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«El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes», de Tatiana Țîbuleac – Una recomendación

Por Araceli Coria

“Aquella mañana en que la odiaba más que nunca, mi madre cumplió treinta y nueve años. Era bajita y gorda, tonta y fea. Era la madre más inútil que haya existido jamás.” De esta manera cruda y desgarradora comienza Tatiana Țîbuleac su obra El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, para ya no soltarnos jamás.

Se trata de la primera novela publicada por esta escritora y periodista moldava-rumana, que vio la luz allá por 2016 y se convirtió rápidamente en un éxito entre críticos y lectores en Rumania. En Argentina, la Editorial Impedimenta publicó una primera edición del libro en el año 2019. Hoy va por la 18a.

La historia nos presenta a Aleksy, el protagonista y narrador del relato, un personaje que, ya adulto y luego de haber tenido un grave accidente, recuerda el último verano que pasó junto a su madre en un pequeño pueblito francés. Aleksi es un pintor renombrado en medio de un bloqueo artístico. Para superar ese momento, su psiquiatra le recomienda rememorar esas vacaciones que transitó con ella, un período final de reconciliación y reencuentro luego de que su madre le informara sobre su diagnóstico de cáncer.

Los ojos de mi madre eran un despropósito.

La novela atrapa desde la primera página. Ese inicio tan abrupto, que puede recordar al comienzo de El extranjero, de Camus, genera un extrañamiento en el lector producto de esta forma tan cruel y descarnada de juzgar a su madre que exhibe el narrador. Aleksy cuenta su historia desde el punto de vista de un adolescente con problemas de salud mental y un odio visceral hacia su mamá, que luego la trama se encargará de ir explicando. Si bien, en primera instancia, esta narrativa puede incomodar o incluso generar rechazo, a medida que los capítulos avanzan comenzamos a entender a los personajes en toda su complejidad, con todas sus contradicciones, a la vez que asistimos a ese período de tregua que se produce entre la madre y el hijo en la campiña francesa. Decididos en un acuerdo tácito a recomponer la relación antes de que ella muera, el texto va perdiendo ese tono violento del inicio y da paso a un lenguaje mucho más amable, más tranquilo, donde el tiempo lento y monótono del campo parece impregnar de calma y suavidad la narración.

Los ojos de mi madre eran cicatrices en el rostro del verano.

También ayuda a este efecto de lectura el hecho de que los capítulos narrativos se interrumpan constantemente por otros de carácter poético, donde Aleksy va describiendo a su madre a través de versos que, juntos, componen una suerte de poema disgregado. La presencia de este otro lenguaje rompe con la crudeza de la trama y le imprime al texto un tono poético que acompaña y refleja la lenta reconciliación de los personajes.

La novela de Țîbuleac es descarnada, por momentos desgarradora, cargada de dolor, de culpa, de violencia. Pero a la vez también es una obra muy hermosa y sutil que reflexiona sobre el perdón, sobre el amor, la reconstrucción de los vínculos, el arte y sobre lo complejo de las relaciones materno-filiales sin perder cierto efecto cómico y recurriendo incluso a pinceladas de humor negro.

Los ojos de mi madre lloraban hacia dentro.
La obra en el aula: recorridos posibles

Quizás el tono oscuro de la novela y las temáticas que aborda (la muerte, las enfermedades psiquiátricas, el deterioro físico, una compleja relación madre-hijo) amerite una lectura reservada para los últimos años de la Educación Media o incluso para los estudios superiores (terciarios o universitarios), analizando cuidadosamente el contexto y teniendo en cuenta las particularidades de cada grupo.

Tatiana Țîbuleac

Por el inicio tan impactante que tiene se puede emparentar esta obra, tal como señalamos anteriormente, con El extranjero, de Albert Camus, y resulte útil para abordar a nivel teórico la cuestión de los comienzos en la literatura, los íncipit, y su rol fundamental a la hora de la construcción de un relato.

También se puede vincular la novela de Tibuleac con aquellos libros que utilizan la primera persona protagonista para la construcción de autobiografías ficcionales. Se podría explorar una línea de análisis que entienda El verano que mi madre tuvo los ojos verdes como una novela de iniciación y, desde allí, repensar sus puntos de contacto con textos del género o sus antecedentes: El Lazarillo de Tormes, David Copperfield, El guardián entre el centeno de Salinger, o las argentinas; El juguete rabioso de Roberto Arlt, Stefano, de María Teresa Andruetto o la reciente El niño resentido, de César González, solo por nombrar algunos títulos posibles dentro de esta constelación infinita.
Asimismo pueden tomarse solo los fragmentos poéticos de la novela para pensar una propuesta de reflexión sobre la poesía y sus usos dentro de los textos narrativos, o proponer consignas de escritura creativa que utilicen esos versos como disparadores.

En fin, ya sea para el aula o para nuestro propio recorrido, para una lectura más ociosa o académica, vale la pena explorar El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes; es una obra cargada de aciertos y que demuestra el gran manejo de la pluma que tiene su autora. Una pieza contemporánea relevante dentro del corpus de la literatura universal que aborda las relaciones materno filiales sin romantizarlas, sino exponiéndolas en toda su complejidad.

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