La culpa es de Merlí. Semblanzas de una educación de consumo

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Javier Lamónica (1)

 

Porque quien lee suspende por un momento la urgencia del universo, la tortuosa noticia del fin del mundo, deja de lado lo que ya está trazado de antemano, carga su cuerpo de palabras que aún no ha dicho y muerde el olor de la tierra, acaricia una boca que no existe, se acerca más que imprudentemente a la muerte y sonríe porque es de día en plena noche, porque está fresco en pleno verano, porque llueve sin nubes, camina sin calles, ama lo que nunca fue amado, acompaña al desterrado hacia su exilio y se aproxima, sin más, a todo aquello que no ha leído nunca. (Skliar, 2018)

 

¿Por qué Merlí y no Eugeni Bosch? La respuesta parece simple: como dicen los españoles, Merlí es un profe guay; no toma muchos exámenes -o al menos es lo que sugieren los 4 o 5 minutos de clase que se desarrollan en cada capítulo- no sigue lo establecido por el diseño curricular, invita a sus estudiantes a hacer lo que les plazca, los escucha, los entiende y, si lo considera necesario, es capaz de enfrentarse a sus padres para defenderlos. Eugeni en cambio parece ser un docente exigente (no hemos podido verlo en acción), preocupado más por sus clases que por sus alumnos, rígido en sus formas y en sus expresiones, irascible, y, como si esto fuera poco, bastante torpe con las mujeres, a diferencia de su encantador compañero de claustro. Es que digámoslo con claridad, hacer merlinadas resulta atractivo. Quién no querría sacar a sus alumnos sin tener que gestionar autorizaciones, saltear o introducir contenidos sin consultarle a nadie, dar clases en la cocina y/o en el patio, y mentir descaradamente para sortear cualquier tipo de responsabilidad que no nos resulte interesante o que resulte difícil de cumplir. Si estas fueran las razones por las que nos quedamos con Merlí, no habría mayores dificultades. El escenario cambia al advertir que en realidad elegimos a Merlí porque la serie lleva su nombre; es decir, porque se trata de un producto cultural pensado y desarrollado para que nos enamoremos de su protagonista. Sin embargo, admitir esto tampoco sería problemático, la industria cultural esta plagada de antihéroes con los cuales nos identificamos entrañablemente sin que esto suponga una contradicción de orden moral o ético. El problema reside en confundir realidad con ficción, o lo que es peor, tomar la ficción por realidad; y aquí sí tenemos un problema, porque en el mundo real, Merlí no podría existir. Enumeremos algunas razones para hacer esta afirmación:

 

La clases no duran cinco minutos. Me cansé de escuchar que las clases de Merli son geniales. Usando una analogía cinematográfica podría decirles que he visto terribles bodrios solo porque quedé encantado con un tráiler prometedor. Desarrollar un propuesta didáctica no es seleccionar momentos para crear un producto que seduzca al público, es buscar estrategias para transmitir un saber que en muchas ocasiones se considerará inútil, es entrar en diálogo con otras singularidades, que a diferencia de los actores, no tienen que seguir un guión que sostenga y alimente la trama. Dar clases es irrumpir en las realidades de otros sujetos, con gustos, capacidades y deseos diferentes. Es sostener una propuesta durante mucho más que cinco minutos, es aprender a superar frustraciones aceptando que nuestras expectativas conviven con otras y que, en el mejor de los casos, conseguiremos que a algunos alumnos y alumnas les guste nuestra materia.

 

Los alumnos no son nuestros amigos. Es común confundir amistad con necesidad -o conveniencia-, pero en cualquier caso, ser docente no es ganar amigos. Como aclara Antelo (2010), “desde nuestro punto de vista, aún cuando ignoramos el destino del oficio profesoral, creemos que la escuela la hacen los profesores. Los chicos se van, los profesores quedan”. Es cierto que en ocasiones se puede generar un vínculo fuerte, a veces confuso, pero la relación pedagógica está hecha para acabar. La continuidad del vínculo supone un problema: se quedaron más de lo debido. Eso no significa que no pueda haber amor en la diada pedagógica, pero se trata de un amor intervenido y mediado por aquello que estructura, o debiera estructurar la relación: el saber docente. La sustitución de “alumnos” por “pibes”, de la cual nos previene el autor, tiene como correlato una creciente fascinación por las vidas de los destinatarios y sus familias, y un desplazamiento de la función para la cual hemos sido formadas y formados. En este escenario, los docentes tenemos poco que hacer. En un estudio exploratorio realizado durante el primer semestre del año 2012 en escuelas secundarias de la Ciudad de Buenos Aires, me propuse identificar los criterios de selección utilizados por los alumnos de quinto año para elegir a los docentes encargados de entregarles los certificados de fin de curso; e indagar qué concepciones de autoridad estaban implicadas es esa elección (Lamónica, 2012). Ya entonces me sorprendió encontrar que para los estudiantes, la “buena onda” o el estilo amistoso era visto como una característica positiva, que debía ser administrada de manera equilibrada y que debía funcionar como un “plus descontracturante” puesto al servicio de la clase, pero que un exceso de este recurso era interpretado como un rasgo de poco profesionalismo. Los alumnos entrevistados establecían una clara diferencia entre los “buenos docentes” y los “docentes buenos”, con los cuales tenían una buena relación pero de lo cuales no aprendían nada (sic).

 

La escuela trabaja con la familia, no contra ella. Si los alumnos han devenido pibes, entonces ya no se necesitan docentes sino padres y madres. Sé que puede resultar frustrante y que en muchas ocasiones nos gustaría arrancar a los niños y niñas de las garras familiares, pero por mucho que nos empeñemos (aún sin tener que hacerlo), no lograremos cubrir las necesidades materiales, culturales y afectivas que deben ser garantizadas por estas. En el mejor de los casos, dejaremos un huella, abriremos puertas y brindaremos herramientas para adentrarse a la vida. El desafío de la escuela -y de las familias- es establecer un diálogo respetuoso, acercar posiciones y aunar esfuerzos. Si nos enfrentamos a las familias lo único que conseguiremos es que se vayan de las escuelas, perdiendo la posibilidad de que esos pibes devengan alumnos.

 

La caja negra no es tan negra. Todos los que hacemos la escuela sabemos que la buena o mala dirección educativa se obtiene en la interacción directa entre el profesor y el alumno que se produce dentro del aula. Sin embargo, todo tiene un límite. Si no prueben qué sucede si los estudiantes, provocados por ustedes, deciden quedarse en paños menores en medio de la clase (como sucede en un episodio de la tira). Verán como, en pocos segundos, aparece su nombre en las redes sociales, como antesala de las denuncias que propios y ajenos harán de su accionar. En tiempos en que lo público y lo privado toman nuevas dimensiones, el aula deja de ser una caja misteriosa e inexpugnable para convertirse en una cámara Gesell, transparente, frágil y, en muchos casos, peligrosa. De ese escenario íntimo de contacto y encuentro regulado, pasamos a un aula con límites imprecisos en la que conviven y compiten múltiples discursos y en la que a los docentes nos cuesta hacer pié.

 

¿Porqué entonces Merlí? Como dice Brailovsky (2018), uno de los problemas de la pedagogía es que todos creen saber de ella. Cualquier charla de café es un lugar adecuado para decir cosas que podrían interpretarse como respuestas posibles a preguntas esenciales que plantea la pedagogía (Brailovsky, 2018). Desde la supuesta desmotivación de los estudiantes a la enunciada pérdida de autoridad de los docentes, las discusiones sobre lo educativo están teñidas de opiniones infundadas construidas a partir de experiencias personales y sostenidas por discursos muchas veces demagógicos emitidos desde los más diversos canales. En este escenario, no es extraño que la ficción se confunda con la realidad. No se trata ya del debilitamiento de la instituciones y del Estado como elemento regulador, tampoco de la revolución tecnológica y su incidencia para la escuela como medio hegemónico de transmisión cultural; mucho menos de los cambios en la estructura familiar y la instauración de una escuela sin exclusiones. La crisis educativa viene dada porque los docentes son unos zoquetes que no saben imprimirle pasión a sus clases, ni conectar emocionalmente con sus estudiantes. Aparentemente los problemas ligados a la escuela se solucionarían con profesores motivadores que logren “enganchar” a sus alumnos.

Lo cierto, es que en el mundo real, la mayoría de los docentes son como Eugeni. Tal vez uno de los mejores diálogos de la serie, y el que más se acerca a la realidad, sea uno que mantiene este personaje con Santi, el bonachón profesor de historia:

 

Santi: hoy eché a un alumno de bachillerato pero no quiso salir de clase. Me desafió. ¿Tu qué hubieras hecho?

Eugeni: Conmigo no se atreven, saben quien manda. Esa fase de querer caer bien a todos los alumnos la debes superar. Yo caigo bien a los que se esfuerzan, a los que trabajan, porque saben que valoro su trabajo. El resto no me soporta. Pasan de todo. A esta altura, yo tengo claro que parte de mi trabajo es no caer bien a todos. Mira, me he preguntado cientos de veces qué hago aquí. Por un alumno que me escucha hay diez que no. ¿Crees que me siento a gusto viendo sus caras de masoquismo? ¿Crees que no me afecta no pasarlo bien en clase? Pero, ¿qué podemos hacer? Somos los profesores los que nos comemos estas miserias. Luego dicen que somos unos privilegiados, que tenemos unas vacaciones de puta madre. Hay padres que generan grupos de WhatsApp sólo para criticarnos. Pero ya me gustaría a mí verlos en el aula. Ninguno aguantaría ni una hora delante de treinta adolescentes. Ya ni me acuerdo de aquella época en la que todo el mundo respetaba a los docentes. Cuando empecé me encantaba este trabajo, pero la docencia es como la pareja, empieza con ilusión, pero día a día vas descubriendo los defectos, y puede ser que llegue el momento en que ya no te guste tanto, y una de dos, o te resignas o te separás. Y si me separo de la docencia, ¿a qué me dedico?

 

Alumnos que no prestan atención, que no quieren estudiar, que no tienen respeto por nadie. Docentes que no pueden enseñar, que no quieren ir a trabajar, que no soportan a sus alumnos. Padres ausentes en sus hogares, padres que invaden los colegios. Familias que no contiene, escuelas container. Podemos no estar de acuerdo, pero no hay duda de que, al igual que el de Eugeni, estos relatos circulan con fuerza en la escuela de hoy. Una sensación de orfandad agobiante atraviesa nuestro oficio, poniendo en jaque la tarea de enseñar. En menos de treinta años, pasamos del “qué vamos a ver hoy” al “para qué vemos esto”. Así entendida, la educación se convierte en una mercancía más que empieza a ser medida en términos productivos -“que voy a obtener yo de esto”-, y la escuela en una fábrica que debe dar cuenta de sus rendimientos. Ya no se trata de un conjunto de principios y valores concebidos como sagrados, homogéneos fuera del mundo y que no debían ser justificados (Dubet, 2003). El desarrollo de la modernidad se ha vuelto contradictorio con el propio programa institucional. Integrada en la sociedad de consumo, la escuela no ha quedado al margen de sus reglas de funcionamiento. Demos entonces un argumento más: en el mundo real Merlí no podría existir, porque la filosofía ocupa un lugar secundario. A todos nos gustaría que no fuera así, que los alumnos se sumerjan con asombro y fascinación en el fértil terreno del conocimiento, que cierren nuestras explicaciones con preguntas inquietantes, que esperen en silencio la sublime llegada de su maestro. Lamento decepcionarlos, profesores como Keating (La sociedad de los poetas muertos), Thackeray (Rebelión en las aula) y Mathieu (Los coristas), sólo existen en la ficción. La vida real es mucho menos poética y exige otros sacrificios. De modo que sí, en parte, la culpa es de Merlí, porque ubica nuestro trabajo en el terreno de “los sentidos comunes”, de los gestos ampulosos y las utopías realizables. Ser docente supone otros esfuerzos: repensar la práctica y la formación, volver a discutir el rol social de la escuela y reinventar la relación pedagógica para tratar de entender qué lugar ocupamos hoy en el escenario educativo. Esperamos que este nuevo número de DeCeducando nos permita algunas aproximaciones. Como dice Skliar (2018), es “una invitación para ir más allá de uno mismo, a salirse, a quitarse la propia modorra, un convite para abandonar el relato repetido, la identidad del uno como centro de gravedad y como centro del universo.”

Bibliografía

Antelo E. (2010), “Compromiso”, “Oficio”, “Vocación” y Júbilo y jubilación”. En Personal Teacher. Revista “La tía” N° 5, 6, 7, 8. Disponible en https://www.revistalatia.com.ar. Rosario.

Brailovsky, D. (2018), “Que hace la pedagogía y por qué es importante para los educadores”, en Revista Deceducando, Nº 4, disponible en https://deceducando.org.

Dubet, F. (2006), El declive de la institución. Profesiones, sujetos e individuos en la modernidad, Barcelona: Gedisa.

Lamónica, J. (2012), “La autoridad pedagógica en tiempos de cambio” en Silvia Macri, Querido maestro, que en paz despiertes, Grupo de Escritores Argentinos, 2012.

Skliar, C. (2018), “La lectura ya no es lo que era”, en Revista Deceducando, Nº 4, disponible en https://deceducando.org.


(1) Javier Lamónica es Profesor de Historia (UBA), Diplomado Superior en Currículum y Prácticas Escolares en Contexto (FLACSO) y Especialista en Gestión Educativa por la Universidad de San Andrés, donde se desempeña como asistente de investigación. Integra la Red de Investigadores sobre los Vínculos en la Escuela (Observatorio Argentino de Violencia en las escuelas), dependiente del Ministerio de Educación de la Nación. Ha participado, como expositor, de diferentes seminarios y congresos pedagógicos y lleva publicados diversos trabajos en artículos y libros. Se desempeña como Presidente de la Cooperativa de Trabajo Nuevo Guido Spano, donde también cumple funciones como Rector. Realiza evaluaciones como consultor externo en temáticas referidas a la violencia entre pares.

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