Por Pablo Américo


En la Segunda Epístola a los Tesalonicenses, cuya autoría es atribuida por tradición a San Pablo, entre meditaciones sobre la segunda venida de Cristo, se menciona al katejón, figura que luego sería secularizada por la teoría política contemporánea. ¿Qué es el katejón o κατέχων como dicen las cartas griegas? Es algún tipo de entidad –de naturaleza discutida- que retiene al Anticristo– “el cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios”- y demora su llegada. Este elemento actúa, en definitiva, como un dique que detiene la inevitable llegada del Apocalipsis.

Una posible lectura del Katejón –quizás, la más comentada en la actualidad- es aportada por el pensador alemán Carl Schmitt en sus intervenciones sobre el Nomos de la Tierra. En su trabajo desarrollado en la segunda posguerra –tras haber apoyado al régimen nazi-, Schmitt concibe al katejón como el concepto fundante del imperio cristiano, siendo que «Lo fundamental de este imperio cristiano es el hecho de que no sea un imperio eterno, sino que tenga en cuenta su propio fin y el fin del eón presente (…) Imperio significa en este contexto la fuerza histórica que es capaz de detener la aparición del anticristo y el fin del eón presente (…)». 

De esta reflexión schmittiana se desprende una posible concepción -¿reaccionaria?- del rol de lo político: la política, como un katejón secularizado, se presenta como la actividad humana que demora o retiene la llegada de la muerte. En algún sentido, la política “normal” se devela como una actividad de contención a un conflicto inevitable: tarde o temprano, el dique se va a quebrar y la ciudad quedará bajo el agua. 

Las construcciones políticas “nacional populares” y los proyectos socialdemócratas –así como el sueño eterno de la política “de centro”- tienen mucho de esta actividad política katejónica: la noción de que una intervención contenedora, humana, puede prolongar la vida de la comunidad y detener el avance de un proceso técnico-económico devastador. La “gestión” –concepto que se ha impuesto como sinónimo de “administración”- de lo social aparece como expresión clara de esta visión política que ante todo busca detener y ordenar un paisaje pre-existente que, eventualmente, será arrasado.

Si Perón decía en 1944 que «la evolución de las sociedades humanas es un movimiento pendular que va del individualismo a la socialización», marcando la contingencia de los períodos de totalización de la vida humana, no es menos cierto que su diagnóstico político constantemente apuntaba a la inevitabilidad de la masificación de la vida socio-política. Es esta inevitabilidad lo que activa la actividad katejónica: se vuelve necesario lidiar con un proceso que –quizás- es indeseable o parece condenado a ocurrir a largo plazo, pero debe conducirse de modo tal en que pueda prolongarse la vida comunitaria.

Pero, ¿qué ocurre una vez que el katejón cede? ¿Qué pasa con nuestra comunidad una vez que las grietas del dique se extienden y se quiebran? ¿Cómo pensar y hacer política si estamos todos muertos? Como en la canción de Led Zeppelin, when the levee breaks, I’ll have no place to stay. ¿Y entonces qué?

Algo parece mostrarnos que el dique se quebró: la llegada al Estado de un presidente con un discurso revolucionario y “de ultraderecha”, de difícil compromiso con la institucionalidad del régimen representativo fundado en 1983, es apenas la punta del iceberg de un proceso apocalíptico de mayor alcance. ¿No vivimos acaso en un mundo de robots, inteligencias artificiales, crisis climática, guerras y violencia política que parece impropio para las fantasías de la razón democrático-progresista de los ya lejanos años noventa y primeros dos mil?

Con la intención de entremezclar divulgación filosófico-política y reflexiones sobre la coyuntura, en esta columna me voy a proponer explorar las consecuencias de los tiempos tanáticos que habitamos. Sin tener una respuesta posible –y considerando que el quehacer político es resultado de la decisión antes que de la meditación teórica- pretendo iniciar un dialogo (jerarquizado, como todo dialogo) que problematice un lugar posible para lo político una vez que la política ha fracasado por completo.

Y en esa pregunta pretendo darle un lugar privilegiado a la escuela, aquel espacio que funciona como reproductor-transformador constante de la comunidad zombie a la que pertenecemos. ¿Cómo enseñar cuando parece no haber futuro? Y, aún más, en una pregunta que creo que es central para nuestra vida en sociedad, ¿cómo construir colectivamente una Verdad en tiempos en que se ha institucionalizado un relativismo moral y epistémico de carácter radical?

Con el convencimiento de que el katejón nos ha abandonado y que el Anticristo se mueve entre nosotros, parece crucial reactualizar la pregunta política más importante de todas: ¿qué hacer?

Pablo Américo
Pablo Américo
Politólogo - Investigador en  |  + posts

Licenciado en Ciencia Política (UBA). Estudiante de la Maestría en Ciencia Política de EIADES-UNSAM y becario interno doctoral de Conicet. Escribe asiduamente en revista especializadas y es editor principal de las secciones “Desacuerdos” y “Video Club”.

por Pablo Américo

Licenciado en Ciencia Política (UBA). Estudiante de la Maestría en Ciencia Política de EIADES-UNSAM y becario interno doctoral de Conicet. Escribe asiduamente en revista especializadas y es editor principal de las secciones “Desacuerdos” y “Video Club”.

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