“Tropa de elite”

Pablo Américo

Staff editorial

Por Pablo Américo

Días del futuro pasado

Título Original: Elite Squad

Título Castellano: Tropa de Elite

Estreno: 5 de octubre del 2007 (Brasil)

Director: José Padilha

Guión: José Padilha, Bráulio Mantovani y Rodrigo Pimentel

País de Origen: Brasil

Clasificación: M16

Duración: 120 minutos

En noviembre escribí esta primer columna sobre cine brasileño con la intención de reflexionar sobre la llegada al poder del ultraderechista y protofascista Jair Bolsonaro. Desde entonces pasaron cosas en Brasil que debo tomar en cuenta para contextualizar mi texto.
Nombrare algunos ejemplos: el vice-presidente Hamilton Mourão (un militar retirado que en campaña se mostraba a la derecha de Bolsonaro) moderó su discurso, tendió lazos con la oposición y los medios de comunicación, y da señales fuertes de pretender ser presidente antes de que el mandato del actual termine; una profesora bolsonarista de la Universidad de San Pablo aseguró que Simón Bolívar leía a Marx y Lenin; Lula fue condenado por segunda vez, ahora por una causa aún más estúpida, y parece probable que su vida termine en prisión; el diputado Márcio Labre presentó un proyecto de ley para prohibir la venta de  anticonceptivos (llamados “micro abortivos”); se denunció a Flavio Bolsonaro por sus lazos con la banda mafiosa que asesinó a Marielle Franco y la causa quedó en manos de un “sorteado” fiscal ultra-bolsonarista; el Ministerio de Educación emitió comunicados oficiales denunciando por nombre a periodistas “comunistas” de los mayores medios del país; la “Ministra de Familia” (cargo más Gilead imposible) aseguró que tiene títulos “bíblicos” en vez de académicos cuando se cuestionó su falta de diploma; se le prohibió a Lula ir al funeral de su hermano, una medida que contrastó fuertemente con la decisión de la dictadura militar en 1980 que le permitió, cuando él también era preso político, ir al funeral de su padre; el Ministro de Educación se alineó con la escuela transcontinental María Eugenia Vidal asegurando que las universidades son solo para una “elite intelectual” (léase “elite económica”); el diputado Jean Wyllys tuvo que abandonar el país por las repetidas amenazas en su contra; Bolsonaro viajó a Davos para prometer el fin de la izquierda en Latinoamérica y asegurar que iba a “desideologizar” (es decir, neoliberalizar) la economía brasileña; se permitió el ingreso y el uso de una serie de agrotóxicos prohibidos en la agricultura brasileña; el juez Moro, que ordenó el secuestro político de Lula, se refirió a los femicidios como “crímenes pasionales”; se descubrió una extensa trama de corrupción y lavado de dinero que involucra al hijo de Bolsonaro y su chófer; se flexibilizaron por decreto los requisitos para comprar armas en uno de los países con mayor cantidad de homicidios en el mundo; el gobernador de Río de Janeiro (donde el 10% del parlamento está preso) posó con un retrato de sí mismo fabricado con balas; el empresario preso que testificó contra Lula  (cambiando un testimonio anterior para facilitar la condena al ex-presidente) fue nombrado presidente del banco público CAIXA; se anunció que el Ministerio de Educación utilizará un “filtro ideológico” para otorgar becas de estudios en el extranjero al mismo tiempo que comenzó una “limpieza” de funcionarios comunistas en organismos públicos; un diputado bolsonarista dijo: “Al que le gusten los indios que se vaya a Bolivia”; se dieron marchas y contramarchas en todo tipo de medidas; se pidió la creación de un “Guantánamo brasilero” para “terroristas” (opositores); a grandes rasgos, se comenzó un proceso político de consecuencias irreversibles en el mediano plazo y que, a toda costa, no ha mostrado aún su peor cara.

En resumen: el 1 de enero del 2019, en un contexto de galopante degradación  institucional y democrática, asumió la presidencia Jair Bolsonaro y comenzó en Latinoamérica la era del anticomunismo sin comunismo.
En ese mismo tiempo también hubo un pogromo en Ecuador, a consecuencia de declaraciones del presidente Lenin Moreno que incitaron ataques contra inmigrantes venezolanos; sentimos (aún al momento de hoy) muy de cerca la posibilidad de revivir una intervención militar norteamericana o una guerra civil en Venezuela, con la posibilidad de generar un conflicto de características similares a los que se viven en países de Medio Oriente, todo en marco de una dictadura en descomposición y una economía colapsada; y el Presidente Mauricio Macri se tomó repetidas vacaciones.

Además, para interés particular de esta columna, el soundtrack de “Tropa de Élite” llegó al mainstream de la campaña publicitaria bolsonarista por medio del Twitter de uno de sus hijos.
Lo que sigue, en gran medida, es el texto original que escribí en noviembre.


En 2007 se estrenó en Brasil la película “Tropa de Elite”, protagonizada por Wagner Moura (Elysium, Narcos) e inspirada por el libro “Elite da Tropa”, una novela autobiográfica publicada por dos miembros del BOPE (un escuadrón policial de élite de la ciudad de Río de Janeiro) que describe la brutalidad policial cotidiana en la ciudad brasileña así como los planes de una conspiración que buscaba asesinar al gobernador Leonel Brizola, una figura política emblemática del país. Con poca publicidad y un magro presupuesto, “Tropa de Elite” se convirtió, a través del “boca en boca”, en una de las películas brasileñas más exitosas de la historia. La trama, en forma predecible, dividió a la audiencia local e internacional.

Tropa de Elite” narra la historia del Capitán Nascimiento, un miembro del BOPE que está convencido de que el narcotráfico es un negocio mantenido por el consumo burgués de estupefacientes (un consumo, según la película, realizado por estudiantes universitarios de izquierda) y que concibe como única solución posible la matanza indiscriminada de personas vinculadas con el tráfico de drogas. Observando la favela como un campo de batalla, Nascimiento entrena a dos jóvenes para que uno de ellos se convierta en su sucesor (1), debido a que, a pesar de todo, Nascimiento tiene sentimientos: está a punto de ser padre y no quiere ser una figura paternal ausente para su hijo, por lo que piensa dejar su trabajo. Los aspirantes a asesinos a sueldo son Neto (Caio Jungueira) y André (André Ramiro), dos jóvenes policías novatos que deben curtirse para que Nascimiento pueda determinar quién es el más fuerte y seleccionarlo como su heredero. Aunque Nascimiento tiene preferencia por Neto (debido a que André está empeñado en graduarse de la universidad), la historia sigue principalmente a André. Progresivamente, a través de una serie de eventos, André, un joven afrodescendiente de clase media baja, comienza a deshumanizarse y se convierte en la máquina de matar que BOPE necesita.

Desde una perspectiva cliché y anti-intelectual, “Tropa de Elite” explora la corrupción y la violencia en Brasil a través de una serie de personajes unidimensionales, diálogos poco creíbles, un narrador innecesario y cursi, y escenas de acción poco memorables. Al mismo tiempo, “Tropa de Elite” es una película catártica. Muestra a un trío de hombres, muy machos, en quienes no habita ni un poco de la corrupción que asola al país y que parecen dispuestos a todo con tal de terminar con el narcotráfico (o con la pobreza, el punto no queda claro).

Según se dice, las audiencias brasileñas aplaudieron, hace diez años atrás, en la escena en que una mujer es torturada con una bolsa de plástico por los protagonistas del film. Aún más, la leyenda cuenta que, durante la filmación de esa escena, un miembro real del BOPE asesoró a los cineastas explicando cómo se colocan las bolsas para torturar sin dejar marcas en el cuerpo de las víctimas.

La lógica de “Tropa de Elite” cierra bastante. Los universitarios son hippies desclasados, blancos, drogadictos y leen a Foucault (la parte de blancos tiene mucho de cierto en Brasil). Los militantes y miembros de las ONGs son jóvenes inútiles que hacen arreglos con narcotraficantes. El Estado es un parásito monolítico que solo está interesado en cobrar impuestos. La mayoría de los policías son corruptos, no es culpa de ellos, es “el sistema” que los engulle y corrompe. Los miembros del BOPE, que superaron un duro entrenamiento para afilar su masculinidad, son inmaculados e invencibles. Matar a todo quien sea necesario matar es la única solución para Brasil. ¿Suena familiar, no?

El pasado 28 de octubre, con el principal candidato opositor encarcelado y bajo amenazas creíbles de un golpe militar frente a un resultado desfavorable, Jair Bolsonaro se convirtió en el presidente de Brasil con el 55% de los votos frente a un académico de izquierdas que seguramente leyó a Foucault (2). Defensor de la dictadura, promotor de la violencia contra las mujeres, recientemente convertido en neoliberal (hasta hace un par de años pregonaba el “proteccionismo” pero ahora es un héroe de los “libertarios” latinoamericanos), desde su victoria han aparecido vídeos homenajeandolo en internet que hacen uso del soundtrack de “Tropa de Elite” o directamente toman escenas del film.

Aparentemente, para algunos brasileros (o para miembros de su gigantesca y millonaria campaña de desinformación a través de redes sociales) Bolsonaro es la encarnación del Capitán Nascimiento. Macho, impoluto, dispuesto a todo, bravucón pero con corazón, capaz de matar a sangre fría si es necesario, y jefe de familia indiscutido. La moda que comenzó en 2016 en Estados Unidos va logrando colarse en todo Occidente.

Pero Bolsonaro no es el Capitán Nascimiento. Bolsonaro nunca podría entrar en una favela y poner en riesgo su vida para “luchar contra narcotraficantes”. Bolsonaro no es un hombre trabajador que escaló posiciones hasta alcanzar la élite de una institución a través de un proceso meritocrático. Bolsonaro no es un hombre que está dispuesto a hacer todo con tal de lograr lo que mandan sus convicciones. Ese tipo de personas solo existen en la ficción neoconservadora que “Tropa de Elite” presenta.

En la vida real, Jair Bolsonaro es un hombre que pasó décadas cobrando un sueldo estatal mantenido a base de un discurso de odio mutante que le aseguró una base de votantes suficiente como para no perder su lugarcito en el Congreso. Bolsonaro es un hombre que construyó su fama criticando al régimen democrático en los años ochenta y que ha cambiado múltiples veces de “convicciones” de acuerdo a lo que le pidieran las encuestas. Así es como su conversión del proteccionismo al neoliberalismo extremo tiene sentido. También, de esta forma, puede entenderse como pasó de decir que golpearía a hombres gay en la calle a decir que su lucha es “contra la ideología de género en las escuelas” (o sea, contra algo inexistente, salvo que esté dispuesto a disputar contra la fantasiosa educación sexual de los colegios religiosos).

Lo único que no cambió Jair Bolsonaro, en ningún momento, es su disposición por las soluciones fáciles. ¿Tenés un hijo gay? Golpéalo (3). ¿Hay demasiados pobres? No les permitan reproducirse. ¿Las mujeres reclaman igualdad de derechos? Hay que violarlas. ¿Hay demasiadas favelas? Se debe ametrallarlas desde un helicóptero. ¿La economía no funciona? Se debe adoptar un programa proteccionista. ¿Demasiados crímenes? Que todo el mundo lleve armas. ¿La economía no funciona? Hay que retomar relaciones carnales con USA y abrirse al mundo. ¿Calentamiento global? Eso es una mentira creada por los chinos. ¿La economía no funciona? La culpa es de los comunistas.

En ese sentido, Bolsonaro y el Capitán Nascimiento, y todos quienes muestran admiración por este tipo de personajes, tienen un punto en común: el gusto por las soluciones fáciles, bobas e infantiles… No, infantiles no. Los chicos no tienen la culpa del desastre que están haciendo los adultos. Aunque seguramente cargaran con las consecuencias.

Al igual que el presidente brasileño, el mundo que presenta “Tropa de Elite” es simple y bastante estúpido. En ningún momento la película se detiene a preguntarse si existe alguna relación entre que un país posea una de las mayores tasas de homicidios en el mundo y que sea también uno de los más desiguales. En ningún momento “Tropa de Elite” puede llegar a concebir que exista algo más allá que una guerra entre un puñado de policías buenos y una manada de criminales animalizados en las favelas de Brasil (y todo esto no es una dosis de moralismo berreta salido de mi cerebro edulcorado por el progresismo, es solo una discusión contra los principios morales que el guión de la película apoya). El largometraje puede convertirse en una cinta entretenida, si se toma distancia, y se puede pasar un buen tiempo viéndola (como forma de uno de esos “Sábados de Súper Acción” que a los mayores de cincuenta les gusta reivindicar). Puede ser, después de todo, una buena película pochoclera para adultos.

Pero “Tropa de Elite” también es una de las películas latinoamericanas más relevantes del nuevo milenio. El filme es un espejo hacia el alma del votante bolsonarista y, por consecuencia, un espejo al alma del brasileño, si le seguimos el juego al discurso de Bolsonaro y lo consideramos como la encarnación del sentir popular nacional  (que a su vez excluye a buena parte de la ciudadanía brasileña, como todo buen discurso filofascista).

Al igual que el cine racista norteamericano de mediados del siglo pasado o las películas alemanas de entreguerras, “Tropa de Elite” captura el zeitgeist brasileño ignorado, disfrazado por años de un gobierno progresista que parecía modelo para el mundo. “Tropa de Elite” es el pays réel chocando contra el pays legal, este último nunca tan alejado de la realidad.

Tropa de Elite” es el huevo de la serpiente.


(1) Varias especies de aves (entre ellas, algunos tipos de pingüino si no me equivoco) tienen la costumbre de incubar dos huevos para luego dejar morir a la cría más débil. El Capitán Nascimiento parece haber tomado nota de esto.

(2) Para pesar de todos, las encuestas muestran que Bolsonaro es más popular entre los universitarios que Haddad. Los estereotipos de “Tropa de Elite” no pueden ser más errados.

(3) Otro shock: las encuestas marcan que la mayor parte de la sociedad brasileña no tiene problemas con la homosexualidad (en el caso de la población evangélica, esta tendencia se revierte). Esto soporta la teoría de que es una minoría intensa quien se preocupa y apoya la agenda anti-LGTB y anti-feminista de Bolsonaro, al mismo tiempo que muestra cómo el votante promedio da por hecho que los dichos de Bolsonaro sobre estos temas son exageraciones y posiblemente solo lo vota por frustración con el sistema político brasileño. Lo interesante es que los diarios y testimonios de Alemania durante el inicio del régimen nazi recuentan opiniones y posturas similares. Lo de que Hitler quería matar a todos los judíos era una exageración para los ilusos votantes alemanes (que, de todas formas, nunca votaron a Hitler en la masividad que se ha votado a Bolsonaro, puesto que Hitler, en contra de lo que dice el mito, no llegó al poder por “elecciones democráticas”).

 

A la hora de compilar los eventos ocurridos durante el primer mes y medio del Reich de Jair Bolsonaro me base principalmente (chequeos personales de fuentes mediante) en los twits de Bruno Bimbi, periodista argentino y militante LGTB radicado en Brasil, quién, a pesar de tener todo tipo de posicionamientos ideológicos que discutiría, es uno de los mejores relatores argentinos del día a día brasileño.  

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