Por Luciana Baudry

Soy Luciana Baudry. Soy psicóloga, psicoanalista. Pero hoy no quiero hablar solamente desde ese lugar. O, mejor dicho, quiero hablar también desde otro lugar, uno que no figura en mi currículum.
Soy mamá de gemelos adolescentes. Uno de ellos es autista y estudia en esta escuela.

Así que hoy hablo desde el medio. Como dice, de algún modo, este libro. Literalmente: DESDE EL MEDIO.
Desde el medio del patio de una escuela. Desde el medio de una experiencia. Desde el medio de una pregunta que no se resuelve del todo. Desde el medio de una escena, que se repite para muchas madres y padres cada mañana: acompañar a tu hijo hasta la puerta, verlo entrar, y quedarse un momento esperando en la calle. No esperando que vuelva. Esperando que el día sea uno de los buenos. Que algo afuera lo reciba. Que él encuentre su lugar adentro. Eso es todo. Y es muchísimo.

Incluir no alcanza.
El título del libro nos presenta un problema. Una frase que incomoda.
Es sumamente complejo pensar lo que ocurre en la época, en el medio de la escuela, cuando uno es testigo y protagonista al mismo tiempo.
Este libro no invita a pensar «en» las escuelas como si fueran escenarios ya dados. Invita a pensar «desde» las escuelas. Desde ese tejido de relaciones que circula, que se mueve, que tropieza, que aprende, que discute, que se afecta.
Viene a decir que no alcanza con que alguien esté adentro de la escuela. No alcanza con un acompañamiento, una normativa, una adaptación o un informe. No alcanza con la buena intención.
Ese es, para mí, uno de los gestos más potentes del libro: pensar la escuela desde la escuela. No hablar sobre la escuela como si fuera un problema ajeno, sino producir pensamiento desde el lugar donde las cosas pasan.

Y por eso me interesa mucho la palabra MEDIO. Que no es lo mismo que el CENTRO.
Se suele valorar el centro: vivir en el centro, estar cerca del centro, las ideas centrales, los saberes centrales de un texto.
Pero cuando hay un centro, también aparecen las periferias: los que quedan afuera, los que deben adaptarse, los que tienen que demostrar que pueden entrar.
Pensar desde el centro tranquiliza, porque organiza todo alrededor de una idea de normalidad.
Tal vez la escuela no pueda pensarse desde el CENTRO.
Tal vez la inclusión tampoco.
Tal vez haya que salir de esa lógica que ordena todo en torno a un lugar privilegiado, estable, normal, y animarse a pensar desde el MEDIO: entre las aulas, entre los docentes, entre los alumnos, entre las familias.

Y entonces los autores nos proponen otra cosa: no cerrar el problema demasiado rápido. No apurarse a explicar. No correr enseguida hacia la norma o la solución tranquilizadora. Nos proponen habitar el MEDIO.

Un MEDIO donde aparecen frases, emociones, sensaciones:
«Que se vaya un rato afuera.» «Que esté, pero con alguien.» «Que participe, pero un ratito.» «Que no interrumpa.» «Que no complique al grupo.»

Todas responden a una lógica de los lugares. Estar adentro o afuera. Con nosotros o aparte. Integrado o derivado. ¿Incluido o incluido a medias?

¿Cuántas personas reconocerían estar en desacuerdo con los ideales más difundidos del discurso de la inclusión? Seguramente pocas.
¿Cuántas veces hemos sido conscientes de la asimetría que el discurso de la inclusión naturaliza? Incluir no alcanza.

Hay una trampa en la palabra inclusión.
Uno la pronuncia y parece que algo ya está hecho. Se firma un documento, se asigna un acompañante, se adapta una evaluación, se arma una reunión, se escribe un informe, y el sistema respira. Incluimos. Listo. Pero Javier, Guido y Marcos vienen a decir que ocupar un lugar no es lo mismo que habitarlo.
Que estar en una escuela no es necesariamente formar parte de ella. Como escriben en el libro: «La inclusión no se juega únicamente en el texto de una resolución ni en la firma de un informe» (Lamónica et al., 2026, p. 24).
Y entonces aparece una pregunta que recorre todo el libro, aunque no siempre de manera explícita:
¿Cómo se habita hoy el lugar docente, el lugar alumno, el lugar institución educativa?
La pregunta es difícil porque durante mucho tiempo pareció que esos lugares venían dados por las nominaciones.
Si alguien decía «maestra», «madre», «padre», «alumno», «psicóloga», parecía que ya sabíamos qué hacer, cómo ser, qué esperar.
Pero las condiciones de existencia cambiaron. Y cambiaron las condiciones políticas, económicas, tecnológicas, familiares, subjetivas, escolares. Y cambiaron los cuerpos que llegan a la escuela y cambiaron también las preguntas que esos cuerpos traen.
Entonces quizás habría que preguntarse si habitar un lugar del mismo modo en que se lo habitó siempre sigue siendo posible.

El libro trabaja mucho sobre la incomodidad. Y me parece interesante, porque no la trata como un accidente, ni como algo que habría que eliminar rápidamente. La incomodidad aparece, en el libro, como una emoción señal.

Que un adolescente esté con el celular en clase. Que alguien use ChatGPT para hacer un trabajo. Que un alumno necesite más tiempo. Que otro interrumpa. Que una consigna no funcione. Que el grupo se fastidie. Que la familia reclame. Que el docente no sepa qué hacer.
Situaciones, muchas veces, que exceden una realidad conocida. Y por eso incomodan. Interpelan los recursos teóricos, las prácticas escolares, los modos de estar juntos.
En las entrevistas que los autores van presentando en el libro, la incomodidad aparece en los cuerpos docentes cuando algo no funciona como se esperaba.
Y aparece en los alumnos que comparten el aula con alguien que tiene otras formas de aprender, de hablar, de moverse o de vincularse.
Y aparece en las familias que sienten que la diferencia de un compañero les complica algo. También aparece en los profesionales de apoyo, que muchas veces llegan desde afuera y quedan en una especie de extranjería institucional: están en la escuela, pero no son parte de la escuela.
Todo esto nos obliga a pensar qué significa realmente una comunidad educativa cuando la inclusión deja de ser una consigna publicitaria y se vuelve una práctica concreta.
Tensionar la inclusión, como proponen los autores, es cuestionar también las formas de exclusión que muchas veces la propia inclusión formal produce.

Y ahí aparecen más preguntas: ¿Qué hacemos con la incomodidad?

Pienso que desmentir la presencia de las emociones es problemático. ¿Qué hacen las emociones? ¿Qué efectos tienen?
Las emociones, siguiendo las ideas de Sara Ahmed, no pueden ser pensadas exclusivamente como propiedad de los sujetos, como estados psicológicos, sino como construcciones sociales efecto de las interacciones entre los cuerpos, en las relaciones entre las personas.
Las emociones delimitan espacios y distancias. Y, al delimitar el espacio, establecen un centro y una periferia. La emoción incomodidad hace algo entre y en esos cuerpos. Está en el MEDIO.

No como una emoción que alguien tiene, sino que produce. Que hace. Que legitima o pone en valor algunos cuerpos más que otros. Lo que este libro propone es leerla. Cartografiarla. Hacer de la incomodidad una brújula.
Y ahí aparece una pregunta inevitable: ¿Qué hacemos con la incomodidad?
Porque la incomodidad no es solamente una emoción privada. No es algo que le pasa a una persona, aislada del resto. La incomodidad circula. Se arma en una escena. Se produce entre cuerpos, miradas, expectativas, silencios, gestos.
A veces acerca. A veces separa. A veces vuelve visible una diferencia. A veces convierte esa diferencia en problema.

La incomodidad está en el medio. Entre el alumno y el grupo. Entre la familia y la institución. Entre el docente y aquello para lo que no siempre fue preparado. Entre la norma y la vida concreta.
Lo que este libro propone, creo, es no negarla. Leerla. Cartografiarla. Hacer de la incomodidad una brújula.
Suely Rolnik, filósofa y psicoanalista brasileña, habla de cartografiar como una práctica sensible: acompañar los procesos tal como están ocurriendo, sin imponer de entrada un mapa previo, sin poner el modelo antes que la experiencia (Rolnik, 1989/2019).
Cartografiar no es describir desde afuera. Es dejarse afectar por lo que pasa y producir desde ahí.
En la escuela eso puede ser muy concreto. Un docente que se detiene. Que mira. Que escucha. Que en lugar de aplicar automáticamente un protocolo se pregunta: ¿Qué está pasando en este grupo? ¿Qué se está jugando acá? ¿Qué necesito yo para poder sostener esta escena?
Y en este punto quiero traer otra diferencia que me parece importante: la diferencia entre empatía y hospitalidad.
La empatía suele presentarse como una palabra bien intencionada. Y muchas veces lo es. Pero también puede tener una trampa: supone que puedo acercarme al otro porque, de algún modo, se me parece. Porque puedo ponerme en su lugar. Porque puedo imaginar lo que siente.

Pero ¿y si el otro no se me parece? ¿Nunca? ¿Y si su diferencia es irreductible? ¿Siempre?
Ahí la empatía puede seguir siendo un gesto desde el CENTRO. Un centro amable, sí, pero centro al fin. No del MEDIO.
Por eso me parece más interesante pensar la inclusión desde la hospitalidad.
Como señala Derrida (2000/2006): «La hospitalidad no pertenece originalmente ni al anfitrión, ni al invitado, sino al gesto mediante el cual se dan al acogimiento. Es ese movimiento de invitación que implica ser huésped y anfitrión al mismo tiempo, es decir en simultáneo» (p. 45).
Entonces: ¿Cómo convertimos la hospitalidad en una práctica escolar? ¿Cómo hacemos de la escuela un lugar que no solo tolera al que llega, sino que se deja transformar por su llegada, transformándose al mismo tiempo?

A modo de cierre

Los autores hablan con rigor académico, pero al mismo tiempo respiran escuela. Eso no es fácil de lograr. El libro no romantiza la inclusión. No dice que alcanza con querer. No dice que la diferencia siempre mejora mágicamente a la escuela. No niega el cansancio, la tensión, la incertidumbre. Pero tampoco se resigna.
En un pasaje central del libro aparece una frase que me parece importante subrayar: «Incluir no alcanza si no se revisan las condiciones que sostienen o desgastan ese gesto» (Lamónica et al., 2026, p. 27).

Me quiero quedar ahí. Porque la inclusión no puede depender solamente de la voluntad épica de una maestra, de la insistencia de una familia, de la sensibilidad de los directores o de la suerte de encontrar un buen acompañante. Si la inclusión depende siempre de alguien que empuja más de la cuenta, entonces algo del sistema todavía no está siendo revisado.

Y esto trae algo del movimiento por los derechos de las personas con discapacidad. Durante mucho tiempo, la discapacidad fue pensada como algo que estaba en el cuerpo de una persona: algo que había que corregir, rehabilitar, compensar o tolerar.
Pero el modelo social de la discapacidad desplaza esa mirada. La discapacidad no se define solamente por una condición individual, sino por las barreras materiales, simbólicas y sociales de un sistema capacitista (Oliver, 1990).
No es la silla de ruedas: son las escaleras sin rampa. No son los cuerpos los que necesitan ser curados para entrar al mundo. Es el mundo el que necesita revisar sus formas de acceso, de reconocimiento y de convivencia.

Y acá quiero permitirme una imagen final.
Tradicionalmente, la física clásica concebía el espacio como un contenedor vacío o fondo preexistente donde se situaban los objetos. En cambio, la física moderna redefine esta idea, planteando que el espacio no es una «caja» previa, sino una entidad que se construye a partir de las relaciones entre las cosas.
Creo que el recorrido que propone este libro va en esa dirección. La inclusión formal piensa la escuela como una caja: primero está el aula, primero está el sistema, primero está el formato; después incluimos. Pero Javier, Guido y Marcos están diciendo otra cosa.
La escuela no es simplemente el lugar donde están los chicos. La escuela se arma con la presencia y entre la relación de todos sus actores. No preguntamos ya solamente dónde está cada uno, sino qué espacio estamos fabricando entre todos.

Javier, Guido, Marcos: gracias por hacer esto desde adentro. Gracias por no esperar tener todas las respuestas para hacer las preguntas. Y por elegir la incomodidad en lugar del manual. Y gracias a ustedes por estar acá esta tardecita, en el MEDIO.


Referencias bibliográficas

Derrida, J. (2006). La hospitalidad. Ediciones de la Flor. (Trabajo original publicado en 1997)

Illouz, E. (2007). Intimidades congeladas: Las emociones en el capitalismo. Katz Editores.

Ahmed, S. (2015). La política cultural de las emociones. Programa Universitario de Estudios de Género, UNAM.

Lamónica, J., Luppino, G., y Campolongo, M. (2026). Incluir no alcanza: La escuela frente a la discapacidad. Ediciones Deceducando.

Chapman, R. (2025). Imperio de la normalidad: Neurodiversidad y capitalismo. Caja Negra.

Oliver, M. (1990). The politics of disablement. Macmillan.

Rolnik, S. (2019). Esferas de la insurrección: Apuntes para descolonizar el inconsciente. Tinta Limón. (Trabajo original publicado en 1989)

 

Luciana Baudry
Psicóloga |  + posts

Luciana Baudry (Buenos Aires, 1979), es Licenciada en Psicología, Universidad de Buenos Aires.
Posgrado en Psicoanálisis Magíster en Vínculos, Familias y Diversidad Sociocultural Instituto Universitario del Hospital Italiano de Buenos Aires. Mas de veinte años de práctica clínica en Hospital y consultorio particular en atención de pacientes adolescentes y adultos.
Sigo leyendo y estudiando sobre psicoanálisis, teoría víncular, transformaciones sociales contemporáneas y problemáticas de género y diversidad.

por Luciana Baudry

Luciana Baudry (Buenos Aires, 1979), es Licenciada en Psicología, Universidad de Buenos Aires. Posgrado en Psicoanálisis Magíster en Vínculos, Familias y Diversidad Sociocultural Instituto Universitario del Hospital Italiano de Buenos Aires. Mas de veinte años de práctica clínica en Hospital y consultorio particular en atención de pacientes adolescentes y adultos. Sigo leyendo y estudiando sobre psicoanálisis, teoría víncular, transformaciones sociales contemporáneas y problemáticas de género y diversidad.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Descubre más desde Ediciones Deceducando

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo