Por Marcelo Crisafio
La inmigración italiana (1859-1970) ha forjado la idiosincracia de una buena parte de los argentinos. Fue incluso mayor que la española. Es la mayor comunidad europea en nuestro país que posee, a su vez, la mayor comunidad italiana fuera de Italia. Han venido además de todas las regiones (47% del sur, 41% del norte, 12% del centro). Se ha concentrado en las regiones centrales, especialmente en grandes ciudades. Se calcula que el 62% de la población argentina tiene al menos un ascendiente italiano. Nos ha dejado maneras, comidas, costumbres, gustos, música (es notable su influencia en el tango).
Y ha influido en nuestra lengua y habla.
Un espectrograma demuestra que el tono y el acento de un porteño o rosarino es casi idéntico al de un napolitano. La influencia del idioma italiano y sus numerosos dialectos en el habla de las grandes ciudades es temprana. El cocoliche (jerga que combina rasgos morfológicos y fonéticos del castellano y dialectos italianos) perduró durante cinco décadas (1880-1930) y ha quedado plasmado en numerosas obras literarias. Muchos de esos vocablos alimentaron o formaron la base del lunfardo rioplatense y, una vez más, fueron expandidos por el tango. Esta jerga, propia de las ciudades de Buenos Aires y Montevideo, pocas veces ha cruzado las fronteras. Se destaca la palabra mina que, nacida en el Río de la Plata, ha llegado a Chile, Bolivia y Paraguay con el mismo significado de mujer y a Venezuela y Bolivia con el de prostituta.
Pero la palabra que es realmente singular y ha hecho un camino atípico es la palabra pibe. Ya no es una palabra lunfarda sino que pertenece a la lengua castellana. Hace varias décadas que ya no convive al lado de la aclaración de argentinismo o americanismo en los diccionarios. No sólo se ha extendido a todos los países de Hispanoamérica sino que ha llegado a España, siempre con su significado original de joven. Las pocas palabras nacidas en América que han llegado a España están relacionadas con plantas, animales o comidas y fueron incorporadas por necesidad para nombrar al objeto nuevo que entra en el mundo del hablante. Pero ¿qué características y connotaciones tiene la palabra pibe, que se incorpora a la lengua de comunidades de hablantes de castellano que ya tienen varios sinónimos o cuasi sinónimos, algunos propios del castellano y otros (como gurí o chamaco) de lenguas aborígenes?
Lo más lejos que podemos llegar con la etimología es hasta el término del italiano jergal piva (miembro viril), luego pivo/piva, usado mayormente en diminutivo: pivello/pivella (niñito, niñita). De allí pasó al dialecto genovés como pivetto/pivetta. Un dialecto no es una jerga sino una lengua, una variante de una región geográfica determinada, con su gramática, su semántica, su morfología y su sintaxis; por lo que un genovés que conoce el término del italiano oficial bambino/bambina prefiere utilizar los de su dialecto, pivetto/pivetta.
Los genoveses comenzaron a llegar a Argentina mucho antes de la gran inmigración (circa 1830) y se instalaron principalmente en el barrio de La Boca (xeneize significa genovés en genovés). Para 1855 había 10.000 genoveses en Buenos Aires. Imagine usted a un porteño que habla medianamente bien el castellano porque es su lengua natal, pero que posee un escaso vocabulario que no lo ha aprendido en la escuela porque es analfabeto o semi analfabeto -y que por esa razón comete errores de morfología y sintaxis- tratando de conversar con un genovés que le contesta en cocoliche. En esta situación la influencia fonética, consciente e inconsciente, es notable. Esta influencia dio por resultado, entre tantas otras, el gusto del porteño por el apócope (el cole, la facu, el finde, la bici). Así, la forma corta de pivetto (pive, más tarde pibe) entró al habla popular como un lunfardismo. Un genovés usaba pivetto para referirse a personas de hasta aproximadamente 12 años, es decir niños. El porteño en cambio extendió su significado a toda persona joven, incluyó a los adolescentes y continuó refiriéndose a los jóvenes hasta que se casaban, que en aquel entonces era entre los 18 y 20 años. Se consideraba que uno se convertía en un hombre o mujer “hechos y derechos” cuando se casaba y tenía hijos, cuando comenzaba a tener relaciones sexuales. A partir de allí el tratamiento de pibe/piba podía sonar irrespetuoso; uno era un señor o una señora. Muchas palabras referidas a los niños o jóvenes funcionan por antífrasis. No es el caso de pibe que desde el inicio tuvo un sentido afectivo y por lo tanto de confianza, así que la forma de respeto para el individuo joven y soltero era señorito/señorita. Sin perder el sentido original, las palabras suelen tomar significados por extensión. En la expresión “tengo cuatro pibes” significa hijos. Pero el significado primigenio y básico de pibe como joven continúa hasta el día de hoy y se concentra en las cualidades positivas de la juventud (fortaleza física, energía, belleza, optimismo, alegría y, sobre todo, estar lejos de la muerte, tener todo el futuro por delante). Si uno mantiene estas cualidades cuando ha pasado la juventud es un elogio decir “estás hecho un pibe” o alguien puede quejarse porque las ha perdido “no puedo hacer esto, ya no soy un pibe”. Pero también podemos señalar los aspectos no positivos de ser joven: falta de experiencia y de independencia, poca seriedad y responsabilidad (la famosa “edad del pavo”), para reprender a un adulto en frases como “te comportás como un pibe” o “te ponés a la altura de los pibes”.
Cuando el pibe comienza a trabajar se le dan tareas de pibe, es decir, fáciles, no complejas, breves, monótonas, aburridas, consideradas de baja jerarquía; puede tomarse un colectivo a la otra punta de la ciudad para entregar un sobre, acomodar unas cajas o papeles, hacer el café, barrer. Un cadete administrativo en Buenos Aires suele ser llamado “che pibe” y un adulto suele ofenderse cuando se le encargan esta clase de tareas (“mi jefe me tiene de che pibe”). Con el tiempo aumentó la frecuencia en la utilización de la palabra pibe para señalar los aspectos negativos de ser joven. En los ´90 se acuñó la frase “los pibes chorros” cuando hubo un aumento de actos delictivos perpetrados por personas jóvenes, amparándose en la inimputabilidad de la minoría de edad. Le siguió “los pibes de la provincia” que implicaba una comparación con los capitalinos porque tenían experiencias juveniles diferentes en el sentido de que comenzaban o trabajar a edad más temprana -para lo cual tenían que abandonar la escuela o no cursar la secundaria-, o porque eran más pobres o porque eran todos chorros dependiendo de los prejuicios del emisor. Otras: “los pibes drogadictos, los pibes de la plaza o la esquina, los pibes ruidosos, es una piba de la noche, etc.” Un matiz despectivo comenzó a rodear a la palabra pibe en ciertos contextos.
No obstante, como hemos señalado, el término pibe/piba nunca dejó de referirse a la idea original de joven con todos sus matices positivos y seguimos escuchando “los pibes de hoy la tiene clara con la tecnología”, “voy a jugar con los pibes”, “los pibes de las inferiores”, “los pibes de la escuela”.
Y aquí, en esta última frase, el tono afectivo y de confianza choca con el tono despectivo. El ministro de Educación Alberto Sileoni (2009-2015), en una entrevista concedida a Página 12 en 2015, señaló: “la escuela no comprende la cultura de los pibes”. Pareciera que él, desde su posición de adulto y educador, intentaba desde el lenguaje un acercamiento afectivo a los jóvenes educandos y hacer una autocrítica al sistema educativo que el regía. Pero ahí está precisamente el problema. El pibe, cuando entra a la escuela, empieza a dejar de ser pibe. Se le pide (se le exige) responsabilidad y seriedad. Debe cumplir horarios de entrada y de salida y de entrega de trabajos. Estos deben hacerse responsablemente de manera seria. La diversión y el juego pasan a segundo plano, ya no estamos en ludus (así denominaban los latinos a la escuela primaria, juego). Tiene que construirse como ciudadano, paulatinamente va ganando más independencia, más poder en la toma de decisiones; debe hacerse responsable de las consecuencias de sus actos, aprender de sus errores y solucionarlos por sí mismo. Debe superar la frustración y construir la perseverancia. Va forjando su identidad tanto individual como social; aprende a descubrir e investigar. En definitiva, tiene que trabajar en el amplio sentido de la palabra (con la cuota de sufrimiento que eso implica). La actividad principal de ese pibe en la escuela es estudiar y estudiar no es cosa de niños.

Marcelo Crisafio
Profesor de Castellano, Literatura y Latín, profesión que ejerció y ejerce en colegios de la Ciudad y la Provincia de Buenos Aires. Durante años se dedicó a la enseñanza del español como Lengua Extranjera. Actualmente estudia Bibliotecología en la Biblioteca Nacional. Es editor principal de la sección «Etimologías».
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