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Las violencias de la escuela

Por Javier Lamónica

Seguramente, al momento en que estés leyendo estas líneas, ya circulen múltiples interpretaciones sobre lo ocurrido. Los medios habrán avanzado —como suele ocurrir— en la búsqueda de explicaciones rápidas: que si el estudiante sufría bullying, que si la escuela sabía y no actuó, que si hubo señales que no se atendieron. En cuestión de horas, la escena se puebla de hipótesis, responsabilidades y diagnósticos apresurados.

Pero lo cierto es que esas explicaciones suelen decir más sobre nuestra necesidad de encontrar causas inmediatas que sobre la complejidad real de lo que ocurre en las instituciones educativas. La velocidad con la que se construyen relatos muchas veces atenta contra la posibilidad de comprensión. Y en esa simplificación, lo que se nos pierde es la dimensión más profunda del problema.

El hecho que hoy concentra la atención —ocurrido en una escuela de Santa Fe, en donde un estudiante ingresó armado y disparó contra sus compañeros, dejando como saldo varios heridos y la muerte de un alumno de 13 años— vuelve a activar ese mismo mecanismo. A la esperable conmoción inicial le siguen las interpretaciones apresuradas de los analistas y opinólogos de turno, que con una o dos entrevistas realizadas a informantes de dudosa vinculación con los hechos, intentan cerrar el sentido de lo ocurrido.

No es la primera vez que pasa algo así. A veintidós años de los hechos ocurridos en Carmen de Patagones —uno de los episodios más emblemáticos de violencia escolar en Argentina—, la escena se repite en sus formas más reconocibles. En aquel entonces, además de la conmoción, se abrió un proceso más lento pero más fértil: el de la investigación y la construcción de conocimiento sobre el tema.

En esos años se creó, por ejemplo, el Observatorio Argentino de Violencia en las Escuelas (2005), del cual pude formar parte y me llevó a trabajar durante muchos años en torno a estas problemáticas. Uno de los ejes centrales del organismo fue correr la mirada de la violencia como un hecho excepcional para pensarla como un fenómeno más amplio, más complejo y, sobre todo, más cotidiano. 

Al empezar a caracterizar el problema entendimos que las agresiones entre pares, y la violencia, en sentido más amplio, no es algo que ocurre en la escuela, como si esta fuera una caja de resonancia, sino que es parte constitutiva de ella. Es decir que no se trata de hechos o conductas individuales, sino de modos relación y vinculación que se producen en la propia vida escolar. Ese desplazamiento permitió complejizar el problema y evitar explicaciones lineales.

Con el tiempo, incluso esa mirada se fue afinando. El propio Observatorio cambió su foco hacia los vínculos en la escuela, incorporando una idea clave: no todo conflicto es violencia, pero toda forma de violencia se construye en el marco de los vínculos. Esto implica reconocer matices, evitar simplificaciones y sostener la complejidad sin reducirla.

Desde ahí, hechos como el ocurrido en Santa Fe no pueden pensarse como irrupciones aisladas ni explicarse de manera lineal. Como advierte Žižek, la violencia visible —la que estalla y se vuelve noticia— suele ser apenas la superficie de procesos más profundos. Lo verdaderamente relevante es aquello que permanece en lo cotidiano: las condiciones simbólicas y relacionales que hacen posibles esos desenlaces.

En este punto, resulta clave distinguir entre distintas formas de violencia. Por un lado, aquellas que están claramente tipificadas: agresiones físicas, uso de armas, homicidios. Por otro, formas más difusas pero persistentes: la exclusión, la burla, la humillación, la violencia verbal. Prácticas que rara vez ocupan titulares, pero que configuran la experiencia diaria de la escuela.

El problema es que, frente a hechos extremos, tendemos a mirar únicamente la violencia espectacular —la que se puede narrar y condenar— y dejamos de lado ese entramado cotidiano que, silenciosamente, produce condiciones de posibilidad. En ese recorte, lo excepcional termina ocultando lo estructural. Y con eso, también se limitan las posibilidades de intervención.

Por eso, cuando el debate público se centra en si los estudiantes llevan armas a la escuela o en cómo reforzar los controles de ingreso, el riesgo es claro. No porque esas cuestiones no sean relevantes, sino porque desplazan la discusión hacia un terreno más acotado: el de la seguridad entendida como respuesta técnica e inmediata. De ese modo, se deja en segundo plano la dimensión relacional e institucional del problema en donde se entraman las violencias antisociales o microviolencias que suelen pasar desapercibidas dentro del ámbito escolar.

La violencia, en este sentido, no puede reducirse a casos individuales ni a fallas puntuales. Se trata de un fenómeno social que atraviesa a la escuela, pero que también se produce en ella y a través de ella. Pensarla exige salir de las explicaciones rápidas y sostener una mirada más amplia, incluso cuando eso resulte menos tranquilizador.

Tal vez, entonces, el desafío no sea apresurarse a cerrar el sentido de lo ocurrido, sino abrir preguntas que permitan comprenderlo mejor. Volver sobre lo cotidiano, sobre los vínculos, sobre las formas en que se construyen las experiencias escolares. En ese sentido, lo ocurrido en Santa Fe no solo interpela por su gravedad, sino también por la forma en que seguimos intentando explicarlo.

Bibliografía

Charlot, B. (2002) “A violência na escola: como os sociólogos franceses abordam essa questao”. En Sociologias, Porto Alegre, ano 4, nº 8, jul-dez, pp. 432-443.

Ministerio de Educación (2008), Violencias en las escuelas: un relevamiento desde la mirada de los alumnos. Observatorio Argentino de Violencia en las Escuelas. Buenos Aires.

Zizek, Slavoj (2009) Sobre la violencia. Seis reflexiones marginales. Buenos Aires: Paidós.

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