Por Pablo Américo
Beatriz Sarlo falleció el 17 de diciembre de 2024. Crítica, docente, ensayista, maoísta, mediática, gorila, la mayoría de las etiquetas que se ocuparon de Sarlo quedan encolumnadas detrás de esa mala palabra: intelectual. Y con su muerte, parte de esa etiqueta parece morir con ella. Porque ¿quién o qué es un intelectual en los años veinte? No esos años veinte de los que hablaba la autora en su “Modernidad periférica”, si no nuestros años veinte –que se resisten a ser llamados así-, nuestra postmodernidad periférica.
Si las grandes narrativas cayeron con el fin del siglo veinte corto, también parecen haber decaído los grandes pensadores. La burocratización de la actividad docente y académica, la atomización de los espacios de circulación de ideas y la progresiva entronización de la tiranía del algoritmo-influencer parecen haber terminado con esos románticos personajes de clases medias altas y elites que dedicaban sus vidas a reflexionar sobre el mundo y –en algún casos- actuar como órganos de un movimiento político (¿y popular?).
Pero, ¿para qué queremos intelectuales? Con la democratización o, al menos, masificación de la información y –quizás- el conocimiento parece innecesario que haya una voz que se alce sobre las demás y nos diga qué pensar. Aún más, con la proliferación de softwares generadores de texto (y sonido e imagen y video), el usuario-consumidor del libre mercado de ideas contemporáneo parece tener más y más incentivos para encerrarse a mí mismo en un ecosistema del pensamiento en el que él y su teléfono son los intelectuales más relevantes. Después de todo, ¿quién decide quiénes son los que piensan? Who watches the Watchmen?
Beatriz Sarlo parece encontrar parte de su sobrevida mediática en memes. De su “Conmigo no Barone” en el tardokirchnerismo a las agónicas definiciones de sus últimas entrevistas: “En las redes me dicen vieja pedante”. ¿Necesitamos viejas pedantes? Gente que nos haga sentir ignorantes o que al menos con su aparente pedantería logre movilizarnos algo. Tal vez sea una forma demasiado optimista o nostálgica de disfrazar los engranajes del viejo sistema editorial-académico. Un mundo en el conocimiento parecía asentarse más sobre una junta de notables que en la interminable sucesión de comités y burocracias racionalizadas del publish or perish moderno. Pero, en ese sentido, ¿no son muchos de nuestros “influencers” mediáticos los notables de hoy?
Hay cierto rol del intelectual político de crear, a través de la intervención, una organicidad desde la crítica. Una organización que se reforma y examina a si misma de manera constante, pero a la vez es capaz de engendrar y mantener un dogma. La para-institución de la (discutible) verdad intelectual fue una parte relevante del quehacer político-cultural en ese viejo mundo que vivimos velando desde, al menos, la irrupción de Donald Trump en la escena política internacional. Como decía otro intelectual, Esteban Echeverría, en 1846: «pensamos que la cuestión de institución será la primera, la más grande, la decisiva para el porvenir de nuestro país. (…) Si erramos como antes en la Institución orgánica, caeremos otra vez en el atolladero de anarquía y de sangre. No hay sino una Institución conveniente, adecuada, normal para el país (…)». El pensar es crítica, sí, pero también puede y debe generar dogma.
No es necesario caer en fraseos motivacionales de autoayuda para ver las oportunidades de la crisis. Un país en que las puertas de las universidades y los centros de investigación se cierran, en que las listas negras y la autocensura se vuelven la norma, puede ser también el espacio para la vuelta de un pensar crítico, con sus notables y maestros –una vuelta necesaria a esa vieja modernidad-, desburocratizado y alejado de los corsets –tan productivos en épocas de paz- de la academia formal y los medios tradicionales o partidarios. Una vida en las catacumbas, como la Punto de Vista de Sarlo, Piglia y otros, puede ser un lugar donde se descascaren vetas del pensamiento que parecían abandonadas o se muestren fértiles nuevas líneas de investigación, crítica y reflexión. Puede ser, también, que en ese repliegue, una “retirada táctica”, estén las bases del nuevo dogma que el pensamiento nacional parece necesitar.

Pablo Américo
Licenciado en Ciencia Política (UBA). Estudiante de la Maestría en Ciencia Política de EIADES-UNSAM y becario interno doctoral de Conicet. Escribe asiduamente en revista especializadas y es editor principal de las secciones “Desacuerdos” y “Video Club”.
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