Vi är bäst!

Por Pablo Américo (1)

Punk y girl power en Estocolmo

Titulo Original: Vi är bäst!

Titulo Castellano: ¡Somos Lo Mejor!

Estreno: 9 de septiembre del 2013 (Suecia)

Director: Lukas Moodysson

Guión: Lukas Moodysson (basado en la novela gráfica de Coco Moodysson)

País de Origen: Suecia

Clasificación: ATP

Duración: 102 minutos

Mientras que la tendencia cinematográfica ha sido mostrar al punk con films oscuros y en parte tragicómicos (desde la amarillista “Sid & Nancy” hasta la joya de cine gore que es “Green Room”), Lukas Moodysson eligió retratar la escena punk sueca desde la jovial e inocente mirada de un trío de chicas de trece años. Sin exageraciones ni un énfasis excesivo en el drama, el director, que basó la historia en un cómic escrito por su esposa, transporta a la audiencia a la ciudad de Estocolmo a principios de los años 80 y presenta protagonistas (las tres, actrices debutantes) que no tienen nada que envidiarle en carisma y talento a los chicos de exitosas producciones anglosajonas como “Stranger Things” y “Sing Street”.

La trama es sencilla y los personajes poseen una naturalidad evidente. Bobo (Mira Barkhammar) y Klara (Mira Grosin) son las chicas raras del curso, con cabellos cortos, ropa andrógina y un gusto muy explícito por el punk. El dúo decide formar una banda propia, a pesar de no saber tocar ningún instrumento, como respuesta a las burlas y el trato condescendiente que reciben de parte de Iron Fist, una banda formada por sus compañeros. A ellas se les suma Hedvig (Liv LeMoyne), una chica cristiana de familia conservadora, que sabe tocar la guitarra y comienza a enseñarles algunos acordes básicos, llevando a la composición de una primera pieza musical.

Hedvig se convierte en el personaje más importante y simbólico de una película cargada con sutilezas. En una escena memorable, se encarga de afinar una de las guitarras desafinadas de los Iron Fist, que habían intentado ”mansplainear” cómo debían hacer las chicas para formar una banda, y los humilla ejecutando un solo con el que ellos no pueden siquiera soñar. En otro momento, probablemente una de las escenas centrales del film, Hedvig se deja cortar el pelo por Klara y Bobo, en un rito de iniciación que le permite dejar de ser lo que su madre y la sociedad esperan que sea, planteando en parte la pregunta: ¿Y entonces qué ser?

La actitud contestataria frente a un ambiente pacato, inmóvil y patriarcal termina siendo una excusa para que las jóvenes encuentren un lugar propio, de amistad y hasta hermandad, donde canalizar todas las emociones y sentimientos que les genera el día a día. “Tenes una amiga que te quiere. Tenes dos amigas que te quieren. Eso es todo lo que una persona necesita” le dice Klara a Bobo en un momento de tristeza, y resume el verdadero sentido de la película. Es en la amistad, en la unión compartida que genera formar un grupo de música, el lugar donde se construye la subjetividad de las jóvenes y se genera una plataforma para expresarse y, por qué no, intentar cambiar el mundo; o, al menos, intentar cambiar su mundo.

Si la irrupción en la arena pública de las “mujeres casadas” es uno de los fenómenos revolucionarios más novedosos del siglo pasado, como bien señala Hobsbawm, el fenómeno revolucionario de la actualidad no ha de ser otro que el creciente protagonismo y organización de las mujeres jóvenes, en un gran arco sin límites que engloba a chicas adolescentes que disputan contra espacios y normas que hasta hace poco parecían indiscutibles, con el mismo espíritu marcado por Klara, Bobo y Hedvig, desde los fríos años ochenta suecos. Así, “¡Somos lo mejor!” se convierte en una excelente herramienta pedagógica (probablemente sin proponérselo), al permitirse un mensaje de emancipación femenina contestataria, para nada acorde a algunos ideales fáciles de la “mujer bonita y que lucha”, así como una de las mejores representaciones en el cine de eso a lo que la militancia feminista ha decidido llamar “sororidad”.

La omisión de cualquier elemento del cliché hollywoodense, es decir, la omisión del énfasis en el terrible sufrimiento que implica no ser aceptado por sus compañeros, permite a Moodysson retratar la amistad y la lucha por la emancipación de las tres chicas, así como cierto ingenuo despertar sexual, de una manera liviana y natural, que es tan fácil de digerir como de rememorar y reflexionar una vez terminado el largometraje. El director cómodamente se podría haber perdido en los lugares típicos, enfocándose en la terrible madre católica y represiva que hace la vida de Hedvig un calvario o en el padre aburrido y misógino de Klara (que termina la película, en un momento cargado de sentido, tocando el clarinete en el baño de su casa). El punto de vista de la historia está anclado sin dudas en Bobo, Klara y Hedvig y es su felicidad, o su busca de, lo que mueve la trama, en vez de las ya gastadas temáticas de sufrimiento y alienación.

Tanto el rechazo que sufren Klara y Bobo, por sus aspectos y gustos poco convencionales, como las burlas que recibe Hedvig, por provenir de una familia religiosa, son sólo el puntapié y la excusa para trazar la historia de una conmovedora amistad. Cuando las tres están juntas, el punk no esta muerto. Y aquí el punk no es solo un género musical, no es solo Joe Strummer cantando sobre sandinistas o Syd Vicious haciendo de cuenta que toca un bajo, el punk es una forma de contestar, de decir basta, de interpelar a un otro que no parece tener ganas de escuchar nada nuevo. Es una actitud que se expresa más allá del ruido de una guitarra desafinada.

La música es parte del proceso típico de definición de la identidad adolescente (o pre-adolescente). Es una forma de marcar límites y de abrir horizontes, así como una constante búsqueda de cierto auto-reconocimiento. ¿Quién no se ha sentido tocado por las palabras o los sonidos de algún artista desaparecido hace años o décadas? Genera un poder de unión entre personas separadas por tiempo y espacio, pero también crea lazos de empatía y solidaridad entre personas que apenas se conocen o que, como las protagonistas de “Vi är bäst!”, recién comienzan a encontrarse en medio de un mundo que les parece incomprensible (o, quizá, demasiado comprensible). Para Bobo, Klara y Hedvig, el punk no solo no esta muerto, el punk es sororidad.

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Quiero terminar esta breve reseña (no pierdan tiempo leyendo, ¡vayan a ver la película!), referenciando algunas de las escenas finales, por lo que recomiendo a cualquier temeroso de los “spoilers” dejar de leer en este momento. En una película “low concept” como esta debería importar poco y nada conocer los desvaríos de la trama, pero la locura por los “spoilers” en la era Netflix obliga a hacer estas advertencias. Habiendo dejado este espacio para que huya todo quien quiera huir, voy a empezar a hablar del final.

En los últimos minutos de la película, las chicas consiguen tocar en un pequeño festival punk en la ciudad de Västerås. Esto lleva a una divertida secuencia en la que cantan “¡Odiamos a Västerås!” (cambiando la lírica de su única canción, “¡Odiamos el deporte!”) y generan un pequeño disturbio, condecorandose como guerreras punk. Pero antes de estos eventos (que llevan a la enunciación, por parte de Bobo, del título de la película, “¡Somos lo mejor!”) ocurre una pequeña escena en la que los chicos de Iron Fist le dicen a las protagonistas que pueden ir a Västerås porque necesitan una “banda de chicas”, lo que les genera un visible discomfort.

Y este es uno de los puntos más sutilmente fuertes de la película. ¿Por qué ellas son una “banda de chicas” y no simplemente una “banda”? Si pensamos en la escena musical argentina en la actualidad: ¿cuántas bandas integradas por mujeres pueden pasar de largo sin ser etiquetadas como “bandas de chicas”? Y, en una esfera de la realidad donde esto se hace más evidente, ¿cuántas veces se dice que una escritora es una “escritora mujer”? Cuando se habla de que Mariana Enriquez o Patricia Schweblin, por poner ejemplos, son de las “mejores escritoras argentinas”, muy pocos razonan que esta generalización incluye no solo a las mujeres del ámbito, sino también a los hombres. El solo concepto de la “literatura femenina” es bastante asqueroso.

Desde algún lugar, perdido en el tiempo, Bob Dylan canta: “She says, “You don’t read women authors, do you?” / “Well,” I say, “how would you know and what would it matter anyway?”*. Y las chicas de Estocolmo probablemente responden: “¡Te odiamos Bob Dylan!”, y echan a reír.


(1) Pablo Americo nació el 3 de septiembre de 1997 en Buenos Aires. Estudia Ciencia Política (UBA). Es narrador y ensayista.

*De la canción “Highlands” incluída en el álbum “Time Out Of Mind” (1997).

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