Por Javier Lamónica

Este fin de semana las plazas se llenaron sin que nadie las convocara desde arriba. No hubo escenario, ni atril, ni programa. Hubo bombos, banderas con nombres de barrios y de canciones, bengalas y una multitud que recitaba un cancionero de memoria. En el mismo pogo se mezclaban un hombre de sesenta años que había visto tocar a los Redondos en los ochenta y un pibe de quince que no había nacido cuando la banda ya se había separado. Cantaban lo mismo. Y a esa escena, espontáneamente, todos le pusieron el mismo nombre: misa.

Me detengo ahí, en la palabra. Porque no es casual que para nombrar la despedida del Indio Solari nadie haya recurrido al vocabulario del espectáculo —recital, show, homenaje— sino al de la liturgia. Misa ricotera. Como si hiciera falta una categoría religiosa para dar cuenta de algo que la categoría musical ya no alcanza a explicar. Hay una comunidad que se reconoce por señas, canciones y rituales; hay una fidelidad que atraviesa décadas; hay una historia que pasa de una generación a otra. Y ahora, también, un muerto que empieza a ocupar un lugar cercano al de los santos populares. Lo que se pone en juego ahí no es solamente el consumo de una obra. Es la pertenencia.

Lo verdaderamente llamativo es que esa pertenencia consigue hoy algo que pocas instituciones parecen capaces de lograr. Cruza edades, cruza clases, atraviesa experiencias de vida muy distintas. Ese pibe de quince que se sabe entera una canción de una época que no vivió y a la que no llegó solo: le llegó de alguien que estaba antes —un padre, un hermano mayor, una radio prendida en un auto durante un viaje largo— y la hizo suya. Algo pasó de una generación a la siguiente sin que mediara ninguna institución. Cuesta entonces no pensar en la escuela. Pasar algo de una generación a otra es su tarea más propia, y sin embargo es justamente la que hoy parece costarle más.

Conviene recordar también de dónde vienen esas canciones. Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota nació en La Plata en 1976, el mismo año del golpe militar. Durante la dictadura construyó buena parte de su identidad en los márgenes, lejos de los grandes escenarios y bajo las limitaciones de una época que vigilaba de cerca la palabra pública. En ese contexto, la letra cifrada no era solamente una elección estética. Era una forma de supervivencia. La censura podía perseguir lo evidente, pero tenía más dificultades para capturar lo que se escondía en la metáfora, en la imagen, en la ambigüedad. Como ocurrió con tantas canciones de Charly García, había cosas que solo podían decirse sin nombrarlas.

Y hay algo en eso que vale la pena no pasar por alto, porque desarma una de nuestras certezas sobre cómo se aprende. Solemos creer que para que algo se transmita hay que volverlo lo más accesible posible, ajustarlo del todo a quien lo recibe, quitarle del camino cualquier dificultad. Los Redondos muestran lo contrario. Esas letras llegaron hasta hoy no a pesar de su complejidad, sino en buena medida gracias a ella: porque pedían volver, repetir, discutir, entender de a poco. Lo que permanece no suele ser lo que se consume más rápido, sino lo que reclama una apropiación más lenta, más trabajosa y también más compartida.

Por eso me cuesta aceptar ciertos diagnósticos apurados sobre los jóvenes. Ese pibe que se sabe de memoria canciones escritas mucho antes de que naciera no encaja del todo en la figura del sujeto incapaz de concentrarse, de sostener un interés o de comprometerse con algo que demande esfuerzo. Hubo ahí un trabajo. Escuchó, memorizó, interpretó y se incorporó a una tradición que existía antes que él. Si todavía ocurren experiencias como esa, entonces quizás no esté perdido aquello que tan seguido damos por perdido. Alguien transmitió. Quiere decir que todavía se puede.

Hay además otra cosa, del lado del Estado, que no es menor. Este país tiene una larga costumbre de despedir en común a las figuras que siente parte de su historia, y el lugar donde esa despedida se permite —o se niega— nunca fue neutro. A Evita la lloraron multitudes durante días, y fue el propio Estado el que organizó ese duelo: filas bajo la lluvia, ambulancias, asistencia, un orden que no se desordenó porque el aparato entero se había puesto a su servicio. A Perón y a Alfonsín los velaron en el Congreso, en el recinto; y a Alfonsín, el hombre de la vuelta a la democracia, se lo despidió con el preámbulo de la Constitución sonando en loop, como si la institución reconociera que ese dolor era también asunto suyo. A Maradona lo velaron en la Casa Rosada, aunque la casa no alcanzó a contenerlo y hubo que cerrar antes de tiempo. Y al Indio, directamente, se le cerró la puerta: no reunía las condiciones, dijeron, y la despedida terminó armándose por fuera, en Avellaneda, librada a los suyos.

La multitud estuvo —en las plazas, en las calles, en los encuentros improvisados de todo el fin de semana—. Lo que faltó fue una institución dispuesta a recibirla. Como si esa enorme comunidad hubiera quedado a cargo de hacer sola lo que necesitaba: despedir a uno de los suyos.

Y sin embargo hay algo más que me cuesta terminar de entender. Esa multitud que logra reunirse sin estructuras, sin aparatos y sin convocatorias formales convive con una época que se describe a sí misma como individualista, descreída de lo colectivo y cansada de la política. Millones de personas capaces de encontrarse para cantar las mismas canciones no se traducen necesariamente en una organización, una demanda o un proyecto común. ¿Qué significa eso? ¿Qué clase de comunidad es esta, que puede reunirse masivamente sin convertirse en otra cosa?

No tengo una respuesta clara. Tal vez lo político no desapareció y simplemente encontró otros lugares donde alojarse. Tal vez seguimos necesitando pertenecer a algo más grande que nosotros mismos, aunque ya no confiemos en las formas que durante mucho tiempo organizaron esa necesidad. O tal vez haya ahí una reserva que todavía no sabemos nombrar.

Vuelvo entonces a la imagen del comienzo. A ese pibe de quince cantando una canción más vieja que él, que aprendió de alguien que a su vez la había aprendido de otro. La misa se hizo sin templo: se lo negaron y se las arregló igual, como siempre. Y mientras cantaba, ya se la estaba pasando al que tenía al lado.

Javier Lamónica
Director General en Ediciones Deceducando | Web |  + posts

Magister y Especialista en Gestión Educativa por la Universidad de San Andrés. Ha dirigido y formado parte de diversos proyectos de investigación en agencias públicas e instituciones privadas. Participó como expositor, de diferentes seminarios y congresos educativos. Escribe asiduamente en publicaciones referidas al área. Asesor y supervisor en instituciones de nivel inicial, primario y secundario sobre temas relacionados con gestión educativa y convivencia escolar.

por Javier Lamónica

Magister y Especialista en Gestión Educativa por la Universidad de San Andrés. Ha dirigido y formado parte de diversos proyectos de investigación en agencias públicas e instituciones privadas. Participó como expositor, de diferentes seminarios y congresos educativos. Escribe asiduamente en publicaciones referidas al área. Asesor y supervisor en instituciones de nivel inicial, primario y secundario sobre temas relacionados con gestión educativa y convivencia escolar.

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