First girl I loved

Pablo Américo

Staff editorial

Por Pablo Américo

Un momento en el continuum adolescente

Título Original: First Girl I Loved

Título Castellano: La Primera Chica Que Amé

Estreno: 18 de octubre del 2016 (Estados Unidos)

Director: Kerem Sanga

Guión: Kerem Sanga

País de Origen: Estados Unidos

Clasificación: M13

Duración: 90 minutos

Antes de empezar la reseña voy a hacer algunos avisos editoriales. Aunque la idea original era usar esta sección para recomendar películas con fines pedagógicos, decidí reconvertirla en un camino (que espero sea) heterogéneo a través de diversas películas a las que quiero usar como excusa para reflexionar, siempre buscando algún tipo de continuidad en las temáticas de semana a semana. Confío en que no me salga demasiado mal.

Esta semana, acompañando su relevancia en el discurso público, voy a seguir explotando la veta feminista, probablemente desde un lugar no muy creíble (soy hombre y, encima, me encuentro poco versado en feminismo teórico). Prometo que el rumbo hacia el cual estoy intentando ir es otro. Como último aviso, tengo que pedir perdón por el tono didáctico o “paternalista” (aunque si hay algo que molesta aquí es lo paternal) que puede llegar a tomar este texto en específico en algunas de sus áreas (1). No quiero parecer Virginia Lago leyendo cartas de oyentes con atmósfera de Rivotril, pero la temática me obligó a que sea un poco así.

Tengo que admitir que no considero que “First Girl I Loved” sea una película tan buena como la que recomendé la semana pasada, ni como las que pienso tratar las semanas próximas. Pero considero que es una fuente interesante para la reflexión, y que tiene también algunos elementos bastante originales. Además, me sirve como un “puente” entre las temáticas de la semana pasada y las ideas que quiero explorar en las próximas reseñas. Para empezar, y esta es mi tesis central con respecto a la lectura de esta película: sí la reseña pasada traje al frente el aspecto positivo de la relación entre amistad/compañerismo y construcción de la subjetividad, este largometraje presenta su lado más gris.

La trama de la película es, de manera evidente, bastante cliché. Anne Smith (Dylan Gelula) es una joven estadounidense promedio que se enamora, a primera vista, de Sasha Basanez (Brianna Hildebrand, más conocida por su papel como Negasonic Teenage Warhead en Deadpool, el primer personaje LGTB tan abierto sobre su identidad en una película de superhéroes), una jugadora del equipo de softball de su colegio (2). Anne usa como excusa la redacción del anuario de la escuela para entrevistar a Sasha y ambas comienzan una tierna amistad que en cada escena parece al borde de transformarse en otro tipo de relación. En forma paralela, Clifton (Mateo Arias), el mejor amigo de Anne, se pone celoso por esta situación y la besa, tras confesarle su amor, en un momento claramente incómodo para su amiga. Una serie de flashbacks a lo largo de la película (que, entre otras cosas, hace un uso muy original de los tiempos) nos revelan que, luego de ese momento, no solo Clifton se mostró como un total homofóbico sino que procedió a abusar de Anne y echarle la culpa por la situación. Todo un macho.

Así, la película explora dos temáticas (cotidianas para la adolescencia occidental), por un lado, el descubrimiento y la aceptación de la identidad sexual propia y, por el otro, el consentimiento (específicamente, el ligado a las relaciones entre amigos). De una forma distinta, al igual que la película de la semana pasada, “First Girl I Loved” (ganadora del Premio de la Audiencia en el Festival de Sundance) logra no caer en los lugares comunes y pesados del melodrama indie. Aunque se aproxima a “temas delicados”, como lo son el abuso y la homofobia (3), el film logra mantener un aire natural y realista, que de ninguna manera puede saturar al espectador con un moralismo sensacionalista.  Mientras Anne y Sasha se pierden hablando por WhatsApp y compartiéndose canciones hasta la madrugada, el mundo exterior no deja de ser un lugar doloroso y lleno de todo tipo de maldades. Pero así es nuestro mundo también, ¿no?

La película no cae en la fetichización de la mujer lesbiana, ni de su vida sexual (4). Cuando Sasha le recomienda a Anne masturbarse para poder dormir, durante una de sus charlas por WhatsApp, la escena captura un momento de descubrimiento e intimidad adolescente, no un fetish erótico visto a través del ya muy gastado male gaze cinematográfico. Y, lo más importante, esta escena es anterior al inicio de una relación amorosa entre ellas. Son sólo amigas, hablando. Incluso, la película decide no mostrar la única escena íntima entre las dos jóvenes y, en la memorable secuencia en que se besan por primera vez, el guión y la actuación logran una atmósfera de ternura muy lejana de esas escenas porno softcore tan habituales en el cine y la TV (desde las series de HBO a películas como “La Vie d’Adèle” o “Atomic Blonde”, la obsesión misógina con el sexo entre mujeres es sólo comparable con la común ausencia de escenas símiles entre hombres en las producciones mainstream).

Este “male gaze” fetichista es ilustrado por la propia película (seguramente de forma autoconsciente) cuando Sasha y Anne salen a un boliche-bar (escapándose en secreto durante una piyamada) y dejan a unos hombres que querían seducirlas para bailar juntas en la pista. Los hombres, con gestos de primate, las miran y se sonríen (y, después nos enteramos, las filman). Es una secuencia breve pero crucial. “No los mires” dice Sasha y la joven pareja se besa por primera vez. “No le digas a nadie” dice Sasha poco después, preocupada por las repercusiones de lo que siente y alejándonos del clima idealista antes alcanzado. La escena amorosa que sigue (a la que ya me he referido) es un paralelo perfecto con la escena en que Clifton viola a Annie (la cual el director decidió mostrar con mucho más detalle). El consentimiento es más complicado que un “sí” (aunque siempre debe incluir un “sí” de por medio). Y entender eso es una forma mucho más útil y correcta de ejercer ese conjunto de comportamientos anticuados que algunos se esfuerzan en llamar “caballerosidad”.

Bajo el paraguas de la épica del “amigo enamorado” (resumida en la expresión popularizada en Internet hace unos años, “friendzone”) el cine suele esconder una lógica perversa en la que la mujer le debe algo al hombre simplemente porque este es “bueno” (siendo, a su vez, esta etiqueta de “bondad” resultado de una actitud mínimamente complaciente o servicial, de “aguantar” al lado de la mujer). El personaje de Clifton es usado para desarmar y dar vuelta en forma completa este cliché cinematográfico, al mismo tiempo que reúne las peores características del “amigo” con la difundida actitud varonil de querer “convertir a la lesbiana en heterosexual” (directamente relacionada con las fantasías y la fetichización del amor entre mujeres antes expuesta). Seamos sinceros, y acá dialogo con los lectores hombres (si es que eso es algo realmente posible a través del texto), ¿no hemos todos realizado alguna de estas dos cosas o conocido a alguien que cae en estas actitudes? Peor aún: ¿no hemos dado por hecho que no hay nada de malo en hacer estas cosas? Y, para que no parezca que escribo desde una palmera, yo, por mi parte, puedo admitir haber escuchado más de lo que me gustaría la estupidez de que se puede “convertir a una lesbiana” sin haber expresado mi oposición (inmerso en el famoso clima de charlas de “locker room” de Donald Trump). Y también puedo hacerme cargo de haber usado la palabra “friendzone“, y el razonamiento detrás, más veces de las que me gustaría como adolescente.

Ya terminado este paréntesis pedagógico y el momento de reflexión (¿expiación?) autobiográfica, casi de blog personal, voy a retomar la reseña tradicional (5). Antes de entrar en un redondeo final, quiero destacar la facilidad con la que la película captura la vida de los jóvenes. Con momentos como la escena inicial en la que Anne y Clifton caminan por la calle tomando vodka, la breve escena en que Anne mira su panza en el espejo con desconfianza antes de salir de su casa o el extenso uso de celulares y charlas por WhatsApp, el film se hace muy cercano para cualquier espectador sub25, incluso cuando esté espectador pertenezca a un Tercer Mundo lejano del idilio suburbano yanqui en el que la película se desenvuelve. Y, volviendo al uso de celulares, hay que destacar lo difícil que parece ser para la industria lograr historias en las que su uso se mezcle con la narrativa de una forma que no quede muy explícitamente como un intento de los realizadores por decir “eh, miren, estos adolescentes son cool, usan smartphones”. Aquí, el uso de celulares, el lenguaje empleado y los modos de comunicación, son totalmente veraces.

Y es en parte por esto que la película logra un clima de historia “coming of age” sin que los momentos de mayor tensión y drama se sientan impostados, forzados o explotadores (como suele suceder en el melodrama indie cliché al que ya hice referencia). Cuando Sasha rechaza públicamente a Annie, y niega ser “gay”, su comportamiento no es tan distinto del estereotipo del chico desentendido de la chica (o viceversa) con la que chapó en un boliche veinticuatro horas antes. Pero hay una diferencia crucial: la autorepresión y la homofobia internalizada que el acto de Sasha conlleva. Y la película, magistralmente, decide contar las consecuencias de eso en tono de comedia romántica. El romance de Sasha y Annie es una historia de amor fallido, inseguro y adolescente, atravesado por algunas aristas extra a las “típicas” (la homofobia, el consentimiento, la represión, el temor al qué dirán). Aunque, pensándolo bien, quizá estás aristas no lo conviertan  en algo tan fuera de lo típico.

Cuando, tiempo después, la protagonista dice: “Mi nombre es Anne y soy totalmente gay”, sus dichos se convierten en algo más que una confesión, no suenan tampoco a una “fase” pero si a un capítulo dentro de la larga historia de construcción subjetiva que conlleva la adolescencia.

A diferencia de la reseña de la semana pasada, esta vez no voy a hablar explícitamente del final pero tengo que resaltar el hecho de que los últimos veinte minutos le dan un giro inesperado a la cuestión del consentimiento. Es una inversión con respecto a escenas previas, en un film que hace un uso creativo del tiempo y la edición para retomar en forma constante momentos anteriores, en un diálogo perpetuo entre lo que ocurrió en realidad y en lo que cada uno dice haber hecho (pareciendo que el director buscó plasmar una idea cíclica del tiempo). Y eso, también, es una parte constante del amor adolescente (y de la adolescencia en general): la construcción de una historia personal, auto-justificadora y repleta de claroscuros. Muy difícil de desarmar en el sillón de un psicoanalista, quince años después.

Las escenas a las que me refiero pueden ser mal interpretadas desde una posición moralista que espere de la película una lección de vida que no invite a reflexión alguna. Pero la moral de la película queda muy clara: al final, Anne acepta que es gay y vuelve a reafirmar la cuestión del consentimiento (quizá de forma demasiado insistente, pero que no deja de ser sincera y verídica). La “lección del día” está presente (no necesariamente para bien) pero se admiten matices más interesantes.

First Girl I Loved” no logra plasmar la historia de amor LGTB sana y feliz que el cine, demasiado plagado de romances LGTB trágicos o cuestionables, viene pidiendo a gritos hace años. Pero sale victoriosa en una cuestión aún más complicada: mostrar el extraño recorrido de la adolescencia y el despertar romántico-sexual en una sociedad tan preocupada por reprimir (y, al mismo tiempo, hacer desear) que ni siquiera es capaz de enseñarle a sus jóvenes consignas de consentimiento básicas.


(1) Otro aviso importante, pero de otra índole: la película no es sencilla de conseguir. Me comprometo a recomendar algo que esté en Netflix la semana que viene.

(2) Lo que genera una serie de chistes a lo largo de la película sobre hombres que quieren explicarle a “mujeres ignorantes” la diferencia entre softball y baseball, a pesar de que las mujeres, como de costumbre, ya lo sepan.

(3) Temas que no deberían tener que discutirse con tan frecuencia si no viviésemos en una sociedad que legitimiza las violaciones y que de forma constante refuerza la “heteronormatividad”.

(4) Estoy corriendo el riesgo de solo definir por la negativa. En muchos sentidos este texto es lo que un profesor de periodismo cultural llamaría “reseña viciosa”.

(5) Tengo muchas dudas sobre la cada vez más difundida técnica de apelar a las experiencias personales para justificar argumentos y darse una centralidad vanidosa en cada texto que se escribe, fenómeno asociado tanto al uso de las redes sociales como al boom del género autobiográfico en la “literatura seria” (cuyo exponente más claro, y culpable de estos vicios, podría ser Emmanuel Carrère, o la twittera que escribió Abzurdah).

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