Por Araceli Coria

Hace algunas semanas fuimos espectadores en Argentina de un fenómeno muy particular: el grupo editorial español “RBA” publicó en el país Orgullo y prejuicio, el clásico de Jane Austen, y su éxito fue tan rotundo que en tan solo 24 horas ningún puesto de diarios de Capital Federal tenía más ejemplares para vender. ¿Qué pasó? ¿Qué hay detrás de este suceso tan fabuloso como inesperado? ¿Qué lectura hacemos de los clásicos en la actualidad? ¿Este aparentemente inusitado fervor por las historias clásicas podría hacerse eco en nuestras aulas? He aquí algunas claves posibles para pensar este boom y sus potencialidades.
Posibles claves en torno al éxito de “Novelas eternas”
En el mes de agosto la editorial española RBA, especializada en la publicación de libros y revistas coleccionables, lanzó en Argentina una colección de libros clásicos de la literatura occidental. Tituló a esta colección “Novelas eternas”, como criterio de selección el grupo editorial explica que este conjunto de obras tiene como eje central que todos los relatos son protagonizados por mujeres y que son obras que, de una u otra manera, “revolucionaron el universo femenino”. La colección contará con títulos notables, como Mujercitas, de Louisa May Alcott; Cumbres Borrascosas, de Emily Brontë; Madame Bovary, de Gustave Flaubert; Jane Eyre de Charlotte Brontë; Anna Karénina de León Tolstói; La letra escarlata de Nathaniel Hawthorne, solo por nombrar alguno de los 75 libros que integran la colección completa.
El día 7 de agosto los puestos de diarios y revistas del país recibieron el primer ejemplar de la serie. Se trató de Orgullo y prejuicio, la obra más famosa de la autora británica Jane Austen. En menos de 24 horas la tirada se había agotado. Lectores de la capital porteña recorrimos en vano los puestos de venta de periódicos en nuestros barrios y los aledaños. Ya algo fastidiados, los vendedores nos contestaban rápidamente que “se había agotado el libro ese”.
Algunas claves pueden llegar a explicar este fenómeno tan particular de éxito editorial en un año donde la caída de ventas de libros en Argentina alcanza el 40% comparado con el año 2022. Una caída tan abrupta para el mercado editorial argentino que solo es comparable con la experimentada en los primeros meses de la pandemia, producto del contexto económico de este último año, la falta de políticas públicas de incentivo de la lectura y los ataques directos del gobierno nacional hacia la cultura en general.
La primera explicación posible parece muy evidente: el precio del libro. Como parte de una estrategia de venta muy efectiva, el clásico de Jane Austen salió al mercado con una oferta de lanzamiento que señalaba el precio casi ridículo de $2990. Si bien se aclara en los carteles promocionales que los siguientes títulos de la colección aumentarán su costo (el segundo título, Cumbres borrascosas, pasará a venderse en $6990 y finalmente, de allí en adelante, cada uno de los ejemplares costará $12990), el número continúa siendo bajísimo en comparación con lo que cuesta hoy un libro en cualquier librería del país. Primera conclusión: Argentina está repleta de lectores ávidos. El problema no es la falta de público lector, el problema son los precios privativos que tienen hoy los bienes culturales para un país sumido
en una crisis económica profunda.
Una segunda explicación posible tiene que ver con el tipo de edición que esta colección en particular presenta y con aquello que podríamos denominar rápidamente como cierto fetichismo por el libro en tanto objeto. Las cubiertas de los libros pertenecientes a esta colección son fabulosas y recrean de una manera muy cuidada la famosa Serie de Cranford de finales del siglo XIX, cuando la editorial británica Macmillan publicó una serie de libros bellísima, concibiendo al libro como un objeto de consumo en sí mismo y que podía considerarse también un obsequio. Según la propia editorial RBA “los ricos motivos que ornaban sus cubiertas, estampados en oro sobre una característica piel tintada en verde, fueron encargados a algunos de los mejores ilustradores de la época, como Hugh Thompson o Charles Edmund Brock. Este diseño dotaría de un magnífico brillo a sus libros, destinados a lucir como presentes en el árbol de Navidad”.

Una colección de libros hermosos y a bajo precio: hasta aquí parece un combo suficiente para explicar el fenómeno que se produjo. Pero hay algunas aristas más, importantes, que me gustaría explorar rápidamente.
Podríamos pensar como una tercera pata- y una fundamental, de hecho- el rol que tuvieron las redes sociales y el mundo de los “booktubers” en la gestación de este boom del mercado editorial. Los “booktubers” son agentes de promoción de lectura que habitan las redes sociales (Instagram, Tik Tok, Youtube) recomendando títulos, entrevistando autores o autoras, reseñando novedades editoriales, cubriendo eventos relacionados con la cultura escrita, etc. El rol de estas personas fue clave en este proceso: los videos sobre la colección “Novelas eternas” se viralizaron rápidamente, alimentando la ola de ventas que produciría unos días más tarde. Algunas “booktubers” hicieron sorteos muy exitosos en las redes de sus propios ejemplares cuando la primera tirada se agotó en cuestión de horas. Los videos en Tik Tok mostrando la edición de Orgullo y prejuicio llegaron a un número de visualizaciones inesperado. Se entrevistaron a especialistas en literaturas nacionales, especialmente inglesa, quienes daban algunas claves (o “tips”) de lectura para acercarse a las obras de la colección. En fin: las redes jugaron un papel fundamental en este furor inesperado por los clásicos.
Relacionado con este último punto también resulta interesante pensar el rol que hace ya unos cuantos años vienen cumpliendo las adaptaciones de las obras clásicas al mundo del cine y, actualmente, la popularidad de estas nuevas versiones en las plataformas de streaming. Basta recordar el éxito de taquilla y de crítica que significó la última adaptación de Orgullo y prejuicio realizada por el director Joe
Wright en 2005, con Keira Knightley y Matthew Macfadyen en los roles protagónicos de la orgullosa Elizabeth Bennet y el prejuicioso Sr. Darcy. Lo mismo ocurrió con la adaptación de la hoy famosa directora Greta Gerwig de Mujercitas, en el año 2019. Y en el 2022 la plataforma Netflix se encolumnó detrás de este renacer de las historias clásicas y presentó su propia adaptación -libre, por cierto, muy libre- de la novela Persuasión, también de Austen, con la actriz Dakota Johnson como protagonista. El éxito de taquilla y la popularidad en plataformas de las adaptaciones de los clásicos en formato audiovisual quizás también expliquen bastante este fenómeno que se hace eco en el mercado editorial.
¿Qué el destinatario de esta campaña sea claramente un público femenino (la propia editorial RBA utiliza una enunciadora femenina en sus folletos promocionales: “Una colección única que rinde homenaje a las novelas que hablan de nosotras”) y que la serie ponga de manifiesto el rol revolucionario de algunas mujeres de la ficción en una época de profundo ataque a los movimientos feministas en nuestro país, tendrá algo que ver con este suceso? Esta última es una pregunta que ameritaría debates más profundos y extensos.
Pero… ¿a qué llamamos “un clásico”?
El debate sobre qué es un clásico, o qué necesita un libro para ser considerado un clásico, es muy antiguo y una problemática central dentro de los estudios de la teoría literaria. La idea de clásico dispara automáticamente la noción de “canon”: aquellos libros que, se supone, cada lector debería haber leído. Libros ineludibles, libros que se encuentran en el centro de la escena del mundo literario. Un corpus de obras prestigiosas que forman de lo que, a grandes rasgos, podemos llamar “la alta cultura escrita”.
Con respecto a los clásicos, el texto crítico más relevante desde hace tiempo es el de Ítalo Calvino. En su trabajo “Por qué leer a los clásicos” (1993), el autor italiano brinda algunas definiciones básicas sobre estas obras:
“I. Los clásicos son esos libros de los cuales se suele oír decir: «Estoy releyendo…» y nunca «Estoy leyendo …».
II. Se llama clásicos a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos.
III. Los clásicos son libros que ejercen una influencia particular ya sea cuando se imponen por inolvidables, ya sea cuando se esconden en los pliegues de la memoria mimetizándose con el inconsciente colectivo o individual.
IV. Toda relectura de un clásico es una lectura de descubrimiento como la primera. […]
VI. Un clásico es un libro que nunca termina de decir lo que tiene que decir.
VII. Los clásicos son esos libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las
lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en
las culturas que han atravesado (o más sencillamente, en el lenguaje o en las costumbres). […]
IX. Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más
nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlos de verdad.”(Calvino1993)
Libros que no leímos (pero decimos que leímos). Libros de los que sabemos algo, incluso cuando nunca estuvieron en nuestras bibliotecas. Libros que nos da pudor confesar que no conocemos. Libros que nos sorprenden cuando por fin nos sentamos a leerlos. Libros que todavía tienen cosas que decirnos, después de tantos años.
Sin embargo, también son libros que constituyen un canon. Una lista cerrada de prestigio. El “deber ser”, o aquello que se “debe leer”. La norma, el faro estético. ¿Y qué pasa con el resto de las obras que no tienen ese estatus? ¿Qué ocurre con aquel lector que no accede -porque no quiere, porque no puede- a esa cultura letrada alta, legitimada? ¿Qué ocurre con aquellos estudiantes que leen otras cosas no canónicas: novelas juveniles, fanfics, cómics, autoras contemporáneas, y una larga lista de etcéteras?
La cuestión se complejiza cuando ingresamos en una noción aún más específica: el canon escolar. Aquellos libros que circulan en las escuelas y que conforman el elenco estable de obras que se trabajan dentro de las aulas. Nadie dudaría hoy que la obra de Horacio Quiroga tiene raíces muy profundas en el canon escolar, ¿pero se lee en la actualidad a Quiroga fuera de la escuela? ¿Alguien se acerca al Lazarillo de Tormes por puro placer, por voluntad propia, o la picaresca española solo es revisitada cuando un lector especialista le impone a otros lectores -no especializados- ese tópico que para colmo, más tarde, terminará evaluando?

Hacia un elogio de los clásicos en el aula
Las aulas están pobladas de clásicos, aunque a veces la “opinión popular” o el afán de ventas del mundo editorial desplieguen sus críticas. En el colegio conviven la Odisea con Edipo Rey, Martín Fierro con las proezas del Cid Campeador, los molinos de viento del Quijote con los textos más espectaculares de Poe. Gregorio Samsa camina desde las páginas de La metamorfosis hasta la selva misionera de Quiroga. Las aventuras de Sherlock Holmes, los federales de “El matadero”, las tragedias de Shakespeare, Lorca, Virgilio, Stevenson, El fantasma de Canterville: los clásicos pueblan las aulas y hacen sentir su peso en las mochilas de cientos de estudiantes de la educación pública y privada a lo largo y ancho del país.
Algunos detractores -que no faltan- sostendrán viejos recelos: que son textos necesariamente aburridos, que esas obras ya no tienen nada para ofrecer a los jóvenes lectores del presente, que son libros muy complejos que expulsan o alejan a los estudiantes del amor por la literatura. En mi opinión, estos comentarios no son más que prejuicios y repeticiones de frases hechas que no contemplan lo que ocurre en las aulas a diario.
¿Qué lugar más adecuado que la escuela para afrontar un clásico? ¿Cuál es nuestro rol como docentes de Lengua y Literatura sino el de oficiar de nexo entre nuestros estudiantes y estas obras canónicas que jugaron un rol determinante en la cultura occidental? Avanzar, detenerse, volver atrás, reponer el contexto histórico de producción, buscar términos en desuso, marcar citas, subrayar momentos: el docente, en su rol de lector experto, irá guiando a sus alumnos y enseñándoles cómo afrontar ese texto que, fuera del colegio, quizás no se animaría a afrontar. Los clásicos son desafiantes, son “difíciles”, y por eso no debemos abandonarlos. Es nuestra tarea como docentes oficiar de mediadores de lectura y enseñar a los jóvenes lectores estrategias para abordar obras complejas. Los discursos facilistas que abogan por “darles una novela sencillita, moderna” subestiman las capacidades e intereses de nuestros estudiantes y nos corren de nuestro rol de formadores.
Los clásicos continúan teniendo mucho que decir sobre el presente y también son influencias insoslayables para el arte contemporáneo (no solo el mundo de la literatura sino también el de las artes plásticas, el mundo del cine, las series, la música, el teatro…). Cumplen un papel fundamental en aquello que podemos dar a llamar “la Historia de la literatura”. ¿Cómo comenzar siquiera a hablar de literatura
argentina sin leer el Martín Fierro y sin detenernos en la influencia que la canonización del texto de Hernández ejerció sobre los autores nacionales hasta el día de hoy? Aún más allá: ¿cómo podríamos valorar la genial (y polémica, y desfachatada, y hasta insolente) reescritura que propone Borges en su cuento “El fin” (en Ficciones) si desconocemos a su precursor? Difícilmente logremos valorar la
anomalía, la genialidad del desvío, el aire renovado de la variación, si desconocemos la norma.
Sin embargo, esto no intenta ser una defensa a ultranza de los clásicos que suponga desestimar toda lectura no canónica en la escuela. Paula Labeur escribió en un prólogo hace algunos años una pregunta fundante: “lo que llevamos a la escuela para compartir con nuestros alumnos ¿son los libros que hemos elegido como lectores o son aquellos que nos han formado como lectores especialistas y docentes de lengua y literatura?” (2014). Quizás podamos (y debamos) pensar otros acercamientos a la literatura, modos de construir otras legitimidades. También aquellas obras que nuestros estudiantes aman deben tener su lugar en la escuela, más allá de que no pasen la “prueba de legitimidad” que impone la cultura letrada.
Se debe salir de la trampa de la dicotomía: no es necesario elegir entre los clásicos o los textos contemporáneos. La literatura que eligen nuestros alumnos también debe ser legitimada por nosotros, sus docentes. Los aprendizajes más significativos pueden pensarse en el cruce de lo clásico con lo moderno. ¿Qué elementos narrativos y personajes de la Odisea aparecen en las series y las películas que nuestros estudiantes miran? ¿Cómo operan los símbolos de la poesía lorquiana en la música de Rosalía? ¿Qué conexión existe entre el clásico camino del héroe grecolatino y el recorrido de los superhéroes en los cómics actuales?
Los clásicos no se deben leer “por respeto”, por tradición, sino por amor. No son un palo para aleccionar a otros textos o un corset donde debería encajar todo el resto de la literatura. Son libros-padres, incluso libros-abuelos: libros pioneros que nos enseñan, nos marcan, nos muestran un camino, y luego las nuevas generaciones pueden continuar esa senda o apartarse, diferenciarse, reescribirse, mejorarse, ser sacrílegas. Los clásicos deben poblar las aulas. Las historias que tanto disfrutan o conocen nuestros estudiantes, también.
Referencias bibliográficas
- Bibbó, M., Labeur, P. & Cilento, L. (2014). Clásicos y malditos: para leer y
escribir en lengua y literatura. Buenos Aires: Lugar Editorial. - Bloom, H. (1995). El canon occidental. La escuela y los libros de todas las
épocas. Barcelona: Editorial Anagrama. - Calvino, Í. (1993). Por qué leer los clásicos. Barcelona: Tusquets.

Araceli Coria
Profesora de Enseñanza Media y Superior en Letras (UBA). Miembro del equipo de investigación del seminario PST “Oralidad, Lectura y Escritura como Prácticas en Contextos” (UBA). Docente de Lengua y Literatura y espacios afines en Nivel Medio, tanto en escuelas de gestión privada como estatal. Es editora principal de la sección “Un encuentro”.
