por Pablo Americo

Título original: Gisaengchung / Titulo en español: Parasito / Estreno: 21 de mayo del 2019 (Cannes) / Director:  Boong Joon-ho / Guión: Boong Joon-ho / País de origen: Corea del Sur / Clasificación: M13 / Duración: 132 minutos

Las primeras escenas de Parasite podrían corresponder a una película de Ken Loach con aires a realismo socialista millennializado. Los miembros de la familia Kim recorren el departamento en el que viven, un sótano hacinado en algún lugar de Seúl, buscando encontrar una señal de Wi-Fi sin contraseña, después de descubrir que la conexión a la que estaban colgados pasó a estar protegida. Están desempleados y necesitan de esa señal para su búsqueda de empleo o inserción en sociedad. Señal que no pueden pagar porque están desempleados.

Ese es el escenario en el que se desarrolla Parasite, la última película de Bong Joon-ho, director de las excelentes “The Host”, “Mother”, “Snowpiercer” y “Okja”, entre otras. Ganadora, por voto unánime, del Palme d’Or en Cannes, la película sigue la “estafa” montada por Kim Ki-woo quien se hace pasar por un estudiante universitario para ser tutor de la hija de la pudiente familia Park y luego comienza a hacer que el resto de su familia, fingiendo ser profesionales, ingrese a la mansión de los Park. Mediante esta farsa, los Kim comienzan a desplazar a los antiguos trabajadores de la familia Park mientras hacen de cuenta que no son una familia sino un conjunto de profesionales con extensa experiencia que no se conocen entre sí.

En principio, Parasite podría verse de dos maneras. Por una parte, es la inversión de una narrativa típica del cuento del siglo XX que nosotros en Argentina conocemos muy bien a través de “Casa Tomada” y “Ómnibus” de Julio Cortázar y la “Fiesta del Monstruo” de Bustos Domecq (el nombre detrás del cual se escondían Borges y Bioy Casares, en medio de su bromance). Seguramente haya otros muchos relatos de ficción que puedan agregarse. En los tres, un espacio es invadido por cuerpos extranjeros -de mayor o menor materialidad- que desplazan o hacen sentir desplazados a los habitantes originales de dicho espacio. ¿Cuál es el contexto de estos textos? El primer peronismo1.

En Parasite encontramos esa misma narrativa, trasladada temporalmente, y encarnada desde la perspectiva de los invasores. Son los Kim quienes tienen nuestra simpatía y quienes se internan en un mundo que les es ajeno. Con poco peronismo en sangre, Bong Joon-ho les permite mezclarse con la familia Park, abusar de su hospitalidad y hasta rivalizar con los antiguos trabajadores que fueron despedidos. Mientras esto sucede, pequeñas pistas nos muestran que para los Park la “gente pobre” no forma parte de la misma esfera humana que ellos. Hay dos Coreas y no son geográficas2.

La segunda forma de ver a Parasite retoma la mención al «realismo socialista de Ken Loach» que hice al inicio. Parasite puede ser un retrato crudo, aunque plagado de humor, de la vida de una familia surcoreana en el capitalismo post-industrial, que se convierte, con el pasar de las escenas, en una parábola sobre eso que algunos llaman «conciencia de clase». Y por ahí le han llovido las críticas al film pues más de uno ha sentido que las metáforas y mensajes que presenta son demasiado obvias. Demasiado moralistas (de izquierda). 

Ambas formas de ver la película (como la Casa Tomada desde abajo o como la parábola sobre la «solidaridad de clase») no escapan de la cuestión principal que la recorre: las dos Coreas y la secesión de los ricos. La familia Park no es una familia coreana, sino un miembro de una élite mundial, que pasa sus días más en contacto con universidades norteamericanas o empresas multinacionales que con los plebeyos coreanos. La familia Park, aparentemente, solo necesita que Corea provea la mano de obra necesaria para desempeñar el lugar de servidumbre. Y la servidumbre, mientras tanto, está muy ocupada en una guerra civil entre trabajadores y lúmpenes que buscan arañar al menos un pedazo de torta. Al menos unas gotitas del derrame sobre la lengua o sobre el rostro.

Mientras los Park festejan la lluvia porque se ve bonita a través del ventanal gigantesco en el living de su mansión, los Kim ven como su casa se inunda y cientos de vecinos son desplazados a un refugio del gobierno. Es también el gobierno un gran actor invisible pero no ausente que no puede evitarse a la hora de pensar la historia del largometraje. Es el gobierno el que se encarga de contener a los miles de Kims que habitan la Corea del film, para que los Park no se vean importunados por los incómodos subproductos del mundo que se han comprado. También es el gobierno3 el que se encarga de procesar y sentenciar a aquellos Kims que se atreven a explotar frente a la violencia y la segregación cotidian. Así como, en el estado normal de las cosas, también es el gobierno el que se encarga de introyectar en esos Kims la idea de que están condenados (en principio) a vivir como viven según el orden natural de las cosas. 

La pregunta, quizás obvia, quizás maniquea, que late por debajo de la obra de Bong Joon-ho es: ¿quién es el parásito?


1 Y no es tan solo una expresión de la literatura de la época. Desde el “aluvión zoológico” de Ernesto Sanmartino, diputado de la UCR, pasando por las declaraciones de diarios socialistas de la época (que hablan de hordas, indígenas y animales), la caracterización de ese primer peronismo (y de otros movimientos populares latinoamericanos) estaba completamente tomada por la idea de un externo que irrumpe dentro de lo que se creía propio. El demos súbitamente parece más grande de lo que pensábamos y es más fácil condenarlo y extirparlo de la posibilidad de la civilidad que pensar en canales de integración. Es más fácil denunciar “populismo” que entender que ha llegado el momento de lo político.

2 Es interesante el rol que toma Corea del Norte, ese estado que casi parece una parodia ficcional cuando se lo aborda, a lo largo de la película: es motivo de risa y de ironía por parte de los Kim, y motivo de paranoia por parte de los Park.

3 Ese gobierno que, además, es mantenido en buena parte por los Kims. Y todo esto no lo digo con ánimos anti-estatistas, sino todo lo contrario.

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