SEP_DOCENTE-ARGENTINA
Alejandra Serrano

El siguiente relato cuenta una experiencia docente en la Escuela Primaria “Belisario Domínguez”, ubicada en una comunidad rural dispersa de San José de la Palmilla, Municipio de La Paz, Estado de Baja California, Sur en México.


Mi sueño de niña era muy simple: llegar a probar un poco de las aventuras que mi profesor de quinto grado me contaba. Con once años escuchaba llena de fascinación las increíbles experiencias que vivió en sus primeros años como profesor de educación primaria en una zona rural, donde tuvo que comer gusanos de maguey, viajar en caballo para poder llegar a la comunidad, cruzar cerros y montes para conseguir comida; todo para cumplir con su labor de enseñar. En aquel entonces parecía algo irreal cuando el profesor Enrique contaba sus anécdotas con una sonrisa que hacía que su bigote negro formará una curva en la mitad de su rostro; era algo más bien utópico pero que se formó en mí como un reto; llegar, algún día, a tener una misión, un objetivo por el cual dar mi vida entera, atravesando las aventuras más extraordinarias, poniendo en juego todas mis habilidades y limitaciones, logrando sacar lo mejor de mí como ser humano.

Se podría decir que a los once años uno no tiene la suficiente madurez como para elegir lo que quiere hacer por el resto de su vida, pero si esa idea se cultiva, se alienta con diversas experiencias a lo largo de los años y, sobre todo, si no se pierde la capacidad de asombro característica de los niños, que tanto se olvida en la adultez, grandes cosas pueden surgir.

El 17 de agosto de 2017, a mis veintidós años de edad, me encontraba en el lugar exacto para vivir la experiencia que estuve esperando prácticamente la mitad de mi vida; tenía la oportunidad de elegir el lugar en donde comenzaría a trabajar como profesora de nivel primario. Fue una emoción indescriptible: entre la expectativa de una nueva aventura que por fin me hiciera abandonar la zona de confort que había construido en los últimos cuatro años de educación normal y el miedo de pensar en todo lo que podría hacer cuando fuera docente titular: los errores que no cometería con mis estudiantes, las dinámicas que emprendería, la relación que mantendría con las familias. Ese era el momento, mi oportunidad de poner en practica todo lo aprendido y de vivir en carne propia lo que tanto había escuchado sobre la educación en zonas rurales; así que sin vacilar elegí la escuela de organización multigrado unitaria en una zona rural.

Los días previos a mi viaje estuvieron llenos de expectativa y emoción por los retos que sabía me aguardaban. Imaginaba una escuela de palma, sin piso, con bancos en mal estado, con pizarrón de tiza blanca, sin ventanas… Era lo que esperaba considerando la información que tenia sobre el pago, inserto en los inicios de la Sierra de la Giganta, a dos horas de la carretera por un camino de terracería (sin pavimentación), sin energía eléctrica, ni alcantarillado o agua potable, sin señal telefónica; ningún tipo de servicio básico. Toda la información recabada solamente incrementó mi sed de aventura y mis deseos de aprender.

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El día que llegué a la escuela “Belisario Domínguez” fue uno de los más cargados de emociones de toda mi vida. Casi nada era como lo había imaginado. A metros de la escuela alcancé a vislumbrar una construcción pequeña de concreto con un cerco perimetral y algo que parecían placas solares en el techo. En cuanto estacioné mi auto, muchos niños sonrientes se acercaron a saludarme, preguntando mi nombre y si sería su nueva profesora. Las madres de familia me saludaron e, inmediatamente, abrí el aula, la única de la escuela. Observé que había muchas cajas con lo que parecía material didáctico y un montón de libros en lo que parecía ser una biblioteca. Para mí grata sorpresa la escuela estaba muy bien equipada: contaba con un proyector, siete laptops para uso didáctico, una computadora de escritorio, una impresora, un generador eléctrico a base de gasolina, baños con retrete y agua que se extraía con la moto bomba de un ojo de agua ubicado a unos cien metros de la escuela.

Las primeras semanas fueron de diagnóstico. Los niños oscilaban entre los cinco y los nueve años; de primero a sexto grado de educación primaria. En las escuelas en donde había practicado durante mi formación en la normal no había tenido la oportunidad de observar el trabajo multigrado, así que todo me parecía maravilloso, aunque también representó muchos retos en el diseño de mis secuencias didácticas. Conforme los días fueron pasando iba conociendo más acerca de la vida de mis estudiantes y sus familias. Identifiqué, gracias a la entrevista inicial, que la mitad de los padres sólo habían alcanzado estudios primarios, unos pocos habían llegado a la secundaria y buenas parte de ellos apenas sabían leer y escribir.

A pesar de esta situación, evidenciaban un gran respeto, lo que se conjugaba con un alto grado de expectativa en cuanto al potencial de mi trabajo; algo que exteriorizaban de modo peculiar: delante mío, les decían a los niños que debían poner atención en la escuela y respetar a su profesora. Muchos se mostraban interesados por saber dónde había cursado mis estudios y me hacían consultas en torno a temas muy específicos, como la forma de obtener los metros cúbicos de una construcción por la cual el gobierno les pagaría.

En medio de estas charlas, me encontré con una familia cuyo niño manifestó abiertamente que no quería estudiar, que iba a la primaria porque lo obligaban pero que no iría a la secundaria porque  prefería trabajar en el campo con su papá. Esta realidad generó nuevos interrogantes: ¿qué debía hacer para motivar a ese niño? ¿Qué estrategias implementar para que sus horas en la escuela fueran agradables y motivadoras para incentivar sus aprendizaje?

Otro día pude observar como este mismo niño llegaba cansado a su casa, casi arrastrando los pies después de una larga jornada escolar y tras recorrer a pié los tres kilómetros que separaban su casa de la escuela. Llegué a sentir que el hechizo de nuestros primeros encuentros y lo cautivador de mi llegada daban lugar a otros conflictos, especialmente entre los estudiantes de primaria alta (4º, 5º y 6º grado), niños que iban de los diez a los doce años.

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Una de las problemáticas que más se reiteraba era la dureza para expresar las inconformidades frente a otros compañeros. En particular recuerdo a una estudiante, que decía que todos estaban en contra de ella, que no la podían ni ver. Noté una sensación de inferioridad y autocompasión por su situación familiar.

Hubo un punto, durante el primer ciclo escolar, en el que llegué a considerar seriamente que el problema era yo; en el que  tuve que realizar un ejercicio de retrospección visualizando si la actitud de los estudiantes no era un reflejo mío. Me preguntaba, ¿tal vez sea demasiado estricta o poco empática? Tal vez mi modo de señalar las áreas de oportunidad no era la adecuada. Pensaba que al estar sola en la escuela, sin ningún apoyo directo en lo pedagógico, podría estar cometiendo errores muy serios con el trato hacía mis estudiantes. Esta duda y preocupación me llevó a pensar seriamente en mi desarrollo docente, especialmente en lo referido al campo formativo de desarrollo personal y social.

Al poco tiempo recibí una de mis primeras satisfacciones como docente rural cuando, al finalizar una prueba escrita de formación cívica y ética, una estudiante de segundo grado me contestó que los reglamentos se debían construir «en colegiado bajo mutuo acuerdo». Al preguntarle cómo lo sabía, ella respondió que «porque así lo habíamos realizado en clase”. Entonces comencé a entender que el trato brusco que tenían entre ellos no era consecuencia de mi trabajo y que debía abordar profundamente el manejo de conflictos para que no llegaran a convertirse en problemas.

El modelo educativo de México permite desarrollar proyectos de autonomía curricular de acuerdo a los intereses y necesidades de los estudiantes, y a partir de las fortalezas, oportunidades, debilidades y amenazas de cada institución. Tomando esta posibilidad, a  partir de agosto de 2018 inicié con los clubes de inglés viajero, ABC de la computación, huerto escolar y otras interesantes propuestas.

La respuesta de los estudiantes fue increíble y su motivación pasó del aula a los hogares. Las familias, sorprendidas, escuchaban a sus hijos hablar en otro idioma, practicar pronunciación y, en algunos casos, mostrarse más interesados por sus estudios, ya que creían que a través de ellos iban a poder comprar un pasaje y conocer aquellos países que visitábamos de manera virtual.

De la mano de estos proyectos comencé a advertir que mejoró el manejo de los conflictos dentro del aula, pero aun había mucho por hacer con la forma de señalar las inconformidades de un estudiante a otro en torno a los acuerdos de convivencia. Entonces creamos un “consejo estudiantil”, en el que los estudiantes propusieron y votaron a sus representantes (presidente, vicepresidente y secretario) y se designaron comisiones de biblioteca del aula, cuidado del jardín, reciclaje y cumplimiento de los acuerdos de convivencia.

A lo largo de las sesiones fomentamos la vida democrática y el sentido de pertenencia al grupo para aminorar los sentimientos de victimización. La forma de convivencia intrafamiliar en las familias de la comunidad rural suele ser muy fría con respecto a los diálogos que se entablan entre adultos y niños, si no es que son casi nulos. Corrigen de forma muy rigurosa con frases como “cállate”, “no te metas”…;es por eso que la escuela ofrece una oportunidad para expresarse, relacionarse, aprender, convivir, sin olvidar que se son parte de la comunidad.

El trabajo en mi escuela rural no ha terminado, estoy a unos meses de cumplir dos años viviendo allí, trabajando con dificultades pero con la alegría de estar cumpliendo un sueño. Un sueño que comenzó de niña escuchando a un docente y que hoy me encuentra en el mismo lugar, buscando que otros sigan mi camino.

 

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