Por Pablo Américo
Nigga, heil Hitler
They don’t understand the things I say on Twitter
Nigga, heil Hitler
All my niggas nazis, nigga heil Hitler
Kanye West. Heil Hitler (2025)
Hay algo muy sincero en la ridiculez macabra del último single del rapero norteamericano Kanye West –que fue rápidamente retirado de todas las plataformas masivas por su fuerte apología al nazismo. Bipolar, drogadicto, multimillonario, acusado por abuso y violencia, Kanye West dice que nadie entiende lo que entiende para decir y que esa alienación –causada, en buena medida, por su sistemático discurso psicótico y narcisista- lo ha empujado a abrazar el nazismo, a asumir el lugar de un “villano” para la sociedad. La formulación puede parecer lejana hasta que se recuerda a algún adolescente diciendo “nashe” (“nazi” para los miembros de la Coscu Army) o alguien dibujando una esvástica en una pared o una diputada nacional compartiendo una foto de un Falcon verde en sus estados de WhatsApp durante el Día de la Memoria. Son, acaso, esos actos, una expresión de adhesión a los viejos proyectos de exterminio humano del siglo XX. ¿O son, en verdad, de forma consciente o inconsciente para sus propagandistas, un modo de aceptar y exacerbar la progresiva relativización de cualquier significante común para una comunidad humana?
Años atrás, en climas que en su momento se percibieron como progresistas, eran moneda corriente los pactos de caballeros para simular la existencia de un mercado libre de ideas que partía del presupuesto de que, al no existir una Verdad única, era posible debatir en competencia para que las mejores ideas imperen. Este tipo de formulaciones iban desde las rudimentarias ideas de intelectuales ordoliberales hasta complejas teorías sobre la comunicación racional o la ironía rortyana. Si el relativismo era una Caja de Pandora abierta en algún punto del siglo XIX, se aceptaba que las bases de un contrato social democrático para el siglo XXI debían permitir una libertad de expresión aparentemente asentada sobre la igualdad de los sujetos. Desde esa igualación, todavía no contaminada por el imperio del algoritmo, los likes y las visitas infladas con bots indochinos comprados, se promovió al prime time de la opinión a todo quien lograse captar la atención de un ciudadano-consumidor crecientemente atomizado y nihilista.
Argentina goza del privilegio de haber pasado diez años en manos de cambiantes –pero enlazadas- dirigencias políticas que pueden reconocerse como hijas de aquel proyecto liberal que fue el hippismo. Del ascetismo new age macrista al hedonismo progresista sobre finas hierbas de violencia de género pasando por estas sectas charlesmansonianas postfascistas contemporáneas, nos invaden los ecos de una posguerra lejana y las coordenadas de un mundo que desapareció y se reconvirtió en su propia parodia. En esas coordenadas se articula la poco convincente moda política del momento –esa que apenas logra movilizar en su favor a un 15% del padrón electoral en un distrito históricamente politizado- que parece dispuesta a presentarse como una revolución conservadora capaz de sacudir los cimientos mismos de ese viejo contrato social democrático.
Sin embargo, ese libertarianismo sectario que parece estar asegurando su supervivencia a base de apatía, desencanto, violencia y onerosos acuerdos con la elite política, carga con las marcas de ser el hijo deforme –incestuoso- de las viejas promesas de ese lejano 1983. Si el pluralismo y la eliminación de la violencia política –desde abajo, porque la violencia política “desde arriba” es condición indispensable para mantener la legitimidad estatal- así como el acotamiento de la política a los límites de la subjetivación postindustrial son las bases de la democracia postvidelista, el mileísmo no es mucho más que la versión grotesca de las peores características de esos términos. En particular, el pluralismo, esa bandera de la intelectualidad progresista liberal, se rebela día a día como un mapa de la dispersión. ¿Es posible pensar en un pluralismo democrático –una tolerancia a la alternancia en el poder y la competencia entre idearios- si no existen términos mínimos de integración comunitaria? ¿Es el solipsismo pluralista? Y si el mileísmo es una revolución conservadora que viene a restablecer valores trascendentales en una sociedad pulverizada por el postfundacionalismo, ¿qué es más relativizante que decir desde el centro del poder estatal que el trabajo de una persona no tiene valor alguno más que el que volátilmente determina el intercambio subjetivo y asimétrico con un empleador de naturaleza difusa? O, para intentar atar esta serie de preguntas: ¿se puede crear pluralidad con otro si en principio se lo concibe como pura diferencia?
Es en este campo de batalla, de dispersión atomizante e imposible establecimiento de valores comunitarios -¿qué comunidad se crea con un veinteañero depresivo que en vez de ir a terapia conversa con ChatGPT?-, la pregunta que parece hacerse el votante promedio, incluso si no es consciente al formularla, es ¿para qué molestarse? Sin tener una respuesta clara para aquellos que pretendemos dar algún tipo de batalla para proteger esa vetusta forma de vida en común –y creyendo que el amenazado rol del pedagogo y el docente, tan dependiente de jerarquías no relativas, es necesario e imposible a la vez-. algo de los pensamientos hilados en los últimos párrafos me hace creer que el primer paso está en dejar de pensarse a uno mismo como un simple votante tolerante con ideas que no deberían ser tomadas muy en serio.

Pablo Américo
Licenciado en Ciencia Política (UBA). Estudiante de la Maestría en Ciencia Política de EIADES-UNSAM y becario interno doctoral de Conicet. Escribe asiduamente en revista especializadas y es editor principal de las secciones “Desacuerdos” y “Video Club”.
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