Por Javier Lamónica (Staff)

Según el gobierno nacional de la República Argentina, “El aislamiento social, preventivo y obligatorio”, entendido como la disposición que determina que debemos permanecer en nuestros domicilios habituales, sólo pudiendo realizar desplazamientos mínimo e indispensables, es una medida excepcional adoptada en un contexto crítico con el objetivo de proteger la salud pública. Así mismo, diferentes expertos y equipos de asesores aseguran que limitar el contacto frente a frente con otras personas es el mejor modo de cuidarnos

Sería imprudente, poco humano y políticamente incorrecto oponerse o expresarse en contra de una política pública o decisión de gobierno que privilegia -hagamos un esfuerzo por creerlo- la salud por sobre otras dimensiones de la vida; que, aunque no intentaré discutirlo aquí, tienen un impacto profundo y determinante en nuestras condiciones de existencia, salud incluida. Sin embargo, como acabo de decir, no es el objetivo de este texto detenernos en cuestiones que llevan a preguntarnos si “¿cuarentena si o cuarentena no?”; una discusión inútil que parece tener fundamento en la controversia esbozada más arriba; sostenida en otra simplificación: cuidar la vida o salvar la economía. Lamentablemente, hoy sabemos que los resultados de la pandemia nos dejan en escenarios parecidos ya sea que miremos las políticas públicas llevadas adelante por gobiernos de derecha, como los de Estados Unidos y Brasil, como si observamos lo que ha ocurrido en nuestro país, a pesar de las buenas intenciones y desde una perspectiva con la que me encuentro, por si es necesario decirlo, mucho más representado.  

Me interesa, en cambio, analizar si lo que estamos atravesando -y no me refiero al trágico número de muertes contabilizado en todo el mundo-,  es resultado de la pandemia o si está vinculado a procesos que ya se estaban desarrollando y que el virus covid vino a terminar de instalar. En particular, intentaré analizar algunas lógicas que van más allá de las medidas implementadas a lo largo de este período, y cómo dichas lógicas se trasladan a  algunos aspectos del ámbito educativo, más precisamente, al escolar. 

Me interesa detenerme en tres aspectos fundamentales: el carácter excepcional de la medida, las características críticas del contexto y la premisa que asegura que el aislamiento es el mejor modo de cuidarnos. Comencemos por este último punto. 

No sería falso decir que si las personas no condujeran vehículos o si dichos vehículos tuvieran velocidades máximas de fábrica más bajas no habría accidentes de tránsito o, en caso de haberlos, se reducirían las posibilidades de que los mismos tengan víctimas fatales. Sin duda, tampoco sería incorrecto aseverar que si pudiéramos prohibir definitivamente los encuentros sexuales entre personas no habría enfermedades de transmisión sexual. No sería necesario extenderme con más suposiciones de este tipo que sirvan de argumento para una afirmación que resulta difícil discutir: el contacto y el vínculo social, sobre todo en espacios urbanos altamente poblados, son, en ciertos aspectos, riesgosos.

Tratando de visibilizar este punto empecé a buscar información para demostrar que este año habría muchísimas menos muertes por accidentes de tránsito que las ocurridas el año anterior, pero me detuve rápidamente porque me di cuenta de que era innecesario. Excepto que las medidas impuestas no se hayan cumplido, resulta imposible que la reflexión no sea cierta: si los vehículos no pueden circular entonces no hay accidentes vehiculares (1). Lo mismo podría decir de los encuentros sexuales: la posibilidad de contagios se debería ver reducida drásticamente en un contexto en el que las parejas que viven en casas separadas no tienen permitido encontrarse, no ya para mantener relaciones sexuales, sino para tomar un mate, dialogar o sostener cualquier tipo de vínculo cara a cara. Ni hablar de los encuentros casuales que no se van a producir en bares, plazas, museos, shoppings, recitales que, al no realizarse, evitarán que nos contagiemos no solo de covid, anginas, gripe… sino también de VIH, sífilis, VPH o gonorrea (2). Yendo a aspectos que parecen un poco más cotidianos -al fin al cabo nadie espera morirse de un accidente de tránsito o de una infección de transmisión sexual- según el Informe de Estadísticas Vitales publicado por el Ministerio de Salud en 2018, ese año murieron en Argentina casi 32 mil personas por neumonía e influenza (virus de la gripe), siendo los principales afectados las personas mayores y quienes tienen enfermedades previas. 

El análisis nos lleva entonces a plantearnos un segundo aspecto: la criticidad del contexto en términos sanitarios. Sin meternos en modelos estadísticos y epidemiológicos, me pregunto por las condiciones que hicieron que se resuelva aplicar las medidas de distanciamiento social, para, en función de ello, analizar el último aspecto: el fin de la excepcionalidad.

El 19 de marzo, en el encuentro por la aplicación del Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio, todos los gobernadores de nuestro país estuvieron de acuerdo con esta medida que, al día de hoy, 7 de agosto, lleva 140 días ininterrumpidos en el Área metropolitana de Buenos Aires, a pesar de algunas modificaciones y ajustes. Al 20 de marzo, fecha en la que la medida fue aprobada y puesta en marcha, se habían registrado en Argentina 128 casos de infectados, 3 muertos y 22 recuperados. No es mi intención cuestionar si esto era mucho o poco, si la medida fue apresurada o aplicada a tiempo, ni cualquier otra opinión, por cierto infundada; sino que el contexto ya era crítico antes de la explosión del virus, a pesar de que no se haya resuelto aplicar ninguna medida excepcional.

Permítanme finalmente hacer algún análisis sobre este último aspecto. Entendiendo que la cantidad de casos nunca va a estar por debajo de las condiciones iniciales, ¿cómo se determinará que la excepcionalidad ha dejado de ser necesaria. Sé que no hace falta explicar que las medidas no se resolvieron por la cantidad de casos y muertes registradas en ese entonces sino para evitar que el virus se extendiera de manera descontrolada y para darle tiempo al Estado de aumentar la capacidad de atención disponible e instalada; sin embargo, es un cálculo o análisis que domina la atención pública. Hoy es posible encontrarse con personas que saben al detalle cuántas personas murieron por covid en cada jurisdicción pero que desconocen cualquier otro dato de mortalidad, tanto de este año como de anteriores.

De un día para el otro han desaparecido de la agenda los datos sobre mortalidad infantil, enfermedades coronarias, oncológicas, accidentes fatales en tránsito, femicidios, etc. Si no me creen hagan la prueba de preguntarle a alguien si sabe cuántas personas murieron este año o el año pasado por algunas de estas causas. ¿Serán más, serán menos? Cómo es posible establecer una magnitud si no se ponen los datos en relación. Insisto en que no es el objetivo de este texto menospreciar lo que está ocurriendo. Entiendo la gravedad y el alcance del virus y los esfuerzos por tratar de resolver la situación, pero no estamos hablando de ello, sino de lo que cualquiera de estas políticas públicas no nos está diciendo: el contexto crítico no empezó el 20 de marzo; así como las respuestas sociales, políticas, económicas y técnicas que se tomaron para que podamos llevar adelante nuestras vidas en este contexto, tampoco tuvieron inicio con el comienzo del aislamiento. Para decirlo de otro modo, y adelantando un poco la reflexión, podríamos decir que la cuarentena ya había comenzado antes de la pandemia y que, mal que nos pese, no va terminar, aún cuando cuando algún decreto diga que ha finalizado. 

Entonces, ¿por qué ahora? 

Sin lugar a dudas, esta crisis se da en un contexto de aceleración y extensión del cambio social como nunca tuvo lugar. El desarrollo del neoliberalismo como forma de mutación del capitalismo desancla las relaciones sociales de un tiempo y espacios definidos, desacoplándolas de los contextos de interacción locales y situándolas en un marco de referencia global que influye en la constitución de los contextos locales de manera radicalizada (Giddens, 1999). La disolución de la potencia de la tradición que dió paso a una sensación de libertad por parte del individuo hoy convive con un agotamiento del valor simbólico de ciertas instituciones como principio de articulación. 

El paso de un poder disciplinario centrado en la preeminencia de las normas institucionalizadas fue dando lugar a una nueva forma de coacción en donde cada cual es soberano de su propio castigo. Como dice Han (2017) al describir a este sujeto de rendimiento propio de estos tiempos, “El yo como proyecto, que cree haberse librado de las coacciones externas y de las coerciones ajenas, se somete a coacciones internas y a coerciones propias en forma de una coacción al rendimiento y la optimización”. Esto convierte al trabajador -y por qué no, al estudiante- en empresario, haciéndolo responsable por sus éxitos y fracasos. Como contracara de este proceso asistimos a una ilusión de igualdad que borra las diferencias existentes entre explotadores y explotados, que nos hace creer que cada cual es soberano de sí mismo. 

De este modo, y si bien este equilibrio entre las relaciones de poder y las conquistas obtenidas en las últimas décadas tras el repliegue de las instituciones disciplinarias, podrían hacernos creer que hemos alcanzado un mayor grado de libertad, esto no parece suceder y, lejos de desaparecer, el control y la vigilancia se han metido en el propio cuerpo. Liberado de las autoridades tradicionales, del poder soberano y disciplinario, el hombre de hoy es dueño de triunfar y de fracasar de acuerdo con sus propios méritos y acciones. De una sociedad en la que primaban autoridades opresivas, en la cual los poderosos actúan con indiferencia a los deseos de los subordinados, hemos pasado a una comunidad compuesta por individuos autónomos que deben autorregularse, autogobernarse y, por qué no, autoeducarse. 

Detrás del latiguillo que sostiene que “de esta salimos entre todos” se oculta otra afirmación que no nace con la pandemia del covid y que, claramente, no le pertenece a este gobierno: “quedarte en tu casa -solo- es el mejor modo de estar seguro”. Nada de lo que estoy contando es nuevo, se trata de una ideología que va cambiando de forma, que se viste a la mode, como esas melodías pegadizas que nos encontramos cantando sin saber bien de dónde vienen. Ya no se trata de aquella sociedad industrial en la que el capital, la dirección y el trabajo estaban condenados, para bien o para mal, a permanecer juntos durante mucho tiempo y en la que la disciplina estaba fijada a un sistema de normas; sino de una sociedad de consumidores que producen objetos inmateriales y en la que el objeto de la explotación ya no es el cuerpo sino la psique humana. Se trata de un tipo de explotación que no se opone a la libertad, sino que hace uso, inteligentemente, de ella, ajustándose a la psique en lugar de disciplinarla y someterla a coacciones y prohibiciones. 

Derivando sus costos al trabajador y a resguardo de cualquier tipo de tensiones -laborales, reclamos, huelgas, etc- que pueden surgir en los espacios colectivos, el Capital logra aumentar sus márgenes y reproducirse a costo de una explotación disfrazada de libertad hogareña. En el marco de una crisis sin igual, en la que el desempleo es una de las cifras que más asusta, las empresas tecnológicas, de servicios y las materias primas, por nombrar los principales sectores beneficiados, han cosechado ganancias astronómicas y alcanzado precios máximos en los mercados de todo el mundo, generando una burbuja que se reedita década tras década en función de las formas que asuma el Capital como modo de dominación. 

Penosamente, la escuela también se ha visto hechizada por el discurso del mercado. Desde hace décadas se viene gestando el sueño de un cambio que ha sido enarbolado no solo por el gran capital, Banco Mundial a la cabeza, sino también por las agencias públicas y especialistas de los más diversos signos, quienes vienen anunciando  la transformación del oficio docente de la mano de nuevas figuras, como la del diseñador, el analista, el facilitador, el emprendedor; que han logrado colarse en las instituciones de manera amable y casi inofensiva. Las bondades del cambio llegaron acompañadas por las nuevas tendencias educativas -Cultura Maker, Robótica y programación, Entornos virtuales de aprendizaje, Competencias STEAM, etc- que, sin ningún tipo de mediación, nos condujeron a una paulatina destrucción  de la experiencia que se tradujo en incapacidad para llevar adelante la tarea. Antes de poder hacer uso de las nuevas herramientas o de probar nuevos enfoques, los docentes son invitados a reinventar su práctica para aggiornarse a las nuevas necesidades. 

En este escenario, la pandemia va gestando la crónica de una muerte anunciada. Una muerte que la virtualidad pretende ocultar y que ilusiona a los pronosticadores de antaño. La posibilidad de trazar nuestros propios recorridos, a distancia y a resguardo del otro, termina de privatizar, en todo sentido, la experiencia común de la escuela. Las voces del aula serán suprimidas con un solo click en tanto la presencia quedará reducida a una imagen geométrica. El sufrimiento, la angustia, el desencanto, la frustración, quedarán fuera de los márgenes del encuentro digital, pero también la amistad, los abrazos y las caricias. 

Una escuela plana como la pantalla, sin profundidad ni volumen, va tomando forma mientras los especialistas (¿humanamente?), plantean la imposibilidad de evaluar en este contexto. Sorprende -o  no-  que las críticas no hayan llegado antes, que a nadie le haya preocupado hasta ahora el afán clasificatorio y calificatorio de la escuela.  Una vez más, inducidos por los gurús del nuevo mundo -que no casualmente son los mismos que los del anterior- nos vemos obligados a escribir informes y desarrollar rúbricas, del mismo modo que antes fuimos obligados a calcular promedios. Presos de un experimento que no llegamos a entender del todo, pero al que debemos adherir para sostener nuestro trabajo, compramos sin demasiado análisis el discurso de los aprovechadores de turno, esos, que sin haber pisado una escuela en años parecen entender su presente y adivinar su devenir, en tanto inundan las redes con charlas, conferencias y conversatorios.

Vueltos a la escuela, no serán ellos quienes deban traducir esos informes en calificaciones numéricas, deshaciendo lo poco de bueno que este período nos ha traído, ni quienes deban encontrar el modo de compensar las diferentes trayectorias; tampoco serán ellos quienes deban recomponer el miedo de abrazarse con el otro, o de prestarse los útiles, o de jugar a la soga en el recreo. 

Una vez más, seremos nosotros, y solo espero que esta vez… hayamos aprendido algo. 


(1) Según información de la Asociación Civil “Luchemos por la vida”, en el año 2019 murieron en accidentes de tránsito 6.627 personas en todo el país. Disponible en https://www.ambito.com/informacion-general/accidentes-viales/en-2019-se-registraron-18-victimas-fatales-dia-accidentes-transito-n5077035.

(2) Según la OMS, las ITS (Infecciones de Transmisión Sexual) tienen efectos profundos en la salud sexual y reproductiva en todo el mundo. Cada día, más de un millón de personas contraen una ITS. Se estima que en 2019 hubo unos 376 millones de nuevas infecciones de alguna de estas cuatro ITS: clamidiasis (127 millones), gonorrea (87 millones), sífilis (6,3 millones) y tricomoniasis (156 millones). El número de personas con infección genital por el VHS (herpes) supera los 500 millones y hay más de 300 millones de mujeres infectadas por VPH, la principal causa de cáncer cervicouterino. Cerca de 240 millones de personas padecen hepatitis B crónica. Más allá del efecto inmediato de la infección, las ITS pueden tener consecuencias graves. Algunas ITS, como el herpes y la sífilis, pueden multiplicarse por tres o incluso por más el riesgo de contraer el VIH. La transmisión de una ITS de la madre al niño puede causar defunción fetal o neonatal, prematuridad e insuficiencia ponderal al nacer, septicemia, neumonía, conjuntivitis neonatal y anomalías congénitas. Se estima que más de un millón de embarazadas padecen sífilis activa, que causa complicaciones en alrededor de 350.000 partos al año, entre ellas, 200.000 muertes del feto o el recién nacido. La infección por el VPH provoca anualmente 570.000 casos de cáncer cervicouterino y 300.000 defunciones. Algunas ITS, como la gonorrea y la clamidiosis, son causas importantes de enfermedad inflamatoria pélvica e infertilidad femenina. Disponibel en https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/sexually-transmitted-infections-(stis)


Bibliografía

Giddens, A. (1999) Un mundo desbocado: los efectos de la globalización en nuestras vidas, Madrid, Taurus.

Han, B. Ch. (2017) Psicopolítica, Herder, Buenos Aires.

MINISTERIO DE SALUD (2018) Informe de Estadísticas Vitales, Serie 6. Nº 52, Argentina.

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