por Pablo Americo

Como soy un ser humano desinteresado e indiferente a contingencias banales, mi deseo es que en una semana tan intrascendente como esta aprovechen su tiempo, en especial si se sienten un tanto indecisos frente a decisiones que consideren importantes en su vida, para pasar un momento recreativo consumiendo algunos productos cinematográficos escapistas.

Por eso, y variando un poco la propuesta semanal de esta columna, le propongo a los escasos lectores que, si sienten que hay decisiones o elecciones que deben tomar en estos días, solo lean una versión acortada de este texto.

La temática principal de esta semana va a girar en torno a reflexiones sobre «Brexit: The Uncivil War» (producida por el Channel 4 inglés) que está protagonizada por un excelente, como siempre, Benedict Cumberbatch. La película, estrenada hace meses y disponible en diversas plataformas online (y HBO Latinoamérica), relata en una versión, por momentos libre, la campaña por el Brexit enfocándose en el grupo «Vote Leave» que promovía la salida del Reino Unido de la Unión Europea. Dominic Cummings (Cumberbatch), el heterodoxo jefe de campaña, es quien lleva a sus espaldas una historia que también incluye al ahora Primer Ministro Boris Johnson, el político de ultraderecha Nigel Farage y otros personajes políticos de la escena anglosajona. 

La película muestra el planeamiento de una campaña mayoritariamente enfocada en redes sociales, que buscaba generar contenidos microsegmentados (muchos fake news) que, en conjunto con slogans atractivos, y nutriéndose de bases de datos estatales, trataban de torcer el voto de los indecisos y los apáticos que podían definir el destino de la elección que, como sabemos, «sorpresivamente» concluyó en una victoria Leave. Quizás, si terminan de ver la película y googlean un poco, descubran que tácticas similares se han usado y se usan en países latinoamericanos.

Por otra parte, recomiendo también que, aprovechando esta semana tan poco importante, se relajen viendo alguno de los siguientes documentales de Netflix, una compañía multinacional que, como sabemos, produce contenidos de diversas tonadas ideológicas:

THE EDGE OF DEMOCRACY (también conocida como «Impeachment», dirigida por Petra Costa): un documental que, desde la perspectiva de una testigo, relata el proceso que comenzó con la elección de Dilma Rousseff: Petrobras, el Lava Jato, el encarcelamiento de Lula y la llegada de Bolsonaro (y su ministro, el juez Moro) al poder en Brasil1

THE GREAT HACK (también conocida como «Nada Es Privado», dirigida por Karim Amer y Jehane Noujaim): recientemente estrenado, se trata de un resumen bastante completo de la investigación que desenmascaró el rol de Cambridge Analytica (una compañía informática) en las campañas electorales que llevaron a Trump a la presidencia de USA y al triunfo del Leave en el Brexit. La película hace énfasis en cómo se montó la narrativa sobre «Crooked Hillary» («Hillary Corrupta») que prometía que, de llegar Donald al poder, Hillary Clinton sería encarcelada. La película también sugiere que, quizás, en un país lejano llamado Argentina también se haya empleado el mismo recurso durante una elección presidencial.

THE PANAMA PAPERS (dirigida por Alex Winter): largometraje que relata el proceso de investigación periodística colectiva (este es uno de los aspectos más interesantes) que procesó la información confidencial proporcionada por «John Doe» desde el estudio jurídico Mossack Fonseca radicado en Panamá y dedicado a montar empresas off-shore. Interesante para debatir el lugar de la corrupción en el sistema económico global y la posibilidad de estar viviendo en un «postcapitalismo» basado en la reproducción del capital financiero y la progresiva desalarización del trabajo. Temas para una semana tranquila y apática cómo está.


Habiendo concluido este punteo dejo libres a quienes hayan llegado hasta acá, salvo que realmente se sientan muy seguros y tengan ganas de seguir leyendo un poco más. Lo recomendable: aprovechar el tiempo de descanso e ir a ver alguna de esas cuatro películas, neutrales, que ilustran situaciones muy lejanas a nuestro contexto. ¿O no?

También es válida la opción de convencer a otras personas que se sientan indecisas sobre decisiones a tomar o elecciones a hacer en sus vidas. Es bueno dar una mano, y quizás es lo más importante, para convencer a personas indecisas de tomar decisiones que los beneficien y que beneficien a todos, o que al menos puedan significarse como algo responsable al encontrarse en frente de todos.

Vayan a Netflix o a HBO, o si son gente tan decidida por mejorar la vida de Todos: dediquense a pacíficamente ayudar a familiares, amigos, compañeros de trabajo, vecinos, etcétera, a tomar decisiones que los favorezcan.



Concluido ese primer espacio de recomendación de actividades lúdicas, quiero hacer algunas reflexiones sobre «Brexit: The Uncivil War» y el lugar que ocupan las votaciones electorales en nuestras vidas. La principal tesis subterránea que parece recorrer al film es que quizás, y esto es algo que está siendo discutido en muchos países del «Primer Mundo», los ciudadanos no estén capacitados para votar racionalmente o, al menos, que quizás no sea bueno que los ciudadanos decidan sobre cuestiones que «desconocen», como por ejemplo las «ventajas» y «desventajas» de salir o entrar a la Unión Europea. 

El segundo eje de la película, que creo ya haber discutido (y tener la intención de seguir discutiendo), es el rol de las redes sociales, la difusión de fake news y las consecuencias «inesperadas» de los discursos de odio (el asesinato de la legisladora laborista Jo Cox por parte de un militante de ultraderecha, en este caso).  Este segundo eje, aunque importantísimo, será dejado de lado para centrarnos un poquito en el primer problema que, claramente, y me siento obligado a advertirlo desde un principio, excede mi capacidad cognitiva y las posibilidades de este texto. El problema de la “capacidad” de votar y sobre qué votar me lleva obligatoriamente al problema de si podemos elegir, y de ahí a “¿somos los seres humanos sujetos racionales?” y eso me devuelve a la cuestión “la construcción social del voto” y del “proceso electoral democrático” mismo.

Siendo yo una suerte de «constructivista» epistemológico con simpatías postestructuralistas o postmarxistas, es decir un zurdo de Puán (o la Facultad de Sociales, en verdad), tiendo a pensar que todo es posible de ser considerado como una construcción social, de características «contingentes» e «históricas». Y esto no significa que no exista una «realidad empírica» sino que al estar mediado por el lenguaje, todo adquiere un carácter «social». Siguiendo a Ian Hacking en «The Social Construction of What?» (Harvard University Press, disponible en español), considero que el problema es pensar dónde detener la reflexión sobre lo «socialmente construido» y qué construcciones preservar o cómo «construir» mejores construcciones. 

Siguiendo está línea, voy a decir: todo es una ficción, ya sea expresado como concepto, institución, categoría, nombre, clasificación, etcétera. El mismo lenguaje a través del que expreso esto es una ficción. La misma ficción es una ficción. Y todo se puede entrecomillar y relativizar. Toda2 ficción solo puede ser reemplazada con nuevas ficciones (o, quizás, desaparecer, tras un exterminio atroz, y dejar un vacío).

Al final del día no conozco actividad de «deconstrucción» que no lleve a nuevas ficciones, nuevas instituciones y nuevas identidades. Salvo que esa actividad busque destruir todo tipo de vida en sociedad y convertirnos en un Robinson Crusoe neoliberal (cosa a la que muchos aspiran) o crear un ejército de depresivos solipsistas (el terror de Mark Fisher). Consciente o inconscientemente3 cuando se «descree» de una institución4, se siembra la semilla de otra nueva institución o creencia.

El sujeto cartesiano moderno o, peor aún, el sujeto kantiano pasible de ser iluminado por la Razón, son construcciones sociales, lo cual no les quita peso a la hora de pensar las actividades humanas: todo lo contrario. Dado que se asienta en estas construcciones del Sujeto Moderno (o Iluminista), el voto democrático me parece particularmente ficcional. En mis momentos más nihilistas pienso una ontología antropológica en la que los hombres son irracionales, incapaces de ser libres o tomar decisiones, sobre la base de que su «libertad» es un «hacer de cuenta que soy libre», y lo mismo sucede con otras nociones atribuidas a lo «humano». Sí, soy muy divertido en fiestas y eventos. Todos vamos a morir.

Por lo tanto, el  voto, y los presupuestos sobre los que se asienta, son una construcción histórica que se institucionaliza, y que además se circunscribe, a través de una determinada forma de concebir lo que es «el voto». En Corea del Norte también votan, con otra idea de lo que es «votar» (y hasta tienen el descaro de autodenominarse “República Popular Democrática”). En un sistema parlamentario a la europea se vota con una concepción distinta de la que se ejecuta en los presidencialismos americanos. Aún peor: en Chile y Argentina (y también en Uruguay) se piensa el voto bajo significados, historias y «leyes» (esos patéticos intentos de fijar cosas) de formas diferentes.

Estableciendo toda esta catarata de presupuestos trato de sostener que no existe un «saber-votar» esencial y factible de ser alcanzado por el conocimiento. Por supuesto me parece un acto de elitismo casi fascista considerar que para «saber-votar» se requiere conocer el reglamento legislativo o haber cursado una Licenciatura en Derecho. Pero tampoco compraría la narrativa paternalista de que «saber-votar» es comprender la relación de causa-efecto entre nuestras preferencias políticas y las recompensas materiales que recibimos o que obtienen nuestras redes de solidaridades o afectos. Se puede «informar para» votar y se puede «construir» ciudadanos (dos tareas en las que el sistema educativo tiene un rol primordial y «perfeccionable»), pero es un acto de certero autoritarismo afirmar que existe un «saber-votar» y, peor aún, Dios no lo permita, cometer el atropello de decir «Yo sé votar» o reproducir ese horrible slogan: «Voten bien».

Creo que el voto es una ficción útil. No sé me ocurre nada que desde «nuestro lado» (interpreten a gusto) funcione como una ficción superadora al voto y las elecciones democráticas. Mientras tanto, del «otro lado» (por ejemplo, el que actualmente gobierna Brasil), existe una clara propuesta «superadora» al voto. Les cuento el final: termina con la gente de «nuestro lado» exiliada, encarcelada, con mucho miedo o muerta. Cuando leo algunas declaraciones de grupos «extremistas» y no tanto, en la mayoría grupos cómodos, no puedo evitar pensar en los grupos de izquierda (agrupados en el KPD, principalmente) que cuestionaban la «democracia burguesa» en Weimar, o también en experiencias similares ocurridas en la España de los años 30 o en Chile y Argentina de los 70; grupos, en el mejor caso, ingenuos que especulaban con que desestabilizar a esa forma democrática «desde afuera» facilitaba mostrar las contradicciones más profundas que pudiesen abrir el camino a la tan deseada emancipación. Incluso, por ejemplo en Weimar (o en Argentina), se veía como estratégico alentar a la ultraderecha5. Spoiler: todos terminaron en campos de concentración, exiliados, muertos o viviendo con mucho miedo.

Siempre6 hay más posibilidad de vida, y para emanciparse hay que estar vivo, donde hay votos, elecciones y ciudadanías amplias e inclusivas. Y considero útil defender a la «ficción voto» (porque haga lo que haga siempre voy a terminar defendiendo ficciones), encarnada en el curioso mecanismo de la elección democrática, más allá de si yo «creo o no» en el voto (considero que mis derivaciones personales deben permanecer “separadas” de una filosofía y una militancia para el otro), antes que plantar dudas o semillas que puedan ser útiles para las temibles alternativas que propone el otro lado.

Por eso, digo con bastante seguridad, que el voto me parece una condición necesaria, aunque nunca suficiente, para cualquier proceso de emancipación, reforma7 o revolución, deconstrucción, radicalización o cualquier otro tipo de proceso de cambio planteado desde eso que algunos llaman la «izquierda». 

¿Y qué tenía que ver todo esto con el film de Benedict Cumberbatch? No estoy del todo seguro, les advertí que era preferible irse a ver las películas.

Recuerden, si en algún momento tienen la posibilidad de participar en estos procesos cívicos, de pensar en Todos a la hora de votar, sin dejar de entender que los universales representan cosas diferentes para cada uno. Y en cualquier caso, siempre tengan en cuenta frente a cualquier intento de disciplinamiento: ¡Voten mal! 


1 La vez pasada dije que iba a continuar el artículo sobre «Years and Years» con una perspectiva latinoamericana. Por lo banal que es esta semana decidí escribir este texto y postergar la reflexión sobre productos culturales televisivos latinoamericanos, un tema más importante.

2 Estoy diciendo mucho Todos, no sé por qué.

3 «Consciencia» e «inconsciencia», dos bonitas construcciones con genealogías a realizar.

4 Definición de institución, pensada a las apuradas y super cuestionable, en la que se basa este texto: las instituciones son creencias cristalizadas en un espacio-tiempo, de características mutables y contingentes, y con algún tipo de expresión material, generalmente dada a través de un poder disciplinario, que permiten la existencia de posiciones subjetivas hacia su interior. Para «poder disciplinario» véase Foucault y derivaciones. “Posiciones” se deriva, a su vez, del lenguaje de Gramsci y Laclau. En algún lado también creo ver a Weber, de pretencioso nomás.

5 Nunca se alimenta a la ultraderecha pensando que es «estratégico». Nunca.

6 Qué construcción engañosa y de pretendido esencialismo este «siempre» mío.

7 Para leer un poderoso alegato desde la perspectiva «reforma» recomiendo las obras del politólogo polaco Adam Przeworski «¿Qué esperar de la democracia?» (Siglo XXI, 2010) y «¿Por qué tomarse la molestia de hacer elecciones?» (Siglo XXI, 2019).

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