Por Javier Lamónica
Bastó que terminara el partido y se confirmara el próximo rival para que se empezara a hablar de la guerra. No la de los jugadores, que apenas comenzaban a prepararse para una semifinal, sino la nuestra: la de las frases, las imágenes, los titulares y las cuentas pendientes. Argentina jugará contra Inglaterra y, casi de inmediato, volvieron Malvinas, la revancha, el enemigo, la batalla y aquel partido de 1986 que creemos recordar incluso quienes lo hemos ido reconstruyendo con el paso de los años.
Es difícil pedirle al fútbol que no convoque todo eso. Los seleccionados juegan con camisetas que representan países, entran a la cancha detrás de una bandera y escuchan un himno antes de empezar. El deporte no se desarrolla fuera de la historia ni permanece al márgen de la política. Nunca lo hizo. Pero que un partido pueda cargarse de sentidos políticos no significa que tenga la capacidad de resolverlos.
El miércoles podemos gritar, sufrir, insultar al árbitro, abrazarnos con alguien a quien no conocemos y festejar como si durante noventa minutos no existiera ningún otro problema. Podemos querer que Argentina gane y podemos sentir una satisfacción especial porque enfrente estará Inglaterra. Las pasiones no necesitan presentar una tesis ante un tribunal para ser legítimas. El problema comienza cuando dejamos de hablar de una emoción y empezamos a presentar el partido como una forma de justicia.
No hay revancha posible dentro de una cancha. Mucho menos cuando aquello que supuestamente se pretende vengar es una guerra en la que murieron personas, combatieron jóvenes soldados enviados por una dictadura y quedó abierta una disputa de soberanía que todavía debe resolverse por medios políticos y diplomáticos. Convertir esa historia en la previa de un encuentro deportivo no la mantiene viva: corre el riesgo de simplificarla.
Porque si Argentina gana, las Malvinas no regresarán al territorio nacional. El Reino Unido no aceptará negociar la soberanía por un gol de Messi, de Julián Álvarez o de cualquier otro jugador. Si Argentina pierde, tampoco se debilitará un reclamo sostenido durante décadas. Ninguno de los dos resultados modificará el derecho argentino ni la ocupación británica. Los resultados deportivos no tienen jurisdicción sobre la historia.
Sin embargo, la metáfora bélica resulta tentadora. Es simple, emocionante y permite distribuir los papeles con facilidad. De un lado estamos nosotros; del otro, el enemigo. Los nuestros atacan, resisten, bombardean el área y dejan la vida. Los otros invaden, provocan y deben ser derrotados. Allí donde la historia exige comprender procesos, responsabilidades y contradicciones, el relato deportivo ofrece dos camisetas y un resultado definitivo.
Pero del otro lado no habrá un ejército. Tampoco estarán los funcionarios británicos que sostienen la ocupación ni quienes se niegan a discutir la soberanía. Habrá futbolistas que representan deportivamente a Inglaterra y que forman parte de una sociedad compleja, atravesada por migraciones, desigualdades y conflictos que no caben dentro de la imagen de un imperio homogéneo. Convertirlos en encarnaciones del colonialismo puede servir para fabricar una buena arenga. Para comprender algo, sirve bastante menos.
La escuela debería entrar precisamente ahí. No para apagar la alegría ni para pedirles a los chicos que miren el partido con la solemnidad de un acto escolar. Mucho menos para neutralizar el fútbol mediante una explicación que vuelva imposible disfrutarlo. Su tarea consiste en ofrecer las distinciones que la velocidad de las redes y la excitación de la previa borran.
Una cosa es un adversario deportivo y otra un enemigo militar. Una cosa es el gobierno británico y otra la sociedad inglesa. Una cosa es acompañar a la selección nacional y otra convertir a once jugadores en soldados. Una cosa es reconocer la dimensión política del deporte y otra imaginar que un acontecimiento deportivo puede sustituir a la política.
Cuando les decimos a los chicos que hay que vengar Malvinas, no necesariamente les estamos enseñando patriotismo. Podemos estar enseñándoles que las guerras continúan en otros escenarios hasta que uno de los contendientes consigue imponerse. Que una derrota histórica se repara mediante una victoria simbólica. Que el orgullo nacional depende de derrotar a quienes circunstancialmente llevan la camiseta del país con el que existe una disputa.
También podemos estar evitando la conversación verdaderamente difícil. Porque hablar de soberanía exige preguntarnos qué política sostiene hoy la Argentina respecto de las islas, qué lugar ocupa el reclamo en sus relaciones internacionales y qué decisiones concretas acompañan las declaraciones oficiales. Exige discutir el vínculo del Gobierno con Estados Unidos y el Reino Unido, sus alineamientos externos y la distancia que puede existir entre repetir que las Malvinas son argentinas y construir una política de Estado capaz de sostener ese reclamo.
La épica futbolística puede funcionar, entonces, como una manera de no hablar de política mientras creemos estar hablando de ella. Nos permite exigirles a los jugadores que hagan dentro de la cancha aquello que los gobiernos deben sostener fuera de ella. Depositamos en un equipo la tarea de defender el honor nacional y, mientras tanto, dejamos en segundo plano las decisiones diplomáticas, económicas y estratégicas mediante las cuales se defiende realmente la soberanía.
La comparación con 1986 aparece de manera inevitable, pero tampoco conviene copiarla sin atender a la distancia histórica. Cuando Argentina e Inglaterra se enfrentaron en México habían pasado solamente cuatro años desde la guerra. La democracia acababa de recuperarse, las heridas estaban abiertas y los excombatientes trataban de encontrar un lugar en una sociedad que muchas veces prefería no mirarlos. Aquel partido no podía escapar de ese contexto.
Maradona, además, no era solamente el mejor jugador del mundo. Construía su figura pública desde una identificación explícita con los de abajo y desde un enfrentamiento, a veces contradictorio pero reconocible, con los poderosos. Aquel segundo gol pudo convertirse en una escena de revancha simbólica porque había una época, una herida cercana y un protagonista dispuesto a asumir esa lectura.
Cuarenta años después, repetir la escena puede producir más nostalgia que conciencia histórica. Esta selección construyó otra identidad y otro modo de relacionarse con la sociedad. No tiene por qué ocupar el lugar político de Maradona ni cargar con una misión que no le corresponde. Pedirle que vengue una guerra es exigirle algo que ningún equipo podría hacer, incluso aunque levantara la Copa.
Esto no significa que debamos mirar el partido con indiferencia. Yo quiero que gane Argentina. Quiero que juegue bien, que pase a la final y que durante algunas horas volvamos a entregarnos a esa extraña felicidad colectiva que solamente el fútbol parece capaz de organizar. No hay ninguna superioridad intelectual en mantenerse al margen de la celebración.
Pero después habrá un día siguiente. Y ese día el país continuará atravesando una crisis profunda que ningún triunfo podrá resolver. Las escuelas seguirán teniendo sus dificultades, los salarios no se habrán recompuesto, la pobreza no disminuirá y las decisiones políticas seguirán produciendo consecuencias sobre la vida cotidiana. La alegría puede ofrecer un descanso. No debería funcionar como un velo.
También las Malvinas seguirán allí. Seguirán siendo parte de una disputa que no comenzó dentro de un estadio y que no encontrará allí su desenlace. Seguirá siendo necesario enseñar su historia, sostener el reclamo soberano, reconocer a los excombatientes y discutir las decisiones presentes sin refugiarnos en consignas fáciles.
El miércoles hay que alentar. Y si ganamos, habrá que festejar con todo lo que tengamos. Pero sin pedirles a once futbolistas que resuelvan lo que corresponde a la política, a la diplomacia y a la sociedad. Un gol puede darnos una alegría enorme, construir un recuerdo y hasta ofrecer una reparación imaginaria.
Lo que no puede hacer es recuperar un territorio, cambiar la historia, ni ganar una guerra.

