Por Marcos Campolongo
En el año 2016, a mis 30 años, cursé el que sería mi último curso de posgrado: un curso de dos semanas de duración sobre la utilización de modelos biológicos para prácticas de laboratorio. Dos semanas, dos clases por día, con apenas una pausa entre ellas. Recuerdo no sólo que esta propuesta me resultaba útil e interesante profesionalmente, sino que, además, la mayoría de quienes integraban el equipo docente eran compañeros y compañeras con quienes compartía el espacio laboral cotidiano, por lo que no les quería fallar ni como colega, ni como estudiante. Recuerdo también que el programa del curso estaba ordenado por “Modelos de estudio”, es decir, que tendríamos una o dos clases en las que trabajaríamos los principales aspectos teóricos y prácticos de algún modelo y, eventualmente, la clase siguiente cambiaríamos a otro modelo, con otros docentes. Cada clase sucedía de forma independiente a las anteriores. En resumen, tenía un sincero interés por asistir al curso y no quería decepcionar a mis compañeros y compañeras de trabajo. Plantas, roedores, gusanos, moscas, bacterias. Nada podía salir mal.
Imagino que toda persona que haya asistido a una clase entiende, independientemente de la motivación por aprender del caso, que es difícil mantener la concentración la totalidad del tiempo, y que existen pequeñas distracciones, miradas, comentarios o pensamientos que te llevan, por un momento, a otro lugar. Algo más que recuerdo de ese curso es que en todas las clases me sucedió lo mismo: rápidamente abandoné la explicación del docente, y la reemplacé por alguna actividad con mi teléfono celular. Un dispositivo que usaba diariamente hacía solo 3 o 4 años, casualmente, justo después de haber terminado de cursar mi carrera de grado. Revisar algún mensaje, o consumir algún contenido en una red social siempre resultó más atrapante que cualquier propuesta docente. No importó el modelo biológico, ni el trabajo científico que se discutiera, ni quién impartiera la clase; todas las veces terminé prestando mayor atención a mi teléfono celular. Tampoco importó prometerme a mí mismo que “ahora sí prestaría atención” cada vez que comenzaba una nueva clase, y con ella una nueva discusión grupal. Por suerte el curso se daba por primera vez y no tenía instancia de examen final, sino que se aprobaba automáticamente con la asistencia a clases. Recuerdo entonces haber aprobado el curso, pero sin aprender demasiado. A partir de esa experiencia, la última como estudiante, empecé a reflexionar sobre lo difícil que hubiera sido para mí cursar mis niveles académicos anteriores si hubiera tenido en mis manos un distractor tan potente.
Hoy en día, me dedico a la docencia en instituciones de nivel secundario y superior, dando clases de biología y asignaturas afines. Comparto el aula con estudiantes de distintas edades, contextos desiguales e intereses diversos. Más allá de estas diferencias, todos tienen una característica en común: disponen de un celular para uso personal. En nivel medio, tengo estudiantes que aprecian las ciencias y se esfuerzan mucho porque yo tenga un buen concepto suyo. Sin embargo, hace un tiempo que noto que en muchas clases, y a pesar de sus sinceros intentos por prestar atención y participar de las mismas, terminan “abandonando” la propuesta atraídos por su celular y el sin fin de distracciones que se abre a partir de sus uso. Entonces, se me vienen las mismas preguntas, ¿por qué resulta más atrayente lo que ocurre fuera del aula que lo que sucede dentro?, ¿mis clases son lo suficientemente interesantes?, ¿las estrategias educativas que fueron útiles para mí, ya no sirven más? Creo que es posible reunir todas estas preguntas en otra que suelen hacerme otros adultos cuándo les comento a qué me dedico: “Uy, y ¿cómo hacen con los celulares?. Sin embargo, y a pesar del apuro por responder, cualquier reflexión que hagamos al respecto debe poner en consideración el lugar desde el cual la formulamos, entendiendo que se trata de un contexto inédito, al menos para nosotros.
En este sentido, hace un tiempo que vengo dejando de mirar a mis estudiantes como buenos o malos alumnos en función de la atención que prestan a las clases, y empecé a pensar que, a veces, los chicos y chicas no tienen control real del tiempo que pasan frente a las pantallas. Tal vez sumergirse en esa “individualidad colectiva” a través de un juego o una red social sea un modo de escapar de aquello que los angustia para sentirse un poco mejor. Pero, ¿a qué costo?
¿Por qué el uso de los dispositivos móviles pueden constituir un problema para los usuarios?
Las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) están cambiando de manera significativa la forma en la que vivimos, nos comunicamos y relacionamos con otros, convirtiéndose en un aspecto cotidiano de nuestras vidas. Muchas personas, especialmente los jóvenes, utilizan estas tecnologías a diario para diversos fines, convirtiéndose en un medio y vehículo para el estudio, la recreación y socialización entre pares. Aunque los celulares inteligentes hayan ganado muchísima popularidad y su uso haya traído beneficios innegables, sabemos que estas tecnologías tienen el potencial de crear adicción en los usuarios -nomofobia(1)-, asociándose a patologías como la ansiedad, la depresión, los trastornos impulsivos-compulsivos y las alteraciones en el sueño, entre otras.
Así mismo, diferentes estudios muestran que la extensión en el uso de las TIC, y el desarrollo alcanzado por las redes sociales en la última década, no solo trae modificaciones en las conductas de las personas, sino que también tiene implicancia en la realización de otras actividades, como el estudio, el vínculo social y el desempeño laboral. Al mismo tiempo, las investigaciones destacan su impacto sobre otro tipo de consumos recreativos y culturales, y afirman que la red, en términos amplios, ha llenado un tiempo vacío dedicado al ocio (Díaz-Vicario, Mercader y Gairín: 2019).
Para que tomemos una real dimensión del alcance de estas tecnología, tomemos por ejemplo los datos arrojados por el último Censo, que nos muestran que nueve de cada diez personas usan un teléfono celular (INDEC, 2023). El Censo también arrojó que en CABA el uso de celular en personas entre 13 a 17 años, en particular, es del 93,9 %. Esto llevó a que algunos autores consideren a los adolescentes como un grupo de riesgo, entendiendo que el uso extensivo de estos dispositivos puede traer consecuencias severas en su desarrollo psicosocial (García, B., López y García, A: 2014).
¿Qué pasa en nuestro cerebro cuando hacemos lo que nos gusta?
Uno de los principales desafíos intelectuales que tiene un estudiante de neurociencias, la subdisciplina de la biología que estudia la estructura y funcionamiento del sistema nervioso, es el de comprender que todo lo que percibimos del medio que nos rodea, es decir, las imágenes que vemos con nuestros ojos, los sabores que experimentamos al comer, y nuestras sensaciones son construcciones que se generan a partir de la actividad neuronal.
En líneas generales, el sistema nervioso se encarga de detectar estímulos ambientales, interpretarlos y generar respuestas conductuales coherentes, siempre en pos de asegurar la supervivencia del individuo. Muchas de estas respuestas generan las denominadas sensaciones, que pueden ser positivas o placenteras, o negativas o aversivas. Las primeras refuerzan la conducta, aumentando la probabilidad de repetir la experiencia, mientras que las segundas intentan lo contrario.
La principal herramienta del sistema nervioso es un tipo celular muy particular denominado neurona. Estas células, en su gran mayoría habitan el cerebro, presentan una forma y función particular, y son las únicas capaces de generar estímulos eléctricos, lo que les permite comunicarse con otras células. Este complejísimo sistema de comunicación se establece mediante la liberación de sustancias denominadas neurotransmisores. En general, los neurotransmisores son sustancias químicas que permanecen cierto tiempo en la vecindad de la neurona que los libera, y que eventualmente impactan en la superficie de las células receptoras, lo que aumentará o disminuirá su actividad. De manera interesante, una de las muchísimas funciones que realizan las neuronas a partir de la comunicación que establecen entre sí, es la de detectar estímulos e interpretarlos como positivos, en el sentido biológico, para nuestro organismo. Estos estímulos positivos pueden ser sustancias necesarias, como los carbohidratos, así como prácticas que pueden favorecer la supervivencia de la especie, como la sociabilidad y la sexualidad. Así, y frente a cierta estimulación, nuestro cerebro logra generar sensaciones placenteras para reforzar conductas sanas o provechosas para nuestro organismo. Por el contrario, frente a la detección de estímulos negativos, se generan sensaciones negativas, incluso dolorosas. Entonces, cuando realizamos ciertas conductas, por ejemplo, probar una comida, las neuronas sensoriales ubicadas en la superficie de la lengua aumentarán su actividad en función de qué sustancias se encuentren presentes. Si lo que colocamos en nuestra lengua presenta sustancias positivas para nuestras células, como por ejemplo carbohidratos (muy presentes en harinas y dulces), muy probablemente la activación de neuronas sensoriales resultará en el envío de mensajes químicos que impactarán en neuronas productoras del neurotransmisor dopamina. Luego, la dopamina liberada por estas neuronas impactará en otras. El resultado de este complejo proceso químico, generará como recompensa una sensación de placer. Cuando este proceso se realiza muchas veces, se fortalece esta comunicación dando lugar a lo que llamamos aprendizaje. Como resultado de este aprendizaje repetimos la conducta, en este caso, incorporar carbohidratos. Por lo tanto, las neuronas que liberan el neurotransmisor dopamina, tienen un rol central en lo que se denomina el sistema de recompensa del cerebro y la función de este sistema neuronal tiene como objetivo generar sensaciones positivas, con el fin de reforzar conductas beneficiosas para nuestro organismo.
Alteraciones en el funcionamiento natural del sistema de recompensa en el cerebro: las adicciones
Históricamente, el término adicción se ha utilizado para referirse a un conjunto de trastornos crónicos del sistema nervioso caracterizados por un comportamiento de búsqueda y consumo de sustancias externas al organismo, comúnmente denominadas drogas. Una droga es una sustancia de origen animal o vegetal -actualmente podríamos discutir el agregado del término “fúngico”- ajena al organismo, y que una vez incorporada produce algún tipo de efecto, no necesariamente psicotrópico. Es interesante mencionar que “ajeno”, en este caso, se refiere a que es una sustancia que naturalmente no debería estar en contacto con ninguna célula humana, lo que quiere decir que, por ejemplo, en el caso de las neuronas podríamos suponer que esa sustancia nunca está presente en la arquitectura cerebral hasta que se la consume intencionalmente, por cualquier razón.
En las últimas décadas se han realizado grandes avances en el conocimiento de las bases neurobiológicas de la adicción, lo que ha permitido cambiar completamente la conceptualización de este trastorno, que ha evolucionado desde considerarse un vicio a contemplarse como un trastorno psicoorgánico crónico que requiere tratamientos psicomédicos adecuados. La Sociedad Americana de Medicina de la Adicción (ASAM) sugiere una definición de la enfermedad de adicción en la que incluye no sólo el alcohol y las drogas, sino toda conducta que persiga patológicamente la recompensa y/o el alivio. Su definición corta es la siguiente:
«La adicción es una enfermedad primaria y crónica de recompensa cerebral, motivación, memoria y circuitos relacionados. La disfunción en estos circuitos conduce a manifestaciones biológicas, psicológicas, sociales y espirituales. Esto se refleja en un individuo que persigue patológicamente la recompensa y/o el alivio mediante el uso de sustancias y otras conductas”.
Esta redefinición del concepto de adicción resulta interesante porque nos invita a pensar que la conducta adictiva del individuo se desarrolla sólo luego de que la persona, es decir, su cerebro, recibe algún tipo de estimulación que altera el natural funcionamiento del sistema de recompensa cerebral. Estas alteraciones han sido ampliamente estudiadas por la neurobiología en modelos animales, lo que ha permitido comprender que la búsqueda patológica de la recompensa se establece al mismo tiempo que se establecen cambios en el funcionamiento de las poblaciones de neuronas que liberan y reciben dopamina. En general, estos cambios son consecuencia de que las neuronas comienzan a aumentar la liberación o la capacidad de recibir el neurotransmisor, lo que genera el síntoma conocido como tolerancia, en la que la persona necesita una mayor estimulación del cerebro para generar la sensación positiva. Por esta razón, el continuo refuerzo de la conducta de consumo, genera un nuevo escenario en el que los estímulos naturales no alcanzan a generar recompensas y éstas solo son generadas frente a la repetición de la conducta. Al mismo tiempo, esta imposibilidad de generar las sensaciones positivas, sino sólo después del consumo, es lo que genera la serie de síntomas denominada abstinencia, que no son más que respuestas fisiológicas cerebrales que buscan que el individuo repita la conducta de consumo con el fin de generar la sensación positiva.
¿Existe la adicción al celular?
Como mencioné anteriormente, hace un tiempo dejé de pensar en el celular como una simple herramienta disruptiva que utilizan “los malos estudiantes”, y empecé a pensar en el vínculo que tienen con él. Tal vez no se trate de un rechazo a la propuesta del docente de turno, sino más bien de una prisión que (nos)consume su atención a diario. Al respecto, es posible que adicción generada por el abuso de los teléfonos inteligentes se relacione con la teoría del flujo óptimo (Csikszentmihalyi, 1990) que postula que para algunas personas, la experiencia con las TIC es tan agradable que intentarán mantener el estado que genera su uso, incluso a altos costos. Teniendo en cuenta que entre los distintos usos que un adolescente puede darle a su teléfono inteligente se encuentran el hecho de jugar juegos, ver videos de formato corto sobre algún contenido que le resulte interesante o interactuar con otras personas, es plausible que el uso del celular genere un activación crónica del sistema de recompensa y la consecuente sensación de bienestar. De esta modo, se podría generar un activación que, a diferencia de los cambios agudos que puede provocar una droga de abuso, vaya alterando el natural funcionamiento del sistema de recompensa de manera crónica, generando una sensación de bienestar casi constante, pero que solo se alcanza con un uso también continuo. Además, a partir del surgimiento y el desarrollo de las redes sociales, se produce una disminución de la estimulación social real, lo que podría provocar alteraciones en la programación de conductas sociales.
A pesar de ello, antes de siquiera entender el escenario y hacernos preguntas al respecto, la gran mayoría de las personas acceden a dispositivos tecnológicos propios, y en edades cada vez más tempranas. Esto resulta interesante, porque mientras es extenso el campo científico que ha estudiado las bases neurobiológicas del desarrollo de adicciones a diferentes drogas de abuso, y en diferentes modelos animales, son muy pocos los trabajos que han enfocado sus esfuerzos en entender los cambios morfológicos y funcionales que puede sufrir el cerebro frente al consumo de estas nuevas tecnologías. Creo que detenernos en estos asuntos es fundamental si queremos pensar estrategias que ayuden a nuestros estudiantes a estar en nuestras clases. Tal vez no se trate solo de prohibir su uso, como se nos ha planteado a las escuelas, sino de pensar juntos cómo hemos llegado a esta situación en la que todos nos convertimos en herramientas de una tecnología que, cada vez más, parece consumirnos.
La nomofobia es el miedo irracional a estar sin el teléfono móvil o incomunicado. Es una adicción al móvil que se caracteriza por la ansiedad y el estrés que se experimentan al no poder acceder al dispositivo. El término proviene del inglés «no mobile phone phobia».
Bibliografía
- Csikszentmihalyi, Mihaly.(1990). Flow: The psychology of optimal experience.
- Díaz-Vicario, A., Mercader, C. y Gairín, J. (2019). Uso problemático de las TIC en adolescentes. Revista Electrónica de Investigación Educativa, 21, e07, 1-11. doi:10.24320/redie.2019.21.e07.1882
- García, B., López, M. C. y García, A. (2014). Los riesgos de los adolescentes en Internet: los menores como actores y víctimas de los peligros de Internet. Revista Latina de Comunicación Social, (69), 462-485. doi:10.4185/RLCS-2014-1020

Marcos Campolongo
Doctor en Ciencias Biológicas por la Universidad de Buenos Aires (UBA); Docente e investigador en instituciones educativas de nivel secundario y superior.
- Marcos Campolongo

Muy interesante y real!
Muy actual el dilema abordado Marcos. Me intrigó la teoría del flujo óptimo aplicada, no al uso del móvil como bien lo planteaste, sino a la dinámica de la clase; quizás una manera de «bypasear» el uso del móvil en clase sería ofrecer a lxs estudiantes retos académicos que estén alineados con los conocimientos que se pretende que desarrollen en el curso, de forma de promover el flujo óptimo en la clase y mantener su atención en la misma. Claro que esto es sencillo de decir pero no de hacer. Saludos!
Muy actual la temática del artículo Marcos. Me he quedado pensando en la teoría de flujo óptimo, ya no desde el punto de vista de las TIC como bien lo has abordado tu, sino desde el punto de vista docente. Repasando esta teoría a partir de tu artículo, he visto que el flujo óptimo en la realización de una actividad se da en una combinación determinada de nivel del reto/detreza que implica la actividad, y las habilidades puestas en juego para ello. Quizás una forma de disminuir el uso del móvil en el aula radique en diseñar actividades que promuevan el flujo óptimo en clase, ejercitando habilidades que queremos que lxs estudiantes obtengan y desarrollen, y planteando un reto estimulante para ellxs. Gran artículo. Saludos desde España.