En defensa de la niñez y la familia

Pablo Américo

Staff editorial

Por Pablo Américo

En estos últimos tiempos, de incontables retrocesos, se ha comenzado a cuestionar que existe una Ley de Educación Sexual Integral (que todos sabemos, se cumple poco y nada) la cual promovería una “ideología de género” que adoctrina niños para ser gays/queer/reptiloides. Se hace uso de todo tipo de falacias y ejercicios mentales incoherentes para sostener que a través de la educación sexual se ha montado un aparato totalitario que serviría para traer al poder a una conspiración marxista o populista, dependiendo de a quién se le pregunté. Sí, el planteo es tan siglo XX que causa risa.

Pero no es gracioso. La ESI es un derecho conquistado hace más de una década y que aún aguarda por su plena implementación. La ESI es por y para los niños de nuestro país. Y frente a ella, un grupo de adultos desencantados con el rumbo del mundo (en verdad, no los culpo) buscan aferrarse a órdenes en descomposición, intentando desesperadamente darle sentido a una sociedad que ya no comprenden. No seamos sonsos, más allá del estereotipo iluminista del católico pobre e ignorante que se opone a la educación sexual, buena parte del movimiento anti-ESI está siendo impulsado, abierta o secretamente, por profesores universitarios y gente de la elite económica. Se hace uso de todo tipo de posturas ideológicas endebles para defender los cuestionamientos, apelando a veces a una demagogia nacionalista (que señala a la ESI como una política eugenésica que baja desde Washington), otras veces al más simple y puro autoritarismo (implementando un discurso nefasto sobre “minorías y mayorías”) o cayendo en una forma mutante de anarcocapitalismo libertario (que supone la oposición entre un Estado-leviatán totalitario comunista y familias desprotegidas que quieren conservar la propiedad de su progenie). En muchos casos toda esta ensalada mental es regurgitada en un pack incoherente que mezcla presupuestos filosóficos y prácticos sin lógica interna alguna. Respetados profesores universitarios hacen uso de líneas argumentales que no se siguen de la epistemología más básica, haciendo uso de ciertas categorías como si existiesen previamente a su enunciación, proceso mental que cuestionarían en cualquier otro campo de la opinión pública. Y es que, hay que decirlo, los argumentos esgrimidos por este movimiento carecen de lógica, puesto que no parten de ella. Hay una frase de la ultraderecha que fácilmente se vuelve aplicable contra ellos: a los hechos no les importan tus sentimientos. Y no, es verdad, a la misoginia y el oscurantismo sexual (que, entre otras cosas, difunde que los preservativos pueden ser penetrados por el virus VIH o que una chica que es violada no puede embarazarse) se le oponen los hechos, y justamente son los hechos los que desencadenan estas virulentas reacciones de los sectores más brutalizados de nuestra sociedad.

El pensamiento conspirativo es un síntoma de la crisis de paradigmas, es un intento desesperado por encontrarle un sentido ordenado a lo que se percibe como una ruptura incomprensible. Es normal, de algún modo, que haya tantos imbéciles diciendo estas cosas por el simple hecho de que a un adolescente se le enseñé a ponerse un preservativo (cosa que la mayoría de los ciudadanos no sabe hacer) o que se le explique a un niño que no está bueno golpear y discriminar a un compañero por no acordar con arcaicas ideas sobre los roles de género.

Voy a recurrir a una serie de ejemplos autobiográficos, siendo la autobiografía un recurso que considero cuestionable pero que se ha convertido en el mainstream argumentativo de los últimos tiempos, en una sociedad que tiende a individualizarse, y que, hay que admitirlo, resulta bastante bueno para la pedagogía. Desde mi lugar de “varón blanco cisheterosexual” (habría que cuestionar mucho lo “blanco”) puedo señalar con comodidad cómo la educación y la transmisión de valores tradicionales pudieron confundirme o no cuando era niño.

Cuando era chico mi mamá me compró una cocina de juguete. A mi papá le escandalizó la situación: la cocina me iba a hacer maricon. Todo compañerito que pisó mi casa pasó horas jugando con la cocina: era el mejor juguete en mi habitación porque ningún otro chico lo tenía. Que yo sepa, ninguno de esos chicos resultó ser mucho más que un heterosexual aburrido.

Mi hermana y yo solíamos armar “obras de teatro” que presentábamos en el living de casa. Para hacerlo, nos disfrazábamos, muchas veces nos poníamos maquillaje los dos e incluso alguna vez yo me puse su vestido de Cenicienta. Era un juego, a nadie le produce “confusión” un juego.

¿Saben qué me causó confusión? Me causó confusión, y miedo, cuando algunos de mis compañeros decidían que, por ejemplo, podrían pegarme diciéndome mariquita porque no me gustaba jugar al fútbol y en cambio prefería leer o dibujar. Me asustaba y preguntaba muchas cosas horribles cuando mis compañeros decidían aislarme, dejarme papelitos con insultos y amenazas o bajarme los pantalones en un baño después de un partido de rugby por motivos que al día de hoy no logro entender (acción que fue realizada por niños que, al día de hoy, son muy heterosexuales).

Eso es confusión: dos chicos pre-adolescentes que esperan a un compañero en un baño, para agarrarlo del cuello y bajarle los pantalones (en un acto premeditado) porque “quieren ver cómo tiene la pija un maricon tragalibros”. No estoy tratando de crear ninguna narrativa de abuso sino ilustrar un típico y tristemente común caso de bullying que leyes como la ESI intentan combatir con su correcta aplicación. No soy ninguna víctima: quienes me hacían bullying diariamente eran víctimas. Yo era quien quería ser, ellos eran víctimas destinadas a crecer en forma de victimarios. Conozco otros chicos con historias similares, que no son más que la evolución de la filosofía impulsada por las “charlas de locker room” que promueven ídolos de la derecha como Donald Trump. Y, para quienes lo interpreten como un evento del que es culpable la “degradación social”, salgan a leer porque la literatura de toda época está llena de historias de acoso escolar similares (mi favorito es un siniestro episodio, quizás autobiográfico, de la novela “Las Partículas Elementales” de Michel Houellebecq).

La confusión la causó un orden que se escandaliza porque un chico diga que le gusta el color rosa o que prefiere no jugar un partido de fútbol, y al mismo tiempo bombardea desde el momento cero a esos mismos chicos con el mandato de ser una poderosa máquina sexual de masculinidad insaciable. La confusión la causó, también, un sistema educativo en el que no se contemplaba ningún tipo de contención al chico y en vez de eso se prefería la reproducción acrítica de aquello que se consideraba una cultura tradicional que mantenía el orden, aunque en verdad sólo aseguraba una fácil categorización de una realidad que hace oídos sordos frente a nuestros vanos intentos de clasificarla.

Voy a volver a la autobiografía parcial: en mi colegio muchos profesores nos enseñaban que ser gay era el peor pecado posible, algo anti-natural y propio de animales (la cuestión de cómo se construye una naturalidad teleológica es otro problema con el pensamiento de estos especímenes retrógrados, que merece un texto aparte). Conozco toneladas de egresados gays, lesbianas y bisexuales de aquel rancio colegio católico. Claramente, a pesar de la ideología de género cristiana que se les impuso a los alumnos desde la escuela y la casa, los niños devinieron en adolescentes, y luego en adultos, siendo plenamente conscientes de su sexualidad.  

Los chicos no son los confundidos, ni siquiera esos que recurren a la violencia y al bullying contra sus compañeros que no concuerdan con una serie de normas de mierda (perdón por el lenguaje pero no hay otra forma de decirlo) que les inculcaron en casa y les legitimaron desde las instituciones estatales, dentro de las cuales se inscribe la escuela (sea de gestión pública o privada).


Ese es el problema: la casa, los padres, los maestros incomprensivos, las instituciones inflexibles y desfasadas. Los maestros desorientados, los maestros que no han recibido la capacitación y la instrucción necesaria para saber cómo actuar frente a un chica que, por ejemplo, no quiere ir al “rincón de cocina” o un chico que no quiere participar de juegos competitivos, o que llega a una clase en el secundario con las uñas pintadas. O, peor aún, una persona a la que han decidido denominar como chico pero que se autopercibe como chica o como alguien infinitamente más complejo y único.

¿Saben cuál es el problema que tenemos? La falta de compasión por el otro. Y no hablo de tolerancia, la tolerancia es fácil y a veces dañina. Y no hablo tampoco de esa palabra tan de moda, “empatía”, a la que relegaría al triste mundo de Blade Runner. Lo que cuesta trabajo es la compasión. No la compasión del señor que sube las ventanillas del auto polarizado para no ver a un chico mendigando sino la compasión cristiana, la compasión por el leproso, la compasión por el marginado injustamente, la compasión por el incomprendido, la compasión por el patologizado, la compasión por ese que es un prójimo y un hermano, la compasión a priori por el otro que es bellamente desigual en su igualdad a mi. La aceptación del otro es el problema, pero no la aceptación cómoda, desde lejos, esa que es una aceptación de la fetichización hegemónica del otro, sino la aceptación y el contacto con el otro que está frente a mi, y que suele estar más cerca de lo que imagino. Con el otro que me incomoda, con el otro que me desencaja de todas esas seguridades vacías a las que lucho por aferrarme

El problema es la pregunta. La pregunta de esa chica que se cuestiona por qué la mandan a lavar a ella mientras sus hermanos juegan al FIFA en la Play. La pregunta de ese chico al que le gustó una mochila rosa y no siente ni una sola duda sobre su sexualidad. La inquisición de ese grupo de preadolescentes que quiere saber cómo se hace un bebé. Las dudas de ese adolescente cuya única y confusa educación sexual a sido ver vídeos pornográficos en su celular. El miedo de esa adolescente cuando no se anima a contar que fue acosada por un hombre. La incomprensión de ese chico al que, mientras lo incitaban a coger a toda costa y a competir todos los días con sus pares, nadie le explicó que no es no y que siempre hay que esperar a escuchar un sí.

La ley de Educación Integral, además de ser una política de salud pública indispensable en cualquier Estado moderno (a no ser que nos queramos reducir a una gran masa de transmisores de enfermedades sexuales), es una herramienta para la construcción de una sociedad más compasiva, solidaria y que se acepta a sí misma. La diversidad existe, la veamos o no, y la invocación a mayorías es solo una construcción lingüística a veces saludable. La Educación Sexual Integral forma parte de la política de una sociedad responsable, que enfrenta la realidad con madurez y respeto por el prójimo. La Educación Sexual Integral es la única barrera que tenemos para proteger a nuestros niños de la incomprensión, de la alienación y del abuso. La Educación Sexual Integral es, también, y aunque creo que debemos revisar muchísimo el uso que le estamos dando a esta palabra, la mejor herramienta para que nuestros adolescentes comprendan y actúen responsablemente frente a su deseo.

¿Saben quiénes destruyen familias? Los que promueven la misoginia, la homofobia, la transfobia, la cultura del “algo habrán hecho”, los que prefieren el secreto, la represión, los que fantasean con una normatividad imaginaria, con la negación de la diversidad, las diferencias y la disidencia. Destruyen familias esos padres que se jactan de que “echarían a sus hijos de la casa si son gays” (o les sacarían lo gay a golpes, actitud que está cotizando muy bien en tierras cariocas), esos padres que no saben cómo reaccionar ante un pañuelo verde, esas madres preocupadas por criar niñas-incubadora, esos abuelos o tíos que llevan niños a “hacerse hombres” (y no necesariamente estoy hablando de actividades sexuales) o esos maestros que le dicen maricones a sus propios alumnos. Esas personas son una amenaza real para nuestros chicos y nuestras familias. Y son, como todo grupo que niega la libre expresión y la soberanía de nuestros ciudadanos sobre sí mismos, grupos que promueven verdaderas ideologías foráneas (ya sea que bajen de Roma o una oficina en Washington), grupos verdaderamente anti-argentinos y, por sobre todo, anti-niños.

Muchachos (diría muchaches, pero infiero que en su mayoría mi crítica se dirige a muchachos): estamos a la sombra de un monstruo que ha despertado en Brasil. No es momento de irresponsabilidad ni de excusas. Cualquier planteo contra las minorías, contra las disidencias, contra la diversidad palpitante que constituye nuestro país, es un planteo que, por más disfrazado que se presente, implica estar incubando abiertamente el huevo de la serpiente.

Asombra que los caballeros del cristianismo y la buena moral resulten ser tan fácilmente una patota de defensores de mayorías inexistentes siendo que, más bien, son defensores de minorías poderosas que se aferran a un orden que se cae a pedazos.

Bah, en realidad no asombra.

Y, aunque no podría nunca llamarme a mi mismo un “feminista”, les digo: ¡se va a caer!

Qué los únicos privilegiados sean, en verdad, los niños.

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