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Javier Lamónica (Staff editorial)

Reseña bibliográfica de “Esos raros adolescentes nuevos”; de Luciano Lutereau(1)

No pude evitar leer este nuevo libro de Luciano Lutereau sin hacerme esta pregunta en cada vuelta de página. No a modo de reproche, sino como una especie de búsqueda; ¿En donde se escondieron los adultos ahora que los necesitamos tanto?, podría ser uno de los interrogantes que atraviesa los cinco capítulos de este texto a lo largo del cual el autor trata de mostrarnos que estos adolescentes no son tan raros, aunque sí diferentes -y en este sentido, nuevos- de como fuimos nosotros.

Desde el propio título, pero más específicamente en el primer capítulo, titulado “La sexualidad”, se hace evidente un intento de reflexión acerca de las características generales de la adolescencia, no para esquematizarla y definirla sino para especificar qué tipo de operaciones psíquicas se ponen en juego en este momento de la vida, y, a partir de allí, poder identificar qué conductas podrían ingresar en lo propio de estas experiencias y cuáles pueden ser objeto de consulta profesional. Al igual que en Más crianza, menos terapia (2018), Lutereau nos previene acerca de la importancia de no iniciar un tratamiento antes de agotar otras posibilidades; de evitar el desplazamiento de lo normal (que no deja de implicar angustia) a lo patológico (que se trata por vía terapéutica), es decir, no convertir conflictos propios de la evolución psíquica del sujeto en síntomas para un diagnóstico temprano; a fin de cuentas, de la necesidad de recuperar nuestro lugar para “que la terapia no haga el trabajo que le toca a la vida”.

En esta primera sección, encontramos una descripción clara de las diferentes etapas que caracterizan “El sutil movimiento de la adolescencia”, que no se parece en nada a la idea deficitaria con la que se suele retratar este período. Lejos de aquellas miradas que parten de un sentido de “pérdida”, el autor nos invita a posicionarnos como adultos responsables, que permitan a los adolescentes atravesar esta “instancia de crisis”, para alcanzar la madurez emocional. En este sentido, es un llamado a “resistir”, a no abandonar ese lugar que estructura la palabra como punto de encuentro -que supone un ejercicio de autorización-, y desde el cual podemos facilitar el crecimiento.

La segunda parte del libro se pregunta “¿qué tan nuevos son los adolescentes del siglo XXI?”; a través de una serie de figuras típicas, que son resumidas por Lutereau en tres categorías o conceptualizaciones: narcisistas, desafiantes, hiperconectados. En un tono llano y claro, que se aleja de los tecnicismos con los que en ocasiones se abordan estas cuestiones, el autor analiza desde la relación entre la alimentación y la construcción de la propia imagen, hasta el uso de los dispositivos tecnológicos, pasando por los consumos problemáticos como puentes hacia la madurez. En este recorrido, se destaca que lo importante es analizar y comprender  qué tipo de vínculos se establecen con los objetos (drogas, celulares, consolas de videojuegos) y no los objetos en sí. El gran peligro, nos advierte, es que, en ocasiones, en el encuentro con ellos, el deseo comienza a aplastarse y es preferible estar produciendo efectos en lugar de soportar el conflicto.

El tercer capítulo del libro -”Dejar de ser alumnos para descubrir la vocación”-, bien podría haberse titulado “Esos raros estudiantes nuevos”, ya que a lo largo de las páginas analiza la relación de los adolescentes con el saber, buscando comprender qué procesos se ponen en juego en esa interacción. En este sentido, nos ofrece algunas pistas interesantes para entender por qué, por ejemplo, un alumno que tenían un excelente desempeño académico en primaria, de pronto comienza a obtener malos resultado cuando ingresa a la escuela media, o por qué se estudia de memoria. Veremos al avanzar con la lectura que “(…) el saber no es un acto meramente cognitivo, sino que tiene un componente emocional que siempre debe ser tenido en cuenta a la hora de pensar la orientación de un adolescente hacia una vocación”. Se trata de un componente emocional fuerte y complejo en el que se ponen en cuestión ciertos ideales parentales instituidos durante el período de latencia y que estructuran, en parte, el modo en que estudiamos y nos vinculamos con el conocimiento.

Creo que esta sección pueden ser muy útil para abordar algunas problemáticas con las que nos encontramos dentro del marco escolar. No sólo para no apresurar diagnósticos en relación a las capacidades de aprendizaje de los estudiantes, sino también para comprender el modo en que se relacionan con sus pares y con los adultos. En este punto, me parece fundamental no hacer de esos raros adolescentes unos nuevos estudiantes raros, es decir, no convertir cada situación de conflicto en la escuela, cada problema educativo que debemos afrontar, en un diagnóstico que deba ser tratado por otros agentes.

Reflexionar sobre lo propio de la adolescencia (también, y sobre todo, desde la escuela), es entender que las cosas han cambiado y que trabajar con estos jóvenes supone la presencia de adultos más amables y hospitalarios. Como dice Frigerio (2015), si miramos estas relaciones en un escenario en el que “unos llegan y otros se van”, o para decirlo de otro modo, en donde “algunos van dejando unos lugares para que otros puedan ocuparlos”, creo que estamos en un tiempo en el que la fantasía de inmortalidad tiene la figura de mantener la juventud eternamente. Esto crea un problema para los que quieren crecer, porque un mundo habitado por adolescentes es un mundo sin diferencias intergeneracionales, y, por lo tanto, un lugar en donde la transmisión no tiene lugar. Eso trastoca el conjunto de las relaciones e implica una dificultad para la vida diaria, ya que los chicos necesitan a los grandes para poder crecer. “Necesitan unos grandes que se sepan mortales y que se muestren un poco más generosos ante la llegada de los nuevos”.

El texto cierra con dos capítulos con orientaciones para la vida y el trabajo; el primero dirigido a las familias y el segundo a los profesionales. “¿Que lugar para los padres?”, “¿qué lugar para el análisis?” Como titula un hermoso libro que leí hace unos días, cualquier respuesta debería proponer “una oportunidad para la ternura”. Formar adolescentes que puedan reconocer con gratitud la deuda transmitida por los padres, requiere, en primer lugar, de padres y madres que quieran transmitir sentidos para que sus hijos e hijas puedan filiarse como una generación diferente. Si esto no ocurre, advendrá una generación de jóvenes que deberá bastarse a sí misma; una generación caracterizada por la locura, la soledad y el abandono. El desafío es, como dice Lutereau, no volverse cómplices, sino “generar y crear espacios intermedios donde circule la palabra”.

Bibliografía

Frigerio, G. (2015) “Entrevista con la Dra. Graciela Frigerio”; en Revista Deceducando; Nº1; disponible en https://deceducando.org/2015/12/07/entrevista-con-la-dra-graciela-frigerio/.

Lutereau, L. (2018) Más crianza, menos terapia; Paidos: Buenos Aires.

Lutereau, L. (2019) Esos raros adolescentes nuevos; Paidos: Buenos Aires.


(1) Luciano Lutereau es psicoanalista. Doctor en Filosofía y Psicología por la Universidad de Buenos Aires (UBA), donde trabaja como docente e investigador en la Facultad de Psicología y en la Facultad de Filosofía y Letras. Magister en Psicoanálisis y especialista en Psicología Clínica por la misma universidad. También es docente en tres materias en la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES), donde además coordina la Licenciatura en Filosofía. Dirige la revista de psicoanálisis y filosofía Verba Volant e integra el comité de redacción de prestigiosas publicaciones. Dicta de manera regular cursos de posgrado en distintas universidades del país y del exterior. Es autor de diversos libros, entre ellos, Histeria y obsesión. Introducción a la clínica de las neurosis (2013), Ya no hay hombres. Ensayo sobre la destitución masculina (2016), Edipo y violencia. Porqué los hombres odian a las mujeres (2017), Más crianza, menos terapia (2018) y Esos raros adolescentes nuevo (2019). Artículos suyos han sido traducidos al inglés, francés y portugués.

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