El Instituto Educativo Nuevo Guido Spano es un colegio de gestión cooperativa fundado en 1922 y refundado en 2014 por un grupo de trabajadoras y trabajadores que junto a la comunidad de familias y estudiantes salieron a la calle a reclamar lo que era suyo. Desde aquel fatídico enero, en el que el grupo empresario que por entonces gestionaba la institución intentó poner un cierre a nuestra historia, el Guido ha mostrado que un proyecto autogestivo puede ser protagonista de un cambio social edificante que acompañe y facilite la formación y emancipación de todas las personas. Nuestro proyecto es avanzar para construir un futuro de posibilidades, de trabajo y de educación, en el que la libertad de elegir deje de ser un sueño y se convierta en una realidad. 

Semblanzas de un día cualquiera

Por Javier Lamónica

—Te digo que en ningún momento salieron de la escuela. Se quedaron un rato charlando en el aula donde hicimos el acto, nada más—, me dijo en ese tono particular que usaba cuando trataba de justificar a los pibes de quinto.

—Qué te pasa Marian, te estás volviendo loco o te pegó mal la cuarentena; de qué aula me estás hablando. Vení que te muestro— me desafió, cerrando abruptamente el CANAL 1 – EQUIPO DE CONDUCCIÓN que habíamos creado para conversar entre recreo y recreo. Diez segundos después nos encontramos en el CANAL 10 – SALÓN DE ACTOS, pero para entonces ya no quedaba nadie.

—Te digo que recién había como veinte, pero cuando vieron que entré yo se rajaron a la mierda. Entonces me fui corriendo al CANAL 8 – 5º AÑO, y ya estaban ahí, lo más panchos—. Mientras hablábamos entró Sandra, la seño de séptimo.

—¿Qué hacés acá?— le pregunté, un tanto desconcertado.

—Vine a ver si quedaba alguien y de paso a fumarme un pucho—. Aún más confundido cerré el canal y me fui solo al CANAL 12 – RECTORÍA.

—Suerte que estoy solo—, pensé, —en este colegio la gente está mal de la cabeza—. 


El diálogo puede parecer absurdo y un tanto irreal, pero es la descripción exacta de una experiencia, una de tantas, que nos ha tocado vivir (¿en la escuela?) durante las últimas semanas. “Primero comenzamos a mandar actividades para que los alumnos respondan a través de la plataforma virtual que utilizamos habitualmente. Pero luego de la primera semana sentimos que teníamos que dar un paso más. La escuela y los docentes tienen un rol fundamental en la sociedad y no podíamos quedarnos únicamente con la propuesta del envío de tareas. Debíamos dar un salto que nos permitiera continuar acompañando las trayectorias de los chicos, saber cómo están y cómo viven este momento tan complicado. Así surgió la propuesta de dar clases presenciales a través de un canal streaming”,  expresa Gastón, un joven docente de filosofía que, como muchos otros del plantel del Guido Spano, sintió que la escuela estaba obligada a hacer algo diferente. 

No es la primera vez que debemos reafirmarnos como grupo; hace seis años, cuando se creó la cooperativa, también nos vimos en la obligación de buscar nuevas estrategias, que nos permitan diferenciar nuestra propuesta de otro tipo de ofertas existentes dentro de nuestro barrio. Eso nos permitió definir una identidad propia y establecer un vínculo particular con las familias que, cada vez más, se acercan al colegio porque saben que acá no hay dueños sino un colectivo de personas que se interesan por la educación y que lucharon para sostener sus fuentes de trabajo. “Me pasó lo mismo que sentí en aquellos días. De pronto se borraron las fronteras entre los días hábiles y los días de semana. Los espacios de capacitación se generaban a cualquier hora y en cualquier momento. Sabíamos que era una situación muy particular que podía poner en riesgo todo el esfuerzo que veníamos haciendo desde hace tanto tiempo”, señala Anabella, coordinadora de nivel inicial y socia fundadora de nuestra cooperativa. 

Como en aquella oportunidad, supimos que era importante salir a dar una respuesta común para todos los niveles. Ahí aparecieron las primeras dificultades, porque la autonomía para realizar las actividades es muy disímil en función de la edad de cada estudiante. Entonces tuvimos que habilitar espacios de encuentros con las familias para comenzar a establecer nuevos acuerdos y conocer con qué dificultades nos íbamos a encontrar. A lo largo de ese proceso, nunca dejamos de entender que estábamos en una situación de privilegio. Éramos conscientes de que la suspensión de clases iba a reforzar las diferencias sociales existentes entre aquellas escuelas y familias que contaban con menos recursos y aquellas que, por distintas variables, nos encontrábamos en condiciones de hacer frente a la situación con otro tipo de herramientas y estrategias. De cualquier modo, y más allá de los intensos debates y reflexiones que se dieron hacia el interior de nuestro equipo, decidimos avanzar, para dar respuesta a las expectativas que familias y estudiantes habían depositado en nuestra escuela al elegirnos.

Entendimos rápidamente que no se trataba de enviar “¡más tareas!”, ni de salir apresuradamente a buscar plataformas sobre las cuales montar complejos entornos virtuales de aprendizaje; que, por otro lado, la escuela ya venía implementando desde hace cinco años, sino de pensar estrategias a partir de las siguientes preguntas: ¿qué obstáculos encontrarán los estudiantes al momento de realizar las tareas?, ¿qué recursos materiales tendrán a mano para llevarlas a cabo?, ¿contarán con ayuda de algún familiar dentro del hogar?, y otros tantos interrogantes que resultan imprescindibles para diseñar una clase.

También teníamos que tener en cuenta en qué condiciones se encontraba el equipo docente para encarar cada una de las posibilidades que se iban barajando, ya que en su casa también debían acompañar a sus propios hijos, y se encontraban con las mismas limitaciones que nos transmitían las familias. “No fue fácil, se trató de una trabajo conjunto. Al principio aparecieron algunas resistencia y temores, que tenían que ver más con el desconocimiento que con una negativa a modificar la práctica”, explica Claudio, profesor de informática en los tres niveles de la escuela. Entre todos nos dimos cuenta de que no se trataba de inventar algo nuevo, sino de utilizar los recursos disponibles para hacer lo que hacíamos todos los días: diseñar y dictar clase. 

De los primeros encuentros surgió la necesidad de volver a instalar ciertos hábitos, no sólo en cuanto al estudio sino en lo referente a cuestiones mucho más primordiales. Vimos que en todos los casos, los estudiantes nos decían que se acostaban muy tarde y se levantaban después del mediodía. En algún caso, también refirieron que habían perdido el apetito, y que les costaba mucho conciliar el sueño. No faltó quien dijera que hacía varios días que llevaba la misma ropa, y que no tenía muy claro en qué momento del día estaba. Fue entonces cuando decidimos dar una salto; no se trataba sólo de generar encuentros para ver cómo iban llevando las actividades, o para que nos contaran cómo se sentían con el aislamiento; se trató de una decisión que tomamos en conjunto, aunque no todos se hayan dado cuenta en el mismo momento. “Nunca me imaginé que pudiera enseñarle a otros cómo encarar un encuentro online a través de una plataforma streaming. Nunca me llevé bien con la tecnología, pero la realidad y la necesidad de establecer otro vínculo con los pibes me obligaron a acercarme a ella a pesar de todos mis temores”, confiesa Paula, encargada del Departamento de Orientación de Nivel Medio. 

El primer día fue el más difícil. “Decidimos tomar lista, era un modo de hacerles ver que nos lo estábamos tomando en serio”, dice Eleonora, directora de nivel primario. “Al principio entraban con los micrófonos abiertos y hablan todos juntos. Una vez que les enseñamos a quedarse en silencio, les pedimos que abrieran la cámara y levantaran la mano, como si estuviéramos en el cole”. Con lo más chiquitos fue un poco más difícil, porque ahí necesitábamos de la presencia de las familias para sostener la clase. Indudablemente, nunca podremos comparar una clase presencial con una virtual; “Soy docente de nivel inicial y la interacción física entre alumnos y la docente es un aspecto primordial de nuestra práctica. Por otro lado, la presentación de propuestas y herramientas se ve limitada en relación a lo que se puede llevar a cabo dentro de una sala. Lo que encuentro en común es la reunión social y los preparativos previos que llevan al momento de la clase”, dice Carolina. Por otro lado, y a pesar de las limitaciones, se trató de un momento muy interesante, porque nos permitió ver los modos de interacción que se producían en el hogar. Incluso pudimos observar la sorpresa de algunas familias al ver la manera en que sus hijos e hijas se comunicaban con sus docentes. 

Con el paso de los días comenzaron a surgir nuevas preguntas que nos permitieron racionalizar y, a su vez, interrogar viejos supuestos. ¿Es lo mismo estar presente en estos canales que la presencia de un alumno dentro del aula?, ¿garantiza la presencia del alumno que esté atendiendo a la palabra del docente?, ¿es necesaria la atención del alumno para que un docente pueda llevar adelante la clase? Al respecto, dice Araceli, profesora de Lengua y Literatura, “En líneas generales la clase virtual recrea un espacio bastante similar al del aula. Creo que la diferencia central reside en la imposibilidad de poner el cuerpo a las clases. Caminar el aula para ver las necesidades de cada estudiante en particular; pasar por los bancos, charlar con alguien en privado, marcar con el cuerpo los ritmos de la clase, notar en el cuerpo de nuestros estudiantes el entusiasmo o el desgano, etc. El uso de la palabra también tiene un tratamiento distinto e interesante en el contexto de la virtualidad. Cerrar los micrófonos para mantener un ambiente silencioso, pedir permiso para encender el micrófono y hablar, no pisarse con un compañero o compañera, alternar los turnos de habla. Por último, creo que el aula virtual replica las desigualdades de siempre. El acceso a los recursos materiales (conectividad, dispositivos, espacio) y la expertiz técnica determina por completo el éxito o fracaso de la clase, dividiendo aguas entre quienes logran acceder y quienes no. La presencia física en las escuelas, en este plano, es más equitativa”. Por otro lado, afirma Marcial, profesor de historia, “Es semejante el hecho de que haya una clase en curso y un diálogo entre docente y estudiantes, aunque esto se realice a través de otros medios. Creo que por momentos se dificulta un tanto el control del seguimiento que hacen los/las estudiantes (por ejemplo durante una presentación) en comparación con una clase presencial en aula. Al mismo tiempo, el nivel de distracción o dispersión parecería ser menor que en el aula”. 

Mas allá de la ineludible diferencia entre una clase analógica y una clase a través de una canal streaming, estas primeras experiencias nos permitieron realizar algunas observaciones interesantes. En primer lugar, que es posible trasladar ciertas formas o prácticas institucionales a otro tipo de entornos. En este sentido, no dejó de ser llamativo que los estudiantes pidieran permiso para ir al baño en medio de una clase; que abrieran sus micrófonos para dar el presente, o decidieran fugarse a otro canal (aula), y no, simplemente desconectarse, tal como muestra el relato con el que comenzamos este artículo. Así mismo, es necesario analizar qué formas toman espacios ya conocidos en este tipo de entornos. “Cuando terminó la clase me pidieron que me vaya del canal porque ya había empezado el recreo. Algo parecido sucedió en el evento del acto. Cuando los encontramos con Marian, estaba Benja tocando la guitarra. Es increíble que se hayan escapado del aula, a otra aula, para hacer lo mismo que harían si estuvieran en la escuela”, relata Paula. También se pueden ver los mismos comportamientos ante la clase. Los bromistas de siempre buscan el modo virtual de llamar la atención; crean usuarios falsos para tratar de meterse en el canal o usan el chat para hacer algún comentario fuera de lugar que pique entre sus adeptos; o para que el profesor de turno les llame la atención, o, mejor dicho, se la preste. Tampoco deja de estar el alumno o la alumna que responde ante cada llamado y que se apura para ser el primero en terminar las actividades. 

Tal vez sea apresurado sacar conclusiones ciertas de estos primeros días de “escuela sin escuela”, pero un primer análisis nos permite ver que más allá del sistema utilizado y del uso que se les da a las diferentes plataformas o herramientas tecnológicas disponibles, es necesario pensar estrategias y explorar nuevos canales a través de los cuales tanto estudiantes como docentes puedan estar, de algún modo, presentes, para recrear esa experiencia única nos dan las aulas.

Zoom (cincuenta minutos de fama)

Por Claudio Fernando Sprejer

Valorá lo que tenés. Yo no sé qué día es.” (Wos)

Son ocho menos cinco. Entro al aula. Hay dos chicos que llegaron antes.

— Buenas…

— Buenas, responden con forzada corrección. Se me mezclan los deseos de hablar de algo con la necesidad de no molestarlos; después de todo cualquier cosa que pudiera decir delataría mi manía de no soportar los silencios.

— Buen día profe, me saluda el preceptor. Establecemos algún mínimo intercambio de chistes internos, como para romper el hielo. Los chicos observan, o eso creo. Seguramente somos dos viejos lobos que delatamos los mismos problemas. Van llegando los demás de a poco, saludo uno a uno. Me saludan.

— Profe, ¿puedo pasar lista?

— ¡Como no!, respondo. 

Mientras el preceptor menciona cada apellido, intento adivinar detalles detrás de la cámara: se ve a una alumna con la persiana levantada, un frondoso árbol detrás y la frescura del ambiente iluminado con luz natural, los primeros rayos de sol le dan en la nuca, percibo una sensación muy placentera. A otro se lo ve con un termo. Ante el descuido de un micrófono abierto, se escucha cada trago precipitado de algún brevaje matinal que seguramente le habrá preparado la misma madre abnegada que se lo hacía en aquellas épocas en las que podíamos abrazarnos.

Empiezo. Alguna digresión pequeña. Intento preguntar cómo están, pero mis alumnos perciben mi inseguridad argumental, ¡si ni siquiera puedo explicar cómo estoy yo! Un condescendiente hilvana una respuesta previsible: “Acá, profe, hinchado las pelotas. Quiero salir”. Otro, inclinado en su cama para mirar de frente la cámara del celular contesta: “Bueno, pero también está buenísimo hacer lo mismo que allá sin tener que ir”.


¿Cómo hago con todo lo que me resuena? El allá es el acá. Yo también quiero salir. Veo las demás cámaras de un pantallazo. Algunos miran expectantes, otros apuntan con la mirada a su propio celu, ubicado, seguramente, más abajo en el plano y sobre sus piernas.

Todo ocurre en veinte segundos, ese es el tiempo en el que sólo por mis reflejos defensivos decido volver al lugar de confort de líder dentro de una clase de Tecnología de la información. Entonces todo parece volver a su sitio: el alumno es alumno y el docente es docente, no sabemos si es bueno o malo, pero es seguro.

Entra el rector. Saluda. Pide que se prendan las cámaras que siguen apagadas. Las cámaras se prenden. Miro por enésima vez el fondo claro y ordenado detrás de su cámara, distingo el cable y sus auriculares. Entiendo su dolor de orejas. Para los adultos el dolor de orejas es una nueva patología. Miro mi propio fondo en chiquito dentro de la pantalla. Un póster, algunos aparatos, un pedazo de biblioteca, fotos viejas… ¿Será que uno es lo que quiere mostrar o todos cumplimos con el precepto instagramero de mostrar lo que no somos?

En ese lapso de diez segundos de saludo del rector me asalta una idea, ¿qué estará viendo?, ¿qué pensará de lo que está viendo? Se va. Casi al instante se apagan un par de cámaras. Siento que en ese segundo se juega un poco mi autoridad, pero hace mucho que dejé de impostarla, o quizás nunca lo hice.

La clase sigue, explico lento y pausado, muestro pantallas, voy y vengo a la grilla donde, aunque sea por un segundo, le doy batalla a esa obsesión que me asalta por no ser comprendido mientras miro caras del otro lado del monitor. Cuando les doy clase a los chiquitos, les hago una pregunta y, si la respuesta es sí, todos tienen que tocarse la nariz. El otro día uno se puso un casco en medio de una clase, otro me gastó mostrándome bien cerca de la pantalla su frasco de dulce de leche, uno de segundo grado puso a su tortuga al lado y me dijo, “Profe, ¿le molesta que sea dos por uno?

Entre clase y clase bajo a la cocina, que viene a ser la entrada al mundo real, el de la tele prendida con los noticieros de fondo (o los magazines reconvertidos a noticieros). Mientras caliento el agua no salgo de mi asombro por los litros de mate que consumo en cada clase. Juro que no tengo sed. Es como si otro yo tomara mientras el yo docente dicta la clase. No se puede dictar clase con una bombilla en la boca. No me dan las cuentas. A veces pienso que un fantasma toma mate a mi lado mientras yo le hablo y le hablo a una pantalla.

Barbijos sí, barbijos no. Tapabocas. Periodistas hablando desprotegidos en las calles de Nueva York y el Reino Unido. Seguramente se van a contaminar. Especialistas de algo opinando, especialistas de especialidades especializadas contra-argumentando. Curvas achatadas, curvas escapadas, consejos contradictorios. Científicos, pseudocientíficos, pseudoperiodistas, pseudopolíticos… 

Ayer fue la primera cena de pesaj. Quizás haya sido que tomé un poquito de vino, pero me sentí apagado. Mi hijo y mi cuñada traccionaron y juntamos a toda la familia por Zoom. En un momento casi perdido entre sonidos mezclados y cuadros un poco pixelados en la pantalla, mi mujer me dijo “Esto es muy triste”, y se le escaparon lágrimas. Pude abrazarla porque es una de las dos personas a las que todavía puedo abrazar, con las otras tengo que mantener al menos dos metros de distancia y, al parecer, si los opinólogos finalmente se deciden, con un tapabocas puesto.

Hoy me levanté temprano pero no tanto. Quiero pensar en mi público, en mis alumnos. De pronto me asaltó la fantasía de que, si algún día esto se termina, nos vamos a encontrar todos en el patio de abajo del colegio y vamos a estar horas y horas nada más que abrazándonos. Mientras tanto, inventaremos nuestra profesión cada día en lapsos de cincuenta minutos de fama virtual.

Quiero salir.


Javier Lamónica es Magister y Especialista en Gestión Educativa por la Universidad de San Andrés. Ha dirigido y formado parte de diversos proyectos de investigación en agencias públicas e instituciones privadas. Participó como expositor, de diferentes seminarios y congresos educativos. Escribe asiduamente en publicaciones referidas al área. Asesor y supervisor en instituciones de nivel inicial, primario y secundario sobre temas relacionados con gestión educativa y convivencia escolar. Desde hace seis años es Presidente de la Cooperativa de trabajo que gestiona el Instituto Educativo Nuevo Guido Spano, donde también se desempeña como Rector de Nivel Medio.

Claudio Fernando Sprejer es docente de amplia trayectoria en el área de informática. Ha publicado numerosos trabajos y proyectos a lo largo de su carrera por los que ha obtenido diversos reconocimientos. Narrador y ensayista. Desde hace tres años es Tesorero de la Cooperativa de trabajo que gestiona el Instituto Educativo Nuevo Guido Spano, donde también dicta clases en los tres niveles.

7 comentarios sobre “«Nunca nos fuimos de las aulas». Una experiencia escolar en tiempos de clausura.

  1. Me emociona ver la excelencia supeditada a la creatividad innovadora de este abordaje educacional, adaptándose a los desafíos que impone la situación excepcional que estamos atravesando

  2. A Javier y a todo el equipo de Guido quiero agradecer y sobre todo felicitar por el excelente y majestuoso trabajo que están realizando con el aula virtual. Demuestran cada día que no nos hemos equivocado en elegir el colegio para nuestro hijo. Desde sala de 3 años hasta hoy en 2do grado percibimos esas ganas y profesionalidad en cada cosa que hacen. Gracias por cada día en las aulas y por cada día que el aula es a través de una pantalla.

  3. Estamos en una montaña.rusa de emociones,pero la.oportunidad que tenemos como.docentes es invalorable,la reflexión,el cambio,el.giro,empezar a ver que nuestras zonas seguras ya no están.Innovar con lo que hay….aprender sobre la.marcha y el vértigo ante cada decisión. Yo también quiero salir pero a la vez el desafío atrae.Pensar en el.momento que podamos volver….sabiendo que ya no seremos los mismos….ni nosotros ni nuestra tarea.

  4. Estamos en una montaña.rusa de emociones,pero la.oportunidad que tenemos como.docentes es invalorable,la reflexión,el cambio,el.giro,empezar a ver que nuestras zonas seguras ya no están.Innovar con lo que hay….aprender sobre la.marcha y el vértigo ante cada decisión. Yo también quiero salir pero a la vez el desafío atrae.Pensar en el.momento que podamos volver….sabiendo que ya no seremos los mismos….ni nosotros ni nuestra tarea.

  5. Conmovedor relato de lo que están viviendo tando docentes como alumnos. Y padres quienes creo que, a partir de ahora, van a mirar con otros ojos a los profesores, espero que vuelvan a sentir el respeto que nos merecemos. Gracias

  6. Acuerdo con el contenido de la nota y la descripción de la situación, situación que nos ha puesto al límite de nuestra capacidad de ser y es en el LIMITE donde se encuentra el máximo de la imaginación, la lucidez, la inteligencia y el amor que somos capaces de dar, por que justamente el amor no conoce límites, es generoso y verdadero

    Salir de la zona de confort, normalmente es una decisión. Esta vez no…… la realidad NOS PATEO y nos puso en el desafío de SER CREATIVOS, SER HUMANOS, APRENDICES ….. SIMPLEMENTE SER……. una simple palabra que encierra el TODO lo que somos o podemos ser como personas.

    Los felicito y comparto el desafío que quizás de una forma no muy clara estaba llevando a cabo en otro nivel educativo, pero no por ello sin las mismas necesidades …… la de ESTAR PRESENTE

  7. Hermosa descripción de la realidad que nos toca vivir. Son muchos años en el Guido y digo orgullosamente que siempre supimos (perdón pero me siento parte) superar los más duros obstáculos.De mi parte solo me queda agradecer y felicitarlos y decirles que los acompañamos en todo.

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