¿Es bullying? Algunas reflexiones sobre los límites desde el psicoanálisis

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Santiago Ragonesi (1)

santiagoragonesi@hotmail.com

¿Qué se muestra hoy?

Y hasta pareciera que analizar sería la tercera de aquellas profesiones “imposibles” en que se puede dar anticipadamente por cierta la insuficiencia del resultado. Las Otras dos, ya de antiguo consabidas, son el educar y el gobernar. (…) Entonces ¿de dónde y cómo adquiriría el pobre diablo aquella aptitud ideal que le hace falta en su profesión? S. Freud (1937)

 

Hace una década las llamadas patologías del acto eran una categoría destinada a designar un conjunto heterogéneo -aunque no por eso menos delimitado- de fenómenos como los trastornos de alimentación, las adicciones, etc. dentro del campo de la salud mental. En última instancia, las conductas compulsivas. Sin embargo la actualidad produjo un estallido de las escenas mostrativas, piénsese sino en el fenómeno del “juego” La Ballena azul basado en una serie de desafíos que deben realizarse, algunos con auto-agresiones, que se difunde en las redes sociales. Dicho de otro modo, hay una propagación de las imágenes que inciden en las formas en que las subjetividades se manifiestan, y la exhibición y la demostración suelen ser vías utilizadas por los jóvenes (y no tan jóvenes) para dar cuenta del carácter forzado que todo acontecimiento psíquico tiene para el ser hablante. Así, el estallido de las escenas mostrativas en la actualidad plantea una preocupación para los profesionales que trabajamos con jóvenes y niños, puesto que a la dificultad o gravedad de un caso en particular se le agregan los “mensajes” que los pacientes o alumnos pueden dar como aviso de su malestar por diversas redes sociales.

Verba, non res

Un conocido dicho en latín suele quedar estampado en los tatuajes: “Res, non verba”, que podría traducirse como “Hechos, no palabras”, frase que proviene de la Antigua Roma y que señala que frente a la evidencia, “a las palabras se las lleva el viento”; mientras que el psicoanálisis es una práctica que se sostiene en lo contrario: no hay hechos por fuera del lenguaje, dado que no sólo se trata de la palabra efectivamente proferida y articulada.

Una persona podría relatar aquello que hizo el fin de semana con una secuencia cronológica respetable, pero no podría narrar de la misma forma su infancia, puesto que a ésta se la recuerda de manera fragmentada, cuestión que no sólo pone en juego el paso del tiempo, sino también en el efecto de la represión tal como Freud la descubrió. Dicho de otro modo, la represión pone fin a la infancia como experiencia del niño, y por más que éste siga siendo un niño cambiará su posición subjetiva. Es por eso que para Freud el crecimiento de una persona o su madurez, lo acerca más a la neurosis -y a la estupidez-.

Un niño seguirá siendo niño, pero luego de los efectos de la represión -operación psíquicamente necesaria- la experiencia de la infancia se constituye como perdida. No es lo mismo hablar con un niño de 4 o 5 años que con un niño de 7 u 8 años, su forma de hablar varía. Mientras que un niño pequeño puede sostener un diálogo sin miramientos por la realidad, aunque no por eso la ignore, el latente difícilmente lo sostenga -o lo sostendrá a condición de querer hacernos saber que se trata de un engaño-. Esta diferencia se basa en el hecho de que para un niño -que se encuentra en jardín por ejemplo-, la palabra tiene el valor de acto.

Esta dimensión que tanto le importó rescatar a Jacques Lacan para la puesta en forma de un análisis con un adulto, la encontramos desde el inicio en los pequeños seres hablantes. Algo parecido sucede con muchos docentes que establecen sus preferencias para trabajar en determinados años de la secundaria y no en otros por ejemplo, tal vez éste sea uno de los motivos por los que no todos los psicoanalistas atienden niños justamente porque un psicoanalista no se puede hacer el psicoanalista con un niño, como sí puede hacer uso de su apariencia de psicoanalista con un adulto. Sería ridículo sostener un silencio en una sesión o devolverle a un jovencito sus mismas palabras, de igual modo cabría señalar en este punto si habría interpretación en un sentido estricto en el tratamiento. Es por eso que un niño de 4 años no reflexiona, no porque no piense, sino porque la reflexión es una consecuencia del efecto de la instalación de la represión. Aquella posición espontánea desaparece con la entrada en la latencia, y se modifica también en la pubertad. Resulta importante tener en cuenta esta diferencia al hablar de los límites.

Al respecto, podría resultar orientador ubicar el momento en que se encuentra una persona, la temprana infancia, la latencia o la pubertad, como momentos diferentes frente al orden simbólico, es decir que los límites dependen de la estructuración en su relación al lenguaje. Una vez más entonces, la infancia, la latencia y la pubertad son modos distintos de hablar y de relación a la satisfacción pulsional. Por lo tanto no se puede pretender que haya un efecto de reflexión en quien todavía no cuenta con dicha estructuración psíquica, puesto que pedirle a otro aquello que no puede dar, da cuenta de la exigencia que la neurosis impone.

La reflexión es un proceso que lleva cierto tiempo, y que con el correr de los años termina operando de manera defensiva en el adulto, Freud descubre tempranamente que en varias ocasiones la toma de conciencia no resuelve un conflicto psíquico, por ejemplo en la obsesión, donde el pensamiento mismo es la posición subjetiva donde las ideas se sintomatizan, se padecen.

El educador como padre

El debate sobre la puesta de límites en la educación de los alumnos suele estar presente de diversas maneras en la actualidad, y la consulta con un analista no escapa a dicha tendencia. El rol que antes asumía el pediatra como consejero de los padres ha sido asumido por los trabajadores de la salud mental, así como los educadores y maestros, y de esta manera se produce un desplazamiento en la cesión de saber sobre la crianza de los hijos hacia la escuela.

Este movimiento convive en un florido contexto social donde se plantea, por ejemplo, la reforma educativa en las cuadrículas de los secundarios actualmente. No deja de resultar curioso la negativa a tener en cuenta la opinión de los alumnos que intentan participar de ella, puesto que un punto delgado une ambos extremos: ¿por qué escuchar a un joven (o a un niño) produce la amenaza de la destitución de autoridad en padres y docentes? Despolitizar al ser hablante implica negarle su posición ética y desconocer que los discursos proponen un modo de relación, aunque no resulte éste simétrico: el amo con el esclavo, el analista y el analizante… El alumno con el maestro.

Un primer acceso para pensar esta falta de paridad en el lazo con el otro y que podría dar cuenta de aquello que retorna como amenaza en relación a la autoridad (de regreso a la pregunta planteada), lo encontramos tempranamente en Tres ensayos de teoría sexual (1905). Para Freud hay una imposiblidad intríseca del ser humano frente a la educación puesto que la sexualidad está regida por la satisfacción pulsional, y si bien el esclarecimiento sobre lo infantil que en su momento el creador del psicoanálisis delimitó no podría objetarse, aún hoy encuentra sus obstáculos a la hora de su comprensión, porque al ser caracterizada como perverso polimorfa, no se trata en absoluto de que la sexualidad del niño se asemeje a una pseudo genitalidad como la del adulto.

Al invertir los términos -porque la sexualidad del adulto contiene fijaciones infantiles-, Freud rompe definitivamente con cualquier idea evolutiva de síntesis que el yo como instancia psíquica podría llegar a conservar. En otras palabras, no se trata del descubrimiento de la sexualidad infantil en sí, sino de que ésta se rige bajo la noción de pulsión parcial.

Desde esta perspectiva la educación fracasa de manera estructural. Si la salida del complejo de Edipo supone la resignación de las investiduras de objeto parental, con la entrada al período de latencia advienen los diques psíquicos –el asco, la vergüenza y la moral-. Esto permitirá por un lado que un niño se pueda quedar sentado en un aula durante una hora por ejemplo, pero por otro será a través de estos diques que la pulsión encontrará su nuevo modo de expresión: el niño se vuelve hipermoralista, con vergüenza para actuar en los actos escolares, así como el asco de repente reduce el abanico sobre el gusto alimenticio, etc. En última instancia, la latencia no escapa como período del desarrollo del niño al fracaso de la represión, y la satisfacción pulsional tendrá su cause respecto de estos diques psíquicos.

¡Hay fracasos y fracasos! El límite de la autoridad

En Análisis terminable e interminable (1937) Freud sostendrá: que educar, gobernar y psicoanalizar son quehaceres que comparten ciertos puntos de imposibilidad -tal como se mencionó en el epígrafe-. Aunque lejos de ser un llamado a la impotencia, esta misma condición permite pensar el campo de una práctica educativa, y que no se confunde con que se puede permitir todo. Si bien la entrada de la psicología (los gabinetes psicológicos) y la filosofía en las escuelas son relativamente recientes y nos permiten pensar la escena educativa en su complejidad, no implica que se pueda hacer cualquier cosa -como lo muestra la famosa serie Merlí, donde el deseo del protagonista por la transmisión podía establecer casi todo tipo de complicidades-.

Si a un adulto en ocasiones le resulta difícil escuchar lo que un niño (o un joven) dice, es porque implica cierta destitución del lugar de autoridad, y en este punto el dispositivo analítico puede dar cuenta de dicho problema y aportar su esclarecimiento.

La estructura de la frase “te lo digo porque soy tu padre” o “soy tu maestro” en la que a menudo termina denotándose la impotencia en la que culminan ciertos diálogos con los hijos o alumnos, permite pensar de qué manera el lugar de la autoridad termina siendo un refugio defensivo que no se sostiene de manera natural, de igual modo que el lugar del psicoanalista no se sostiene en la clínica con niños a través del semblante tal como se mencionó. A menudo también en las supervisiones, muchos casos de tratamientos con pacientes adultos se obstaculizan en aquel punto, cuando el lugar del analista debería estar garantizado para respetar el encuadre -el saber del profesional-, y que por lo general se manifiesta en casos en que los pacientes terminan incomodándonos.

Practicamos el psicoanálisis por el deseo de Freud, por más que lo ignoremos por momentos; ahora bien, ¿qué otra forma de la autoridad es el deseo del analista sino aquella posición que no se sostiene más que en su ejercicio mismo y con sus obstáculos? Así como toda demanda supone un valor de verdad, a condición de que su objeto no sea específico, de igual modo, cabría pensarse si en ocasiones la falta de límites no adviene cuando el lugar de la autoridad resulta una impostura, de allí que un conflicto psíquico no se resuelve tomando medidas, porque su motor es pulsional tal como se desarrolló, de igual modo no se podría resolver un problema dentro del aula cambiando sólo el contenido de una materia. Entonces, ¿cómo se sostiene el deseo del maestro? (2)

Pensar los límites implica que el lugar de la autoridad no se confunda ni con la potencia ni con la impotencia –que podrían ser dos caras de la misma moneda según el momento-. Si el niño podrá ser un sustituto fálico para Freud, Lacan aportará que también podrá encarnar al objeto a, y por lo mismo, la autoridad y los límites no deben pensarse por fuera de dicho resto libidinal, es decir desde un carácter que no se condesciende con lo que habitualmente se espera en una reciprocidad soñada, de allí que muchas veces los niños sean grandes interpretadores de los adultos y nos dejen pensando o angustiados.

Desde esta perspectiva los límites no deben ser concebidos en función de medidas o castigos -que tal vez en ocasiones sean necesarios-, sino más bien (y aunque resulte paradójico) al modo en que podría pensarse un capricho infantil, por ejemplo, cuando un niño pide ir al kiosco por una golosina y al llegar y preguntársele cuál desea, sólo diga “quiero algo…”. Si la experiencia con niños testimonia del compromiso de la relación a la palabra en su valor de acto, su reverso para el lugar de la autoridad resulta de igual modo porque implica pensar de qué manera el adulto se compromete con su enunciación -hablar tiene consecuencias siempre-, y que si bien nadie es dueño de la enunciación, eso no impide su ejercicio.

No toda manifestación incomprensible en un niño o un joven es un síntoma, pero el síntoma muestra el fracaso de la represión para Freud, no hay representación de la pulsión: no hay una traducción precisa de su fuerza constante. La práctica analítica puede brindar testimonio de que el tiempo cronológico se encuentra alterado por la relación al lenguaje, un desfasaje entre la palabra y la cosa. El analista verifica dicho desencuentro, y si bien puede estar advertido, al formar parte de la experiencia y no ser un observador externo (al igual que el educador), quedará incluido en esta misma lógica por tratarse de una práctica y no de una reflexión. Así también puede pensarse en un fracaso estructural de la educación puesto que no hay educación posible de la satisfacción pulsional, dado que el lenguaje a diferencia del instinto presenta una imposibilidad de localizar un objeto específico para la satisfacción.

Bullying: la mirada del otro

Al presente en lo que va del año he recibido seis consultas de padres frente a lo que se denomina bullying, y que designa el maltrato fisico y/o psicológico al que se somete de manera continua a alumnos entre compañeros y cuya aparición como categoría resulta relativamente reciente. Aunque como todo fenómeno, una vez visibilizado cabría pensar con mayor detención si entra en dicha clasificación cada caso en particular.

De hecho no hace falta más que recordar nuestro propio tránsito por la primaria y por la secundaria para ubicar aquellos compañeros que hoy día encuadrarían con esta denominación. Sin embargo, ¿se trata del mismo lugar o hay una variación particular que la época le imprime? Toda vez que se plantea una pregunta es porque hay ya una respuesta: podría hipotetizar que no se trata de lo mismo, aunque no se podría generalizar a la vez.

Mientras que hace un tiempo las bromas pesadas, las gastadas y el maltrato existía también, el destinatario no por ello dejaba de formar parte del grupo, es decir había un momento destinado para dicha descarga -lo que no implicaba que haya sido necesariamente bueno para la víctima-, pero luego aquella persona formaba parte del curso, incluso se la invitaba a las salidas por fuera del tiempo de clase. En la actualidad la víctima del bullying suele ser el destinatario de una violencia mayor, y tiene la particularidad de quedar excluido, y este último punto resulta interesante para indagar, puesto que ocupa el lugar de un resto (3).

Por otro lado, suele hacerse hincapié en la víctima y victimario, como si se tratara de una situación dual, por más que sean más de uno los destinatarios o los agresores, olvidándose así de la terceridad en juego en toda escena de agresión: la mirada del espectador en juego, cuya función es el elemento más importante. Como todo cuadro, hay que desprenderse de la propia mirada en juego, para poder captar el sentido de aquel, de igual modo que cuando una mancha en una prenda toma por completo la atención olvidándose así de la totalidad de la vestimenta. Es por eso que resulta fundamental el poder desarticular el lugar del espectador a nivel institucional en estos casos, para poder encarar la causa subyacente. Por último antes de finalizar esta aproximación, cabe mencionar que deponer nuestra propia mirada y entender un determinado conflicto, implica un trabajo con cierta angustia en juego que dichas escenas en ocasiones encubren.

Bibliografía

Freud. S (1905): Tres ensayos de teoría sexual, en Obras completas, tomo VII. Amorrortu, ed. Bs. As. 2000.

Freud. S (1937): Análisis terminable e interminable, en Obras completas, tomo XXIII. Amorrortu, ed. Bs. As. 2002.


(1) Santiago Ragonesi es psicoanalista, Lic. en Psicología y Mgter. en psicoanálisis. Fundador y actual Vicedirector del Centro de Lecturas, Debate y Transmisión (Institución de psicoanálisis). Docente de grado y Posgrado en la Universidad Nacional de Lomas de Zamora. Co-autor de: Infancias y cuentos de hadas: reflexiones sobre el niño en la actualidad, Letra Viva, Buenos Aires, 2015 y La causa adolescente, Ed. Non Liquet, Buenos Aires, 2016. Autor de: Hermanos: celos, culpa y trauma, Letra Viva, Buenos Aires, 2016.
(2) Nuevamente se podría recurrir a la serie Merlí en este sentido o a su antecedente directo: La sociedad de los poetas muertos.

(3) La noción de residuo y resto resulta fundamental en el presente social y político para pensar diversos fenómenos actuales. En otro trabajo he desarrollado dicha noción en relación a la familia: Hermanos: celos, culpa y trauma, Letra Viva, Buenos Aires, 2016.

Comentarios

  1. Genial no solo por el aporte sino porque cierra de manera eficaz el conjunto de argumentos sin fundamentos que giran sobre la problemática. Me aportó, además, la diferencias que trazaste sobre la época escolar pasada y el presente. Muchos discursos tienden a identificar las bromas por las hemos pasado todos y la situación de exclusión actual. Gracias

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  2. Excelente. Mi madre nació en 1903 y se recibió de docente a los 16 años. Proviniendo de una familia culta con hermano ingeniero agrónomo, decidió ir a ejercer su profesión en medio del Monte. Cuando me recibí me dijo: la vida es equilibrio y en el arte de enseñar es adónde debe emplearse más. Se transmiten conocimientos pero con la mente ávida de recibirlos de parte del receptor. Recuerdo que mis amigos y yo nos sentábamos a la hora de la siesta, a escuchar sus lecturas expresivas, elocuentes, casi dramatizadas, por ejemplo:VEINTE MIL LEGUAS DE VIAJE SUBMARINO” de Julio Verne. Los padres de mis amigos dormían y mi madre disfrutaba entregando y recibiendo saberes. Creo que de eso se trata

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