El cine neoconservador

Pablo Américo

Staff editorial 

Por Pablo Américo

Whiplash y La La Land

Auto-sacrificio para lograr el progreso individual a través de la consagración material y el reconocimiento público, todo mientras se deja de lado cualquier tipo de vínculo emocional. ¿Suena de algún lado? Es básicamente la trama de las dos películas más exitosas de Damien Chazelle(1). Ambas películas fueron grandes éxitos de taquilla: los escasos tres millones de dólares de “Whiplash” se transformaron en cincuenta millones, mientras  que “La La Land” recaudo catorce veces su presupuesto. Ambas, también concentraron la atención de la Academia y la crítica norteamericana y mundial. La cinematografía de ambas pobló las redes sociales, apareciendo todo tipo de apreciaciones a la estética, el vestuario, la paleta de colores y la iluminación.

Ambas tienen en común una visión del éxito basada en el reconocimiento y el triunfo basado en dejar de lado los afectos personales. No es un proceso de hubris o de descenso en la locura el que atraviesan los personajes de Chazelle. Es un proceso de mérito, de sacrificio, para conseguir el beneficio de la fama y la consagración en el aplauso (o el like de Facebook, si queremos verlo desde otro lado).

Otra cosa es común a ambos filmes pero aparece de dos formas que parecen disimular la temática común. En Whiplash, Andrew Neiman (Miles Teller), el baterista que aspira a formar parte de la banda de Terence Fletcher (un impecable J. K. Simmons), se preocupa obsesivamente por ejecutar a la perfección la pieza “Whiplash” de Hank Levy. Fletcher abusa de él físicamente y lo obliga a competir contra otro baterista para ganarse su puesto en la orquesta. Andrew deja cualquier aspecto individual de su persona, abandona a su familia y a su novia, pone en peligro su integridad física, y dedica sus días a memorizar y tocar “Whiplash”. No hay espacio para la creatividad, la expresión o el pensamiento crítico. Solo para ejecutar la pieza que ya fue compuesta hace décadas. No hay arte, hay competencia y destreza física. Incluso, hasta cierta animalidad.

Y entonces llega “La La Land”, con sus récords de nominaciones al Oscar, y nos presenta a Sebastian Wilder (Ryan Gosling), un pianista jazzero que está frustrado por el hecho de que a la mayor parte de la gente le gustan géneros musicales que no son el jazz. Campeón del mansplaining y posible militante del Tea Party, Wilder comparte con Mia Dolan (Emma Stone), una aspirante a actriz, la estética y el gusto chabacano por los años cincuenta, la belle époque de los norteamericanos. En esta fetichización de la estética vintage pareciera que lo único envidiable de los años cincuenta es la idea de un mundo mucho menos complejo, de malos y buenos, música jazz, gente blanca y heterosexual, con la presencia nunca reconocida de un welfare state que hacía todo lo posible por mantener la maquinita capitalista funcionando a base de pleno empleo. Eso sí, esa parte no se reconoce. La cosa andaba bien porque la gente trabajaba, se esforzaba y se sangraba las manos tocando la batería.

Todo estaba bien en los cincuenta. Todo está bien con la música que ya fue hecha. ¿Para qué crear? ¿Para qué cuestionar? Lo único que se necesita es esfuerzo, perseverancia y abandonar esos incómodos vínculos afectivos que atan al protagonista a la mediocridad del no reconocimiento masivo. Hay que decir, de todas formas, que Sebastian en “La La Land” tiene la voluntad de crear, siempre y cuando esto implique moverse en las convenciones de un género devenido en elitista y sin ánimo a ningún tipo de experimentación (durante todo un segmento de la película Sebastian rechaza con asco el jazz fusión). También, no hay que ocultarlo, Mia encuentra la voluntad de crear por sugerencia de Seabstian (Mia, como todas las mujeres de Chazelle, es un personaje incapaz de poseer una agenda propia), e intenta escribir un unipersonal que resulta poco exitoso (aunque atrae la atención de un director de casting que habla con Sebastian, quien a su vez convence a Mia de que tiene que ir al casting e iniciar una carrera como actriz profesional porque, una vez más, Mia carece de la capacidad de agenda y éxito individual basado en la no-innovación que poseen los masculinos de Chazelle).

Todo parece un poco salido de una novela pobremente escrita de Ayn Rand, aunque hay que reconocer que Rand, Virgen María de los neoconservadores, tenía lugar para la innovación (basada en la competencia capitalista) en sus historias poco inspiradas sobre individuos oprimidos por el altruismo colectivista que deleitan a más de un jefe de Estado. Por eso decidí usar la expresión “neoconservador” antes que “neoliberal”(2): el acento, en mi opinión, de la filmografía de Chazelle está puesto en la deificación de un pasado imaginario. En este caso, el pasado jazzero y excesivamente estético de los Estados Unidos de posguerra, especialmente en su variante Costa del Pacífico, en aquellas ciudades que poco tiempo antes habían sido cuna de los campos de concentración para japoneses-americanos y que pronto serían tierra de cultivo de revueltas y rebeliones de afroamericanos que buscaban obtener derechos civiles básicos.

Llámenlo sociedad líquida, post-modernidad o como quieran: la forma en que los personajes de Chazelle persiguen el éxito y abandonan a sus seres queridos, como si fueran individuos de plastilina extraídos de un modelo de rational choice diseñado por algún cientista social trastornado de la Escuela de Chicago, son simplemente espeluznantes. Y el hecho de que, en el caso de “Whiplash”, lo veamos como una fabulosa metáfora de auto-superación y, en el caso de “La La Land”, como una bella y romántica historia sobre las idas y venidas de la vida, es todo un diagnóstico de época. Y cuando esta lógica neoliberal de la meritocracia individual es unida a una concepción nostálgica, a una suerte de Make America Great Again, a esa obsesión por el consumo de productos retrovintageremake, los films de Chazelle se convierten en la puerta de entrada al cine neoconservador.

Y si en Chazelle encontramos al Jesús de esta tendencia, tenemos al Dios Padre Clint Eastwood y al Espíritu Santo Mel Gibson como exponentes ya anclados al ecosistema hollywoodense hace años. Pensemos la obra reciente de Eastwood: un hombre viejo con nietos vividores que (luego de defender su propiedad con un rifle) se convierte en el salvador de un grupo de inmigrantes poco productivos (“Gran Torino”), la historia de la gesta racial y socioeconómica de un país colonizado resumida en un partido de rugby y un par de discursos heroicos (“Invictus”) y la historia de un francotirador patriota que asesinó montones de civiles y soldados en una tierra bárbara y vuelve a casa para no ser recibido correctamente por una burocracia que lo explotó y utilizó como carne de cañón (“American Sniper”). Eastwood está mucho más del lado “conservador” que del lado “liberal” de este campo, y es ciertamente un director de dotes innegables, que permite muchas más sutilezas y re-lecturas en sus presentaciones. Pero, al final del día, prima la nostalgia por una era perdida, condimentada con patriotismo (mucho más evidente que el nacionalismo blanco difuso de Chazelle), machos duros y cierta idea del individuo aplastado o abusado por las instituciones tecnocráticas.

Y por el otro lado esta Mel, el Clint Eastwood del hombre aburrido.  En su obra como director tenemos exponentes claros: la historia de un macho escocés que, a base de sangre y semen, libera a su gente de la opresión de un monarca homosexual (“Braveheart”), las agónicas horas finales de un joven que se sacrifica por la Humanidad enfrentando a una maligna corporación de intelectuales judíos (“The Passion of the Christ”), la historia de un joven que escapa de los sacrificios impuestos por una burocracia estatal corrupta y hedonista (“Apocalypto”) y la épica aventura de un cristiano tradicionalista que salva soldados norteamericanos heridos de las garras de japoneses deshumanizados (“Hacksaw Bridge”). Una vez más, hay que reconocer, en las historias de Mel Gibson hay un lugar central para los vínculos afectivos, la amistad, el amor, el altruismo y la desigualdad socioeconómica. Todo eso acompañado por la nostalgia del pasado y la reivindicación de los valores de la gente bien.

La operación de Chazelle es dejar de lado todos esos valores (altruismo, amistad, amor, entrega por el otro), diluir un poco la figura del macho musculoso (reemplazándola por el intelectualoide y más amigable, pero mucho más irritante, macho jazzero) y adosando todo esto con una estética colorida extraída de ese mundo cincuentoso que tanto le gusta a Hollywood, y a los norteamericanos, recordar como una Edad Dorada. Con esta pequeña variación de las temáticas Chazelle consigue la concreción del cine neoconservador: el triunfo de una épica híper-individualista, efímera temporalmente y al mismo tiempo sujeta a un moralismo estético conservador, despojada de cualquier tipo de vínculos o responsabilidades afectivas, profundamente enraizada en la nostalgia tradicionalista pero desentendida de cualquier tipo de tradición comunitaria. Chazelle convierte a la moral trumpista en un producto perfectamente consumible por las masas progresistas y modernas, que no aceptarían la misma fábula con un empaquetamiento menos glamoroso.

La aceptación casi muda de los valores y las tramas de Chazelle(3) es el triunfo del sentido común de la Escuela Austriaca batido en licuado con ciertos valores de republicano americano con diploma de alguna universidad de la Ivy League. Chazelle logra que lo perverso se vuelva hermoso, envolviendo a personajes sociopáticos y narcisistas con bellos colores y música de ascensor. No está claro hasta qué punto lo que hace es una operación consciente, de crítica al establishment hollywoodense, o una celebración de esta nueva moral del tercer milenio.

Lo que sí es cierto es que el cine, esa maquinaria inagotable que tiene la capacidad de ilustrar mundanamente los pensamientos y sentimientos más profundos que guarda el humano, tiene todo tipo de productos para contrastar con la producción de Chazelle.

Me quedo con algunos: a la par de “Whiplash” vean la excelente serie “Mozart in the Jungle” (sobre un director de orquesta mexicano, Gael García Bernal, que trata de lograr armonía en la orquesta sinfónica de New York, en medio de recortes de presupuesto y todo tipo de conflictos) y a la par de “La La Land” reflexionen con “Sing Street” (un musical irlandés, culpable de nostalgia retro, sobre un grupo de chicos de una escuela católica que intentan conformar una banda de rock), “Hail, Caesar!” (el “anti-La La Land” de los hermanos Coen, posiblemente la mejor película de los últimos años)(4) y la clásica “Rent” (la fallida adaptación del musical sobre un grupo de chicos bohemios que buscan triunfar en el mundo del arte mientras conviven con el sida).

Para terminar tengo que hacer una declaración importante sobre los objetivos a los que intente llegar con este texto: el problema no es el mensaje, y de ninguna manera quiero decir que una película sea mala por su moral reprochable, puesto que eso sería relativizar el relativismo de la crítica.

Lo que quiero señalar, y lo que considero un problema, es que estamos consumiendo ciegamente mensajes que deberíamos aborrecer.


(1) Chazelle también dirigió el musical indie “Guy and Madeline on a Park Bench”, escribió la excelente “10 Cloverfield Lane” y está a punto de estrenar el biopic de Neil Armstrong “First Man” (entre otras contribuciones al cine contemporáneo).

(2) Queda muy pendiente algún tipo de diferenciación entre lo que implica ser “neoconservador” y “neoliberal”. Pareciera que se trata de un mismo campo semántico pero con pequeñas variaciones. Puede que sea la diferencia entre Obama y Trump, o entre Temer y Bolsonaro. Habría que preguntarse, por otro lado, si la diferencia es meramente programática e ideológica, o si se traduce en decisiones políticas reales. Algunos textos interesantes sobre el tema son “La Teoría Neoliberal de Morresi (2008) incluida en “La nueva derecha argentina” (Editorial UNGS), las “Clases del 7 y 14 de febrero de 1979” de Michel Foucault (incluidas en el tomo “Nacimiento de la Biopolítica” del Fondo de Cultura Económica) y el libro “Las nuevas caras de la derecha” de Enzo Traverso (2018, Editorial Siglo XXI).

(3) Una reflexión aparte podría ser el lugar de este tipo de ideas en el cine infantil. Se me ocurre, por ejemplo, ese curioso aspecto de la trama de “Zootopia” (acaso una de las películas más complejas que ideó Disney) en la que el zorro que vende películas pirata en la calle es considerado una escoria mientras que el ratón mafioso que mata gente es un personaje simpático y gracioso y en la que el esfuerzo individual de una policía y un estafador logran desenmascarar los planes malignos de una posible líder populista-demagoga. A contrapelo de esto podrían presentarse películas como “Coco”, “Kubo and the Two Strings”, “The LEGO Movie” o “Happy Feet”, o series animadas para chicos que cautivan a adultos como “Adventure Time” y “Steven Universe”. Quizas tengo que ponerme a escribir un artículo sobre la ética filosófica de la producción televisiva-cinematográfica para niños.

(4) Esto va en serio, por nada en el mundo se pierdan “Hail, Caesar!”, una película tristemente infravalorada. Ahí está absolutamente todo lo que tendríamos que tener en cuenta para pensar ese pasado romantizado y, también, este presente cuasi-apocalíptico. Lo otro que hay que hacer es ver la temporada 20 de “South Park”, prestando especial atención a las member berries.

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