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En defensa de la representación

Por Pablo Américo


Una forma rápida de vender análisis políticos es diagnosticar una “crisis de representación”. Hace al menos veinte años la crisis de representación es el lugar común o la etiqueta más exitosa para explicar el devenir de la realidad política. Ya sea a través de su saneamiento o su intensificación, se observa que no existe una traducción correcta de las demandas de ciudadanos consumidores y la oferta de funcionarios en el mercado electoral. Pero, ¿existe representación sin crisis? 

Podríamos empezar diciendo que hay dos principios políticos básicos que se contraponen en todo vínculo político: la identidad y la representación. Si no hay política sin representación, tampoco la hay sin identidad, incluso cuando estos dos elementos parezcan ser contradictorios y anularse mutuamente. Si la forma pura de la identidad es el yo-mismo, la forma pura de la representación es el yo-en-el-otro. Y si la monarquía absoluta es la forma absoluta de la representación (la unidad política total de la Nación representada en la figura mortal de un individuo), la exacerbada performatividad del yo en el mercado de prosumidores digitales puede ser un intento de identidad absoluta.

¿Es, en definitiva, esta pura transparencia la resolución de la crisis de representación? ¿El abandono de los mecanismos modernos de representación política para abrazar la atomización identitaria que nos permita presentarnos –sin re- al mundo tal cuales somos? Esta identidad absoluta no podría prescindir, incluso obviando los problemas técnicos y burocráticos, de representarse de algún modo. Incluso a un grado cero, la presentación del yo en la vida cotidiana es una forma de representación: nadie es quién dice ser porque nadie sabe quién es. 

Pero, ¿qué pasa si la representación política intenta presentarse como transparente y sin mediaciones de ningún tipo? Digamos, o sea, qué ocurre cuando se pretende anular el ruido y la interferencia que se crean en el vínculo representativo, entre el representante y el representado, y en cambio se adopta una performatividad “autentica” que, incluso si resulta grotesca para las mentes bienpensantes, establece que se presenta a sí mismo tal cuál es. ¿Qué pasaría si el representante asumiera abiertamente que ante todo se representa a sí mismo? 

Se tendría que señalar, nuevamente, que esta identidad absoluta del soberano consigo mismo, que podría, por ejemplo, presentarse como un héroe solitario que batalla contra una casta corrupta, estaría constitutivamente rota. Entonces, una vez más, ¿puede la representación constituirse sin crisis? ¿Existen el representante y el representado o tan solo el inestable lazo representativo que emerge entre ambos? Puede que el sistema político que habitamos sea apenas producción y producción y producción. 

Sin embargo, el clima de época insiste: se puede presentarse a uno mismo de forma transparente, sin fisuras, como un sujeto plenamente constituido. El embate contra la representación no puede ser más claro en las palabras del gran teórico del liberalismo reaccionario Friedrich von Hayek: “La democracia es esencialmente un medio, un expediente utilitario para salvaguardar la paz interna y la libertad individual”, la “delegación” que el individuo realiza hacia el legislador es apenas un mandato para cumplir con una codificación mínima –unánime entre los ciudadanos- que exprese puntos generales que garantice el deseo personal. En ese sentido, en una visión sacralizada del Estado de Derecho, el pensador alemán advertía: “El Estado tiene que limitarse a establecer reglas aplicables a tipos generales de situaciones y tiene que conceder libertad a los individuos en todo lo que dependa de las circunstancias de tiempo y lugar, porque sólo los individuos afectados en cada caso pueden conocer plenamente estas circunstancias y adaptar sus acciones a ellas”. 

Paradójicamente, este paraíso de la libertad individual y la identidad absoluta no es más que la exacerbación de la arbitrariedad: si para salvaguardar el principio identitario debe establecerse un sistema legal mínimo que reproduzca las voluntades individuales, la arbitrariedad que le concederá al soberano para interpretar dichas garantías mínimas no puede ser más que el principio de una amenaza autocrática. Es en la pretensión de la pura identidad, la pulsión psicótica de presentar un discurso inquebrantable, donde se encuentra el germen de la restricción de la libertad. 

Aceptar la representación es aceptar la vigencia del lazo comunitario. Implica reconocer el conflicto inherente de interpretar los propios deseos y voluntades que están constitutivamente barrados, encontrándose incapaces de una expresión plena y sin contradicciones. La voluntad individual no puede sino emerger de dicho lazo, de la co-constitución de sujetos –representantes que se representan- en una comunidad en efervescencia. No hay individuo en la absoluta identidad, así como no hay libertad en la absoluta dispersión. Es en el lazo y la interpretación (con todos sus peligros) donde emergen la emancipación y los monstruos.

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