El fin de la historia: Jon Snow y Hegel

Pablo Américo

Staff editorial

Por Pablo Américo

 

Hoy, después de ocho años y más de cuatro mil horas de film, se conocerá el desenlace de la serie de televisión “Game of Thrones”, basada en la inconclusa saga épica de George R. R. Martin “Song of Ice And Fire”. Con su último episodio, cuyo título se desconoce, la historia de las familias nobles de Westeros se unirá a un selecto elenco de sagas fantásticas que el público mainstream ha seguido durante años: Lord of the Rings, Star Wars, Harry Potter y las películas basadas en cómics de Marvel, por nombrar los casos más representativos.

A pesar de que se pueden contar decenas de “sagas épicas” pop publicadas en las últimas décadas, la mayoría no son más que reversiones de esas tres historias principales (LotR, SW, HP) a las que ahora, creo yo, se unirá el rico mundo narrativo de GoT, del cual seguramente se extraerán cientos de covers de mejor o peor calidad inspirados en él (tanto la decisión de adaptar “American Gods” en televisión como algunos giros narrativos recientes en Star Wars y las películas de superhéroes muestran que Game of Thrones ya está siendo tomada como parámetro por los guionistas de otras franquicias).

La pregunta principal que debería perturbar a los espectadores, al menos al grupo que yo represento (el de los que sobre-analizan series de televisión a falta de amigos o algo mejor que hacer), no es quién va a quedarse con el Trono de Hierro: el verdadero problema es conocer cuál será la postura de Game of Thrones frente al eterno dilema de los tiempos históricos en los universos ficcionales. Y para eso podemos observar cómo otros autores y equipos de autores han lidiado con este problema, y luego sugerir que quizás Benioff y Weiss, los realizadores de GoT, hayan encontrado un nuevo formato de final para la épica pop (posiblemente destilado de las anotaciones de George R. R. Martin).

El ejemplo más extremo del prototipo clásico para resolver los problemas del tiempo-conflicto en las sagas fantásticas nos lo otorga Tolkien y, por extensión, toda adaptación de El Señor de los Anillos. Tolkien se adelanta varias décadas a Fukuyama (aunque Fukuyama nos reprocharía, tal vez con razón, que sus textos infames solo parafrasean a Marx y Hegel) y ofrece una solución clara a la extensa historia de la Tierra Media: el desenlace de Lord of the Rings, la coronación de Aragorn, la batalla de Bywater y la partida de algunos personajes hacia los Gray Havens marca el final de la Tercera Edad y con ella podemos dar por sentado claramente el Fin de la Historia.

Tolkien ofrece, en sus apéndices a Lord of the Rings, una débil cronología de los eventos de la Cuarta Edad, marcada por la muerte de algunos personajes, el nacimiento de algunos sucesores y la disolución final de la Comunidad del Anillo, ciento veinte años después del fin de “El Retorno del Rey”. En ningún momento se evidencia la existencia de conflictos, cataclismos o intrincados eventos en esta Cuarta Edad, que Tolkien nunca se preocupó por desarrollar en comparación a los eventos anteriores, a los que dedicó buena parte de su vida (escribiendo los textos que terminarían conformado “The Silmarillion”).

Martin ha criticado esta estrategia desarrollada por Tolkien. “¿Qué sucedió con los orcos que no perecieron en la batalla final? ¿Hubo un genocidio de orcos?” se pregunta George en una conocida entrevista. Fueron un poco estas inquisiciones las que lo motivaron a desarrollar, hasta el día de hoy, su propio universo narrativo (centrado en las historias de los nobles de Westeros y Essos). Pero antes de volver a Martin y Game of Thrones quiero repasar otras dos posibilidades narrativas frente al problema del tiempo y el conflicto.

En contra de Tolkien, aunque dando muchas evidencias de estar enterados de su existencia, tanto Harry Potter como Star Wars han optado por una estrategia que se mueve entre el realismo político, el marxismo pesimista y el post-estructuralismo. No hay fin del conflicto. No hay fin de la historia. Ni siquiera es evidente que existan grandes linajes heroicos ni narrativas perdurables. Aunque, durante décadas, George Lucas pospuso filmar una secuela a la Trilogía Original de Star Wars, siempre planificó continuarla con una serie de películas que desestabilizaran el “Mito Skywalker” y continuasen la trama de conflictos entre el Lado Oscuro y el Lado Luminoso, dando por tierra la aparente estabilidad pronostica por “la Profecía del Elegido”.

No solamente eso, sino que Lucas, muchas antes de ser comprado por Disney, permitió que se produjeran cómics, novelas y videojuegos que expandían la historia de Star Wars más allá del Episodio VI. En ese antiguo “Universo Expandido” (hoy reemplazado por el nuevo canon de Disney) se fundaban Repúblicas, morían personajes icónicos (entre ellos Chewbacca) e incluso se desarrollaba una trama siglo y medio después de las películas, en la que un descendiente lejano de Luke Skywalker era un drogadicto que se rehusaba a luchar contra un cruento “Imperio Sith”.

El conflicto no termina, ni hay final feliz o paz, incluso los bandos se redefinen de forma constante, sin necesidad de que la lucha permanezca de forma evidente entre los parámetros establecidos por la dicotomía “Luz-Oscuridad” (no es raro que Jedis y Siths hagan causa común contra una tercera fuerza, como pueden ser los mandalorianos, los yuuzhan vong u otro enemigo). Las polémicas nuevas películas de Disney no han hecho mucho por tirar abajo esta filosofía, por momentos cíclica, en la que la guerra siempre acecha a los héroes: de hecho, la han exacerbado, creando una saga en la que los “héroes” son reemplazados por personajes sin linaje ni épica profética, que llegan a insinuarse como actores colectivos. Pero desarrollar estas ideas requeriría un texto aparte.

De manera más tímida, J. K. Rowling parece haberse decidido por un desarrollo similar para Harry Potter. Más allá del difuso epílogo de “Harry Potter and the Deathly Hallows” (en el que los personajes se reunían décadas después y se daban pistas confusas sobre el desarrollo futuro de los acontecimientos), la salida de “The Cursed Child”, la continuación teatral de la saga, dio por tierra la idea de que con la batalla de Hogwarts se había puesto un punto final a la línea temporal del Wizarding World. En Cursed Child, los hijos de Potter y Draco Malfoy viajan en el tiempo y crean diversas líneas de tiempo alternativas, antes de volver a restaurar todo a la normalidad, revelando en el medio la existencia de una descendiente de Lord Voldemort. Aunque, en definitiva, el futuro post-Voldemort parece ser el de un mundo de paz y los eventos de “The Cursed Child” se resuelven a sí mismos, las semillas quedan plantadas para desarrollar la saga más allá de Harry Potter y sus límites temporales.

Por último, mi tercera tipología puede ejemplificarse con los cómics de superhéroes y, hasta cierto punto, las películas del Marvel Cinematic Universe: la temporalidad circular. Mientras que Lord of the Rings se decide por el fin de la historia (y la falta de narraciones posteriores a Return of the King lo demuestra) y Star Wars adopta un desenvolvimiento continuo del espíritu de la historia, los cómics de superhéroes se inclinan por una suerte de posición intermedia: el reboot.

De vez en cuando, los complejos universos narrativos pulp de las historias de superhéroes arriban a eventos cataclísmicos que parecen destinados a cambiarlos para siempre: famosos personajes se mueren y dimensiones enteras son borradas de la existencia. Pero, tarde o temprano, la narrativa colectiva de Marvel o DC debe volver a poner los juguetes en la caja y reiniciar el cosmos habitado por sus personajes, creando un nuevo status quo bastante similar al anterior.

Superman o el Capitán América pueden morir, Bruce Wayne puede dar paso a un nuevo Batman, la dimensión Ultimate puede fusionarse con la narrativa principal y desaparecer. Pero, en algún punto, la empresa responsable por los cómics realiza grandes anuncios de un nuevo universo y se encuentra alguna excusa para reiniciar la historia y devolver a todos los personajes a su lugar, generalmente con algunas variaciones estratégicas que permitan darle un gusto fresco a la narrativa (ejemplos recientes y muy bien logrados son la saga “Flashpoint” de DC, en la que Flash reinicia todo el universo, y la historia “Secret Wars” de Marvel, en la que todas las líneas alternativas se fusiona en una sola).

La recientemente estrenada película “Avengers: Endgame” hace un tenue ejercicio de esta técnica narrativa, que posiblemente solo se apreciará si los largometrajes de superhéroes siguen siendo populares por al menos dos décadas más. En el cine de Marvel lo que impide la temporalidad circular es más la logística que la intención narrativa, el reboot blando terminará imponiéndose. No quiero spoilear el desenlace de la “Infinity Saga” pero puedo decir que el próximo capítulo de Marvel tendrá otros protagonistas y reemplazos de héroes caídos en batalla pero que lo más probable es que a largo plazo se encuentren formas de restaurar a los héroes clásicos y relanzarlos con nuevos actores interpretándolos. Lo que quiero decir es: aunque ahora pierdan protagonismo, Capitán América y Iron Man volverán a las pantallas, integrados al universo Marvel, dentro de quince años, si es que el mercado lo permite.

¿Escandaloso? ¿Capitalista? Puede ser. Pero lo entretenido de los universos de Marvel y DC es que son el ejercicio más similar a la mitología greco-romana que podemos encontrar en los siglos XX-XXI. Aunque una técnica similar aparece en los penny dreadfuls y otros relatos de pulp fiction (en los que es común que distintos autores hagan uso de los mismos personajes e historias, con distintas variaciones), en los cómics de superhéroes se desarrolla una compleja narración en la que decenas de autores simultáneamente cuentan historias, intentando mantener cierta concordancia con las historias de otros autores o no. Algo así como las decenas de narradores, orales y escritos, que tomaron los eventos y personajes de la guerra de Troya para narrar diferentes historias, concordando o no con autores contemporáneos y predecesores. Los poemas del Ciclo Troyano (de los cuales solo se conservan las obras del supuesto poeta “Homero”) eran la “Infinity Saga” de hace más de dos mil años, sin la intervención de una corporación multinacional de por medio. Aunque esto también es materia para un texto separado.

Y con estas tres opciones, vuelvo a Game of Thrones. La lógica narrativa del mundo de Martin impide pensar en una resolución de fin de la historia, como la de Lord of the Rings. Al mismo tiempo, todas las expansiones de la saga que se han anunciado ocurren en pasados distantes (el spinoff que se está filmando en estos momentos transcurre miles de años antes de la historia principal y el Silmarillion de Martin se concentra sobre todo en la historia de la familia Targaryen) y no parece haber evidencias de que existan intenciones de continuar la historia más allá del punto final que va a marcarse con esta temporada (y con el hipotético libro inédito “A Dream of Spring”).

Pero entonces: ni fin de la historia, ni narración de conflictos eternos. Ni, mucho menos, temporalidad circular. En algún sentido, podríamos concebir el “fin de la historia” de Game of Thrones con la derrota final de los White Walkers, que debería también (aunque la serie no se ha preocupado por explicarlo) traer una distorsión en el alterado ciclo climático que sufre Westeros (con inviernos y veranos que duran años por la influencia de los Otros que viven más allá del Muro).

Sin embargo, la temprana (aparente, de momento) resolución del conflicto con el Night King parece indicar que el foco de la historia estuvo siempre en los terrenales conflictos políticos entre humanos: y en ese sentido parece imposible asegurar que el final de la serie vaya a marcar una resolución pacífica eterna, con la instauración de un Aragorn que gobierne durante un siglo y de paso a una era de prosperidad.

Todo lo contrario, los desarrollos de los últimos episodios de la serie parecen aproximarse a un desenlace depresivo, de destrucción masiva, en la que la mayoría de los posibles personajes “heroicos” (dudo que alguna vez haya habido héroes reales en GoT) van a quedar corrompidos, en caso de sobrevivir, y no podrán instaurar nada parecido a un orden perdurable y anacrónico.

De esta forma, todo parece apuntar, Game of Thrones va a llegar a una resolución más propia de una novela de Tolstoi que de una historia épico-fantástica. No hay continuación para “Guerra y Paz”. Es decir, si imaginásemos que el mundo descrito en “Guerra y Paz” (Rusia bajo la invasión napoleónica) es un mundo fantasioso, no sabríamos qué sucede más allá del epílogo en que algunos personajes se casan, hacen promesas y futuros conflictos se vislumbran.

Así, Game of Thrones está por introducir una nueva variante narrativa en las historias épico-fantásticas. Una variante que no implica ni el fin de la historia, y por lo tanto el fin del conflicto, ni tampoco incluye el desarrollo constante de nuevas historias y conflictos (ya sea bajo el formato de continuidad temporal de Star Wars y Harry Potter o la circularidad interpretativa de Marvel), acercándose más a los recursos propios de una épica histórica maximalista de Tolstoi o Víctor Hugo, con condimentos shakesperianos. Y dragones.

Cuando todo parezca haber terminado, sean quienes sean los personajes que hayan sobrevivido, sabremos que la historia de Game of Thrones simplemente se detendrá en un punto. Lo más probable es que la mesa esté servida para todo tipo de conflictos futuros que nunca se van a narrar “oficialmente” (proliferarán los fanfictions y narrativas no canónicas que continúen la historia).

Y así, con un nivel de nihilismo que posiblemente va a enfurecer a montones de espectadores, Game of Thrones dejará una huella que está condenada a inspirar a montones de futuros autores, puesto que calza perfectamente con los desarrollos de este siglo post-hegeliano. No hay profecías, ni grandes narrativas, ni héroes salvadores. Solo luchas que se reconfiguran en nuevas luchas e individuos cuyas vidas parecen haber transcurrido en vano o no, dependiendo de cómo se las cuente. La clave para entender la filosofía de este mundo la dan Bran Stark y Samwell Tarly en el episodio dos de la octava temporada: la única forma en que la historia se termine es con la desaparición de la humanidad, es decir, con el fin de las narraciones. No hay paz, pero tampoco destinos épicos. Solo historias.

Quienes sobrevivan al capítulo seis de la octava temporada de Game of Thrones estarán habilitados a sumergirse en otros conflictos y batallas, pero la posibilidad del espectador de conocerlas habrá muerto. Tras más de cuatro mil horas de estar frente a una pantalla, los fanáticos van a descubrir algo que tendrían que haber entendido desde el principio: no hay sentido.

Pero esto, al fin y al cabo, es un tema para otro texto.

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