Por Ana Clara Camarotti
Hablar de paternidades es entrar en un terreno tan diverso como complejo. No hay una sola forma de paternar, ni una única voz que pueda representar esa experiencia. Por eso, al leer un libro que se propone contar la vivencia de un padre, lo primero que deberíamos preguntarnos es:
¿Desde qué lugar se escribe esa experiencia de paternar?
Me parece importante detenernos en esta primera pregunta, porque de lo contrario estaríamos universalizando la experiencia de la paternidad. «Paternar» puede remitir a vivencias muy diversas. Por eso, conviene comenzar aclarando que Daniel escribe desde un lugar particular: el de un varón blanco, cisgénero, heterosexual, de clase media progresista. Eligió ser padre. Está separado y no cuenta con una red familiar cercana que colabore con la crianza de su hijo, por lo que debe resolver lo cotidiano en soledad. La mitad del tiempo que pasa con León lo hace en exclusividad y a tiempo completo. Este punto es fundamental: lo obliga a involucrarse en tareas de cuidado que, socialmente, se asignan “naturalmente” a las mujeres. Pero cuando en el hogar solo hay varones —en este caso, León y Daniel— no hay alternativa: son ellos quienes deben llevarlas adelante.
Se trata, además, de una relación entre un padre y un niño, no un bebé. Con un niño hay posibilidad de diálogo, de intercambio. Hay una frase que dice Daniel: “León va creciendo y me obliga a aprender a ser padre”. Esa idea condensa la dimensión procesual del rol: uno va siendo padre en función de ese otro. Y si bien el modo en que se ejerce ese rol puede variar según la etapa —a veces con más certezas, otras con más dudas—, lo que queda claro es que no se puede ser el mismo padre en todos los momentos vitales de les hijes. Es necesario cambiar, estar atento, leer las necesidades y oportunidades que ese vínculo ofrece.
Ahora bien, el libro no aborda los primeros meses de vida de León. Ese período en que les bebés demandan mucho y devuelven poco, cuando se inaugura la experiencia de la ma-paternidad. Traigo esto porque, en una primera lectura, sentí que faltaba la queja, el hartazgo, el cansancio: el lado B de la paternidad. Aunque el autor explora su emocionalidad, no parecía atravesar ni narrar ese costado más oscuro. Sin embargo, al releer comprendí que muchas veces ese agotamiento se concentra especialmente en el primer año de vida, y que una vez superada esa etapa, muchas de esas emociones se disuelven o transforman.
¿Cuáles son los aspectos distintivos del espíritu de época que aparecen en este libro?
El libro deja entrever varios rasgos del espíritu de época que permiten pensar cómo han cambiado las ideas en torno a la paternidad en los últimos años.
En primer lugar, se advierte una hiperreflexividad en torno a todo lo que implica paternar: cada acción, cada decisión está analizada, pensada, evaluada. La paternidad se ha profesionalizado, y con ello también se ha intensificado la exigencia. Una exigencia que históricamente recayó sobre las madres, pero que ahora también alcanza a los padres, especialmente a quienes buscan ejercer su rol de forma activa y presente.
También se observa una apertura emocional cada vez más extendida entre los varones. Se habilita la expresión de sentimientos profundos, de miedos, dudas, fragilidades. La figura de Daniel, y su vínculo con León, encarna esta sensibilidad. Se trata de una diferencia generacional significativa: los padres de hoy hablan de lo que sienten, algo que antes parecía reservado exclusivamente a las mujeres.
Otra característica importante es que los varones comienzan a tomar conciencia de sus privilegios, a tomar la posta de actividades de cuidado. A autolimitarse frente a viejos mecanismos de masculinidad que los colocaban en una posición de dominio o desentendimiento. Esto marca un quiebre con una socialización tradicional, que sostenía que los cuerpos, tiempos y energías de las mujeres estaban a su disposición.
Asimismo, hay una democratización del saber sobre la crianza. Las tareas de cuidado ya no son responsabilidad exclusiva de las madres; se discuten, se comparten y se resignifican en el intercambio entre madres, padres e hijes. Esta circulación de saberes promueve una participación más consciente y activa de todes.
Por último, se vislumbra una nueva presión social: la de convertirse en “buen padre”. No alcanza con amar o cuidar a los hijos; ahora también se espera que ese cuidado cumpla con ciertos estándares. Sobrevuela la figura de una “policía del buen padre” —implícita pero poderosa— que vigila y evalúa constantemente el desempeño. Este ideal, aunque bienintencionado, también puede convertirse en una nueva forma de control y exigencia.
¿Cuáles son los aciertos que encuentro en este diario de una paternidad?
Estructura emocional y narrativa no lineal. La elección de no ordenar las historias de manera cronológica sino de manera de subibaja emocional, me parece un primer acierto. Los relatos van regulando el estado anímico del lector, en un juego de tira para abajo y luego tira para arriba. Y así balancea muy bien las risas y la nostalgia que los diversos relatos van presentando.
El clima de cotidianeidad e intimidad. La cercanía de los protagonistas del libro nos permiten estar en el departamento de Dani y de León, acompañándolos en actividades simples pero significativas —ir a la escuela en bici, a la plaza a jugar a la pelota, a una caminata nocturna por el Once, a estar en la habitación del hospital cuando León vuelve del efecto de la anestesia y se encuentra con su padre y su madre, los tres solos, recreando esa familia que también siguen siendo— lo que permite al lector sentirse parte de esa familia, reforzando la idea de que la paternidad se construye en lo cotidiano.
Entrar en lo complejo a través de lo simple. El libro logra abordar temas profundos, como el patriarcado y las desigualdades de género, mediante ejemplos concretos y cotidianos, facilitando la reflexión sobre prácticas naturalizadas que muchas veces pasan desapercibidas. Es en este punto en donde Daniel hace su contribución y nos ayuda a pensar, nos pone sobre la mesa dilemas claros y sencillos. Por ejemplo, cuando le grita a León para que se apure con el baño de inmersión, y León confiesa, qué pese a que el agua está helada, no abandona la bañadera para poder “hacerse el boludo” y no tener que poner la mesa. Revisar estas prácticas con los varones desde la más tierna infancia es de gran valor. Debemos enseñar a reconocer el trabajo reproductivo y redistribuirlo de la manera más equitativa posible.
Diversidad de masculinidades. La idea de que las masculinidades son plurales y que dejar atrás modelos tradicionales permite a les hijes crecer fomentando relaciones más libres y afectuosas, como se refleja en las historias de León y la relación con su padre. Pero esto no es mecánico, ni sencillo de transmitir a un hijo varón pequeño. Es ahí cuando las historias con León dan forma a estas ideas: un hijo que no siente la presión de su padre por tener que ser el mejor haciendo un deporte, con la exigencia competitiva que esto requiere, cosa que lo lleva a elegir entre un grupo de 17 varones y 1 nena, a la nena para hacer pareja en el ejercicio físico; un hijo que no siente ninguna censura al pedirle a su padre el celular para decirle a su amigo que “lo quiere mucho” y lo remata enviándole un emoji de corazón gigante. O la oportunidad que encuentra Daniel al contarle a su hijo que ya no está de novio, lo que abre/habilita la compuerta del duelo del padre ante su hijo, levantando la auto-contención de no poder estar “triste por amor”.
Reflexión sobre la experiencia de paternar en solitario. El libro logra reflexionar de manera amorosa y sutil sobre los juegos de posibilidades que propone la paternidad en un hogar en el que cría un padre solo, por ende en ninguna escena aparece la difícil tarea de tener que disputar, consensuar, negociar, la distribución generalmente desigual de los cuidados asignadas a varones y mujeres en el ámbito doméstico, entiéndase: padre y madre criando a la par en una misma casa a un hijo. Acá Daniel la tiene un poco más fácil! Aunque seguramente hay una negociación extra muros con su ex esposa en el libro no está contando. Estos intercambios nos podrían enseñar cómo puede ser la distribución de cuidados hogareños entre varones y mujeres aunque sea en casas diferentes, pero compartiendo el cuidado y la crianza de un hijo.
Reconocimiento del vaivén emocional: La honestidad sobre las inseguridades, miedos y esfuerzos del padre para equilibrar sus emociones. Los varones ahora hablan de sus emociones, pero no es tan fácil, se observa una búsqueda incansable para lograr el tan ansiado equilibrio emocional. Y es en estos pasajes en donde el vaivén, las inconsistencias, tornan divertidas y conmovedoras muchas de sus historias. Por un lado, un padre que quiere manifestar sus sentimientos y entonces comete excesos en la cantidad de veces que dice ¿sabías que papá te quiere mucho? O cuando tiene que repetir en voz alta para que escuchen él y León la síntesis de momentos felices que vivieron juntos en el tiempo compartido, lo que lo ayuda a poder lidiar con el tiempo de ausencia que se avecina. Por otro lado, un padre que se esconde a llorar para que nadie se dé cuenta que sufre, que tiene miedo, que es difícil criar a un hijo solo. No obstante, Daniel aprende del equilibrio emocional que siempre aparece de la mano de León. Balanceando de modo parejo para que su madre y su padre reciban lo mismo.
La cadena de cuidados masculinos. Celebrar y valorar la historia de cuidados masculinos en la familia, reconociendo a los varones mayores como referentes y ejemplos, ayuda a desmitificar la idea de que el cuidado es exclusivo de las mujeres y permite resaltar la importancia de aprender de las experiencias pasadas de otros varones, quienes nos han enseñado a hacerlo. En el libro se presenta y se festeja una línea de cuidados masculinos en la historia personal de Dani: su abuelo, Oberdán, y su padre, Luis, valorando y rescatando lo que le enseñaron, a la vez que denunciando lo que Daniel llama el mito auto-narrado de un pionerismo paternal amoroso. No son las “nuevas masculinidades” las que inauguran una nueva manera de cuidar, más comprometida, más presente. Acá Dani busca hacer justicia con estos varones que cuidaron antes, que lo cuidaron.
«Con los años cuando fui padre y empecé a criar, también comencé a revisar cuánto de mi abuelo había en el padre que soy. Mi abuelo estaba silenciosamente orgulloso de mí y de lo que él entendía como mis logros». En esta cita también está presente la importancia y la necesidad de aprender a ser padre. Criar, cuidar, acompañar, empatizar con los otros/as, no nos viene dado, se transmite, se aprende.
En conjunto, estos aciertos hacen que el libro sea una herramienta valiosa para pensar y repensar la paternidad, promoviendo relaciones más igualitarias, afectuosas y conscientes. Encontrar un varón que reflexiona tan honestamente sobre su paternidad, en su vínculo con un hijo varón, con los amigos de éste, sobre la educación emocional entre varones, sobre sus miedos, lleva a que su lectura no pase inadvertida porque no nos deja más opción que la de tener que pensar y pensarnos. Para el final, me quedo con la idea de que la paternidad es, ante todo, una oportunidad.

Ana Clara Camarotti
Doctora de la Universidad de Buenos Aires en Ciencias Sociales, Magíster de la Universidad de Buenos Aires en Políticas Sociales, Licenciada en Sociología de la UBA. Ha obtenido los títulos de Licenciada en Sociología y Magíster en Políticas Sociales en dicha casa de estudios. Es docente de la materia Psicología Social, UBA y es Coordinadora del Área de Salud y Población del Instituto de Investigaciones Gino Germani, UBA. Realiza tareas de investigación y es autora de varios artículos en torno a las temáticas de consumo de drogas, promoción de la salud y juventudes, entre otras.
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