Por Javier Lamónica
Hay gestos que con el tiempo dejan de existir, no porque alguien los haya prohibido, sino porque las condiciones que los hacían posibles simplemente desaparecieron. La rateada era uno de esos gestos. Tenía una forma, un ritmo, una gramática propia. Y su desaparición dice algo que todavía no terminamos de leer.
Ratearse de la escuela requería cierto trabajo. No era simplemente no ir: era construir una historia. Una excusa para los padres, otra para los preceptores, una coartada que tenía que ser lo suficientemente sólida como para sostenerse al menos hasta la tarde. Había en ese gesto un esfuerzo narrativo que, visto desde afuera, no era tan distinto al de escribir ficción: se inventaba un personaje —el enfermo, el que tenía turno médico, el que ya había avisado— y se lo sostenía con cierta coherencia.
Pero la ratada no era un acto solitario. Se hacía en grupo, se planificaba entre clases, se coordinaba con señas o con papelitos. Y tenía destino: una plaza, el bar de la esquina, la casa de alguien cuyos padres trabajaban. El afuera de la escuela era un territorio que había que conquistar, y esa conquista tenía la textura de una pequeña aventura. La transgresión era compartida, y por eso también era sostenible: si te descubrían, te descubrían acompañado.
Lo que resulta curioso, mirándolo ahora, es que el sistema mismo parecía haber internalizado esa posibilidad. La figura del alumno libre —esa condición a la que se llegaba acumulando faltas— tenía algo de paradójico que pocas veces se nombraba: era el propio reglamento el que preveía que un estudiante podía, en algún punto, dejar de venir. No como sanción en el sentido de un castigo que se cumplía dentro de la institución, sino como una salida hacia afuera. Quedarse libre era, entre otras cosas, quedar liberado de la obligación de aparecer. El sistema castigaba la inasistencia reiterada con más inasistencia. Había ahí una lógica extraña, casi involuntariamente honesta.
Todas las mañanas, antes de que empiece el primer recreo, me cruzo a comprar el pan para el kiosco. El local queda en la esquina del colegio —literalmente, a media cuadra— y a esa hora todavía hay algo de quietud en la vereda que después desaparece. Es uno de esos momentos del día que uno cuida sin darse cuenta.
Hace un tiempo empecé a encontrarme con estudiantes ahí. No una vez: varias. Sentados en las mesitas, con un café o un jugo, desayunando. Sin aviso a la escuela, sin notificación a la familia. En términos estrictamente administrativos, ausentes. Pero ahí, a cincuenta metros de la entrada, perfectamente visibles para cualquiera que pasara.
Lo primero que me llamó la atención no fue que estuvieran ahí. Fue que estaban solos. No había grupo, no había complicidad, no había nadie con quien compartir la transgresión si es que eso era lo que estaba pasando. Y cuando me acerqué a preguntar qué estaban haciendo, la respuesta no tenía nada de la picardía que uno podría esperar en ese contexto. No había en sus caras el gesto del que fue descubierto en algo divertido. Había, más bien, algo parecido a la incomodidad de quien es interrumpido en un momento que necesitaba para sí mismo.
Querían desayunar tranquilos. Eso fue lo que me dijeron, con distintas palabras, en distintas ocasiones. Y esa respuesta me quedó dando vueltas durante todo este tiempo, porque no sabía muy bien en qué categoría ubicarla. ¿Era una rateada? ¿Era otra cosa? ¿Qué nombre le ponemos a un gesto que se parece más al de un adulto que necesita salir un momento de su casa que al de un adolescente que conquista el afuera?
Pensándolo bien, ese gesto lo conozco. Lo he visto —lo he hecho— muchas veces. Es el de la persona que se levanta un poco antes de lo necesario para tomar el café sin que nadie le hable. El del padre o la madre con un recién nacido en casa que sale diez minutos más temprano al trabajo solo para tener un rato en el que no le demanden nada. El del que prefiere esperar el colectivo parado en la esquina, aunque llueva un poco, antes de quedarse cinco minutos más adentro. No es huida. Es una forma menor, casi doméstica, de preservar algo propio en medio de una jornada que se anticipa agotadora.
Que ese gesto aparezca en un adolescente de quince años merece, al menos, una pregunta. No como diagnóstico —no sé lo que pasa en cada una de esas casas, y sería imprudente generalizarlo— sino como señal de algo que vale la pena no dejar pasar. ¿Qué tiene que estar pasando “adentro” para que afuera, en la esquina del colegio, a las ocho de la mañana, solo, sea la mejor opción disponible? ¿Qué tipo de soledad es esa, que se busca en vez de sufrirse?
La rateada, en su versión clásica, era una fuga hacia algo. Hacia el grupo, hacia la aventura, hacia el pequeño territorio conquistado fuera de la norma. Lo que encontré en esa panadería era distinto: no una fuga hacia algo sino una fuga de algo. Y esa diferencia, que parece pequeña, no lo es.
Algo cambió también en términos normativos. Durante años, el sistema tuvo una salida incorporada: acumuladas suficientes faltas, el estudiante quedaba libre. Libre de venir, se entiende. Podía seguir el año de otra manera —rindiendo materias, presentándose en fechas especiales— pero la obligación de aparecer todos los días se suspendía. Era una paradoja que el reglamento nunca terminó de resolver: se sancionaba la inasistencia con la posibilidad de no asistir más. Como si el sistema reconociera, de un modo torpe, que para algunos chicos el vínculo con la escuela había llegado a un punto de no retorno, y que forzar la presencia física no iba a resolver nada.
Hoy eso no existe de la misma manera. La normativa vigente sostiene la regularidad del estudiante incluso cuando las faltas se acumulan. Quedarse libre ya no significa quedar liberado: las materias siguen ahí, la escuela sigue ahí, la obligación de aparecer —de una forma u otra— también. En términos de política educativa, la intención es clara y tiene su lógica: evitar que la acumulación de inasistencias funcione como una expulsión encubierta, mantener el lazo institucional, no perder a nadie por el camino.
Pero algo de esa lógica merece ser interrogado. Porque si antes había una válvula —pequeña, imperfecta, a veces injusta— que permitía que cierta tensión encontrara una salida reconocida por el sistema, ¿qué pasa cuando esa válvula se cierra? ¿A dónde va esa presión?
No tengo una respuesta cerrada. Pero algo de lo que veo en las escuelas invita a preguntárselo. Los estudiantes que hoy no pueden sostener la asistencia no siempre están en una plaza ni en la panadería de la esquina. Algunos no pueden salir de su habitación. Tienen problemas de sueño que no son capricho ni desorganización: son cuerpos que encontraron en el no-despertar una forma de no tener que enfrentar lo que los espera afuera, o adentro. Hay quienes acumulan inasistencias no porque estén haciendo algo sino porque no pueden hacer nada, porque el peso de aparecer se volvió insostenible sin que nadie, en muchos casos, pueda explicar del todo por qué.
La rateada era una transgresión con forma. Tenía bordes, tenía cómplices, tenía un lugar adonde ir. Lo que estamos viendo ahora es más difuso y más grave: no una salida por la puerta de atrás sino un retiro hacia adentro. No una coartada sino un síntoma. Y los síntomas, a diferencia de las transgresiones, no se resuelven con más presencia obligatoria.
Aquellos estudiantes que encontré desayunando solos en la esquina del colegio no estaban desafiando nada. Estaban, simplemente, buscando un lugar donde estar sin que nadie les pidiera nada. Que eso sea lo más parecido a un descanso que algunos chicos pueden imaginar es, tal vez, una pregunta que deberíamos estar haciéndonos.

