“120 Battements par minute”

Pablo Américo

Staff editorial

Por Pablo Américo

El orgullo

Título Original: 120 Battements Par Minute

Título Castellano: 120 Latidos Por Segundo

Estreno: 20 de mayo del 2017 (Cannes)

Director: Robin Campillo

Guión: Robin Campillo y Philippe Mangeot

País de Origen: Francia

Clasificación: M16

Duración: 140 minutos

Hace pocos días Benito Cerati escribió en Twitter: “Cuando fui a lo de la semana del orgullo (…) advertí que habían tests gratuitos para HIV. Esto lo dije en vivo: nos estigmatiza profundamente. Pedí al gobierno de la ciudad que si va a poner tests de hiv los ponga en todos sus eventos. No el LGBT solamente(1). Un rato después, agregó: “Bueno, la verdad es que este tweet suena bastante prejuicioso. Quiero aclarar que hice foco en lo que pedí y no en que crea que está mal que se hagan tests en un evento LGBT si es sabido que los gays y trans somos los más vulnerados. Lo leo y me doy cuenta de mi forma, malísimo.(2)

La Marcha del Orgullo LGTB+ se va a hacer el 17 de noviembre en Buenos Aires pero decidí escribir una reseña temática sobre ella esta semana porque la semana próxima tenía la intención de iniciar una serie de reseñas que seguirán un hilo temático (pista: quiero pensar en Bolsonaro). Tratando de decidir qué película de temática LGTB reseñar comencé a sentirme un poco como Benito Cerati (con las cuentas del Home Banking bastante más vacías, supongo). Quería hablar de 120 Battements Par Minute pero al mismo tiempo no quería dar la impresión de que el orgullo LGTB esté anclado a la pandemia de HIV/SIDA que comenzó hace décadas.

Intentando decidir, volví a ver la película, que se estrenó el año pasado y se llevó el Grand Prix en Cannes. Protagonizada por Sean (Nahuel Pérez Biscayart, un actor argentino), 120 Battements Par Minute sigue la historia de la sede parisina de ACT UP, un grupo internacional que realiza acciones directas y performances para llamar la atención sobre la situación de los enfermos de SIDA, a principios de los años noventa. Buena parte de la película ocurre durante los mítines del grupo, en los que se discuten todo tipo de estrategias y acciones para presionar a farmacéuticas y funcionarios políticos. También, una parte de la película muestra las discusiones sobre si realizar un desfile más solemne o más “divertido” durante la Marcha del Orgullo de ese año.

Durante las discusiones, algunos proponen llevar enfermos de SIDA sacados de los hospitales, que estén en silla de ruedas y condiciones deplorables, lo cual genera la reacción de uno de los personajes que, indignado con el método de visibilización, protesta: “¿Acaso yo no estoy lo suficientemente enfermo?”. Aunque en un estado avanzado e irreversible de la enfermedad, el personaje no muestra las condiciones dramáticas de existencia que pueden llegar a shockear a alguien que lo mira por TV, alguien que espera para satisfacer su fetiche por el enfermo, su fetiche por la indignación y la “empatía”. Como canta el Indio Solari: “Se muere escuchando el noticiero(3).

Otras pequeñas perlitas que me llamaron la atención en esta segunda mirada del film y que sugiero utilizar como combustible si es que la ven: la mención a la AFLS, una agencia estatal que los militantes de ACT UP denuncian como contraproducente y criminalizante; la escena en la que los activistas irrumpen en un colegio secundario a repartir folletos sobre educación sexual, lo cual puede resultar un poco chocante considerando el actual avasallamiento de las instituciones educativas de nuestro país por parte de grupos oscurantistas (especial atención a la lógica de un diálogo: “Usa preservativos” le dice un activista a una chica, “No los necesito, no soy marica”) y, por último, una escena breve en que se discute un par de libros de psicoanálisis y ciencias sociales que contienen afirmaciones consideradas homofóbicas o estigmatizantes para los enfermos de SIDA (la idea de los militantes de señalar estos libros con stickers “que advierten de este contenido” también puede resultar chocante si se reflexiona sobre su lógica). Por suerte tampoco es “Philadelphia”, que en mi opinión peca de Oscar bait(4)(pero no deja de ser recomendable, por ser de las primeras películas mainstream norteamericanas sobre el SIDA y la homofobia), aunque podría emparentarla con la excelente “The Normal Heart”, dirigida por Ryan Murphy y protagonizada por Mark Ruffalo.

120 Battements Par Minute no es la parodia, un poco transodiante (y ante todo protagonizada por el uso del transface(5)), protagonizada por un héroe heterosexual y producida con el único objetivo de ganar Oscars que ya hemos visto con Dallas Buyers Club (que, de todas formas, no es una mala película). 120 Battements Par Minute es una película que comienza enfocándose en cuestiones políticas, en reuniones de activistas, discusiones pseudo-filosóficas y conversaciones sobre el SIDA, y que luego avanza para convertirse en una serie de historias más personales sobre amor, amistad, militancia y muerte. Es una película sensible, bien actuada, con una bella cinematografía y una edición que la salva de convertirse en un bodrio moralista. Es una película que podría escaparse de algún ensayo breve de Pedro Lemebel.

Al mismo tiempo, los debates políticos ya mencionados no son ajenos a muchos de los debates actuales en torno a la Marcha del Orgullo. Sobre la contraposición “marcha triste y solemne vs fiesta del orgullo” se discute todos los años, cuando aparece un grupo que ve la marcha como una oportunidad para llenarse de brillantina y bailar canciones de Dua Lipa y otro sector “más politizado” que quiere que la Marcha se asemeje a manifestaciones más tradicionales. Tampoco son ajenos los conflictos con los agentes gubernamentales. Este año, el gobierno de la Ciudad ha montado un enorme operativo publicitario en torno a la Marcha, llenando la ciudad de afiches que hablan de una “Semana del Orgullo” que no es más que una fetichización hegemónica hecha por un progresismo liberal cool, que ve en la Marcha algo así como un episodio de “Glee” o “Sense8(6), buscando representar una homosexualidad acorde a ciertos parámetros de estética y comportamiento afines al “País Burgués”. Esta campaña, más allá de despertar todo tipo de suspicacias por sectores del movimiento LGTB (que a su vez discuten hasta qué punto se puede politizar la marcha) ha despertado a su vez la ira de los sectores oscurantistas que denuncian que Larreta gasta dinero público en una campaña comunista de adoctrinamiento homosexual sionista. Son tiempos bellos los que vivimos.

Pero la pregunta es válida: ¿Debe la lucha de las minorías ser solemne o una eterna fiesta de la visibilización? ¿Hay un punto medio? ¿No existen acaso todo tipo de canciones y rituales “festivos” asociados a las Marchas por la Memoria cada 24 de marzo? Es verdad que buena parte de los asistentes que buscan una excusa para llenarse de brillantina y sacarse fotos para Instagram son individuos despolitizantes que solo buscan un me gusta en redes sociales y están disociados de demandas colectivas reales. Pero también es cierto que la solemnización está siempre a un paso de la victimización, del espacio de los sin parte, de los oprimidos, que se convierte en un espacio de opresión en sí, de una publicidad de la opresión, de la tristeza, de las cabezas agachadas.

No sé hasta qué punto todo esto es 120 Battements Par Minute y hasta donde son mis ganas de ensayar sobre problemas que atraviesan al colectivo LGTB y que, después de todo, no son ajenos a las discusiones que se dan al interior de muchos grupos militantes. Aunque en su mayoría, dentro de la dicotomía que Nancy Fraser ha intentado superar, los grupos LGTB se inscriben en el paradigma del “reconocimiento” (aunque la comunidad trans requiere de una cuantiosa dosis de redistribución), muchas de las problemáticas y controversias que asolan a su militancia no son tan diferentes de las que pueden ocurrir dentro de cualquier otro movimiento social más cercano a la lucha redistributiva material.

¿Saben qué? No vean esta película. No sigan relacionando a la comunidad gay únicamente con la pandemia de SIDA.

Vean cualquier película. Va a haber gente de la comunidad LGTB allí.

Porque están en todas partes. Y siempre lo estuvieron. Los quieran ver o no.

Y marchen, nunca está de más marchar.


(1) Cerati, B. 29 de octubre del 2018. Recuperado de: https://twitter.com/Vanity_Sexx/status/1056906933935005696

(2) Cerati, B. 30 de octubre del 2018. Recuperado de: https://twitter.com/Vanity_Sexx/status/1057303314944155648

(3) En la canción “El Blues del Noticiero”, incluida en el disco “En Directo”.

(4) Creo que ya hice alusión a este término en otra reseña, pero aclaró que “Oscar bait” significa “película diseñada para ser nominada a un Oscar”.

(5) Se llama transface a la práctica de utilizar actores cisgénero para desempeñar el rol de personajes transgénero. Es una derivación del término “blackface” que hace referencia a la práctica hollywoodense, aunque en verdad es una técnica teatral de larga data, de usar actores blancos para actuar como negros (generalmente pintándoles la cara, lo cual es parodiado en la película “Tropic Thunder”). Otro término relacionado es “white washing” que alude a la práctica de usar actores blancos para papeles que deberían ser representados por “personas de color” (podría pensarse que el white washing más antiguo es la absurda idea de que Jesús era blanco y de ojos celestes). En Argentina le decimos “pintar la cara con corcho para hacer de negra en el acto del 25 de mayo” porque no somos muy sensibles a estas cuestiones.

(6) Recomiendo “Sense8”, de todas formas. Gran cruza de ciencia ficción, soap opera y obamismo de las hermanas Wachowski (que ya nos dieron “Matrix” y “V for Vendetta”, por lo que deberíamos estarles eternamente agradecidos).

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