“El ángel”

Pablo Américo

Staff editorial

Por Pablo Américo

Título Original: El Ángel

Estreno: 9 de agosto de
2018 (Argentina)

Director: Luis Ortega

Guión: Sergio Olguín,
Luis Ortega y Rodolfo Palacios

País de Origen: Argentina

Clasificación: M16

Duración: 118 minutos

Etnografía de un público de cine

Mucho más que una reseña, esta semana quería escribir un relato, que trataré de hacer breve. “El Ángel”, por supuesto, es una muy buena película y una rica fuente para todo tipo de discusiones y debates (que con googlear un poco seguramente podrán ubicar). Sin embargo, yo quiero centrarme en la reacción del público frente a la película. Y, en específico, la reacción del público del que formé parte cuando fui a verla hace algunas semanas. Para eso voy a jugar un poco a ser un tosco Malinowski pseudo-literario(1), un observador-participante con cierto complejo de superioridad, que hace acotaciones sobre el comportamiento de un grupo de primates homínidos en una ceremonia tribal bastante curiosa: la sala de cine.

Fui a ver “El Ángel” en un conocido cine de Palermo, durante un domingo de fin de semana largo. El cine estaba lleno y poblado por especímenes diversos. Había gente mayor, algunos en pareja y otros solitarios, de los cuales yo siempre asumo, por un prejuicio vil, que están en la sala de cine porque un comentarista radial recomendó la película. Tiendo a pensar que la gente mayor de sesenta vive buena parte de su vida en base a mandatos morales y recomendaciones de comentaristas radiales. No necesariamente considero que eso sea algo negativo.

También había parejas, como siempre, y es posible que quizás hubiese parejas de parejas. Las parejas se dividían entre esas que se otorgan exageradas demostraciones de afecto, los más discretos que conversan y ríen tímidamente mientras esperan la película (otra vez, mis prejuicios, que como tosco etnógrafo debo aclarar, me dicen que estas son las parejas más “reales”) y, por otro lado, los que se prestan poca atención y se dedican a observar las pantallas de sus propios celulares y, quizás, de tanto en tanto, observan la pantalla del otro para asegurarse de que todo continúe encarrilado en ese mundo que llamamos monogamia (¿Qué harían esas parejas cuando no había celulares?).

Estaban los grupos de amigos. Grupos de amigos hombres, ruidosos, que se pisoteaban entre sí para mostrar quién sabía más de la película o para hacer comentarios sobre cada mujer que aparecía en los trailers y propagandas. Peor aún, los grupos mixtos, donde siempre hay un hombre que sabe absolutamente todo sobre la nueva película secuela precuela spinoff de Marvel y necesita contárselo a una de las chicas del grupo que, cómodamente, hace el papel de ignorante sobre el tema. Grupos de amigas mujeres, con sus comportamientos específicos, no pude observar, a excepción del subgrupo que voy a describir en el siguiente párrafo y que no creo que sea representativo de la mayoría de los grupos de mujeres que concurren al cine (que creo están más cerca de una versión similar al grupo de varones o, en el caso más tradicionalista, una versión mucho más silenciosa y menos demostrativa).

Procedo a conceptualizar el subgrupo: había también algún que otro grupo o pareja de amigas, que es probable que sea el más condenado socialmente, que habían venido a ver la película encantadas por las imágenes de Toto Ferro y el Chino Darín. Versión evolucionada, tendiente a emanciparse públicamente, de esas chicas que iban a gritar por Robert Pattinson en las funciones de “Twilight”, este subgrupo tiende a ser detestado por sus chillidos agudos y comentarios fuera de lugar, aunque me atrevo a sugerir que en verdad son odiadas por algo más profundo: ser mujeres expresando deseo sexual. Me preguntó si existe una imagen similar, más allá del romantizado pajero, para los hombres.

Retomando mis teorías sobre los motivos que arrastraron a tal conglomeración de homínidos hasta una caverna oscura se me ocurre considerar, también, la influencia de las redes sociales y la publicidad gratuita hecha por sus usuarios. Supongo que habrá algo de interés generado por el soundtrack de la película (plagado de rock nacional setentoso) que actúa como imán de un público joven y cool, tendiente a interesarse por el homoeroticismo o la estética, y que puede coincidir tranquilamente con las chicas que vienen a “tirarle un short” a Toto Ferro.

No voy a tocar el argumento de la película para continuar mi relato, ya que es demasiado reciente y demasiado innecesario hablar de lo que creo todos conocemos (es decir, la película adapta con mucha libertad la historia de un asesino social de clase media durante los años setenta en Argentina), solamente voy a hacer observaciones en torno a cómo el público, en general y en sus momentos de descomposición, reaccionaba frente a la homoeroticidad que la película explota durante buena parte de su duración.

Es curioso porque, en buena parte, el público que aceptó ver la película muy posiblemente conociese este contenido homoerótico o, en su defecto, fuese tolerante frente al mismo. A pesar de eso, el señor que estaba al lado mío (un hombre de unos cuarenta años avanzados acompañado por su pareja) se tuvo que tapar los ojos en dos momentos: cuando un personaje se realizó una inyección (se ve que le causó impresión al espectador) y cuando se mostró una escena de sexo oral homosexual (¿se ve que le causó impresión al espectador?). También fue común que, a lo largo de la película, este mismo señor se riera, tensamente, ante las escenas que mostraban tensión sexual entre Ferro y Darín, a pesar de que muchas de esas escenas no tenían un objetivo cómico. Solo se tornaban cómicas como forma de escape, como una forma de aliviar la tensión producida en el sujeto mismo (el señor con miedo a las agujas) frente a eso que aparentemente le causaba algún tipo de escozor (¿o miedo?). De todas formas, bastante pintoresco un señor con fobia a las agujas y los falos. Hay una tendencia que si supiese algo de psicología tendría que poder apreciar.

En general, era el público de mayor edad y los grupos de hombres los que tendían a reír en estas escenas que no estaban hechas para la risa. El largometraje resignificaba momentos como comedia solo para salvar de su incomodidad, posiblemente no asumida, a un público que, es probable, tapa con fórmulas marketineras de progresismo la incomprensión o inseguridad que produce ese encuentro con el otro (o el yo negado, en muchos casos, me atrevería a arriesgarme) que implica el deseo erótico homosexual. Porque, está claro, los psicópatas que protagonizan El Ángel están más cerca de algún tipo de atracción sexual bastante primitiva que de un amor enfermizo de naturaleza más sentimental como el que tienen los protagonistas de la (real) historia de “In Cold Blood” de Capote (aunque quizás estos dos estados no sean tan distintos).

Los grupos de mujeres jóvenes, esos que el prejuicio asume que han venido por Toto Ferro o influencia de propaganda encubierta en las redes sociales, esos que hablan en un tono de voz capaz de hacer implosionar una copa de vidrio, eran, según mis acotadas observaciones, los únicos que no reían en los momentos en que no debía reírse, sabiendo diferenciar las escenas donde el homoeroticismo se tornaba grotesco y evidenciaba la psicopatía de sus personajes, de los momentos en que solo se trataba de eroticismo liso y llano. Las mujeres jóvenes, como nos tienen acostumbrados estos tiempos, eran las que mejor entendían todo. En defensa del resto (y de mi mismo, que también creo haber reído cuando no) la comedia es tal porque se resignifica. Quizás sea gracioso que dos hombres quieran besarse los miembros.

Creo que a estas alturas describí una imagen bastante completa de un público de cine que estuvo en la misma sala que yo (y del que forme parte) cuando fui a ver El Ángel. Desconozco a otros públicos más allá del que vi, así como tampoco tengo idea de cómo funciona la dinámica en otros países, en otros horarios, en otras provincias, y un sinfín de variables más.

Por eso hablo de “un público” y no “del público”. Uno tiende, de todas formas, a pensar lo propio como un todo, y a tratar de diagnosticar causas y efectos generales en base a experiencias muy acotadas.

Pero, como ya advertí al principio, yo solo tenía ganas de escribir un relato.


(1) Obviamente, decirle etnografía a esto es un chiste pretencioso

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