Por Pablo Americo

El sábado por la tarde fui al cine Village Recoleta a ver “Once Upon A Time In Hollywood”, el noveno largometraje del director Quentin Tarantino y, si cumple con su repetida promesa, el anteúltimo que filmara antes de abandonar su carrera en el cine. No suelo ir al Village Recoleta pero por una serie de problemas técnicos fue el único cine donde conseguí un 2×1, elemento indispensable para poder concurrir a un cine en estos días. Acudí a la tarde, a una función a las 18:10, porque en las funciones de la noche sólo quedaban asientos demasiado adelante el día en que me dispuse a sacar las entradas (el jueves). La película me gusto, y quizás podría comentarla en otro lado, aunque siendo una película ya tan sobre-analizada, para mal y bien, en todos lados, no veo motivos para decir mucho acerca de ella.

El sábado por la tarde en el cine Village Recoleta lo pasé un tanto irritado. En las dos butacas a mi derecha había una pareja de ancianos. Y digo ancianos porque tenían más de sesenta años y se comportaban como ancianos. Los adjetivos adjudicados a la edad en verdad son de carácter relacional con otros elementos personales del portador. A mi izquierda estaba mi novia y a la izquierda de ella una pareja de jóvenes (hombre y mujer, en ese orden). Detrás nuestro, en un orden que no recuerdo, había dos señoras, que pueden haber tenido entre cincuenta y sesenta años. Sospecho que en el cine también había otros tantos sujetos estereotipables dado que la sala estaba repleta, pero no pude reparar en los detalles de muchos individuos más que de los que acabo de enumerar.

Desde antes de que comenzase la película, durante los avances (“Bruja”, “Ad Astra”, “Angel Has Fallen” y “El Retiro”, por si a alguien le interesa), pero sobre todo una vez que el film comenzó (novedosamente, por primera vez en la filmografía de Quentin, sin el sello de la difunta e incómoda Weinstein Company)  la pareja de ancianos a mi derecha y las dos señoras atrás nuestro se mostraron incapaces de hacer silencio.

Desde antes de que comenzase la película, mientras se proyectaban los avances y las propagandas (incluyendo una muy mala de Depilife) algo ya me había dicho que ambas parejas me iban a molestar. Había prejuzgado que la mujer de la pareja de ancianos, sentada inmediatamente a mi derecha, no iba a cumplir con el mandato social que lo llama a uno a quedarse callado en el cine. Lo mismo me había ocurrido con las dos mujeres detrás nuestro. La pareja de jóvenes, como todo lo que está a la izquierda, me había parecido de entrada más agradable y menos problemática.

Al iniciar la película, viendo que la mujer a mi lado no parecía querer callarse y le hablaba a su marido, contándole que la película se trataba sobre un suceso real, sobre el asesinato de una actriz (no, no se trata de eso), me adelanté y, preventivamente, emití una amigable onomatopeya (“SHHHH”). Ferdinand de Saussure explica (o, más bien, explican sus discípulos) que las onomatopeyas son un elemento escaso en el idioma, fruto de la relación entre cierto sonido con una imitación por demás imperfecta, que al igual que cualquier otro vocablo se apoyan en una relación arbitraria entre significante y significado, requiriendo que exista un hábito colectivo o una convención que permita utilizarlos. Es evidente que, a todas luces, la pareja de ancianos y las dos señoras atrás mío, y sospecho que unos cuantos individuos invisibles más en ese cine (que, al no haber sido descritos, es decir, individualizados, permanecen como una masa amorfa en el escenario de fondo de este relato), no participaban de este hábito colectivo o convención puesto que no reaccionaron demasiado ante mis chistidos. Según me informó mi novia al terminar la película, la mujer de la pareja de jóvenes también hizo uso de las onomatopeyas para llamar al silencio. Volví a intentar la onomatopeya varias veces a lo largo de la película, ganándome una mirada de reprobación por parte de la anciana, que, evidentemente, no creía que lo que hacía era malo. Las dos señoras de atrás, que mutuamente se relataban lo que ocurría en la pantalla en voz alta, nunca fueron, que yo sepa, interpeladas por mis sonidos.

Al iniciar la película, viendo que la mujer a mi lado y las señoras de atrás no tenían ganas de callarse, comencé a esbozar una teoría, que ya había pasado por mi mente mientras miraba “Dunkirk” de Christopher Nolan, en el 2017: existe una demografía de ancianos que va al cine siguiendo la recomendación de algún periodista de espectáculos que habla por la radio (Radio Mitre, casi seguramente) y llegan al cine sin estar muy seguros de qué van a ver, para pronto encontrarse a sí mismos irritados y confundidos por el despliegue posmoderno de un Tarantino o la estruendosa pirotecnia de un Nolan, cuando ellos en verdad quizás estaban más para una comedia costumbrista de lugares comunes realizada por Campanella. Avanzando un poco más sobre la historia protagonizada por Brad Pitt, Leonardo DiCaprio y Margot Robbie, comencé a esbozar una segunda teoría: la mujer anciana se la pasaba preguntándole obviedades al hombre anciano, las cuales él respondía con largas explicaciones innecesarias, en una voz balbuceante y poco convincente, mientras ella hacía “mhmh”, sonidos que se intercalaban con mas poderosos “MMMM” en los momentos de acción o frente a la aparición de elementos cuestionables (grupo semántico que en este caso incluye principalmente drogas e hippies), indicando toda una dinámica de ella-tonta y él-explicador de esas en las que suelen sumergirse las parejas y que también encubre una posible, o más cierta, segunda dinámica, la de ella-evaluadora y él-evaluado.

Cuando la película terminó, mi novia me preguntó si me había gustado, mientras las luces de la sala comenzaban a encenderse, y yo respondí que sí, para luego exclamar “¡Qué insoportables estos viejos grasa que se la pasan hablando toda la película!”. No sé si alguien me escuchó. Estaba enojadísimo, tan enojado que decidí que, unos días después, iba a escribir un texto acerca de lo que me había pasado e iba a mantener un formato de párrafos en espejo de dos en dos hasta llegar al párrafo en el que anunciaría mi enojo, en el cual rompería este formato (que no guardaría ningún significado más que el deseo de anunciar que voy a darlo por tierra en el párrafo en el que expresaría mi enojo) y comenzaría una pequeña argumentación cuyo objetivo puede resumirse en el enunciado: hay que defender la suciedad.

Y la argumentación comienza con una sencilla pregunta: ¿por qué me someto a pasar dos horas cuarenta con gente que muy posiblemente, en base a experiencias anteriores, me va a molestar? ¿por qué gastó entre tres y cinco dólares para ver una película que, en unas pocas semanas, o como mucho un par de meses, podré ver más tranquilo en una plataforma de streaming o de una manera menos legal? ¿quién, en su sano juicio, se sometería a pasar casi tres horas sentado, pagando una entrada carísima, cuando podría hacerlo por menos dinero en una situación controlada, en un ambiente cómodo, recostado en una cama o en sillón, controlando el volumen, quizás acompañado de una pareja, dos o tres amigos o algún familiar, en silencio, pudiendo pausar para ir al baño, pudiendo hacer cualquier cosa menos lo que no se quiere hacer mientras se ve una película?

La primera respuesta es fácil: la ansiedad por ver la película, queriendo evitar la espera que requiere verla aparecer en Netflix o, en su defecto, en ThePirateBay. Pero no me parece suficiente explicación. No tengo grandes problemas con los spoilers, me importa poco saber cómo termina una película, y además selectivamente elijo películas taquilleras para ir al cine. Amo los públicos poco homogéneos que atraen las películas populares. ¿Pienso demasiado las cosas? Es probable, soy un ser humano solitario y que se aburre. Pero creo que a todos nos pasa un poco esto, ya sea en el cine o en otro lugar: queremos irritarnos.

El cine no es como un shopping (que nos plantea la pregunta “¿son lugares privados o públicos?” por el extraño régimen de circulación que proponen, aunque en el contexto argentino actual sea fácil descubrir que son lugares privados, que se reservan el derecho de admisión, si uno intenta meterse para ir al baño en algunos horarios o si uno tiene la apariencia de ser alguien pobre) sino que pertenece a un conjunto de espacios donde los humanos pagan por atravesar una experiencia acompañados de otros individuos desconocidos que, inevitablemente, afectan el desarrollo de dicha experiencia. Pienso en recitales, salas de teatro, parques de diversiones y, aunque desconozco cómo funcionan, infiero que cines pornográficos (y otros espacios que ahora no tengo capacidad de enumerar).

Estos espacios se convierten en un punto opuesto a los hogareños ambientes asépticos en que la mayoría de los humanos decidimos insertar nuestras actividades de ocio: escuchar música con auriculares, leer encerrados en una habitación, jugar videojuegos (aunque podría argumentarse que los juegos multiplayer mueven la pelota hacia el campo contrario) y, obviamente, ver películas por una plataforma de streaming u otros medios. Como decía Sheldon Cooper, el protagonista de la mediocre sitcom “The Big Bang Theory” (que en retrospectiva parece un prolegómeno de la ideología incel), “los humanos se han pasado milenios perfeccionando el arte de vivir adentro para no tener que salir”. Y, aún así, en un mundo que cada vez nos incita más a permanecer en nuestro cómodo y fácil de controlar espacio privado, decidimos aventurarnos hacia el afuera e incluso pagar por rodearnos de otros para ver en conjunto una pantalla o a un grupo de personas realizando un espectáculo imperfecto.

Podríamos decir que la diferencia que estoy intentando marcar es la que aparece en las ediciones oficiales de conciertos de Led Zeppelin: Jimmy Page se encargó de agregarles líneas de guitarra y editar diversos instrumentos para crear un falso vivo “más perfecto” que las cintas originales. Y, para el oído entrenado, esos agregados suenan falsos. Y, para los oídos inexpertos como los nuestros, si comparamos con la experiencia del audio original (o, ya quisiéramos, con la experiencia de ver en vivo a la banda) sabremos distinguir que no es lo mismo. Hay algo en la imperfección, en la suciedad, que nos atrae.

Hay algo en la experiencia del otro que parece necesario. En la experiencia de la incertidumbre y la incomprensión. En la posibilidad de sentarse en un cine y que la persona de al lado se la pase hablando, o chistándonos por hablar, o comiendo pochoclos, o comiendo (Dios no lo permita) nachos artificialmente saborizados con cheddar, o acomodándose bruscamente en su asiento, o mirando el celular, o entrando sorpresivamente con un arma y el cabello teñido de colores buscando matar a todos los espectadores en la sala. Todo puede pasar. Eso es un gran problema. Y por lo tanto salimos a hacerlo.

Todo esto lo escribo para buscar, como siempre, posicionarme en contra de discursos que sostienen antropologías benevolentes corrompidas por estructuras deshumanizadas y voluntades racionales que calculan y conocen cada elemento del medio transparente que transitan, elijo creer que entre las muchas cualidades humanas se encuentra la posibilidad de ser irritantes, de ser malos, de ser incómodos y de incomodarnos entre nosotros, todo mientras participamos de un vicio inexplicable por la interacción y el malpasar. Tenemos el derecho a irritarnos y a ser irritantes, a ser malos y a sentir que el otro es malo. Necesitamos experimentar al otro y el otro siempre va a incomodarnos de algún modo, ya sea hablando, hablándonos o apuntándonos con una Glock 22. Y quizá sea porque en esa incomodidad consiste nuestra libertad, en la posibilidad de exponernos a otros y por lo tanto molestarnos, herirnos o, también, de sentirnos bien, que nos exponemos a este tipo de riesgosas situaciones que implican la sociabilidad o la permanencia en un espacio social. Por eso estoy a favor de sentirme intolerante, a favor de recordar que quizás el otro me parece una mierda. Y por eso dedique todo este texto que ya seguro nadie está leyendo para decir que es bueno apagar Netflix e ir a un cine.

Parte de la experiencia de ingresar en una sala de cine es borrarse mutuamente y actuar como un público, aplaudir, reírse, y de tanto en tanto recordar esa molesta individualidad que nos irrita. Es bueno darse la oportunidad de ubicarse en el punto más lejano posible de ese racionalista crítico de cine que ve copias enviadas por adelantado de alguna película pretenciosa a velocidad 1,5, buscando aprovechar el tiempo, y luego finge que le gustó o que le pareció detestable según cómo interprete los futuros humores de la comunidad de aristócratas de la nada a la que pertenece. 

Es bueno darse la oportunidad de vivir experiencias humanas, alejadas del pretendido raciocinio y la ensalada de algoritmos, es bueno darle un lugar al error y a la incertidumbre. Por eso es bueno sentarse en una sala de algún cine para ver lo que sea, con quienes sean.

Gocemos de nuestra irritación y vayamos directo hacia la sociedad.

Perdón.

Vayamos directo hacia la suciedad.

Un comentario sobre “Hay que defender la suciedad

  1. Varias cuestiones: 1) La propaganda de Depilife es muy buena y el azul brillante del vestido de Nicole también. No me importa que baile tango mal.
    2) El final de su nota es pretendidamente demagógico, ud. con gusto hubiese tomado la Glock 22 pata ejecutar a esa joven pareja de 60 (igual se me confunde con el sr. Spock y me viene la imagen de Spock disparando con Glock)
    3) Pretender serenidad en cualquier Village es como pretender estar tranquilo en la popular del Tomás A. Ducó luciendo vestimenta azulgrana.
    4) Campanella me ha hecho emocionar cuando hacía el programa científico en el canal encuentro y aprendí a entender con su bella retórica muchos problemas de física

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