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¿Cuándo se termina el dentífrico?

Por Claudio Sprejer

El tubo de dentífrico nunca se termina. O eso parece. 

Lo apretás por el medio, como hacen los que no piensan en el futuro. O por abajo, enrollándolo prolijamente, como hacen los que confunden el orden con la inteligencia. Lo torcés, lo retorcés, lo planchás contra el borde de la mesada con una dedicación que sería admirable si el objeto fuera otro. Siempre sale un poco más. Siempre hay algo adentro que todavía no salió. Y uno ahí, a las seis y veinte de la mañana, semi dormido, negociando con un tubo de plástico. La dignidad humana es un tema complejo. 

Enseñé casi cuarenta años. Y hubo momentos —muchos momentos— en que pensé que se había acabado. Que ya no quedaba nada para dar. Que el tubo estaba vacío. 

Me equivocaba, claro. Siempre aparecía un chico/chica que preguntaba algo raro. Algo que no estaba en el programa, que no entraba en ningún capítulo, que nadie había pensado formular antes. Y ahí estaba otra vez: el hilo que sale cuando ya dijiste que no quedaba más. 

En todo ese tiempo tomé mate. Esto puede parecer un detalle menor. No lo es. 

Cuando empecé, el mate en el aula era casi una provocación. Una informalidad sospechosa, como llegar sin corbata a un lugar donde tampoco había corbatas pero igual se esperaba cierta rigidez invisible. Los directivos miraban de reojo y criticaban. Algún colega fruncía el ceño con esa actitud de quien no dice nada pero dice todo. El mate era, en el mejor de los casos, tolerado. En el peor, una declaración ideológica involuntaria. 

Pero el tiempo hace cosas raras. El mate fue ganando terreno. Primero en las salas de maestros, después en los pasillos, después en todas partes. Se volvió el gran igualador. El portero, el preceptor, después el directivo nuevo, el padre nervioso esperando en el pasillo, el chico que llegaba temprano sin ganas de nada y venía a confesar su angustia a mi lugar: todos terminaban con el mate en la mano. Como si el objeto en sí tuviera el poder de bajar las revoluciones del motor y hacer que la gente se comportara un poco más como gente. 

Yo siempre supe que era así, nobleza obliga. Pero durante años tuve que esconderlo de los obtusos que usaban traje, al mismo tiempo que yo ejercía mi resistencia usando corbatas con motivos de dibujitos animados. 

La educación tiene algo del tubo de dentífrico. No es un recipiente que se llena de una vez y listo. Es algo que apretás sin saber bien qué va a salir, ni en qué dirección. A veces sale derecho. A veces mancha el espejo. A veces cae al piso y uno se pregunta si valió la pena tanto esfuerzo por tan poco resultado visible. 

Clarísimo está que valió. Pero eso uno lo entiende casi al final, que es cuando se entienden todas las cosas importantes.

Hace como un año me jubilé. El tubo sigue en la mesada. La diferencia es que tengo tiempo de mirarlo bien antes de apretarlo. Lo estudio. No hay ningún apuro. Nadie me extraña en ninguna escuela y me bajo dos termos yo solo escuchando la radio. Escribo. Leo. Pienso más despacio, mejor. Tomo mate a la hora que quiero, sin que nadie mire de reojo, sin que nada sea una declaración de nada. El mate llegó a ser, en estos años, lo que siempre debió ser: simplemente mate. 

La curiosidad no se jubila, eso nadie te lo avisa. Te jubilás del cargo. Pero no de la pregunta. No de esa incomodidad preciosa que te genera no saber algo y querer saber. No del impulso que te hace exprimir el tubo una vez más, aunque ya estés convencido de que no queda nada. 

La vida funciona igual. Uno cree que llega un momento en que todo está dicho, todo está aprendido, todo está gastado. Que el tubo se vació en algún momento entre los cuarenta y tanto y los sesenta y pico, y que lo que queda ahora sale en forma de puntitos blancos inútiles que quedan pegados en el espejo del botiquín, ese que ya no alcanza ni para un diente. 

Pero no. 

Siempre hay un poco más. Siempre hay una pregunta nueva, un libro que no leíste, una tarde que todavía no viviste, una conversación que empieza cuando menos la esperabas. Un viaje, a la plaza o más lejos, una fugazzeta rellena en contra de los consejos médicos, una peli vieja… 

El tubo nunca se termina del todo. 

O si se termina, uno ya no está para contarlo. 

Y mientras tanto: apretá. 

Y ojito con mover la bombilla del mate.

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