Por Pablo Américo
En 1937, el teórico liberal Walter Lippmann argumentaba en su The Good Society que: «En los inicios, el libre mercado fue una idea política revolucionaria. Fue propuesto cuando los hombres necesitaban destruir la atrincherada resistencia de los intereses establecidos que se oponían a la revolución industrial. Era una teoría formulada con el propósito de destruir leyes, instituciones y costumbres que debían ser destruidos para que el nuevo modo de producción prevaleciera». Al respecto, el teórico anticomunista era explícito: «El libre mercado fue la doctrina destructiva necesaria de un movimiento revolucionario».
Sin embargo, escribía, una vez que los revolucionarios triunfaron, las ideas del libre mercado se transformaron en un «dogma oscurantista y pedante». Esto llevo a que se pensara que el libre mercado como principio debía gobernar la política pública, determinando «qué debería ser gobernado por la ley y que no». Para Lippmann, esto suponía un error básico: creer que en una sociedad existe un terreno de la ley y un terreno de la anarquía. En cambio, sostenía: «en una comunidad no hay algo así: toda libertad, todo derecho, toda propiedad están sostenidos por algún tipo de ley». De este modo, la propiedad no puede existir sin ley: «Todo el régimen de la propiedad privada y el contrato, todo el régimen de la empresa de individuos, socios y corporaciones, existe en un contrato legal y es inconcebible por fuera de ese contexto».
Para Lippmann, esta confusión se originaba por un cierto efecto misticista del derecho a propiedad privada: debido a que es un derecho que no se encontraba en la ley escrita, sino que había evolucionado desde los usos, costumbres y decisiones judiciales de la Common Law anglosajona, los liberales clásicos habían llegado a creer que era una ley natural que pre-existía a la historicidad humana. Bajo esta idea, el mercado aparece como una institución, un orden jurídico que regula e impera por sobre las subjetividades en la sociedad industrial. Este tipo de liberalismo (también conocido como «neoliberalismo» a partir del Coloquio Walter Lippmann organizado en 1938 para analizar The Good Society) termina estableciendo, en palabras del filósofo liberal Louis Rougier, una noción según la cual existe un intervencionismo jurídico por parte del Estado que es correcto y necesario para el desenvolvimiento de la economía capitalista y la «ciudad libre». En cambio, el «intervencionismo administrativo» que implica una gestión autoritaria de la economía y la vida en sociedad, un dirigismo colectivista que busca administrar y controlar el «caso individual», impidiendo la libertad de acción de las empresas y la iniciativa privada.
Lo que aparece ausente en esta concepción es la noción de un intervencionismo político. Un momento en que el soberano, bajo el influjo místico de eso que los modernos quisieron llamar “voluntad general”, decide sobre el orden de las cosas en la vida comunitaria. Se podría aventurar que en la posición de Lippmann y los neoliberales esta “intervención política” es aquella intervención arbitraria y administrativa que elimina la iniciativa individual. Sin embargo, pareciera que en la fijación de leyes generales –sea con la costumbre del Common Law o la codificación del derecho romano- propia del “intervencionismo jurídico” es donde podemos encontrar el mayor potencial político.
Pareciera que fijar la ley es dar paso a su desestabilización, es decir, pareciera que dar forma a la intervención jurídica del Estado (aquella que garantiza la emergencia de la institución-mercado) es dar forma a la intervención administrativa: la necesidad interpretativa de dar vida a la letra de la ley. Al respecto, son conocidas las reflexiones de Jean Jacques Rousseau sobre la lengua: «La escritura, que al parecer debería fijar la lengua, es precisamente lo que la altera; no cambia las palabras, sino el genio mismo de la lengua; reemplaza la exactitud por la expresión». Esto choca con las pretensiones que aparecen al respecto en el Antiguo Testamento -con las variaciones correspondientes según la traducción e interpretación-: «Él nos ha capacitado para ser servidores de un nuevo pacto, no el de la letra, sino el del Espíritu; porque la letra mata, pero el Espíritu da vida» (2 Corintios 3:6). ¿Qué pasa si espíritu y letra son inseparables, si fijación y cambio son co-dependientes en la acción política de intervenir sobre la realidad?
En el ya mencionado Coloquio Walter Lippmann participaron, además de Rougier y el propio Lippmann, varias figuras que serían relevantes para el desenvolvimiento de las derechas en el siglo XX y XXI: Raymond Aron, Friedrich von Hayek y Ludwig von Mises, entre otros. Este último sería el maestro de otro relevante teórico liberal, Murray Rothbard, quien escribiría uno de los manifiestos más influyentes en el pensamiento de «ultra» derecha: «Populismo de derecha: una estrategia para el movimiento paleolibertario» (1992).
En el mismo, proponiendo un programa para desmantelar de forma extrema el Estado de bienestar norteamericano, «limpiar las calles de vagos» y transferir el «control estatal» al «control familiar» para recuperar el poder de los padres por sobre sus hijos, Rothbard señalaba que era necesario «volver al sentido común y la intención original, a la interpretación constitucional» frente a las interpretaciones izquierdistas de la Constitución. Pero esta batalla por la interpretación, esta batalla por el espíritu de la letra, era una tarea que requería de acciones ofensivas: «Una estrategia para la libertad debe ser mucho más activa y agresiva» y «debe fusionar lo abstracto y lo concreto; no debe limitarse a atacar a las élites en abstracto, sino que debe centrarse específicamente en el sistema estatal existente». El liberalismo (¿paleoliberalismo? ¿anarcoliberalismo? ¿libertarianismo?) había vuelto a ser un movimiento revolucionario y –como advertía Lippmann- destructivo.

Pablo Américo
Licenciado en Ciencia Política (UBA). Estudiante de la Maestría en Ciencia Política de EIADES-UNSAM y becario interno doctoral de Conicet. Escribe asiduamente en revista especializadas y es editor principal de las secciones “Desacuerdos” y “Video Club”.
