“Die Welle”

Pablo Américo

Staff editorial

Por Pablo Américo

Fascismo In vitro

Título Original: Die Welle

Título Castellano: La Ola

Estreno: 18 de enero del 2018 (Sundance)

Director: Dennis Gansel

Guión: Dennis Gansel y Peter Thorwarth (basado en la novella de Todd Strasser)

País de Origen: Alemania

Clasificación: M13

Duración: 107 minutos

El fascismo es un fenómeno político moderno, nacionalista y revolucionario, antiliberal y antimarxista, organizado en un partido milicia, con una concepción totalitaria de la política y del Estado, con una ideología activista y antiteórica, con fundamento mítico, viril y antihedonista, sacralizada como una religión laica que afirma la primacía absoluta de la nación a la que entiende como una comunidad orgánica, étnicamente homogénea y jerárquicamente organizada en un Estado corporativo con una vocación belicista a favor de una política de grandeza, de poder y de conquista encaminada a la creación de un nuevo orden y de una nueva civilización” (Gentile, 2004)

Quise iniciar esta reseña con la definición del fenómeno fascista que da Emilio Gentile porque, a pesar de ser un autor que muchos calificarían de “reaccionario”, creo que aporta una definición precisa y cerrada sobre el fenómeno, que permite claramente agrupar a gobiernos como el de Mussolini, Hitler y, posiblemente, Franco, y excluir a experiencias totalmente diferentes como los totalitarismos soviético-chinos y los gobiernos nacional-populares latinoamericanos (así como el Estado policial norteamericano del siglo XXI). Hago esta aclaración inicial porque considero que el estiramiento del concepto “fascismo” banaliza el horror de las experiencias totalitarias europeas (1), convirtiendo el término simplemente en un insulto político que es tan abusado por la izquierda como por la derecha neoliberal (y hasta incluso por las criaturas paleozoicas que insisten con usar el término “feminazi”).

Dicho todo esto, tengo que advertir, al reflexionar sobre la película “Die Welle” voy a hacer un estiramiento del concepto “fascismo”, sin tener la intención de marcar como fascistas ciertas prácticas (en las que yo mismo suelo participar) sino señalar el potencial que tiene su habilitación como conducta aceptable en un hipotético contexto fascista. Podríamos decir, por empezar, que los protagonistas de “La Ola” no conforman un grupo fascista en el sentido más exacto del término pero que se esfuerzan por ser la mejor banda tributo posible (2).

Voy a traer una segunda serie de conceptos, a los que voy haciendo uso de la letra de “With God On Our Side” de Bob Dylan. Con su controversial verso sobre la Alemania Nazi (3), la canción recorre la historia de la Humanidad analizando cómo las distintas facciones en guerra siempre han considerado que Dios estaba de su parte y, por ende, han justificado cualquier acto inmoral necesario para vencer al enemigo. El jurista y filósofo político alemán Carl Schmitt (polémico por sus posturas “reaccionarias” y su adhesión al régimen nazi) parece decir algo “similar” cuando hace uso de los términos “guerra de causa justa” y “guerra policial” en varios de sus escritos (4). Schmitt considera que las guerras religiosas se libraban bajo el rótulo de “guerras justas” en las que había un enemigo (el pagano) que era enemigo de la Humanidad y debía, por lo tanto, ser exterminado. El “fin” de este tipo de enfrentamientos se da con el establecimiento del ius publicum europaeum, a partir del cual los Estados europeos comienzan a guerrear entre ellos como si se tratase de un “duelo de caballeros” y trasladan la “guerra de destrucción” a los territorios de Ultramar (es decir, trasladan la violencia cruenta al “espacio vacío” que acaban de “descubrir”). La guerra santa hace su retorno al continente europeo con el Tratado de Versalles, en el que Alemania es convertida en un enemigo de la Humanidad y así se justifican todas las “injusticias” cometidas contra ella. Lo mismo, según Schmitt, vuelve a repetirse durante la Segunda Guerra Mundial y, a partir de entonces, se convierte en un canon propio de la jurisprudencia internacional, con el establecimiento de la “guerra policial”, en la que una superpotencia (USA) pasa a actuar como “policía” que define enemigos de la Humanidad a vencer sin respetar derecho alguno. ¿A qué viene todo esto? Bueno, creo que, banalizando muchísimo el pensamiento de Schmitt y la prosa de Bob Dylan, esto es lo que hacemos diariamente en las redes sociales. Y, también, diariamente organizamos nuestras pequeñas (o no tanto) “Olas” a través de redes sociales y grupos de WhatsApp.

Habiendo hecho esta introducción pretenciosa puedo empezar a comentar un poco sobre la película de esta semana de manera más directa. “La Ola” es, a estas alturas, un clásico y un cliché de las aulas argentinas, existiendo incluso memes esparcidos por internet que se burlan de que es “la vieja confiable” de los profesores de cívica e historia. La historia del film es una versión exagerada del experimento “La Tercera Ola” conducido por Ron Jones. Básicamente, un profesor de historia propone a sus alumnos formar un grupo fascista como experimento para demostrarles lo fácil que es “manipular a las masas”, todo esto frente a la inicial incredulidad de los alumnos alemanes que consideran imposible que se establezca, nuevamente, un régimen autoritario en Alemania (5).  

Rainer Wenger, el profesor, se comienza a hacer llamar “Herr Wenger” y propone a los chicos usar uniforme. Karo, una de las alumnas, se convierte en la única que llega a clase sin uniformarse y eso la separa del resto del grupo. Más tarde pasa a ser la única oposición a la elección del nombre “La Ola” para denominar a la organización proto-fascista del experimento y queda completamente aislada del resto de la clase. El grupo comienza a adoptar un tenue discurso anti-capitalista y empieza a organizar eventos solo para miembros de “La Ola” así como ataques a quienes no pertenecen al grupo. A partir de ahí, los hechos se agravan proporcionalmente.

El director de la película ha puesto énfasis en la idea de que los personajes presentados en “Die Welle” pertenecen a estratos liberales y “bien educados” de la sociedad alemana. Según él, existe una falsa noción que adjudica la responsabilidad del nazismo a las masas populares o a los alemanes orientales, a pesar de que los intelectuales estaban tan fascinados con Hitler como los trabajadores. Sostiene que, a pesar de que todos se imaginan como “Anna Frank” en un hipotético autoritarismo, la mayoría adoptaría una posición pro-fascista y quienes se opusieran lo harían más por coincidencia que por convicción. En su propia interpretación del film, Karo no se opone a los uniformes por una convicción ideológica personal sino porque no le gusta el “color blanco”. Para fundamentar aún más a Gansel, es importante destacar que el nazismo, mientras existieron elecciones medianamente libres en la República de Weimar, encontró su base electoral en la aristocracia y las clases medias mientras que se vio incapaz de ganar en los centros industriales, puesto que su mayor oposición se encontraba entre los proletarios. Fue esa misma oposición la que aparentemente generó los intentos posteriores de “políticas demagogas” (cuando ya estaba totalmente establecida la dictadura totalitaria) para ganarse el favor de las masas populares (6).

A partir de este momento, voy a empezar a derrapar totalmente en mis reflexiones. Voy a buscar hacerlo breve, puesto que la idea detrás de estos textos es más que funcionen como un “food for thought” que genere ideas y reflexiones antes que como ensayos cerrados con conclusiones evidentes (7). Mi postura a partir de este momento podría reducirse en la idea de que todos llevamos una agrupación fascista en gestación en el bolsillo de nuestro pantalón. El comportamiento cotidiano en las redes sociales se ha convertido en una suerte de versión virtual de “La Ola” que ha comenzado a tener expresiones concretas sobre la vida real. Es en las redes sociales donde entramos a auto-confirmarnos todos nuestros pensamientos, al mismo tiempo que trazamos una línea indivisible entre lo nuestro y lo otro, uniformándonos con avatares, bloqueando y “cancelando” a las personas que cometen actos u opiniones que nos disgustan, radicalizando nuestras opiniones con tal de conseguir unos “me gusta” extras, y generando una “mob mentality” (“mentalidad de turba”) en la que diluimos nuestra responsabilidad individual en pos de causas que consideramos justas.

Se ha vuelto cotidiano ver como un grupo o individuo justifican el uso de medios que consideraría amorales en cualquier otra situación basándose en una supuesta excepcionalidad o justificación especial de su caso que, después de todo, se basa en una guerra santa. La expresión de esto que estoy diciendo es, sin lugar a dudas, la práctica del “escrache”, en todas sus modalidades.

Desde investigar las redes sociales de una persona para conocer su ideología antes de admitirlo a un trabajo, pasando por la práctica de fotografiar a personas con comportamientos que nos disgustan (que pueden ser mirar lascivamente a una chica en un colectivo o no recoger el excremento de un perro en una plaza) para luego difundirlas por todo internet, hasta la no tan difundida pero más que terrible práctica de publicar teléfono y domicilio de personas, se han convertido en prácticas utilizadas a favor de causas que muchas veces consideraríamos justas.

El problema está, y eso es lo peor, en lo ambiguo que todo se torna cuando hilamos fino. Podríamos pensar, por ejemplo, en la controversia generada recientemente por el empleado de Megatlon que defendía a la última dictadura militar argentina y que por eso fue despedido de su trabajo. No faltaron quienes se preguntaban por qué una empresa privada tiene que expulsar a alguien por sus opiniones. Yo, frente a ese caso particular, argumentaría que las opiniones del empleado se habían viralizado y dañaban la imagen de la empresa frente a la opinión pública y, además, insistiría en que defender a la dictadura en Argentina (aunque no está penado legalmente como en otros países) comprende una ofensa particular por su peso histórico. Pero, entonces, ¿qué pasa si despiden o no contratan a un trabajador idóneo por ser comunista? ¿Y por ser musulmán? El trazado de líneas ideológicas se vuelve muy difuso y se confunde aún más cuando las opiniones de todos están a la distancia de una búsqueda en Google y los dichos de cualquiera pueden descontextualizarse en cualquier momento y convertirse en leña para una auténtica caza de brujas macartista.

Y si no, basta con pensar en todas las escenas dantescas que ha traído el debate por el aborto. Soy abiertamente pro-choice hace años y vi con buenos ojos, o cierta simpatía, la adopción del pañuelo verde por parte del grupo pro-choice del colectivo feminista. Sin embargo, con el diario del lunes en la mano, puedo decir que el creciente uso de uniformes (pues los pañuelos se han convertido en esto) por parte de la clase media argentina nos ha mostrado todo tipo de experiencias salidas de la película “Die Welle” y con elementos que suelen incluir el uso de redes sociales.

Hace apenas minutos leí a un escritor reconocido contar en Twitter que una maestra le había escrito para contarle que iba a dejar de dar su libro en clase porque él está a favor de la legalización del aborto (y ella se enteró de eso leyendo sus redes sociales). La decisión se convierte en algo lógico para muchos de los que están en contra de la legalización y en algo censurable para muchos de los que están del lado del escritor. ¿Hasta qué punto es aceptable sectorizarse bajo una matriz tan fundamentalista frente a un debate milenario?

Peor aún son las tristes escenas de escraches a mujeres por portar el pañuelo celeste o el verde en instituciones escolares o universitarias, así como la dantesca escena de un grupo de chicas con pañuelos verdes cantándole una canción de cancha a una pareja de policías (evento totalmente no reflexionado por los participantes en el momento, que tuvo un desenlace muy poco feliz cuando semanas después la policía pasó a encabezar las portadas de muchos diarios conservadores por haber sido baleada).

Y aquí está el meollo de la cuestión. El escrache (y modalidades similares) es el resultado de una olla a presión que tenía que estallar de alguna manera, pero su fundamentación como una ética emancipadora, como una acción política para la liberación, es un error que puede costar muy caro en el futuro. Cuando la balanza cambie de lado y, en vez de escrachar a personas con pañuelos celestes o viejos degenerados culpables de “violación visual”, pasemos a escrachar a personas con pines de la bandera LGTB colgados en la mochila o militantes que reparten volantes del Partido Obrero, nos vamos a dar cuenta de lo peligroso que es legitimar el uso de herramientas de vigilancia y persecución civil por parte de grupos organizados que se presentan como una vanguardia moral dentro de una sociedad. La mob mentality que habilitan las redes sociales puede volverse en contra de los bien intencionados “guerreros de la justicia social” que pretenden derribar lo patriarcal, heteronormativo, racista, entre otros tantos etcéteras (8).

Frente a la brutalización creciente de la política, ya sea por las discusiones banalizadas y pseudo-militarizadas de temáticas serias y dolorosas, como por la creciente deshumanización de los lados que componen la supuesta “grieta”, u otras cuestiones que aún no nos atañen con tanta fuerza (9), lo único que se puede anteponer es la política. La política es el reconocimiento del conflicto, y por eso la política es la única forma que tenemos para defendernos de las pretensiones totalitarias de lo hegemónico. No debemos engañarnos, todos estamos atravesados por la ideología (como dije la semana pasada, si creemos que la ideología no está es porque la ideología ha triunfado) y hay que admitir que toda ideología, ya sea liberal, socialista, o lo que fuese, pretende lograr una aceptación total de sus premisas. Pero solo cuando cualquier medio pasa a ser habilitado para conseguir el fin de esta utópica totalización ideológica pasamos a encontrarnos en los embrollos en que nos estamos envolviendo hoy.

La historia no se repite, aunque nosotros la interpretamos como una serie de repeticiones para darle sentido. No podemos estar preparados para amenazas que desconocemos y que serán únicas en su naturaleza, como fenómeno histórico, así como tampoco podemos vivir en la seguridad de que lo que la relativa seguridad democrática que conocemos va a durar para siempre. Lo que tampoco podemos hacer es darle tan gratamente una mano a cualquier gusano que nos convenza de abominaciones en el futuro.

No soy un optimista, no considero que al no habilitar los medios hoy se impedirá su uso en el futuro. Lo que estoy queriendo decir es que tenemos una responsabilidad para con la historia y esta es no permitir que causas más que justas se manchen cuando la retrospectiva demuestre lo oscuro de sus hábitos militantes.


(1) Gentile, en sus textos, se dedica precisamente a lo mismo.

(2) Robé esta frase de un chiste que circula en redes sociales al respecto del gobierno de Macri.

(3) En defensa de San Bob Dylan pienso que cuando critica el perdón a los alemanes al final de la guerra se refiere a los patéticos Juicios de Nuremberg y no el “perdón” a la población civil.

(4) Un verdadero experto en Carl Schmitt probablemente considere una burrada mis explicaciones sobre él. Al respecto de los términos que le estoy citando, estoy basando mi interpretación en el libro “Tierra y Mar” (1942), una más que interesante lectura sobre la historia de la guerra europea y la crítica al liberalismo británico.

(5) Todo esto se ha tornado mucho más oscuro una década después del estreno de la película, con la crisis de la democracia cristiana alemana y el ascenso de Alternative für Deutschland en la zona oriental del país, que amenaza con terminar con el supuesto sistema de política centrista de la posguerra alemana (con un similar fenómeno ocurriendo en Francia, país que fue cuna original del pensamiento fascista).

(6) Al respecto es recomendable leer “Vida y Muerte en el Tercer Reich” de Peter Fritzsche o los famosos diarios de Victor Klemperer sobre el día a día del ascenso al poder de los nazis.

(7) Carezco de la capacidad de lograr algo así, a decir verdad, aunque quizá también sea soberbio pensar que puedo traer ideas nuevas a la mesa con estos escritos.

(8) Vuelvo a insistir con que, con inspeccionar mis redes sociales, será claro que estoy de este lado verde, anti-heteronormativo, anti-patriarcal y tendencialmente crítico del mundo en que vivimos (todo esto no fue una ironía). Estoy a favor de la existencia de diferencias fuertes en política, me encuentro con muchas dificultades para compartir espacios con “gente del pañuelo celeste” o con oficialistas duros, por ejemplo, pero al mismo tiempo no encuentro sentido a la lógica de persecución, vigilancia y escrache que habilita un arma de doble filo a utilizar por futuras agrupaciones nefastas que podrían estar gestándose en este mismo momento.

(9) Como las consignas anti-inmigratorias que pueden tornarse más importantes si seguimos recibiendo refugiados del Estado fallido venezolano o si en algún punto Brasil termina de convertirse en una dictadura militar y tenemos que acoger a sus exiliados.

Bibliografía

GENTILE, Emilio (2004). “Fascismo: Historia e Interpretación”. Alianza Editorial. España.

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