino que cada vez resulte menos extraordinario escucharlo.

No hace falta estar en contra de Milei para advertir el problema. Se puede haberlo votado (está claro que no es el caso), coincidir con su programa económico o defender muchas de las decisiones de su gobierno y considerar al mismo tiempo inadmisible que quien ocupa la Presidencia convierta sistemáticamente a quien discrepa en alguien despreciable. Si cualquiera de nosotros tratara de “mierda humana” a un compañero de trabajo, a un cliente, a un estudiante o a una persona que cuestiona una decisión nuestra, probablemente tendría que dar explicaciones y, en muchos casos, perdería su trabajo. Es extraño que aquello que consideraríamos intolerable en casi cualquier ámbito pueda naturalizarse cuando proviene de la máxima autoridad del Estado.

Mientras terminaba de escribir este texto ocurrió algo que hizo todavía más difícil eludir esa discusión. Milei fue invitado a hablar ante estudiantes de cuarto y quinto año de la ORT de Almagro, en una actividad presentada alrededor de la ética, la inteligencia artificial y la educación. Sin embargo, prácticamente no habló de inteligencia artificial. Expuso ideas de su próximo libro, recurrió a argumentos bíblicos, calificó a Marx de “satanista”, sostuvo que no existe un tercer camino entre el bien y el mal, volvió a atacar a la oposición y cargó otra vez contra los periodistas. Cuando aparecieron algunos silbidos, en lugar de detener la escena los alentó: si querían hacerlo más fuerte, dijo, él se los iba a festejar.

No quiero detenerme en lo que hicieron los estudiantes. Me interesa bastante más una pregunta anterior: ¿a quién se le ocurre, en este contexto, invitar a Milei a hablar a una escuela sin construir las condiciones necesarias para que ese encuentro sea otra cosa que la prolongación de un acto político? La pregunta no supone que el Presidente no pueda entrar a una escuela. Por supuesto que puede. Una escuela debería poder recibirlo a él, a un dirigente opositor, a un sindicalista, a un empresario o a quien considere que puede aportar algo a la formación de sus estudiantes. Justamente por eso invitar nunca es solamente abrir una puerta.

Una institución educativa es responsable de la escena que construye. Importa a quién invita, para qué lo invita, qué conversación propone y qué mediaciones establece. Si sabemos que una figura pública viene construyendo buena parte de su intervención alrededor del insulto y de la identificación permanente de enemigos, no alcanza con sentarla frente a un auditorio y esperar que, por atravesar la puerta de una escuela, ocurra otra cosa. Lo sucedido en ORT no inauguró esa forma de intervención pública. Quizás lo inquietante sea precisamente que todos sabíamos de antemano qué podía ocurrir.

Porque las palabras también producen acostumbramiento. La primera vez que ocurre algo excepcional nos detenemos. La segunda todavía nos sorprende. Después empezamos a reconocerlo y finalmente puede convertirse en paisaje. Una de las maneras más eficaces de correr los límites de lo aceptable no consiste en conseguir que todos estén de acuerdo con aquello que se dice, sino en lograr que ya nadie considere necesario reaccionar. No hace falta que una sociedad comparta la violencia para que esa violencia se vuelva tolerable. A veces alcanza con que aprenda a convivir con ella.

Y creo que estamos llegando a un punto en el que ya no alcanza con explicar cada nuevo insulto como parte del estilo de Milei. Tampoco con esperar el siguiente, indignarnos durante algunas horas y continuar. No estoy hablando de impedirle hablar ni de responder a la violencia con otra violencia. Estoy hablando de algo mucho más elemental: de construir un límite público frente a una forma de ejercer el poder que degrada sistemáticamente a quien es señalado como adversario.

Por eso el silencio empieza a resultarme insuficiente. Y no pienso solamente en decir individualmente que algo nos molesta. Hace falta recuperar la capacidad de manifestarnos, pronunciarnos, organizarnos y expresar colectivamente que hay formas que no estamos dispuestos a aceptar. No para formar una multitud que insulte más fuerte, sino para impedir que el insulto, a fuerza de repetirse, termine estableciendo el tono de nuestra conversación pública.

Tal vez por eso aquella imagen del recital me quedó dando vueltas. Al principio pensaba solamente en esa persona que se anima a cantar porque sabe que su voz va a estar acompañada por miles de voces. Después pensé en la tribuna y en la posibilidad contraria: aprovechar esas mismas voces para esconderse, diluir la responsabilidad y decir en grupo aquello que difícilmente nos atreveríamos a decir solos. Pero entre esas dos escenas hay algo que me interesa todavía más. En ambas, lo colectivo consigue que hagamos cosas que probablemente no haríamos por nuestra cuenta. La diferencia está en qué hacemos con esa potencia. Podemos usarla para desaparecer entre los demás o para construir con ellos una fuerza que no tendríamos solos. Y quizás esa diferencia sea especialmente importante cuando lo que tenemos enfrente no es la voz de otro individuo, sino una violencia que se pronuncia desde el poder.

Durante demasiado tiempo parecemos haber confiado en que cada nuevo exceso encontraría por sí mismo su límite. Que habría una palabra que ya no podría decirse, una humillación que resultaría inadmisible, un episodio que finalmente produciría una reacción. Pero los límites no aparecen solos. Si nadie los sostiene, se corren. Y aquello que ayer nos hubiera resultado intolerable puede terminar formando parte, casi sin que lo advirtamos, de la manera habitual en que se habla, se discute y se ejerce el poder.

Quizás haya llegado el momento de volver a confiar en aquella intuición del recital: no hace falta tener una voz extraordinaria para sumarse a una voz colectiva. Tampoco hace falta estar de acuerdo en todo para reconocer que hay algo frente a lo cual ya no queremos permanecer en silencio.

A veces, para que algo deje de escucharse como normal, hace falta que empiece a escucharse otra cosa.

Javier Lamónica
Director General en Ediciones Deceducando | Web |  + posts

Magister y Especialista en Gestión Educativa por la Universidad de San Andrés. Ha dirigido y formado parte de diversos proyectos de investigación en agencias públicas e instituciones privadas. Participó como expositor, de diferentes seminarios y congresos educativos. Escribe asiduamente en publicaciones referidas al área. Asesor y supervisor en instituciones de nivel inicial, primario y secundario sobre temas relacionados con gestión educativa y convivencia escolar.

por Javier Lamónica

Magister y Especialista en Gestión Educativa por la Universidad de San Andrés. Ha dirigido y formado parte de diversos proyectos de investigación en agencias públicas e instituciones privadas. Participó como expositor, de diferentes seminarios y congresos educativos. Escribe asiduamente en publicaciones referidas al área. Asesor y supervisor en instituciones de nivel inicial, primario y secundario sobre temas relacionados con gestión educativa y convivencia escolar.

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