POR Pablo Americo

En el proceso de cuarenta y ocho horas entre que comencé a escribir este artículo y lo terminé, Boris Johnson fue elegido como nuevo líder del Partido Conservador británico, siendo aceptado por la reina Isabel II como Primer Ministro el día de hoy. En su primer discurso como jefe del gobierno británico, Johnson declaró que Gran Bretaña va a abandonar la Unión Europea el 31 de octubre del 2019. El curso (predecible) de los acontecimientos me obligó a hacer cambios en mi artículo, que escribí mayormente bajo una profunda ignorancia de que la interna tory se desarrollaría en estos días, transformándose un texto irresuelto e incoherente en un ejercicio aún más irresuelto e incoherente. Ganando un toque de ironía perversa (o quizá volviéndose más aterradora) con el desarrollo de los acontecimientos, resulta gracioso repensar la miniserie «Years and Years«, una coproducción de HBO y la BBC estrenada en mayo de este año, siendo que buena parte de su trama se asienta sobre la posibilidad de que una candidata «populista» (más bien antipolítica) de ultraderecha gane las elecciones británicas durante la década del 2020.

Aunque las ideas de Johnson son «moderadas» en el clima político anglosajón (y europeo) actual, el hecho de que buena parte de su popularidad se sostenga sobre su personalidad «carismática» y payasesca lo acerca al mundo atemorizante de Vivi, la líder ultraderechista (pero de sensibilidad por momentos liberal) que presenta «Years and Years«. Al final del día, las posiciones de Johnson son tan elásticas (pasó de pro-europeo a euro-escéptico en el curso de un par de años y está a favor de la inmigración) que resulta difícil encasillarlo junto a Donald Trump, Jair Bolsonaro, Mauricio Macri o Vladimir Putin. Pero, al mismo tiempo, viendo cualquiera de sus últimas apariciones públicas, resulta increíble que su ascenso al poder haya ocurrido a semanas del estreno del capítulo final de «Years and Years«1.  Y es en esta discordancia, la del futuro iliberal distópico y grosero (Vivi, la líder ultraderechista de la serie) versus la actualidad liberal exasperante y disimulada (Boris Johnson) donde reside el centro de la cuestión.

«Years and Years» sigue, durante seis intensos episodios de cincuenta minutos, la vida de la familia Lyons durante los años comprendidos entre el 2019 y el 2034, mostrando una versión especulativa del posible devenir de la vida política en Occidente y cómo estos macroeventos repercuten en la «normal» (de clase media alta y parte de una sociedad primermundista) familia Lyons. Todo el despliegue distópico enhebrado con búsquedas en Wikipedia está presente: gentrificación, niños sexualizados, transhumanismo, teorías conspirativas anti-modernas, gobiernos homofóbicos, intervenciones rusas, crisis de refugiados, precarización laboral, terrorismo, bombardeos nucleares, gobiernos totalitarios, siliconización del capitalismo, colapso ecológico y hípsters veganos. Todo lo que aterraría a un televidente londinense promedio, empaquetado dentro de una cartografía en la que están ausentes Latinoamérica y África, aunque sean sus recursos los que permitieron la acumulación originaria sobre la que se sustenta la prosperidad primermundista que los protagonistas de la serie ven, aparentemente, derrumbarse2.

Creo que ya lo he mencionado en anteriores columnas de Vídeo Club, pero no soy para nada amigo de los mitos decadentistas. Y, al igual que en muchos otros posibles tópicos, la fortaleza de «Years and Years» está en su ambigüedad: aunque es probable que la mayoría del público la vea cómo una espantosa fábula sobre la «decadencia de Occidente», a lo largo de la historia presenta suficientes pistas de que quizá no sea ese el punto. Por ejemplo, cuando la guía moral de la familia, Muriel Deacon (Anne Reid), abuela de los hermanos Lyons, asegura que los «tsunamis» no existían cuando ella era joven. O la escena en que Edith Lyons (Jessica Hynes) y sus hermanos discuten muy brevemente si en verdad la época 1980-2000 fue una “Era de Paz» o si eso tan solo es una fabricación discursiva. Son estos los momentos en los que (para mí lectura) se desarma el propio mito decadentista sobre el que aparentemente se sustenta la miniserie.

La idea de un colapso civilizatorio, un derrumbe de la forma de vida Occidental o la misma expectativa de un inminente apocalipsis solo se sustentan sobre una deshistorización y relativización del pasado, en un combo que también incluye una fe explícita o implícita en algo que se llamaría «progreso». La sensación de «decadencia» es relacional al posicionamiento del sujeto en el espacio social e, incluso cuando está sensación parece justificada, su mera fabricación solo se sustenta sobre una narración parcial y anacrónica del pasado. Tomemos como ejemplo las terribles fake news: ¿en verdad alguien cree que antes del 2016 no existían? ¿Piensan que en el siglo XIX no se difundían rumores falsos que eran tomados como ciertos tanto por individuos pauperizados como por miembros de la elite? ¿No sospechan que el relativismo es un fenómeno que in situ se presenta desde mucho antes que esos teóricos «posmodernos» a los que acusan de haber sacudido el inexistente edificio de la Verdad?

Lo más probable es que la gente «vulnerable» a la exposición frente a fake news también lo hubiese sido ante un rumor extravagante divulgado en panfletos repartidos en una calle porteña en 1940 o a los salvajes chismeríos narrados por un señor a la salida de una parroquia en 1870. Ocurre lo mismo con el temor a los peligrosos anti-vacunas: hace cuarenta años había muchos más antivacunas y es justamente la aceptación por parte de la opinión pública de que las vacunas son algo bueno (y lo son, y tenemos que agradecer a campañas estatales por haberlo establecido) lo que ha convertido a los «anti-vacunas» en un fenómeno que es señalado como prueba de decadencia, como ilustración de la derrota de la Verdad™️, a pesar de que toda indagación material apunte a que, aunque sus características se hayan modificado, la «esencia» del grupo existe desde que existen las vacunas.

Todo lo anterior no ha sido una exposición optimista sobre el devenir del capitalismo, ni tampoco es un intento de deshistorizar y reificar a los elementos de la contingencia actual. Se trata de lo contrario, aunque creo que mi exposición no es lo suficientemente fuerte como para establecerlo. La deshistorización causa la sensación de que «todo está peor», sí, pero también es la deshistorización la que permite pensar que «todo progresa». La deshistorización del presente es la que hace permanecer estable en el poder a un pasado cuya viabilidad material hace tiempo ha dejado de ser posible de defender. No es que la historia se haya terminado o que su final apocalíptico este cerca, sino que, justamente, la historia no es excepcional, la enunciación en sí de la «historia» es un relato que intenta ordenar y explicar una serie de eventos anárquicos. El mito de decadencia, concepto teleológico y esencialista, puede convertirse en el freno que impida una verdadera reforma de las condiciones en las que se vive, al mismo tiempo que suele quedar pegado a visiones conservadoras o reaccionarias. La decadencia puede justificar la inacción, la sensación de que no se puede torcer el «destino» y solo resta esperar la distopía sentados frente a la televisión.

Y esto se enlaza directamente con el punto central de este artículo que vengo evadiendo en los últimos siete párrafos. Si, como dice Mark Fisher, la ideología anticapitalista que se introduce en la producción hollywoodense (y, por qué no, en la BBC) es solo una muestra fanfarrona de la hegemonía del realismo capitalista3, el desarrollo de «Years and Years» muestra las serias limitaciones de esta forma narrativa. Es verdad que «Years and Years«, producida por compañías multinacionales4, presenta una visión crítica del mundo post-industrial, «líquido» y degradante que habita la clase trabajadora moderna y sobre el que se asienta la forma de acumulación de capital actual. Pero, y el “pero” es donde reposa el asunto, para poder presentar esta crítica la miniserie requiere imaginar el ascenso al poder de gobiernos anti-liberales que construyen campos de concentración (con capital privado), persiguen homosexuales e inmigrantes y destruyen buena parte del consenso ideológico «liberal» de la segunda posguerra. Incluso, en un acto que la delata, requiere de equiparar a gobiernos ultraderechistas con gobiernos ultraizquierdistas (cuando fantasean con una revolución de extrema izquierda en España). Es decir que, para poder criticar la estructura económica de la posguerra (o poslaborista, dependiendo de donde se vea el momento de ruptura), «Years and Years» requiere derrumbar la superestructura ideológico-cultural sobre la que se asienta este sistema. La serie, así, no es una crítica a la sociedad neoliberal donde vivimos sino a la pesadilla totalitaria neonazi en la que podríamos vivir.

Y de vuelta, no quiero que el anterior párrafo parezca una crítica a todo lo bueno de los consensos «liberales» de la segunda posguerra (por algo me empecine en encomillar la palabra liberal). Creo, en principio, que mucho de lo que este consenso «liberal» se autoadjudica no es obra suya y, por ese motivo, me parece importante poder pensar el derrumbe de este mismo consenso dentro de los marcos institucionales de aquello que llamamos democracia liberal. Mientras nos aterra la posibilidad distante de que un líder nazi ascienda al poder en Inglaterra o Estados Unidos, encontramos todo tipo de formas de acostumbrarnos a nuevos modos de autoritarismo y explotación. No es necesario que Donald Trump sea re-electo indefinidamente (como ocurre en la serie) para que se monten campos de concentración para inmigrantes o se recorten derechos laborales en USA. Es más: los campos de concentración fueron montados durante la presidencia del «tolerable» Obama y de los derechos laborales no necesito siquiera hablar. La ideología anticapitalista de Hollywood sobre la que habla Fisher mostrará su vigorosidad el día en que pueda imaginar una distopía gobernada por un Barack Obama o Macron estereotípico antes que por un Donald Trump o Boris Johnson demonizado. Y, nuevamente, si leen las columnas de Vídeo Club debe quedar claro, bajo ninguna forma abogo por el trumpismo y creo que representa una amenaza seria para nuestras vidas y libertades. Pero también creo que Obama, con otros métodos, también lo representaba.

A diferencia de su producción hermana «Black Mirror«, «Years and Years» presenta una narrativa en la que el principal «creador de distopía» no son las nuevas tecnologías sino la política5, o al menos algunas formas que el poder político puede tomar. De este modo, el principal problema del que se ocupa la serie es la Historia y, aún más importante, la percepción que los hombres tenemos de ella. Como dice Muriel en el tercer capítulo, al recordar el bombardeo atómico a Hong Sha ocurrido en el primer episodio, cuando el evento ocurrió: “Dijimos, ¡oh el mundo cambiará para siempre!, y (ahora) ya casi no (lo) mencionamos”. La idea de estar viviendo en un momento-bisagra, un acontecimiento fundamental o un prólogo del apocalipsis otorga sentido a la desoladora experiencia del vivir cotidiano. Son también estas ideas las que pueden paralizar la posibilidad de una acción de resistencia o de creación frente a esta situación. No es necesario que los nazis vuelvan para poder imaginar una actualidad que debe, y puede ser modificada, y sin embargo no parecemos ser capaces de crear narrativas en las que nuestro presente, que es lo que nos duele e incomoda, pueda aparecer como «distópico». Quizás en esto reside el éxito de la distopía: traslada la inseguridad frente al presente al formato de un miedo futuro. Pasamos de estar preocupados por la posibilidad de ser desempleados o no acceder a una jubilación, a ver el ascenso de un movimiento neofascista (y su aparente derrota) por una app de streaming en nuestra pantalla favorita. Como dice Vivi en una escena en la que explica que los campos de concentración fueron inventados por los ingleses en Sudáfrica, resumiendo y anulando esta lógica de la ficción distopía: «Todo es mucho más viejo de lo que pensamos y todo lo viejo vuelve».

Contra esta idea no puedo más que pensar que la construcción de lo «viejo» que vuelve solo es posible de ser realizada por sujetos que lo están «viendo volver» o que ya residen en un futuro que se autodescribe como un momento «post». Los horrores del futuro nos son desconocidos y son materia de los sobrevivientes que algún día los inserten dentro de una genealogía o los resignifiquen como efemérides y males necesarios. Como dice uno de los personajes en las escenas finales de la serie: «Esperen al próximo. Te deshaces de un monstruo mientras el siguiente se está despertando en su cueva». Y este mismo monstruo es solo cuestión de perspectiva: no faltarán quienes en el mundo de “Years and Years” terminen reivindicando a Vivi como una estadista incomprendida que sentó las bases para la modernización del Estado británico (o celebrando que fue la tercera primer ministra mujer y enfrentó a temibles embates de la conservadora corporación mediática). El problema está en cómo se puede descubrir el velo que oculta a los monstruos del presente, monstruos cotidianos y naturalizados, sin la necesidad de trasladarlos a un espectáculo circense donde sus atributos negativos se hagan demasiado evidentes.

Y es ahí donde, nuevamente, se plantean debates para los que «Years and Years» posee inigualables metáforas. En sus escenas finales, una conversación entre Edith, Bethany (Lydia West) y otros dos personajes, se plantean dos alternativas cuya resolución dificulta aún más pensar toda coyuntura: por un lado, Edith sostiene que los individuos intervinientes (la familia Lyons) apenas modificaron el curso de los eventos históricos, cuya verdadera naturaleza era colectiva y estructural; mientras que en contra de esto su sobrina Bethany apunta a que fueron una serie de  individuos excepcionales, con sus decisiones y acciones, quienes ocasionaron el desenlace de los hechos.

Y es entre estas dos tensiones desde donde se debe intentar pensar algo, si acaso es posible: entre la invisible trama de lo actual y la grotesca advertencia de la distopía, entre el accionar colectivo de las grandes estructuras y el poder de la voluntad de los individuos aislados.


1 Dos oraciones seguidas terminan en la misma expresión (“Years and Years”). Odio eso.

2 Todo este párrafo no pretende criticar negativamente a la serie. No necesito decir que «Years and Years» es excelente, eso ya lo ha dicho casi cualquiera que la haya visto. En la próxima columna voy a escribir sobre un caso latinoamericano y retomar ideas de este párrafo.

3 Acomode las ideas de Fisher a mis ideas. En verdad, un ejemplo de lo que él pensaba sería algo así: El rol de la ideología capitalista no es defender algo explícitamente, tal como la propaganda lo hace, sino ocultar el hecho de que las operaciones del capital no dependen de ningún tipo de creencia subjetivamente asumida. Es imposible concebir al fascismo o al estalinismo sin la propaganda, pero el capitalismo puede proseguir perfectamente bien, incluso mejor, sin que nadie lo defienda (…) la ideología del capitalismo es hoy “anticapitalista”. El villano de las películas de Hollywood es habitualmente la “corporación multinacional malvada”. (de “Un robot historiador en las ruinas”, en “K-Punk – Volumen 1”, Mark Fisher, Caja Negra Editorial, Buenos Aires, 2019).

4 No deja de ser triste comparar que un multimedios de propiedad estatal produzca una serie crítica del mismo Estado al que pertenece mientras que en países periféricos como Argentina las corporaciones de multimedios privados se dedican a producir propaganda thatcherista (véase “El Tigre Verón”).

5 Incluso, la tecnología (más en específico, los celulares) ayuda a la caída de Vivi durante el último capítulo así como la visión general del transhumanismo a lo largo de la serie no es negativa (más allá de un momento de body horror estremecedor), sino más bien pareciera que la ficción trata de mostrar a las nuevas tecnologías como una «caja de Pandora» imposible de frenar e incluso parece sugerir la constitución de un übermensch nietzscheano a través de ellas.

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