Por Javier Lamónica
Hace algunos días, apenas iniciado el ciclo lectivo, un estudiante de la escuela que dirijo me dijo algo que no me pude sacar de la cabeza. Lo dijo como al pasar, en el contexto de una conversación que no anticipé como grave, al menos en el sentido en que solemos usar esa palabra en las escuelas. “En mi casa le prestan más atención al perro que a mi”, me dijo, tratando de justificar las continuas inconductas con las que buscó llamar nuestra atención desde que comenzaron las clases. No lo dijo con enojo. Lo dijo con la resignación de alguien que ya dejó de esperar otra cosa. Semanas después de aquel encuentro, se lanzó Free Spirits, el disco más reciente de Catriel y Paco Amoroso, y algo en esa música me trajo sus palabras con mucha fuerza.
Para quien no los conozca: Catriel Guerreiro y Ulises Guerriero son dos músicos argentinos que en los últimos años pasaron de ser un fenómeno local a ocupar los escenarios más importantes del mundo, con cinco Latin Grammys en la mano y un Tiny Desk que figura entre los ocho más vistos de la historia. Free Spirits es su disco más reciente: doce canciones que transitan el jazz, el funk, la bossa nova, la bachata y el rock sin perder por un segundo la identidad del dúo. Desde afuera, podría leerse como el momento más esperado en la carrera de cualquier artista. Pero si uno se detiene en las letras, lo que aparece es otra cosa.
El disco abre con «Nada Nuevo» y va construyendo, canción a canción, un mapa emocional que no es el de la gloria sino el del agotamiento. En «Himno del mediocre» se presentan como «el subcampeón de los mediocres», celebrando la renuncia, el fracaso propio, la incapacidad de terminar lo que empiezan. En «Soy Increíble», lo que suena como autoafirmación pop termina revelando —según los propios artistas— un océano de dudas e inseguridades. En «No me sirve más» aparece una cultura del descarte en la que nada alcanza, todo se abandona y siempre se quiere más. Y en «Vida Loca», Paco le canta a un amor que cambió por la fama, y recién en el momento de perderlo entiende lo que tenía.
La historia detrás del disco tampoco es menor. En diciembre de 2025, a semanas de lanzar su álbum anterior —ya anunciado, con tracklist publicado—, lo cancelaron. En una entrevista con Migue Granados, Catriel habló de ataques de ira, objetos rotos; Paco, de haber dejado el alcohol y recurrir a vitaminas y suplementos para sostenerse. Luego apareció Sting —en un cortometraje que parece sacado de una película de Wes Anderson— para anunciar el «Free Spirits Wellness Center», un retiro holístico ficticio para artistas al borde del colapso.
Lo que CA7RIEL y Paco pusieron en palabras y en música —la oscilación permanente entre la cima y el abismo, entre la grandilocuencia y la renuncia, entre el «soy increíble» y el «himno del mediocre»— no es solo su historia. Es una descripción bastante precisa de lo que Byung-Chul Han llama la sociedad del rendimiento: una cultura en la que el sujeto ya no es disciplinado desde afuera por una autoridad que impone límites, sino que se explota a sí mismo, convencido de que el límite es siempre superable y que detenerse equivale a fracasar. En ese esquema, el éxito y el agotamiento no se contradicen. Se producen juntos, en el mismo movimiento.
Y acá es donde quiero detenerme, porque hay algo que esta lectura del disco tiene para decirnos sobre las juventudes de hoy que va mucho más allá de la historia de dos músicos.
En 1988 se estrenó Big, la película de Penny Marshall protagonizada por Tom Hanks. En ella, un chico de doce años hace un pedido a una máquina en un parque de diversiones: «Quisiera ser grande». A la mañana siguiente se despierta en el cuerpo de un adulto. El argumento giraba sobre el absurdo y la comedia, pero su premisa descansaba sobre algo que entonces parecía un deseo universalmente comprensible: los chicos quieren crecer. Quieren ser grandes. Quieren lo que tienen los adultos.
Hoy esa película sería inverosímil. No porque el cine haya cambiado, sino porque el deseo cambió. Si alguien rodara esa historia ahora, el chico de doce años no pediría ser grande. Y si uno mira bien a los adultos que lo rodean, se entiende por qué.
En uno de los Desahogos del año pasado, abordamos esta cuestión a propósito de Adolescencia, la serie británica que puso sobre la mesa la incapacidad del mundo adulto para conocer y cuidar a sus adolescentes, no porque seamos malas personas, sino porque hace rato que dejamos de ocupar el lugar que nos correspondía. Nos hicimos «copados», nos pusimos a la par, compartimos gustos y lenguajes, y en ese gesto de simetría generacional —que tiene algo de genuino pero también mucho de abandono— terminamos borrando la diferencia que permite estructurar el vínculo con ellos.
En este contexto, comenzaron a desarrollarse formas de identificación que desconciertan a las adulteces. Jóvenes que se nombran por fuera de lo humano, que se identifican como animales, como mascotas, o que construyen modos de existencia que parecen correrse de las categorías tradicionales. La reacción adulta, muchas veces, oscila entre la burla, el rechazo o la patologización, como si el problema estuviera exclusivamente en esas elecciones.
Sin embargo, si se suspende por un momento esa reacción inmediata, la escena se vuelve más compleja. Porque la pregunta deja de ser por qué alguien elegiría dejar de ser humano y pasa a ser otra: qué condiciones hacen que lo humano ya no resulte un lugar deseable o habitable para algunos sujetos. Dicho de otro modo, no se trata tanto de la rareza de esas identificaciones, sino de lo que revelan sobre el mundo en el que emergen.
Observamos allí una dificultad creciente de las adulteces para ofrecer filiación. No se trata solo de la caída de ciertas formas de autoridad, sino de algo más estructural: la imposibilidad de sostener un lugar desde el cual transmitir, orientar y alojar. Filiar no es imponer, pero tampoco es retirarse. Es poder inscribir a otro en una trama simbólica, ofrecerle un lugar que no tenga que inventar completamente solo.
Massimo Recalcati trabaja esta cuestión a partir de la idea de la “evaporación del padre”, entendida no como la desaparición de una figura concreta, sino como el debilitamiento de una función. Cuando esa función se diluye, lo que se pierde no es simplemente el límite, sino la posibilidad de anudar deseo, ley y pertenencia. En lugar de una libertad plena, lo que muchas veces aparece es el desamparo.
En las escuelas, esta tensión se vuelve visible de manera cotidiana. No solo en la dificultad para sostener normas o encuadres, sino en algo más profundo: la dificultad de muchos estudiantes para encontrar un lugar desde el cual vincularse con el saber, con los otros y consigo mismos. No se trata de falta de capacidad, sino de una fragilidad en los puntos de apoyo que antes organizaban la experiencia escolar.
En ese contexto, ciertas escenas adquieren un valor particular. Un estudiante que dice que a la mascota la tratan mejor que a él no está simplemente exagerando o provocando. Está señalando, de manera cruda, una percepción de desigualdad en el cuidado, en la atención, en el reconocimiento. Está diciendo algo sobre su lugar.
Hace años, una frase en los comedores de Raúl Castells condensaba esa desigualdad de forma brutal: que en este país los perros de los ricos comen mejor que los hijos de los pobres. No es una metáfora amable, pero sí eficaz. Porque muestra que el valor de las vidas no se distribuye de manera homogénea, y que hay formas de existencia más protegidas que otras.
Si ese es el escenario, entonces la pregunta vuelve con otra densidad. ¿Resulta tan extraño que alguien quiera identificarse con aquello que parece recibir más cuidado, más atención, más lugar? ¿Es simplemente una excentricidad o hay ahí una forma —todavía inestable, todavía difícil de leer— de responder a un mundo que no ofrece anclajes claros?
Entre un disco que oscila entre la grandiosidad y la nada, entre una cultura que acelera el deseo pero vacía el sentido, y entre adulteces que no siempre logran ofrecer filiación, lo que aparece no es un problema aislado. Es una dificultad más amplia para producir subjetividades que puedan sostenerse en el tiempo sin depender de extremos.
Quizás el desafío no sea corregir esas expresiones ni normalizarlas rápidamente, sino poder leer lo que dicen. Porque en esa oscilación, en esa incomodidad, en esas formas de nombrarse, hay algo que insiste: la necesidad de un lugar que todavía no termina de construirse.
Bibliografía
- Han, Byung-Chul. La sociedad del cansancio. Barcelona: Herder, 2012.
- Recalcati, Massimo. El complejo de Telémaco: padres e hijos tras el ocaso del progenitor. Barcelona: Anagrama, 2014.
- Recalcati, Massimo. La hora de clase: por una erótica de la enseñanza. Barcelona: Anagrama, 2016.
Javier Lamónica
Magister y Especialista en Gestión Educativa por la Universidad de San Andrés. Ha dirigido y formado parte de diversos proyectos de investigación en agencias públicas e instituciones privadas. Participó como expositor, de diferentes seminarios y congresos educativos. Escribe asiduamente en publicaciones referidas al área. Asesor y supervisor en instituciones de nivel inicial, primario y secundario sobre temas relacionados con gestión educativa y convivencia escolar.
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