I, Daniel Blake

Pablo Américo

Staff editorial

El Espíritu Del 45

Título Original: I, Daniel Blake

Título Castellano: Yo, Daniel Blake

Estreno: 13 de mayo de 2016 (Cannes)

Director: Ken Loach

Guión: Paul Laverty

País de Origen: UK, Francia, Bélgica

Clasificación: M13

Duración: 100 minutos

La mejor manera de entender “I, Daniel Blake”, la reciente obra maestra de Ken Loach sobre el sistema de servicios sociales inglés, es mirar el documental que previamente filmó su director: “The Spirit of ‘45”. En ese film, el prolífico director socialista muestra el impacto social de las políticas de bienestar implementadas por el gobierno de Clement Attlee, el primer gobierno laborista con fuerza política (luego de dos breves mandatos muy inestables a fines de los años treinta). A través de entrevistas e imágenes de archivo, el documental reconstruye la puesta en marcha del sistema de salud inglés, aquel que supo ser la envidia del mundo, así como la nacionalización del Banco de Inglaterra, ferrocarriles, gas, electricidad, y sectores de la industria minera y siderúrgica(1).

Entre la etapa de aparente esplendor que describe “The Spirit of ‘45” y el presente distópico que dibuja “I, Daniel Blake” existe un capítulo perdido: el desmantelamiento del Estado de Bienestar en los años ochenta, bajo el gobierno de Margaret Thatcher, y la posterior ratificación de este rumbo por parte de Tony Blair y su New Labour. Ambas películas, Daniel Blake y el Espíritu del 45, sólo pueden entenderse, además, si se toma en cuenta la cercanía de Ken Loach con el actual líder del partido Laborista Inglés, James Corbyn, polémico por sus propuestas políticas, su reconocimiento público a la figura de Karl Marx y, recientemente, por las acusaciones de anti-semitismo que recaen sobre él y sus allegados.

Habiendo establecido este necesario contexto, puedo empezar a hablar concretamente sobre la película que quería recomendar esta semana: Yo, Daniel Blake.

Ambientada en la ciudad de Newcastle, en el noroeste de Inglaterra, la película narra el día a día de Daniel Blake (Dave Johns), un hombre de sesenta años que sufrió un infarto mientras trabajaba, quedando, por órdenes médicas, imposibilitado para continuar con su profesión. Esta situación lo obliga a adentrarse en el sistema de servicios sociales inglés, el cual ha sido definido por Ken Loach como un entramado kafkiano, que está diseñado para “frustrar y humillar” a quienes se internen en él para hacerlos “salir del sistema” y dejar de perseguir “su derecho a pedir ayuda si la necesitan”. Para todo quien haya intentado tramitar una jubilación o un plan social en nuestro país, esta realidad no debe ser para nada ajena(2).

Blake intenta aplicar a una ESA (una pensión por invalidez creada por el gobierno del New Labour a fines de los noventa) pero las pruebas físicas, realizadas sin consultar con su médico de cabecera, lo califican como un sujeto capaz de trabajar. Blake intenta apelar la decisión de la oficina estatal, pero el proceso se torna muy dificultoso, kafkiano podría decirse, en gran parte debido a que requiere llenar formularios online y Blake es un analfabeto digital. Paralelamente, Daniel se hace amigo de una joven madre soltera, Katie Morgan (Hayley Squires), que fue sancionada por no cumplir con los requisitos de la ayuda económica que recibe del Departamento de Trabajos y Pensiones (Katie, en cuestión, llegó tarde a una entrevista laboral a la que estaba obligada a ir, por estar ocupándose de su familia). Los dos personajes se embarcan en un recorrido angustioso, y cercano a nuestra realidad, a través de oficinas repletas de burócratas, bancos de comida, moteles y cortes de Justicia. Todo esto para que el guionista pueda hacer camino hacia la ya icónica escena en la que el protagonista declara: “Yo, Daniel Blake demando mi fecha de apelación antes de morir de hambre”. Desde nuestra realidad, ¿quién puede pensar como alienígena esta situación? Nuestros abuelos se mueren haciendo colas de trámites. Y nuestros jóvenes también.

La película, por supuesto, generó fuertes reacciones de parte del establishment político inglés y al día de hoy (más de dos años después de su estreno en Cannes) sigue siendo proyectada en pseudo-mítines políticos en los que Loach y compañía suelen hacer fuertes declaraciones(3). Desde sectores conservadores se ha argumentado que el largometraje es fantasioso y que estigmatiza a los integrantes de Jobcentre Plus, el organismo estatal que se encarga de las pensiones a trabajadores. A esto, Loach ha respondido que no culpa a los empleados estatales (alejándose del lugar común y bastante estúpido de la empleada pública de Gasalla o el personaje terrorista de Darín en “Relatos Salvajes”). Corbyn, por su parte, acudió a la avant premiere de la película y, durante una sesión en el Parlamento, le recomendó a la primer ministro conservadora Theresa May que viese la película. Un dato curioso: el diseñador de los vestidos que usa la poco popular Theresa May se llama Daniel Blake(4). Bastante irónico.

El mundo que muestra “I, Daniel Blake” es el mundo del futuro. Todos, en algún momento, estamos esperando a ser Daniel Blake. En un país que disputa el primer puesto del ranking de “redundancia de empleo” del Banco Mundial, es decir, el ranking de países con mayor cantidad de empleos reemplazables por robots en el mediano plazo. El “fin del trabajo”, la renta universal básica, la sociedad sostenida a base de planes sociales: nada de esto puede sernos ajenos. Tampoco puede serlo el entramado incomprensible en que Daniel Blake se adentra tratando de asegurarse una miserable pensión por invalidez. Y tampoco, en verdad, nos puede ser ajeno ese infarto que, hacia el final de la película, se cobra la vida del protagonista(5).

Como escribió recientemente Alejandro Galliano(6): “La mesa está servida para el clásico debate entre apocalípticos e integrados, entre luditas golosos de su propio pesimismo y evangelistas de la pastoral tecnócrata(7). Y si no queremos creer en esto, solo tenemos que observar el patético espectáculo de los taxistas que atacan a conductores de Uber, haciendo una de las mejores bandas tributo al ludismo del siglo XIX que se haya visto. El agujero negro en el que se inmerge(8) Daniel Blake puede convertirse mañana en el lugar común de muchos jóvenes que hoy estudian, entusiasmados, carreras de programación o ingeniería, convencidos de que tienen una trayectoria laboral exitosa asegurada. Dentro de poco, no habrá más que un reducido uno por ciento viviendo en el Olimpo, o en Elysium(9), mientras que el resto de nosotros quedará atrapado en algo parecido a Jakku, el mundo chatarra que habita la protagonista de las últimas películas de Star Wars. Y eso si tenemos suerte, Jakku era bastante bonito en comparación al mundo que podemos estar construyendo.  

Quizás estoy tornándome demasiado siniestro por culpa de los desarrollos políticos recientes (y con recientes me refiero a los últimos siglos, o quizás al último millón de años de este sádico cuento al que llamamos Humanidad) pero quería remarcar cómo el pequeño caso en el que queda atrapado Daniel Blake, es decir, la lucha por una pensión por invalidez, se convierte, si tiramos un poco del hilo, en la punta del iceberg de una gran bola de nieve que desciende por la montaña de la sociedad post-industrial en la que estamos atrapados.

Por otro lado, es posible que solo esté siendo demasiado exagerado. Los pronósticos apocalípticos han sido una parte constante de la Humanidad desde que existen registros históricos y, sin embargo, acá estamos. Creer que “todo está peor que nunca” es una forma de darle sentido a la experiencia histórica intrascendente que se está viviendo. Tal vez, en vez de ver “I, Daniel Blake” tendría que recomendarles “The Meaning of Life” de Monty Python. Es probable que el verdadero problema esté pasando por ahí. Siempre está pasando por ahí.

Como final de esta breve reseña voy a hacer referencia obligada a la letra de “Know Your Rights” de The Clash, escrita a principios de los años ochenta. En ella, durante cuatro vertiginosos minutos, Joe Strummer enumera con su destrozada voz los tres derechos fundamentales que eran garantizados en la sociedad tatcheriana de aquel entonces (y en la sociedad actual, obviamente también). El segundo es la clave: “El derecho a dinero para comida, de acuerdo a que, obviamente, no te moleste una pequeña investigación, humillación, y, si cruzas los dedos, rehabilitación(10).

O, para acercarnos a la escena local, es un poco como dicen Los Espíritus: “La rueda que mueve al mundo va a girar y girar. Dinero, sangre, humo, eso la hace girar. La rueda alimenta a unos pocos, para nosotros no hay más que palizas o entretenimiento, para poder aguantar”.

Y así hacer a la rueda girar y girar y girar…


(1) Pensando las fechas en que estamos, tendría que haber reseñado “Sinfonía del sentimiento” pero en vez de eso preferí adoctrinarlos con un mensaje menos obvio.

(2) Desde lo personal, una vez termine revoleando un lapicero y una pila de papeles frente a una señora de ANSES que me estaba mintiendo a la cara, en un momento Ingeniero Bombita por el que no me siento muy orgulloso.

(3) Y, recientemente, defensas y disculpas por las acusaciones de “antisemitismo”. Les recomiendo averiguar sobre este escándalo que sacude al partido Laborista, es particularmente interesante y extraño.

(4) Otra pequeña anécdota divertida del cotillón de la política inglesa ocurrió cuando Corbyn instó al Secretario de Trabajo y Pensiones Damian Green que viese la película, a lo que este contestó diciendo que era una “película injusta” para poco después admitir que no la había visto. Un pequeño desliz que empalidece al lado de Carlos Menem diciendo que había leído la última novela de Borges.

(5) Sí, spoiler del final, pero bueno, era imposible escribir esto sin hablar de eso.

(6) Más conocido por su seudónimo “Bruno Bauer” con el que firma en las redes y en sus historietas e ilustraciones.

(7) Extraído de “Apocalipsis Work: Entre Hombres, Robots y Destructores”. Publicado en Nueva Revista Socialista Nro 3 (Octubre del 2017). Ver en: https://nuevarevistasocialista.com/portfolio/apocalipsis-work-entre-hombres-robots-y-destructores/#

(8) Escribir este verbo me llevó a investigar y descubrir que la expresión “inmergir” no existe en el diccionario de la RAE aunque está aceptada en su uso como derivación del verbo latino inmergere. Punto para los militantes del todes, la RAE apesta.

(9) Para los que no hayan visto la película de Neill Blomkamp (“Elysium”), es un deprimente vistazo al futuro acompañado por una historia poco original. Totalmente recomendable.

(10) Toda la discografía de The Clash es una oda al Estado policial post-laboral bajo el que vivimos. Observando a Thatcher, Joe Strummer y Mick Jones lo vieron todo.

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